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~~~ Everything keep us apart ~~~ por Angel del Diablo

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Notas del fanfic:

Estos personajes no son míos, los tomo prestados para pasarlo bien y entretener, sin ánimo de lucro. 

He matizado las personalidades de los dos protagonistas: Bakugou no hace el bulling a Midoriya que suele hacer (no estoy a favor de la relación tóxica que se podría crear) y Midoriya es más valiente, más maduro (no tan débil de caracter). 

Esta historia está ambientada en la realidad alternativa que se presenta en el ending 3 (medieval). 

Ojalá les guste mucho y se queden conmigo a disfrutar >///<

Notas del capitulo:

Primer capítulo, espero que os guste. 

Si me dejáis un review me animará mucho a continuar porque estoy pasando por una situación difícil. 

Disculpadme si hay alguna errata >__<

            Apretó los dientes mientras trataba de no perder el rumbo. Sabía dónde podía refugiarse pero a veces tantos arboles lo desorientaban.

            El pelo rubio le caía sobre los ojos, se lo apartó con rabia pero el sudor que perlaba su frente lo mantuvo en su sitio. Resopló mientras se giraba para ver si el rastro de sangre marcaría el camino que había seguido.

No era continua, pero sí lo suficientemente seguida como para saber qué camino había tomado. Frunció el entrecejo y respiró hondo. Ya no le quedaba energía ni para una pequeña chispa y transformarse no entraba dentro de sus opciones desde hacía mucho.

            Él era Katsuki Bakugou, ese Katsuki Bakugou. Demonio del más alto rango, él era el rango y a partir de ahí todos los demás demonios se clasificaban. Jefe de su clan y uno de los más temidos entre los jefes. Nadie lo había visto en su forma animal y jamás lo verían. A pesar de que le otorgaría la velocidad y la fuerza para llegar al final del bosque y cruzar la frontera. 

Apartó esos pensamientos de su cabeza, por mucho que lo necesitara, se había jurado que no sería nunca un sucio demonio animal. Removió la tierra y subió a un árbol cercano, para volver a encontrar el camino a la gruta que le permitiría descansar.

 

            Con mucha dificultad, encontró la entrada. Se había asegurado de no dejar rastro de sangre, moviéndose sobre los árboles y dando un rodeo. Se paró cerca de la pared y, apoyándose, caminó hasta un pequeño hueco entre ella y una gran roca en el que se dejó caer. El dolor de la herida lo sacudió pero al menos pudo relajar la tensión de las piernas. No lograba parar la hemorragia y empezaba a ver borroso.

            Se quitó la capa, el cuello de pelo empezaba a agobiarlo. O quizás era la fiebre, que hacía latir la sangre en sus sienes y calentaba su cuerpo. Tragó saliva cuando una nueva oleada de dolor recorrió su cuerpo. Necesitaba solo un poco de descanso. Solo un poco más y podría salir de la gruta para reanudar su camino.

 

            A pesar del zumbido en los oídos, lo oyó un minuto antes de que apartara las ramas colgantes que tapaban la pequeña entrada a la gruta. Sus pasos eran vacilantes, errantes. Parecían más los pasos de un explorador que los de un soldado. Bakugou tragó saliva y no perdió de vista las plantas, que se mecían al suave viento hasta que una mano apareció entre ellas y las movió. Una cabeza la siguió, empapada quizás porque había seguido el camino de la cascada. Al principio pareció no reparar en su presencia porque entró con un rápido movimiento.

           

Oyó su respiración antes de que sus ojos se hubieran acostumbrado a la oscuridad. Se quedó totalmente quieto, ni siquiera se apartó las gotas de agua que le entraban en los ojos. Lo primero que le resultó raro fue la intensidad de sus ojos, rojos como la sangre que salía de alguna parte de su abdomen.

Bakugou quiso decir algo pero solo salió un gruñido de su garganta y unas pequeñas chispas de la mano que tenía libre. Se apretó más la herida, no podría pensar. Aquél muchacho de pelo verde y ojos claros parecía no haber visto nunca un demonio. No habría sabido decir con seguridad si el muchacho se movió hacia él o si dijo algo, se le oscureció la vista y perdió el sentido antes de notar su cara contra la piedra fría del suelo.

 

Actuó por instinto. Porque Izuku Midoriya siempre era así, se daba cuenta de la situación en la que se había metido después, nunca antes, de ofrecerse. De salir corriendo para ayudar. Lo mismo acababa de hacer, había corrido para evitar que el muchacho diera con la cabeza contra el suelo. Notó su cuerpo ardiendo y la mano que cayó sin fuerza dejó a la vista la herida.

Midoriya se quitó corriendo su espada, la bolsa y la cantimplora. Tomó al muchacho y le habló, tratando de que reaccionara, le ofreció agua e incluso le tiró un poco en la cara. El rubio apenas reaccionó y el de ojos claros supo que la herida era peor de lo que parecía a simple vista. Lo dejó con suavidad en el suelo, se quitó los guantes y rebuscó en su bolsa de viaje el ungüento más fuerte que su madre preparaba para heridas infectadas.

Se lo quedó un momento mirando, estaba claro que no era un muchacho normal, quizás era de algún clan del otro lado de la frontera (teniendo en cuenta sus tatuajes y sus joyas), incluso podría ser… Tragó saliva y retrocedió un paso. Podría ser incluso un demonio que se había metido demasiado en el territorio de la familia real y había acabado herido por alguna de las patrullas de soldados que se movían por los caminos. Podía ser un asesino, un espía o el capitán de un inmenso y aterrador ejército que esperaba su regreso al otro lado de la frontera.

Apretó el botecito de cristal con fuerza y se levantó, no le importaba quién era. Estaba herido, necesitaba ayuda y él se la daría. Salió con cuidado de la gruta, de repente preocupado de que alguien pudiera haberlo seguido.

 

            Necesitaba agua. Con urgencia, necesitaba beber. Abrió los ojos con dificultad, hasta ellos parecían estar sedientos. La luz casi no entraba en la cueva, solo una pequeña llamita en una lámpara de aceite alumbraba el lugar. Estaba tumbado sobre su propia capa, sentía alivio en la frente y sobre todo en la herida. Giró la cabeza y vio al chico de ojos claros inclinado sobre un cuenco, a la luz, machacando quizás hierbas medicinales.

            -Agg –cerró la boca inmediatamente. Aquél extraño graznido lo había dejado en evidencia así que guardó silencio pese a no ser lo que hacía habitualmente. Pero el otro lo había oído y probó suerte:

            -¿Agua? ¿Agua? –dejó lo que estaba haciendo y buscó con la mirada su cantimplora. La señaló, haciendo aspavientos y se la enseñó, repitiendo la palabra todo el tiempo.

            “Perfecto” pensó el rubio, poniendo los ojos en blanco, “me ha tocado un humano idiota”. Lo fulminó con la mirada cuando lo alzó, apoyándolo contra su hombro y lo ayudó a beber. Después de unos tragos, cuando su garganta empezó a cooperar, le gritó:

            -¡No necesito que me ayudes! –Midoriya se sobresaltó y casi se le escapa de las manos la cantimplora. A pesar de las quejas, necesitó de ayuda para incorporarse y lo colocó junto a la pared para que se apoyara. El rubio le quitó de las manos la cantimplora con brusquedad y bebió otro largo trago.

            Midoriya desvió la mirada y volvió a su cuento de hierbas, tenía que terminar de machacarlas para ponerlas en la herida cuando le cambiara la venda. El silencio se instaló entre ellos, Bakugou dejó la cantimplora en el suelo cuando estaba saciado. El de ojos claros la cogió para beber también pero se dio cuenta de que estaba vacía. Se levantó y caminó hacia la salida de la gruta, justo antes se giró y dijo:

            -Voy a salir a por más agua, ahora vuelvo –dejó atónito al rubio. Se había expresado normal, lo que significaba que antes había hecho todos esos movimientos y había gesticulado tanto porque lo había tomado a él por idiota.

            -¡Baka Deku! –el moreno se giró pero no estaba seguro de lo que había dicho. Se encogió de hombros y continuó su camino hacia el río.

 

            El humor del rubio había empeorado a pesar de que la fiebre le había bajado. El de pelo verde no sabía cómo romper el hielo porque desde que había vuelto solo habían intercambiado una frase y algunas señas. Después de otros minutos así, se armó de valor para presentarse.

            -No he tenido oportunidad de decirte mi nombre, me llamo Izuku Midoriya. Encantado de conocerte –sonrió y esperó que el otro respondiera. El rubio lo fulminó con sus ojos rojos pero contestó al final.

            -No me importa quién seas, Deku. Yo soy Bakugou, Katsuki Bakugou –infló el pecho mientras esperaba su reacción. Pero Midoriya no salió huyendo ni se quedó petrificado, como acostumbraba todo el mundo a hacer, sino que buscó corriendo en su mochila y empezó a murmurar muy deprisa mientras garabateaba en un cuaderno encuadernado en piel.

            -¡Oye! ¿Qué haces? –su furia creció al sentirse ignorado. Trató de levantarse para mandarlo de una explosión fuera de la gruta pero no pudo casi incorporarse. Se le escapó un gemido de dolor que sacó al de pelo verde de su trance.

            -¡No! ¡No te levantes o la herida se abrirá! –se abalanzó sobre él para empujarlo de vuelta al sitio donde había estado todo ese tiempo, apoyado en la pared.

            -¡No me des órdenes! –las chispas salieron del brazo que le había agarrado el otro chico para que no volviera a intentarlo. Una pequeña explosión le llenó la cara de hollín y le dejó sordo unos instantes. Se apartó de él para limpiarse y recuperarse de la impresión. Disimuladamente cogió su cuaderno y anotó el poder que poseía aquél demonio.

            -¿Qué te pasó? ¿Te atacaron los soldados?

            -Tsk! ¿Atacarme a mí? ¡¡Si hubieran venido de frente habría acabado con ellos!! Pero me tendieron una emboscada, los soldados me rodearon y no me dejaron otra opción que marcharme –alargó el brazo para tocarse la herida, que latía con menos dolor mientras no podía evitar recordar el momento en el que lo habían apuñalado.

            -Tuviste suerte de haber llegado hasta aquí, esta gruta es difícil de encontrar.

            -¿Y tú cómo la conocías? –el de ojos claros sonrió y agitó el cuaderno.

            -Soy aventurero, recopilo información de cada gruta, cada animal y cada criatura que me encuentro. –Bakugou se lo quitó de las manos con un movimiento rápido y certero, pese al dolor que le produjo la herida no hizo más que una mueca por su parte.

            -Cuidado, por favor, es muy valioso –lo miró asustado, en sus manos podía hacerlo explotar en cualquier momento. El rubio sonrió, disfrutando del miedo en sus ojos. Al fin había visto que él era alguien a quien había que temer.

Ojeó el cuaderno, viendo lo que había escrito sobre los animales que abundaban en el bosque, sobre caminos y las hierbas que se podían encontrar en ellos y sobre algunos demonios. La mayoría eran bocetos, información sin contrastar basada en leyendas y cuentos. Hasta llegar a su ficha: lo había retratado con un parecido asombroso, incluso había detallado sus tatuajes y joyas. Al lado había anotaciones sobre las hierbas que lo habían aliviado y las que no, además de lo que intuía sería su poder.

            -¿Has probado todas estas hierbas en mí? –le tendió el cuaderno y, cuando ya estaba en manos del otro, señaló la lista de descartadas.

            -Sí. Eres un demonio, tu organismo es diferente al mío, no sabía qué te ayudaría pero no podía dejarte morir.

            -No voy a darte las gracias por eso, Deku.

            -¿Qué significa eso? –el de ojos rojos desvió la mirada y sonrió con dureza:

            -En mi lengua natal esa palabra viene a significar “inservible” –los ojos de Midoriya se apagaron ligeramente, dolido por el término con el que prefería llamarlo a pesar de saber su nombre. El rubio chasqueó la lengua y trató de ignorar su reacción.

            El silencio volvió a instalarse entre ellos, mientras la llama de la pequeña lámpara parpadeaba y la noche se hacía oscura.

            -Deberías dormir, has perdido mucha sangre y te vendría bien descansar –el de ojos claros se lo dijo al ver que trataba de mantenerse despierto.

            -No pienso quedarme dormido si eres tú el que vigilará la gruta.

            -Entonces dormiré yo –Midoriya necesitaba poner en orden sus ideas y decidir qué iba a hacer a continuación. Puesto que el otro no respondió, se tumbó en el suelo, de espaldas a la pequeña llama.

            -¿Me cambiarías la venda antes? –el rubio volvía a sentir dolor, pero no sabía qué hacer.

            -Claro –se levantó y se acercó a él. Le pidió que se quedara quieto mientras quitaba la venda que rodeaba su abdomen. Su pelo verde le acaricio la nariz, olía a hierbas pero no a las que había estado machacando, sino a otras más intensas. La pasta fría que le aplicó en la herida lo hizo dar un respingo.

            -¡Duele! –el otro lo ignoró. Continuó extendiéndola mientras el rubio se quejaba y gruñía.

            -Para ser alguien con tanto genio…

-¡Cállate y acaba de una vez! –el de ojos claros trató de darse prisa, estar tan cerca de sus manos crispadas empezaba a ponerlo muy nervioso. Antes de que acabara de vendarlo, ya había mitigado el dolor. No pudo evitar suspirar de alivio al notar que poco a poco la herida dejaba de latir cada vez que la sangre corría por ella.

-Me alegra que te alivie, estaba preocupado por si te hacía empeorar o por si te acababa envenenando –apretó bien la venda y le sonrió. El rubio solo estaba quieto, mirando la llama oscilar a la breve brisa que entraba y acariciaba la estancia.

-Duérmete, yo me quedaré despierto. –Midoriya asintió y volvió a colocarse donde antes había estado tumbado.

-Buenas noches –aunque no recibió respuesta, supo que lo había oído. Sonrió para sí y cerró los ojos.

 

La noche avanzaba lentamente. Bakugou seguía despierto, atengo a cualquier sonido que pudiera venir del exterior. Estaba acostumbrado a las largas noches solo, sin embargo la respiración del de pelo verde se había instalado en sus oídos. Cada vez que se movía, cada vez que respiraba diferente, sus ojos se abrían por instinto para mirarlo. Una de esas veces lo descubrió encogido sobre sí mismo, casi tiritando.

-Deku… ¿en serio? –alargó la mano hacia su capa, que yacía cerca de él. Como le fue imposible levantarse, fue de rodillas hasta donde estaba y se apoyó contra la pared que había junto a él. Después lo tapó y se puso lo que quedaba libre de manta por las piernas. Resopló y le susurró:

-Qué molesto –volvió a cerrar los ojos y a concentrarse en los sonidos del exterior, mientras la respiración del otro se volvía a relajar y se acurrucaba más bajo la capa.

-Esta noche va a ser muy larga –pensó para sí el rubio, sonriendo a su pesar.

Continuará…

Notas finales:

¿A qué se debe ese gesto tan considerado por parte de Bakugou? ¿Sanará bien su herida? ¿Cómo podrá lidiar Midoriya con su conflictivo carácter?

Las respuestas en el capítulo 2! Gracias por leer <3

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