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Inocencia por Ranking

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Notas del capitulo:

Los hechos ocurren once años después que Gellert Grindelwald y Albus Dumbledore se separaron abruptamente en el verano de 1899. 

 

El niño fue el primero en oír cómo aporreaban la puerta, ya que su habitación era la más cercana a la escalera del segundo piso. Al principio, adormilado, pensó que era su padre, que recién llegaba de trabajar. Seguramente había olvidado las llaves, y se estaba impacientando al comprobar que nadie oía los primeros golpes, más suaves; pero después escuchó unas voces que en el silencio de la noche sonaban ásperas y brutales. No se parecían en nada a la de su padre. 

 

—¡Ministerio de magia! ¡Abran inmediatamente! 

 

Los golpes volvieron a oírse con más fuerza. Esto puso la piel de gallina al niño.

 

—¡Ministerio de magia! ¡Abran! ¡Abran la puerta! 

 

¿Qué hora sería? Se asomó a través de las cortinas. Fuera todavía estaba oscuro. Tenía miedo. Recordó las conversaciones por teléfono a altas horas de la madrugada que hacía su papá, había escuchado últimamente tras escabullirse, bien entrada la noche, cuando su papá ya lo creía dormido. Se acercaba con sigilo hasta la puerta de la sala de estar, y a través de una pequeña ranura escuchaba la voz nerviosa y el gesto preocupado de su padre. Usaba su lengua materna; el chico más o menos lo entendía. En susurros, su padre decía que se acercaban tiempos difíciles. Pronunciaba palabras que no tenían sentido: ministerio, magia, Azkaban, arrestos. El niño se preguntaba qué significaba todo aquello. Su padre había murmurado que estaban en peligro y que iba a llevarlo bien lejos. A la mañana siguiente su progenitor le había explicado que tenía que ausentarse todo los días y que llegaría para cenar. El chico quería saber a qué se refería él con «Azkaban» y «magia», pero le daba miedo reconocer que había espiado su conversación, así que no se atrevió a preguntar. 

 

—¡Abran! ¡Ministerio! 

 

Se preguntó si habrían encontrado a su padre. ¿Era por eso por lo que estaban allí? ¿Había venido esas personas para llevárselo a esos lugares que había mencionado en aquellas conversaciones nocturnas en voz baja, a ese “Azkaban”, fuera de la ciudad? 

 

El chico corrió de puntillas hasta el final del pasillo y entró en la habitación de su padre, que se despertó en cuanto sintió su mano en el hombro. 

 

—¡Papá! ¡papá!, despierta —susurró el niño—. Están llamando a la puerta y dicen que son del Ministerio. Éste sacó las piernas de debajo de las sábanas y se apartó el pelo de los ojos. El niño pensó que parecía cansado y mayor, mucho mayor de sus treinta años. —¿Han venido a llevarnos? —gimoteó el niño, agarrándolo de los brazos—. ¿Han venido por los dos? 

 

—Sé que estás ahí Grindelwald, ¡si no abres la puerta entraremos!

 

Una voz masculina ladró su nombre

 

—Albert, ponte esta ropa —.Dijo el padre con la voz apagada tras darle ropa abrigadora. 

 

—¿papá a dónde vamos? —.Preguntó él

 

El padre se llevó la mano a su boca haciendo un gesto de silencio y el niño nunca había visto tanto pavor en el rostro de su progenitor. 

 

Los hombres entraron por la puerta. El hizo una mueca, esperando ver uniformes de policía color azul. Sin embargo, había cinco hombres con trajes y con sombreros grises. Volvió a pronunciar el nombre de su padre. Grindelwald apretó contra él a su hijo, que pudo sentir a través de su ropa los latidos de su corazón. 

 

—¿Dónde estás Grindelwald? —preguntó el hombre. Como no tuvo respuesta le hizo a su compañero un gesto con la barbilla. —Registra la casa. Date prisa.

 

El niño dio un paso hacia atrás, retorciéndose las manos. 

 

El padre no respondió. Las voces volvieron a oírse en el vestíbulo. El padre se colocó una camiseta, agarró al niño de la mano y lo jaló hacia la biblioteca. Empujó un estante de libros y unas escaleras se asomaban en la oscuridad. Grindelwald deslumbró en la oscuridad el rostro de su hijo, que lo miraba. Tenía abrazado su osito de peluche favorito. 

 

—¿Tienes miedo de bajar las escaleras? Le preguntó en voz baja mientras que los hombres caminaban de un lugar a otro. 

 

—No —.Contestó —No tengo miedo

 

—Escúchame bien Albert, tienes que quedarte en el medio de las escaleras hasta que salga el sol y después ve al pueblo, directo a un teléfono. hizo una pausa para entregarle un papel con números inscritos llama a este número y dile tu nombre. Y si no contesta, insiste hasta que te responda. No hables con nadie ni te detengas. Ve directo al teléfono.

 

—¿Quién es padre?

 

—Es un viejo amigo, él ya sabe que llamarás y te dará indicaciones

 

—¿No vendrás conmigo?

 

—Por ahora no. Pero nos encontraremos luego. Te lo prometo.

 

—No quiero que me dejes sólo. 

 

—No es por mucho tiempo. No es una despedida ¿me entiendes? Nos veremos pronto, ten —,hizo una pausa para entregarle su collar y colocarle en su cuello —,cuando tengas miedo aprietalo fuerte. 

 

—Ven conmigo papá

 

Grindelwald le da un fuerte abrazo y le coloca la mochila en sus hombros. 

 

—Si tienes hambre o sed hay galletas, botellas de agua y panecillos en la mochila. Baja unas gradas y encontrarás unas sábanas y una almohada. 

 

Era la mejor opción para Grindelwald, separarse por un lapso de tiempo hasta que las cosas se calmaran. Aquellos hombres nunca lo encontraría. Lo estaban buscando.

 

—¿Tienes miedo ahí adentro? —.Le preguntó en voz baja

 

—No —Respondió —.Cierra el estante así no me encontrarán. 

 

—Te buscaré te lo prometo

 


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