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Hanyou por Silabaria_Legi

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Notas del fanfic:

Disclaimer: Ni Naruto ni Harry Potter me pertenecen.

Notas del capitulo:

Advertencias: AU, Slash Sasuke/Naruto, shounen ai, OOC, crossover Naruto!Potterverse, lenguaje inapropiado.


Género: Intento de comedia romántica.


~o0°0o~


Los nombres de algunos personajes han sido modificados:


Deidara: Deirdre Blast


Sabaku no Gaara: Galahad “Gallaib” Grit


Yamanaka Ino: Peggy Yamanaka


Glosario


Onmyoudo: Camino del Onmyou, o camino del Yin y el Yang. Es una cosmogonía japonesa que nace alrededor del s. VII, basada en las teorías chinas de los cinco elementos y del Yin y Yang. Es una disciplina actualmente considerada dentro del campo del ocultismo y esoterismo.


Onmyouji: Persona que sigue el Camino del Onmyou, o que practica el Onmyoudo. Los Onmyouji eran profesionales del Onmyou y estuvieron bajo el mecenazgo imperial durante la Era Heian. Eran especialistas en prácticas mágicas, astronomía, ciencia y adivinación. Ayudaban en la protección del imperio a nivel espiritual ya que también eran exorcistas y podían invocar espíritus para usarlos como sirvientes. En occidente se les llamaría “hechiceros”.


Onmyou: Yin y Yang.


Portada del Fanfic

Hanyō

~o0°0o~

Capítulo I. Sasuke

~o~

Corría el año 2000 de la cristiandad muggle, año 12 de la era Heisei, 1421 de la Hégira y 1445 de la Edad Merliniana cuando Sasuke Uchiha por fin conoció la satisfacción de verse alejado de su familia. Pero ya que estamos hablando de un clan asfixiante y tradicionalista cuyo renombre trascendía en la historia hasta la jodida era Kofun, en apoyo a nuestro protagonista vamos a ponernos rebeldes y usaremos el fiel calendario gregoriano de los sangre sucia. Así por molestar.

Ser un Uchiha no era tarea sencilla y Sasuke lo sabía bien.

Por muchas razones.

No hablaremos de todas aquí.

Una de ellas (y no la peor) era que su prestigiosa y afamada familia de magos imperiales, era prácticamente omnipresente en el país del sol naciente. O al menos en lo que al Japón mágico se refería.

Los venerables guardianes del Onmyōdō (la única de las cinco disciplinas mágicas ancestrales que aún se practicaba) eran el único clan en posesión de su propio Ministerio, el cual presidía actualmente su padre Fugaku hasta que Itachi –su hermano mayor–, tuviera la talla suficiente para sucederlo. A Sasuke aquello lo traía sin cuidado. No podría importarle menos el puesto de Ministro de Onmyō, muchas gracias, así como tampoco podría estar más aliviado por el hecho que su nombre jamás sería mencionado para la candidatura al cargo, al menos no mientras Itachi viviera y su padre gozara de buena salud (el muy cabrón). Eso estaba bien, podía vivir con eso.

Lo que Sasuke realmente detestaba de ser Uchiha era que nadie en toda la maldita nación podía hacer a un lado su apellido. A su alrededor, el mundo siempre estaba consciente de quién era él, de lo que se suponía que era capaz, de lo que debería estar haciendo y de lo que exigiría a los demás tan sólo por existir. En fin, sus deberes y potestades. Y si bien muchas veces resultaba ventajosa la zalamería del resto de mortales hacia su deslumbrante persona, a medida que fue creciendo, toda esa atención se volvió una cruz de lo más fastidiosa.

Su cabello negro de azulados reflejos, su mirada de carbón al rojo y la pálida piel marmórea no ayudaban. Los perfectos rasgos Uchiha eran inconfundibles incluso a la distancia (según él mismo pudo comprobar al escapar a toda velocidad de un grupo de fan girls que lo detectaron a más de trescientos metros por sobre el nivel del mar cuando montaba su escoba de quidditch cerca del monte Suribachi en un día nublado), porque en esa parte del mundo, la gente amarilla no escaseaba precisamente, sin embargo su tono completamente blanco e insípido era casi una curiosidad para sus coterráneos, como si más que sólo un apellido, los Uchiha fueran una etnia aparte.

Así no se podía desaparecer, no señor. El Ministerio de Onmyō situaba su sede en Kioto, la capital mágica del país, pero las garras de Fugaku atravesaban el archipiélago japonés de parte a parte. Si bien el Emperador actual no tenía mucho interés en los Onmyōji y trataba de acudir a ellos lo menos posible –provocando la furia e indignación de todos los miembros del clan, cabe mencionar–, los Uchiha seguían siendo una de las familias más influyentes del mundo mágico oriental (la tradición coffcoffeldinerocoffcoff tiraba), y huir a cualquier sitio estaba fuera de las posibilidades de Sasuke, al menos de momento. Algo tenía que hacer.

Fue así que con nueve años comenzó a idear un cuidadoso plan de fuga y luego de diversos sucesos resultó que Inglaterra sería su mejor opción. Consiguió implantar en su padre la idea de que era una excelente decisión el enviar a su hijo menor a estudiar en Hogwarts. Y sí, “implantar” era la palabra. Hasta la fecha, Fugaku todavía cree que fue su propio designio y no una manipulación de Sasuke.

Aún así, cuando una mañana de julio Sasuke despertó siendo un chico de once años, Hogwarts acababa de pasar por uno de sus peores momentos (llámese La Batalla de Hogwarts), donde un mago tenebroso había enviado a su pequeño ejército de chalados Mortífagos a destruir el castillo. A nuestro protagonista le daba igual que Voldemort fuera un tirano psicópata y genocida, eso a cualquiera le podía pasar, pero si había algo que jamás le perdonaría a esa serpiente sin nariz, era que por su culpa la escuela británica quedó sumida en tal desorden administrativo que ni ese año ni el siguiente aceptaron su solicitud para entrar. Tenían tanto papeleo, graduaciones atrasadas, archivos perdidos y obras de reconstrucción, que la admisión de estudiantes extranjeros fue descartada hasta que las cosas finalmente se normalizaron.

Y eso es lo que nos lleva al punto de partida de esta historia: año 2000 del calendario de los muggles globalizados. Primero de septiembre, hora de la cena. Sasuke Uchiha, el único niño de trece años entre los treinta y seis que entraban a Hogwarts por primera vez en su vida, se encontraba sentado en un taburete en medio de un gran comedor. Frente a él se imponían cuatro enormes mesas abarrotadas de ruidosos chiquillos y sobre su elegante cabeza llevaba puesto un horrible sombrero puntiagudo, completamente destartalado. Aquello le arruinaría el estiloso peinado, pensó. Tampoco era que se preocupara mucho por esas cosas, claro está. El cabello se le quedaba en esa posición tan llamativa naturalmente, no usaba gel para fijarlo, para nada...

Sasuke Uchiha, ¿eh? –dijo una voz profunda en su cabeza. Arrugó el ceño–. Mmm... veo mucha inteligencia en ti...

–Hn –contestó el chico, lacónico. No hacía falta recalcar lo obvio, por Susanoo.

El sombrero rió, condescendiente.

Y muy decidido también, por supuesto, ya que has llegado tan lejos de casa, tan sólo por tu tenacidad.

–Hn.

A ver, a ver... pareces voluntarioso... pero muy inteligente y prudente también...

–Déjame en Slytherin –ordenó, con una descortesía tan mecánica y rotunda que casi no resultaba ofensiva.

Oh, ¿Slytherin? ¿Estás seguro?

Claro que estaba seguro. Era la mesa con menos gente de las cuatro. Probablemente ningún alumno quería pertenecer a esa casa luego que la filosofía Purista quedara aplastada en la última guerra hacía tan poco tiempo. A él le daba igual. La verdad sea dicha, su familia era en extremo supremascista, siendo aquel uno de los principales motivos por los cuales el Emperador de Japón los prefería de lejos y con una bolsa de papel en la cabeza. En su país, los sangre sucia habían ganado esa batalla hacía siglos y los Uchiha representaban un rancio y solitario bastión en defensa de los obsoletos ideales de los sangre pura. A Sasuke no le importaba, por supuesto. Él era perfecto porque era Uchiha, y ningún muggle, mestizo o mago puro se le podía comparar. Le era indiferente el tipo de sangre de las personas, pero estaba muy lejos de defender alguno de los dos bandos. No había ido a Hogwarts para hacer amigos, todo lo que quería era dejar atrás su legado en un lugar donde nadie se lo recordara. Y la gente era molesta siempre. Mientras más vacía la casa, mejor.

–Hn.

–...

–...

¿Y no prefieres Ravenclaw? Creo que Ravenclaw te-...

–Slytherin.

Pero en Ravenclaw-...

–Dije Slytherin.

Ya, pero soy yo quien-...

El sombrero se cortó repentinamente mientras por la mente de Sasuke corrían una tras otra más de veinte maneras diferentes de destrozar un sombrero mágico y hacer que pareciera un accidente.

La voz profunda volvió a reír, aunque con cierto tinte de aprensión.

Muy bien, muy bien... si tanto insistes, tu casa será... ¡SLYTHERIN! –gritó para todo el enorme salón.

Con su característica indiferencia, Sasuke se quitó el Sombrero Seleccionador de la cabeza y caminó con paso seguro hacia la mesa de las serpientes en medio de aplausos aislados que no causaron efecto alguno en él. Ni un músculo de su cara dio señales de vida cuando se sentó junto a un chico rubio de cabello largo y sedoso que lo miró con maliciosa simpatía.

–¡Hey! –le saludó el extraño, desde una cómoda posición apoyando la barbilla en el dorso de su mano–. Pero qué japonesito tan lindo, ¿hn?

El aludido sólo alzó una ceja, sentado de brazos cruzados, inmutable. ¿Cómo era posible que alguien que parecía una chica lo llamara “lindo”?

Un resoplido se oyó desde el otro lado del rubio.

–En serio Dei, con nombre y cara de niña, tú no eres quien para tratar de avergonzar al nuevo –dijo un chico pelirrojo asomándose para quedar a la vista de Sasuke. Tenía profundas sombras bajo unos ojos verdes y aterradores, cuyas cejas eran tan pálidas y escasas, que se hacía difícil distinguirlas sobre la lechosa piel–. ¿Uchiha, no? –estiró la mano sin hacer caso del gesto ofendido de Dei–. Soy Galahad, Galahad Grit.

–Querrás decir Gallaib, ¿hn? –se burló su compañero mientras Sasuke estrechaba el saludo por detrás del rubio, correspondiendo a la cortesía occidental.

El mencionado suspiró con cierto fastidio, apenas perceptible en su estoica expresión.

–Larga historia. Me dicen Gallaib –su tono de voz era grave y monótono, pero no parecía estar molesto; era como si aquella fuera la única forma en que sabía expresarse–. Y este idiota es Deirdre Blast, tal como lo oyes –añadió, señalando al otro más risueño.

–Blast para ti, japonesito –exclamó–. Nada de confianzas, ¿hn?

Aunque Sasuke hablaba muy bien el inglés (o eso le habían dicho siempre sus profesores y los extranjeros que visitaban Uchiha-jō), no tenía la experiencia necesaria para entender el apodo de Gallaib (“¿Guriibu? ¿Gureebu? ...Prefiero Garahaddo”) o el terrible pecado de los padres de Deirdre al ponerle un nombre tan cursi, así que sólo asintió porque tampoco le importaba. No quería ni intentar pronunciar “Deirdre” en voz alta (“¿Eso era una 'L' o una 'R'? ¿Y cuál es la maldita diferencia, de todas formas?”), así que Blast estaba bien para él (“Burasto”). Le irritó un poco que el tal Blast tuviera esa muletilla tan molesta, aunque mucho no podía hablar porque a su manera, él tenía la misma.

–Hn.

Y fue entonces que de pronto todos sus sueños estuvieron a punto de irse al carajo...

–¡Oh, pero qué guapo! –un tono algo estridente resonó en su oreja justo al instante en que alguien le tiraba del brazo.

Ni tuvo tiempo de reaccionar antes que Blast y Galahad la reprendieran.

–¡Shhh!

–Yamanaka, ¿quieres callarte? ¡Aún no acaba la ceremonia, nos van a regañar!

¡¿Yamanaka?!”

Sasuke miró en estado de shock a la rubia que se sentó en el lugar vacío a su lado (si bien sólo su hermano Itachi habría sido capaz de notar su extrema turbación), tocándolo mucho más de lo que las formas japonesas considerarían correcto. Tenía el pelo platinado en realidad, y los ojos azules, ¿de verdad era ese su apellido? “Por favor, no.”

Había hecho su tarea. Por esa época el Reino Unido contaba con más de 58 millones de habitantes, de los cuales sólo el 8,02 porciento eran inmigrantes y de esa cantidad, tan sólo un 0,8 porciento eran residentes japoneses. Teniendo en cuenta que dentro de la población mágica ese porcentaje de extranjeros se reducía al 0,056 (más el ingreso per cápita, el grosor de los calderos de peltre por sobre los de oro macizo, las tasas de mortandad mestiza, la baja natalidad de los sangre limpia y el aumento en el tráfico de ayahuasca de la última década), podríamos decir que nuestro Sasuke no tenía muchas expectativas de toparse con compatriotas en la escuela. ¡De hecho tenía todas sus esperanzas puestas en la posibilidad de no encontrarse a ninguno! ¡Por las gónadas del tanuki!

–¿Yamanaka? –preguntó simplemente con entonación grave y rostro imperturbable, pero deseando llorar (muy masculinamente).

La chica le sonrió con mayor simpatía. Se fijó en que su largo pelo iba amarrado en una coleta alta de caballo, mientras que su flequillo le cubría parte de la cara, al igual que a Blast. Ambos lucían similares, aunque si la miraba bien, los ojos de ella sí que tenían un desalentador rastro de párpados orientales. “No, no, no, no, no.”

–Me puedes decir Peggy –ofreció amablemente–, es mi nombre. Y... no, no soy japonesa –añadió como si se disculpara por ello–. Quiero decir, mi padre lo era pero en realidad nunca he ido a Japón ni hablo nada del idioma –terminó con una risita apenada, rascándose la nuca.

Probablemente creía que él se había decepcionado, pero no podría estar más aliviado al respecto, así que sólo atinó a sonreír de vuelta (lo cual equivalía a curvar dolorosamente una de las esquinas de su boca tres milímetros hacia arriba).

–Uchiha Sasuke –le tendió la mano, que ella apretó arrebolada entre las suyas.

No era lo más inteligente de decir, ya que su nombre había sido mencionado con anterioridad durante la ceremonia, pero quería ver de primera mano la reacción de la chica ante su apellido.

–Oye, y dime, ¿cuántos años tienes, Sasuke? Te ves mayor que los otros nuevos –perfecto, no lo conocía.

–Tengo trece –contestó, también a Blast y a Galahad, que estaban pendientes de su respuesta.

El rubio trinó un burlesco resoplido:

–¡Te vas a graduar cuando seas anciano, ¿hn?!

Sasuke no se alteró. Ya se había dado cuenta de lo retardado que era el chico y no merecía la pena enfadarse. A decir verdad, la forma en que se mofaba de él resultaba extrañamente... refrescante.

–¿Ibas a otra escuela en tu país? –quiso saber el pelirrojo.

Asintió:

–Mahōtokoro.

–¿Mahōtokoro? –inquiró Peggy con grandes ojos–. ¿Es una escuela de magia también?

Asintió otra vez:

–Hogwarts aceptó mis calificaciones y entraré a tercero, conforme a mi edad.

La chica exclamó tan fuerte que de no ser porque la ceremonia había acabado y el resto de los estudiantes aplaudía, probablemente habrían llamado la atención de todo el gran comedor.

–¡Eso es genial! –decía, sin dejar de batir palmas por inercia, con expresión emocionada–. ¡Seremos compañeros de clase!

Por más que lo intentó fue incapaz de ver la parte “genial” de compartir clases con ella, pero no dijo nada porque deseaba pasar desapercibido en su nueva vida, lo cual implicaba no perturbar a la gente ruidosa.

Cuando el banquete comenzó, Sasuke trató de armarse un plato guardando la mayor similitud posible con su cena japonesa, aunque los sabores eran indiscutiblemente diferentes. Supo que tendría que ejercitarse aún más de lo que entrenaba en casa porque la comida parecía ostensiblemente más pesada, y se preguntó si en Hogwarts habría algún club de artes marciales. Cuando envió su solicitud, ciertamente ya sabía que, al contrario que en Mahōtokoro, el entrenamiento físico no formaba parte de la malla curricular de los estudiantes ingleses. Por suerte él ya llevaba un programa preparado para no abandonar sus prácticas de ninjutsu y taijutsu.

Durante la comida, Blast y Galahad le contaron que ellos eran alumnos de tercero también, y le ofrecieron su ayuda y asistencia ante cualquier duda o problema que pudiera tener en cualquier momento. Las cosas estaban difíciles para la casa Slytherin, ya que por primera vez en décadas contaban con muchos menos integrantes que su eterna rival, la casa Gryffindor. Al parecer muchos estudiantes habían sido hijos de Mórtífagos (o Mortífagos mismos) durante la última guerra. Volver a la escuela no representaba una opción para ellos, asustados como estaban por las represalias, o bien demasiado rencorosos por pertenecer al bando perdedor.

Finalmente, se enteró que tendría que compartir dormitorio con ellos, lo cual no le sorprendía del todo aunque sí lo fastidiaba bastante. Él nunca había compartido habitación en su vida. Mahōtokoro no alojaba a todos sus estudiantes, sólo a aquellos que lo requiriesen y no era su caso; él regresaba a casa todos los días por la red Irori de Japón, bastante exclusiva por lo demás, ya que la mayoría de las viviendas modernas no la tenían incorporada. En general, la numerosa población mágica de su país utilizaba las vías Genkan, pero eran un caos en hora punta y Sasuke raramente viajaba en ellas, si bien su hogar tenía conexión con ambas. Afortunadamente ninguna de las dos estaba conectada a la red Flú británica, salvo en puntos específicos que raramente eran usados por el pueblo llano, así que definitivamente no vería a su familia en mucho tiempo.

Sasuke alzó una despectiva ceja cuando tocó cantar el ridículo e indigno himno de Hogwarts. Al parecer Reino Unido tenía muchas cosas a las cuáles debería aprender a adaptarse. Pero estaba bien, pensó. Por primera vez en su vida se sintió realmente capaz de alcanzar un poder muchísimo mayor que el de su hermano o incluso su padre. El camino hacia su independencia comenzaba ahora. Por fin dejaría de estar bajo la sombra de Itachi, bajo la reprobación de Fugaku. Por fin miraría a su alrededor sin encontrarse con todas esas sonrisas falsas y actitudes solícitas cargadas de miedo, envidia o admiración ciega. Desde ese momento, cada vez que intimidara a alguien sería por su propio mérito y no por su apellido. Y aquello sonaba muy bien.

...Se imaginarán la frustración de nuestro protagonista al darse cuenta que, en efecto, sí había otro japonés en Hogwarts. Y uno que conocía perfectamente el legado Uchiha.

~o0°0o~

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