Amor Yaoi
Fanfics yaoi en español

La Infinity War Utópica

Autor: Moonspill

[Reviews - 1]  

LISTA DE CAPITULOS
- Tamaño del texto +

En la televisión de Wakanda, esa misma noche, se hablaba de una persecución sin filmación aparente. Las figuras quedaban en poco tiempo en el olvido de los que absorben la información de los telediarios, soportándolo y dejándolo pasar como hacen con casi todo. El hecho de que existiesen dos personas robando en lugares estatales con una seguridad digna de otros planetas —o no, como acababan de comprobar— era mucho menos importante que las peleas en Twitter que si #teamIronman o #teamCap, porque para nada tenía algo que ver.


Noticias en todos los lugares del mundo encontraban diferentes puntos con los que tratar a los héroes. Ironman no pronunciaba palabra sobre lo ocurrido en Siberia, y el rey T’Challa defendía su derecho a permanecer en silencio con el desconocimiento incierto de lo que sucedía en el mundo.


En Wakanda, las palabras llegaban como dolorosos filos de cuchilla, clavándose en la profundidad de una traición oculta de la que el Capitán no soltaba prenda y la melancolía y baja estima que los demás comenzaban a mostrar.


Clint miraba con recelo a Steve allá donde se encontrasen. Resentido por el mal hacer del Capitán, desconocedor de una historia que devastaría por completo la buena imagen ya fracturada que tenía de él. Apretó el abrazo con Wanda, al menos le daba dos o tres al día para recordarle que seguía teniendo a alguien que la quería, que la apoyaría donde lo necesitase. Wanda solía mostrar una fortaleza ante los hechos demasiado falsa como para ser creíble, a pesar de que no fuese lo peor que le había pasado. Echaba de menos el Complejo, a Visión, los entrenamientos, la presencia que a pesar de ser poco habitual del resto era una pieza importante de lo que ella llamaba en secreto y pensamientos «casa». Ahora de ello solo quedaban las promesas de un regreso incierto en el tiempo y los «quizá» y «ojalá» que asolaban a todos.


Scott y Sam hacían turismo por el lugar, aceptando sin pelea, pues ya estaba determinado y nada se podía hacer, su estancia en el lugar. Las tardes eran largas, a pesar de haber tecnología suficiente para no aburrirse. No podían comunicarse con nadie, especialmente por el desconocimiento del mundo de su ubicación. T’Challa, buen anfitrión, les trataba bien y se relacionaba con ellos cuando el tiempo se lo permitía. En ocasiones Scott añoraba poder ver a su hija, lamentándose y recomponiéndose con renovadas esperanzas de regresar.


Steve miraba el cristal en el que estaba confinado su amigo, una expresión de calma que por fin podía ver de nuevo. Pensaba en sus compañeros que hasta este punto le habían seguido, en la furia de Clint, en la resignación de Scott y Sam, en la ayuda de T’Challa, en las evasiones de Wanda. En el hombre por el que había dado todo, a cambio de todo lo que podía valer. El pelo largo, las facciones endurecidas, los músculos más desarrollados y el hombro de metal le recordaban que nada era como antes. Que solo una pequeña pieza de su pasado quedaba con él. Y no era Bucky. Bucky no era Bucky. No el de antes, por supuesto. Siempre sería su Bucky. Era su familia.


 


••••


 


La gabardina blanca parecía reírse de ellos y seguían persiguiéndola con ímpetu, tratando de alcanzar a la figura cuya cara estaba oculta y ni tan siquiera Friday era capaz de averiguar quién era. Su compañero atacó a Ironman con una cadena que electrocutó su traje, destrozando algunas funciones y siguió hacia delante. Ninguno les atacó directamente, solamente habían irrumpido dentro del Pentágono como si fuese su casa y trataban de persuadirles para completar su egoísta misión.


La primera figura no soltaba su cetro y corría, no por su vida, no porque lo necesitase, sino porque no podría teletransportarse con seguridad hasta el sitio inexacto donde querían llegar y parecía deseoso de conseguir lo que buscaba. Parecían reírse de Visión y de él. El otro utilizaba la copia barata de su traje —y ahora Ironman quería saber por qué cojones nadie le había avisado de la desaparición del traje de Iván Vanko—, formando un escudo protector para el otro, aunque no estaba indefenso.


La respiración de Tony era fuerte y no podía más. Estaba al límite y no era una posibilidad relegar su trabajo en otra persona, porque ni siquiera Visión por sí solo podía alcanzarles, entre los dos hacían poco. Les llevaban persiguiendo largo rato, parecían reírse de ellos. Tener la mejor tecnología del mundo no podía compararse a los portales mágicos que abría el otro con su cetro. Sus cabelleras estaban ocultas a su vista, protegiendo su identidad bajo cascos que repercutían en la imposibilidad para Friday de hacer un escáner facial.


Dentro del traje se sentía atrapado, cansado sin haber salido de él desde hacía demasiadas horas. Una misión siempre desembocaba en otra, y en otra, otra y una más, y eran demasiadas y él lo sabía pero no quería parar. No podía parar. Aquella mujer tenía razón, víctimas eran todos y de no haber sido por su infantilería y falta de cabeza podrían de verdad proteger al mundo.


Le preguntó un par de cosas a Visión, que les perseguía con mayor velocidad que él pero no era capaz de igualar los portales que ellos sí. Su velocidad era irrisoriamente superada por tales artefactos de colores. Tecnología Chitauri, advirtieron, pero estaba entremezclada con otra que no eran capaces a dar un nombre concreto.


El androide hacía cuanto podía, daba todo de sí con su grandioso poder y la gema que portaba. Tenía un gran poder, y con ello, podía ayudarle cuanto necesitase. Pero, de entre todos los poderes que podría tener, el de la omnipresencia no era uno de ellos y tampoco era exigible lo imposible.


Qué irónico.


Rhodes le preguntó a Natasha si había sabido algo de Happy. La mujer le dio una respuesta rápida y negativa y, con premura, entró de nuevo a su habitación, tras una larga tarde de juegos de niños y una pregunta incómoda. El Whatsapp de respuesta llegó en segundos, asegurando que el chico había llegado correctamente a Queens y la señora Parker ya estaba a su cuidado. Rhodes observaba desde su rectángulo social, sentado, las palabras del mundo.


En Nueva York, las palabras llegaban como dolorosos filos de cuchilla, clavándose en la profundidad de una traición oculta de la que Stark no soltaba prenda y la melancolía y alta estima que los demás comenzaban a mostrar.


 


 


•••


 


El baile era tranquilo dentro de la Milano. Gamora le aseguraba que su nuevo dispositivo de música tenía un mejor sonido, balanceando sus caderas al ritmo de la música. Su cabeza descansaba en su hombro, como otras tantas veces, los gritos de Rocket y sonidos metálicos de cosas rompiéndose apaciguados bajo la musiquilla que resonaba en sus oídos.


Drax seguía asegurándole a Mantis que era imposible que Quill y Gamora pudiesen estar juntos, ¡era imposible, por Dios! Ella, tranquila, le hablaba mientras afilaba sus puñales, espadas y dagas, un Groot un poco más grande jugando con una videoconsola simple que Rocket había conseguido restaurar para él.


La nave, en piloto automático, recibía un mensaje del Cuerpo Nova.


 


••••


 


Su mayordomo tuvo la desfachatez de importunarla mientras observaba el porvenir de los otros mundos. Hela, algo indignada, acudió al llamado que había sido presentado el demonio, acompañándola por los pasillos de su gran mansión en lo alto de la Isla donde se hallaba su residencia, bajando los escalones que la separaban de la Isla Central. Las calles estaban algo abarrotadas en un día laboral como era ese, aunque pronto tendrían las celebraciones anuales, el inicio del «año» en el Hel.


El falso astro que giraba alrededor del cielo día y noche, en una función circular desde el auténtico centro de la Isla Central estaba casi junto a la Isla del Agua, lo que unos pocos llamaban el Oeste. La noche comenzaría entonces a levantarse hasta dejar de estar sobre la isla. Continuó para tomar una barca hasta los límites del reino, extrañada de no haber sentido la intrusión en sus propias tierras cuando solo un puñado de seres tenían la capacidad de anular aquella unión con las tierras que ella misma había forjado.


Era un ser morado, no demasiado alto —poco más que ella— y delgado, cubierto por una túnica que tapaba la mayor parte de sus facciones. Advertía algo poderoso entre sus manos, sin inmutarse estoica, expectante de cualquier cosa que aquel ser no identificado con ninguna raza que ella conociese hablase.


Le pidió brevedad y así fue. Él deseaba una simple alma humana y a cambio ofrecía algo irrechazable. Le condujo al interior de su mansión, las personas mirando curiosas al recién llegado, preguntándose qué tipo de raza era aquella. El Hel siempre había dado cobijo a los seres menos conocidos de todos los reinos. Había centenas de razas conglomeradas en torno a las islas que formaban el, no demasiado grande, Mundo de Hel. Sin embargo, la figura relucía en el lugar, poco conocida. Nulamente, mejor dicho.


Conservó su compostura como la reina que era, pero por dentro la ambición se extendía por todo su cuerpo. Sus dedos anhelaban tocar aquello que se le ofrecía, un pequeño objeto con tanto poder que nadie jamás había vuelto a ser capaz de recrearlo. En cada reino primitivo había germinado uno de esos, una pequeña belleza con el poder absoluto, solo superado por el propio Yggdrasil.


Una gema primigenia venía envuelta en un halo de protección entre sus manos. Hela sopesó las opciones. Era un buen trato, a cambio de un simple alma humana, ni tan siquiera una de las de Luz, las más notables y puras. Una de la oscuridad. Él esperó pacientemente a que su criado fuese a por ella, sin moverse un ápice cuando regresó del secreto lugar donde se hallaban. Habían tardado bastante en encontrar la pequeña esfera, enterrada bastante profundo entre algunas otras.


Observó la gema primigenia entre sus manos, pensando haber hecho uno de los mejores tratos que jamás iba a hacer.


 


••••


 


Perseguido y persecutor. Caminaba desconocido entre parajes indescrifrables, buscando lo que jamás había salido de su boca o entrado por su oído. Resonaban cuatro nombres en su cabeza, cinco si contaba con el corazón y seis si era pesimista.


La vives, la matas; la encuentras, la evitas; la conoces, la distorsionas. ¿Qué más puede ser?


¿Qué le quedaba ahora del recuerdo de una muerte desperfecta? Una vela negra relucía ante la tapa de un libro infantil, dibujos a carboncillo e historias de un pasado sin desvelar.


«Los dioses no nacen, se hacen.»


El bifrost se abrió y la luna traspasó el cielo. De nuevo lo hizo y así pasaban los días tanto para aquellos que iban de posada en posada como el Dios del Engaño, como para aquellos que velaban, tanto con pesadillas como con nuevos amigos, como el Dios del Trueno.


Sin embargo, fue después Grungir lo que resonó en el Consejo y el Dios que Todo lo Ve supo que estaba cometiendo otro error al guardarse demasiado. Ahora la Guerrera sorteaba el tañido de una campana que anunciaba horas de boda y lágrimas de alegría en el pueblo a cambio de un poco de tiempo más. Todo fuese por alargar un sufrimiento innecesario.


En otros lugares, no tan distantes, era la resignación del mismo caballo a las tareas encomendadas; un midgardiano tomaba su café como hacía miles de años; una Diosa aceptaba un trato y un lobo protegía una pequeña aldea mientras se revolcaba en las aguas frescas del río.


Odín, majestuoso, avecinaba tiempos inmemoriales.

Loading...



Introduzca el código de seguridad que aparece debajo: