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Efjaristó por Ummagumma

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Notas del fanfic:

Lo escribí hace un año o dos, creo xD El asunto es que esta pareja aunque me gusta es una de mis imposibles ya que tengo líos con Saga <3

Btw es cursi y aburrido, así que no recomiendo su lectura xD

 

 

Notas del capitulo:

Es una ñoñéz! sorrynotsorry :v

Los pasitos presurosos hicieron eco en el recinto, rompiendo con el silencio lúgubre del lugar. La pequeña silueta se movió a toda velocidad, deslizándose lejos de la tenue luz de las antorchas que iluminaban el enorme pasillo salpicado de pilares altísimos. Poco después el rechinar de la puerta se unió al cóctel de ruidos armoniosos, que terminó por tranquilizar al niño que se encontraba observando el firmamento estrellado desde la ventana del dormitorio que siempre ocupaba.

 

El pequeño intruso correteó buscando a su hermano, hasta que vio la figura menuda con los codos apoyados en el alféizar. Saga parecía no haber notado su presencia, pero Kanon estaba seguro que lo descubrió en cuanto puso los pies en la tercera casa.

 

—¿Donde estuviste? —El timbre de voz fue demasiado formal, plagado de una madurez ajena al chico que planteó la pregunta.

 

Kanon detuvo los pasos cortos, al tiempo que apretaba contra su pecho la bolsa de tela que estrujaba con ansiedad. Frunciendo los labios, pensó que su hermano sonaba mucho más serio que meses atrás, antes de que obtuviera la armadura dorada que en su fuero interno también deseaba en su poder.

 

—Rodorio.

 

La respuesta escueta hizo asentir un par de veces a Saga, quien aún se encontraba de espaldas a Kanon. El mayor de los gemelos suspiró por lo bajo, segundos antes de girar con lentitud, hasta quedar frente a frente a su hermano. Kanon rodó los ojos al ver el movimiento teatral, y tranquilamente se sentó en el borde del pequeño catre que ambos compartían, mientras su diestra acomodaba con descuido el flequillo alborotado.

 

—¿Qué llevas allí, Kanon? ¿Robaste de nuevo? ¿Por qué saliste del Santuario sin permiso? —Saga continuó con el interrogatorio, poniéndose más serio a cada pregunta.

 

Kanon permaneció en silencio, entreabriendo los labios únicamente para permitirle a su lengua jugar con el incisivo lateral superior, aprovechando que pendía de un hilo, por lo que estaba mucho más flojo que el resto de dientes de leche que aún le quedaban.

 

—Responde —exigió dando un paso al frente.

 

El aludido se permitió obsequiarle una sonrisa chimuela, enmarcada en el rostro polvoriento coronado por la greña despeinada, un conjunto que le hacía lucir demasiado gracioso. Saga alzó la vista al techo, obligándose a no reír por el espectáculo que era la boca de su hermano. A diferencia de Kanon, él había perdido los dientes de leche mucho antes, por lo que los permanentes ya estaban en su sitio. Sacudiendo la cabeza caminó con parsimonia y se sentó al lado de Kanon, dispuesto a esperar por una explicación que justificara su escape, algo que apostaba no existía.

 

—Te traje algo… lo conseguí especialmente para ti —murmuró sin perder la expresión risueña, entre tanto la pequeña mano se perdió en el interior del bolso, presta a buscar el tesoro recién adquirido.

 

—Sabes que nadie puede verte. Ni siquiera deben saber de tu existfcivfd… —De golpe detuvo la perorata que siempre le repetía a su hermano, justo cuando algo poroso quedó medio enterrado en su boca.

 

Sosteniendo la galleta con los dientes resopló por la nariz, cuidando de no atragantarse con el azúcar glas, antes de retirar la misma con parsimonia. Relamiéndose los labios como felino, observó la galleta pensando que su hermano era un tramposo que sabía cómo ablandarlo.

 

—¿A que son ricas? —inquirió con desfachatez, dándole un golpecito amistoso con el pie en el tobillo que tenía próximo.

 

Esperaba que ese pequeño gesto bastara para difuminar la seriedad perpetua de su hermano.

 

—¿Saliste a robar galletas? —Aquello era inverosímil, y sin embargo tampoco se le ocurrió devolver a la susodicha.

 

—Son kourabiedes —rectificó al alzando el índice espolvoreado de blanco.

 

Saga ignoró la respuesta que ya sabía, y en su lugar observó el dedito conteniendo las ganas de darle una lamida al azúcar glas embarrado en la yema. Bufando se llevó la galleta a la boca y empezó a mordisquearla con fingida renuencia, paladeando con verdadero gusto el sabor de la almendra y el brandy.

 

—Sabes que no debes robar —aleccionó sin sonar realmente convencido.

 

—Si lo dices así suena mal. Sólo salí a conseguirte un obsequio y eso no es un crimen, ¿verdad?  

 

Kanon sonrió zalamero, haciendo un movimiento chusco con las cejas al moverlas repetidamente de arriba a abajo. Cuando se hartó del gesto, llevó el pulgar a su diente flojo y empezó a presionarlo de adelante hacia atrás en un vaivén hipnótico. Saga apretó los labios, tragándose con verdadero esfuerzo la risa que reptaba por su garganta y buscaba una vía de escape. Al paso de los minutos se le hacía demasiado complicado mostrarse enfadado con el menor, lo que le dificultaba darle una lección.

 

Él era el nuevo custodio de Géminis, un ejemplo a seguir, por lo que estaba obligado a corregir y guiar el comportamiento de su hermano.

 

—Nadie debe saber de tu existencia —dijo bajando la mirada, con un dejo de pesar reverberando en el timbre de su voz.

 

Aunque no lo expresara, considera que era injusta la ley que obligaba a su hermano a mantenerse a su sombra. En su fuero interno le dolía el no poder hacer algo por Kanon. Y más en el fondo, le tranquilizaba de manera enfermiza el saber que lo tenía solo para él.

 

Kanon era solo suyo.

 

—Lo sé, por eso soy cuidadoso —afirmó seguro, orgulloso. Kanon había desarrollado habilidades de escapista, era como un ratón escurridizo y sabía muy bien por donde moverse para no ser visto. Alzando el hombro con despreocupación, añadió con tono travieso—. De cualquier forma, si alguien me descubre… diré que soy tú.

 

Era su carta maestra.

 

—¡Ni se te ocurra! —exclamó, poniendo cara de susto al escuchar el malévolo plan de su hermano. Ahora ya no era gracioso, a pesar de la sonrisa chimuela le pareció siniestro—. Kanon, debes ponerte serio.

 

El aludido se echó a reír con ganas, cerrando los ojos mientras sacudía la cabeza a la par que los hombros endebles se agitaban. Claro que no tenía verdadera intención contradecirlo con todo lo que le decía, o tal vez sí, contradecirlo era el ejercicio más interesante de su existencia. Pero de lo único que estaba seguro, era que disfrutaba de esos lapsos de neurosis de su hermano el santo dorado.

 

—Deja de preocuparte tanto —canturreó dándole un segundo obsequio aquella noche: un buen consejo.

 

Saga volvió a ponerse serio, al descubrir que no podía rebatir aquello. En realidad no le molestaba que Kanon escapara cada vez que se le antojaba, tampoco que le diera por agudizar su cleptomanía. Si debía ser sincero consigo, en realidad se agobiaba. Le preocupaba pensar que perdería lo único que consideraba realmente suyo.

 

Kanon apenas frunció el entrecejo con algo de molestia, al notar que Saga parecía perdido en un mundo lejano de su mente, un mundo donde él no tenía cabida. Aprovechando ese lapso de ausencia, sonrió burlón antes de mostrarle la lengua y poner los ojos bizcos. Nada. Su hermano no reaccionó. Movido por el nuevo entretenimiento, Kanon empezó a hacer caras bobas, cada una más estúpida que la anterior, hasta que Saga parpadeó observando con extrañeza el despliegue de retraso mental del otro.

 

—¿Qué te pasa, Kanon?

—Te quedaste tonto —respondió alzando un hombro. Con una pizca de sorna miró a Saga y negó mientras cogía otra galleta—. No me veas así, porque también has hecho caras cuando nadie te ve… incluso haces voces raras.

 

Saga desvió la mirada y suspirando siguió mordisqueando lo que le quedaba de la galletica que su hermano le ofreció rato atrás, ignorando a propósito el comentario de las voces. Aún buscaba la forma de abordarlo para que el chico entendiera de una vez por todas que no debía salir, ello sin sonar pesado.

 

—No vuelvas a escapar del templo sin permiso —dijo de pronto, oscilando entre la orden y la súplica mal solapada.


Kanon lo miró de refilón e hincó los dientes en el kourabies, dejándolos clavados el tiempo suficiente que le tomó quitarse el calzado y arrastrar el culo por el colchón, hasta que quedó acomodado en su lado de la cama con la espalda apoyada en la pared. Navegando en la mar de la tranquilidad estiró las piernas y movió los piececitos de adelante hacia atrás, relajando sus músculos de a poco.

 

—Eso no es lo que ibas a decirme —dijo con tonito cantarín mientras le lanzaba en la cara la bolsa con galletas, que en teoría, debió entregarle en cuanto llegó.

 

Saga gruñó bajito y se inclinó a recoger su obsequio, mientras su diabólico hermano reía con soltura y azotaba el colchón con los talones. En represalia se tiró a la cama, aterrizando sobre el menor y con la bolsa le dio un par de golpes flojos en la cabeza. Riendo entre dientes, se deslizó a un lado de Kanon y guardó la bolsa con galletas debajo de su almohada, sin que le importara el lío de migas y azúcar que armaría allí.

 

—¿Y según tú, qué crees que quería decirte? —inquirió retándolo con la mirada, pues Kanon era a su gusto demasiado despistado.

 

El menor sonrió de oreja a oreja, al mismo tiempo que aplastaba su nariz con la palma para rascarla en círculos. Despacio giró el cuerpo hasta dejar apoyado el codo en la almohada, acomodando la sien en su palma.

 

—No sé… quizás un: ”Gracias por el delicioso obsequio, hermano”  —respondió haciendo una mala imitación del tono serio de Saga. De inmediato hizo una floritura con la mano y añadió—: O mejor aún, quieres decirme: “No escapes del Santuario porque me preocupas, eres demasiado lindo y puedes perderte...”

 

Al escuchar las descalabradas, pero atinadas conclusiones de Kanon, Saga abrió los ojos hasta lo imposible y le puso la palma extendida en el rostro, presto a cubrirlo para que no apreciara el ligero sonrojo que coloreó sus propias mejillas. Aquello era absurdo, incluso doloroso, pues se negaba a creer que Kanon era mucho más espabilado de lo que aparentaba.

 

—¡No digas locuras! Tú estás loco —chilló empujándolo con la intención de tumbarlo, entre tanto Kanon reía divertido, batallando para que su codo mantuviera el equilibrio.

 

—Eso no importa, total en verdad soy lindo… mucho más lindo que tú.

 

Kanon remató el comentario con una lamida en la palma de Saga y se echó hacia atrás, quedando cómodamente tumbado a pesar del ataque de risa. El mayor de los gemelos puso cara de asco al sentir la línea de babas, y haciendo muecas, limpió su mano en el pecho de Kanon, segundos después sonrió siniestro y terminó la labor de limpieza en la mejilla lozana y ligeramente arrebolada.

 

—Te recuerdo que somos gemelos idénticos —obvió alzando una ceja.

 

—Da igual, soy más lindo —rebatió seguro de su percepción, afilando su tono al agregar—: Además yo no hago voces hablando conmigo mismo.

 

Saga achicó la mirada, sintiendo una ligera punzada de ardor en su ego lastimado y un escozor insoportable al saberse descubierto. No podía creer que Kanon lo considerara menos bonito que él, y tampoco que supiera lo de las voces, incluso insistía en mencionarlo. Era injusto, porque en su caso, el comportamiento despreocupado y aspecto desaliñado de su gemelo, le gustaban, de hecho lo atraían como un imán poderoso. Y lo otro, era algo que nadie debía saber.

 

—No lo eres… incluso te faltan dientes y no te has lavado. —Sí, eso fue por venganza—. Y no hago voces.

 

Kanon le dedicó una mirada dolida, cargada de reproche, que murió en segundos. Aquello le había calado allí en el corazón, pero tampoco quería que su hermano lo supiera. Saga por su cuenta, fingió no notar la mirada, pues tampoco se le antojaba retractarse.

 

—No me importa… conseguiré otros. —O eso esperaba. A Saga le habían vuelto a salir según recordaba—. Además mañana me lavaré.

 

Sin decir nada más, se dispuso a dormir pensando que al día siguiente saldría otra vez a conseguir kourabiedes para obsequiarle a Saga. El mayor pinceló una sonrisa ínfima, acomodándose mejor para poder descansar. No había apagado la luz del quinqué, pero no le molestaba, pues en realidad le agradaba ver dormir a Kanon.

 

Luego de algunos empujones y pataditas flojas, el menor de los gemelos entró al reino de Morfeo por la puerta grande. Saga supo que no fingía dormir, más que por la respiración acompasada y quietud inusual, porque dormía con la boca abierta, dejando a la vista los graciosos huecos que correspondían a los futuros y lerdos dientes. Entrecerrando la mirada sonrió al escuchar los primeros ronquidos, que daban pie al concierto de sonidos nocturnos que solía arrullarlo. Sus brazos se movieron con tiento, rodeando con un dejo de posesividad el cálido cuerpo de Kanon, mientras buscaba amoldarse a él. Al tenerlo bien cerca, aproximó sus labios a la sien para dejar un suave beso en el lugar, segundos antes de cerrar los ojos.

 

—Efjaristó —susurró agradeciendo el obsequio inesperado, terminando con ello el ritual de todas sus noches.

Notas finales:

Gracias por la lectura~

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