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Brétema por LadyBerrybell

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Notas del capitulo:

Esta historia está narrada desde varios puntos de vista, el nombre que aparece en el capitulo será quién narre.

La carretera está húmeda tras la lluvia; todavía pueden verse las gotas caer desde las cornisas. El día tiene esa típica iluminación que provoca dolores de cabeza.
Todo a mi alrededor se mueve con prisa mientras yo no puedo parar de mirar hacia un callejón. Es un estrecho paso que conecta una calle principal con otra, pegado a la tienda dónde venden pollos asados. En el callejón hay un gato negro tumbado en el suelo. Está inmóvil, con los ojos cerrados y la piel empapada.

Aprieto el paraguas con fuerza, pensando si llegar tarde a la cita de hoy es una opción.

Cruzo en dirección al callejón y apresuro mi paso en cuanto veo que un hombre aparta con el pie el cuerpo del gato para apartarlo del camino. ¿Por qué la humanidad es así?

Me arrodillo junto a él y compruebo con alivio que todavía respira. Me saco la cazadora que llevo puesta y con cuidado envuelvo al pequeño. Me incorporo y decido llevarlo directamente a mi casa, puesto que la clínica veterinaria en la que trabajo está demasiado lejos.

Para cuando llego a casa estoy completamente empapado. El zorro rojo que he encontrado herido en la carretera hace cinco días está destrozando un cojín y se queda paralizado en cuanto enciendo la luz.

—Entiendo que llueve y estás aburrido, pero por favor no rompas las cosas. —Me mira con sus ojos color caramelo durante un instante para después resoplar y tirar lo que queda del cojín al suelo.

Llevo al pequeño a la habitación donde tengo montada una diminuta consulta de emergencia (porque siempre acabo trayendo animales heridos a casa) y procedo a secarlo con cuidado. Paso el lector de microchips sin éxito, nadie lo ha registrado.

Veo que tiene algo atado al cuello, parece un pequeño saquito de cuero. Lo abro, esperando que me dé alguna pista sobre sus posibles cuidadores, pero lo que caen en mi mano son unas diminutas flores azules, como las que se pueden ver en la montaña.

En ese momento el zorro mete el hocico en mi mano, supongo que para olisquear las flores.

—¿Te recuerdan a casa? —Le sonrío y paso la mano por su cabeza—. Pronto estarás bien, ya verás.

Se aparta y sale corriendo, supongo que a hacer algún tipo de destrozo. Vuelvo la vista hacia el gato y me encuentro con que está despierto.

—¡Hola! —digo con cariño—. Vamos a ver si tienes alguna herida y cuando despeje buscaremos a tu cuidador, ¿de acuerdo?

—Yo no tengo dueño. —Una voz de hombre se escucha en cuanto el gato abre su boca.

Acaba de hablar.

La lluvia recrudece y durante unos interminables minutos solo se escucha el sonido del agua contra el tejado de la casa.

Se levanta sin problema y comienza a limpiarse la pata izquierda delantera.

—Devuélveme eso. —Vuelve a hablar y esta vez estoy completamente seguro de que la voz ha salido de él. Realmente está hablando. No voy a negar que de pequeño es algo que me hubiera gustado, pero ahora con treinta y dos años lo primero que se me pasa por la cabeza es que estoy alucinando. O durmiendo.

Sin pensar en lo que hago meto las flores dentro del saco y se lo tiendo. El gato lo coge con sus dientes y se dispone a saltar al suelo, pero el pelo negro de su lomo se eriza en cuanto el zorro se asoma por la puerta.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunta con tono de reproche—. No es a ti a quién se supone que vengo a buscar.

El zorro suspira como si realmente entendiera lo que está diciendo el gato.

—No es como si hubiera querido acabar aquí ­—responde el zorro mientras se sienta y con la cabeza señala su pata vendada. Su voz es más bien juvenil pero muy dulce, aunque sin duda es otro muchacho—. Y no soy yo quien ha dejado que un chico cualquiera toque las flores y desde luego no he ignorado el problema que eso supone.

—¿Cómo? —El gato parece enfadarse—. Solo las ha tocado un momento, dentro de nada dejará de escucharnos y mañana se habrá olvidado de todo.

El zorro vuelve a suspirar con resignación. Me temo que este animal se pasa el día resignado ante la vida.

Espera un momento. Realmente están hablando entre ellos y puedo entenderlos perfectamente. ¿Me estoy volviendo loco? No puede ser. Esta mañana me he levantado muy tranquilo, he hecho las tareas de casa aprovechando que es domingo y he quedado con mi hermano para tomar algo.

—Quizás él sea la persona que buscamos, Gabriel. No todos los humanos reaccionan ante las flores, está claro que tiene potencial y es médico…

—Soy veterinario —interrumpo de manera automática.

—¿Te crees que va a ser tan sencillo? —tercia a su vez el gato que se tambalea ligeramente cuando da un par de pasos por la camilla—. No me puedo creer que seas tan iluso. He bajado desde las montañas hasta aquí y no he encontrado a nadie que se parezca a la persona que describen los murales. Este tío desde luego con esa pinta no lo es. Así que aparta tu culo de zorro de la puerta y déjame pasar. Puedes quedarte aquí todo lo que te salga de los huevos, pero está claro que te van a castigar en cuanto vuelvas por haber salido de los límites sin permiso.

¿Qué pinta se supone que tengo? Por el tono despectivo no debo alcanzar los estándares de belleza de un gato. ¿Qué demonios estoy pensando?

El zorro se aparta de la puerta y el gato se mueve tambaleante hasta el borde de la camilla. Lo agarro antes de que pueda saltar.

—¿Qué estás haciendo, gilipollas? —Se revuelve con fiereza pero es algo a lo que estoy acostumbrado.

­—Puede ser que me esté volviendo loco, pero desde luego no te voy a dejar marchar a cumplir tus objetivos sin que estés curado. Es evidente que algo te pasa así que vamos a aprovechar que hablas y me vas a contar los síntomas que tienes.

Se queda inmóvil para acto seguido morder mi mano con fuerza. La sangre comienza a fluir en cuanto sus afilados dientes se separan de mi piel pero eso no importa. Veo que tiene una herida no muy grande en la parte trasera de su cabeza.

Ignorando sus quejas e insultos lo vuelvo a poner en la camilla y sin dejar que se escape desinfecto la herida y la cubro con un apósito. Es probable que la contusión es lo que haga que se maree, pero también me parece que lleva un buen rato sin comer. El zorro desde su posición en la puerta no pierde ojo de lo que hago.

Cuando termino suelto al gato, que me regala un arañazo en el brazo como compensación por ayudarlo.

­—Me largo —le dice al zorro en cuanto pasa por su lado.

Un relámpago relumbra en el cielo, iluminando la estancia en una tonalidad violeta.

Se ha hecho de noche sin darme cuenta. El teléfono que está en la sala comienza a sonar, pero no le presto atención. El gato se ha quedado paralizado en medio de la sala y el zorro también observa nervioso el ventanal que da al jardín. Como la única luz que hay en la casa es la de esta estancia no puedo ver bien lo que hay allí.

Pero hay algo tras el cristal.

Es algo negro que se mueve sin tener forma o como si quisiera adquirir una sin lograrlo.

—¿Qué es eso? —Voy hacia la sala pero la luz no se enciende.

—La maldición te ha seguido ­—gime el zorro completamente aterrorizado.


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