Login
Amor Yaoi
Fanfics yaoi en español

Uke acosador (ME PERTENECES I) por CieloCaido

[Reviews - 26]   LISTA DE CAPITULOS
- Tamaño del texto +

Notas del fanfic:

Debo aclarar que soy Cielo caído y por tanto la historia es mía. Lo que pasa es que perdí mi cuenta anterior. A raíz de ello, decidí subir nuevamente esta historia. Claro está que, será editada e incluso acortada. Todo esto para que la historia tenga una mejor trama y ustedes tengan una mejor lectura.

Pueden ir a la pagina de Facebook, donde además encontraran los fanarts de todos ustedes

https://www.facebook.com/El-Rincon-130974353624320/?ref=bookmarks

También pueden conseguirme en wattpad

https://www.wattpad.com/user/CieloCaido1

Notas del capitulo:

Sé que hay personas que no están de acuerdo con esta edición, pero la decisión ya está tomada. Recuerda; si vas a hacer algo, hazlo bien hasta el final.

=)

----------------------------------------------

ME PERTENECES (PARTE I):

U K E    A C O S A D O R

----------------------------------------------

Capítulo 1: ¿Me estás provocando?

Cuando me avisaron que ya no trabajaría más como suplente en el colegio de primaria porque finalmente me habían dado un puesto como profesor en el liceo de bachilleres, me sentí muy feliz, pero también un poco triste. No era maestro fijo con los niños, sólo iba cuando algún profesor enfermaba, aun así logré encariñarme con algunos alumnos y ellos veían en mí a un gran profesor. Por eso me sentía triste de ya no verlos, además les agradecía en silencio porque ellos me habían dado la experiencia necesaria para lidiar con grupos grandes de estudiantes, así que ya estaba listo para enfrentarme al siguiente paso: los alumnos malcriados de secundaria.

Mi nombre es Leandro Torrealba, tengo veintitrés años de edad, estoy soltero y sin compromiso. Ah, y una cosa más… tengo una laguna en mi memoria. Pero eso ya es harina de otro costal. 

Me gradué hace poco y decidí ejercer en seguida. De ese modo no perdía tanto tiempo. Necesitaba cumplir mi sueño; ser profesor universitario. Tenía mi ojo puesto en la universidad central de la ciudad. Pero para llegar allí debía pasar por otros procesos… por eso es que aceptaba cualquier cargo como educador para adquirir la experiencia necesaria y eso incluía suplencias. Siempre fui amante de la educación. Cuando era pequeño deseaba con fervor ser profesor y guiar a las futuras generaciones; deseaba enseñar valores, principios y guiar a hombres/mujeres de bien hacia el mañana. Era un sueño bello sin lugar a dudas y día a día trabajaba duro. Mi lema era “La educación no tiene límites” y creía que cualquier ser humano podría ser educado.

Y bueno, los críos de secundaria también podrían ser domesticados, ¿no? perdón, quise decir e-du-ca-dos.  Y ese día en especial, luego de levantarme temprano y checar que todo fuese como la seda con mi discurso, me dispuse ir al instituto “Ángel de la Guarda” —y por dentro rezaba: dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día- Y no es cosa de juegos, realmente lo hacia como una oración en mi furor interno.

¿Qué si estaba nervioso? ¿Ansioso? ¿Alterado? No, que va… Yo no estaba nervioso, ni ansioso, ni alterado. Lo que estaba era ¡Aterrado!  (Repito: ¡Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día!)

¡Pues sí, estaba terrado! ¿Qué tenía eso de malo? El terror es algo natural en la vida. ¿O es que acaso nunca han visto el juego del miedo o destino final? El terror te mantiene con vida. Despierta tu sentido de supervivencia. Y yo ese día tenía que sobrevivir. La gente se preguntará, ¿Sobrevivir? ¿Sobrevivir a qué…? Pues hombre, a qué más va a ser, a los muchachos, desde luego. ¿O es que acaso nunca han sido profesores de mocosos rebeldes? ¿No? Seguro que no.

Permítanme explicarles mis motivos:

Los chicos a los que iba a darles clases eran mocosos de doce años en adelante. Chicos y chicas en plena edad de florecimiento. Adolecentes rebeldes que se creían dueños del mundo. Niños mimados que querían comerse al mundo (y a algunos profesores). En cuanto entrase en el aula, todos esos ojos anónimos se posarían sobre mi persona y tramarían planes en contra de mí. Comenzarían a trazar métodos maquiavélicos para llevarme a la tumba, ¡Para que me saliesen arrugas antes del tiempo! ¡Son mocosos malvados y crueles!

Cálmate, Leandro, cálmate…” pensé con seguridad, convencido de que nadie frustraría mis sueños.

Era mi primer día en el instituto “Ángel de la guarda” y sin saberlo, mi vida iba a cambiar en muchos ámbitos. No sólo porque comenzaba una nueva página, sino porque los hilos del destino son algo difíciles de romper. En fin, iba subiendo la escalera, pues me tocaba clases con los chicos de cuarto año. Esos eran muchachos de quince y dieciséis años. Sí, sí, seguía aterrado. No me pueden culpar. Tanto era el miedo que me temblaban las piernas, ¡Incluso me caí en las escaleras!

Cuando me caí me levanté como si nada… Muy digno. Porque yo soy impecable. Ni una arruga en mi camisa planchada. ¡Ni una mancha, ni una mota de polvo! Perfecto. Debía estar perfecto. Me alisé en cabello y procedí a seguir mi camino. Entonces me di cuenta que dos muchachos me habían visto  y se estaban riendo por lo bajo, ¡Les lancé una mirada asesina que los hizo huir despavoridos!

Malparidos” pensé abochornado  “Nadie se ríe de mí

Al llegar a la puerta del salón de clases me detuve por un momento, la puerta estaba cerrada y podía escuchar a los alumnos dentro de ella. Murmuraban, gritaban, corrían y al parecer se estaban lanzando papelitos.

Respiré hondo antes de entrar. Y armado de mucho valor, empujé la puerta.

—Buenos días,  jóvenes. —saludé al entrar con mi mejor sonrisa. Tenía que ser amable para ganarme su confianza.

Los alumnos al verme tomaron sus respectivos asientos. Bueno, lo hicieron todos menos uno. El único que se había quedado de pie me miraba como si yo fuese un adolescente al que habían pillado entrar en la casa de sus padres a las tres de la mañana. Como una dama a la que han hecho esperar por horas en una cita. Su entrecejo fruncido me decía que no se encontraba de buen humor. Y sus ojos verdes mostraban indignación.

Sentado sobre la mesa del pupitre, el chico me miraba fijamente.

—Llega tarde. —me dijo bastante serio.

Miré mi reloj de muñeca y solo me había retrasado cinco minutos. Bueno, me atrasé porque me caí un par de veces más y practiqué bien el discurso que daría en el aula para caerles bien a todos. Solo por eso me atrasé. No crean que es por gusto, simplemente los nervios me jugaron una mala broma

—Lamento el retraso. Se me presentaron algunos inconvenientes. —expliqué de manera amable y respetuosa. El alumno no pareció muy convencido porque se cruzó de brazos.

¿Qué iba a decirme ahora ese niño…? ¿Qué acaso me iba a dar un sermón? ¡Se los dije! ¡Aquí sólo hay un montón de mocosos malcriados!

—Pues la próxima vez llegué a tiempo. No me gusta que me hagan esperar. —¡El mocoso se atrevió a darme un sermón! Insolente, ya me las pagarías ese niñito.

Porque si, era un niñito. De esos que tenían una cara tan bonita que era difícil de ignorar. Calculaba que no me llegaba por encima del hombro. Era un enano (lo pensé por venganza porque tan bajito no era). Su cabello era de color rojo cobre, era un fosforito, como decía mi tía. Aunque eso sólo lo pensaría en un principio. Luego, mucho después, su cabello lo asemejaría más a un rojo infierno. Como su lengua. Como su carácter. Como él…

Rojo infierno.

Bueno, también tenía unos increíbles ojos verdes. Poseía el color de la primavera en ellos. Un verde prado tan encantador como timador.  Su piel era un alabastro puro, blanca, casi aterciopelada. Usaba el uniforme escolar; pantalón de gabardina azul marino, chaleco del mismo color y una camisa blanca por dentro. Además, llevaba la corbata roja.

El uniforme en si era bonito, pero aquel muchacho tenía la corbata desarreglada y la camisa blanca por fuera. En vez de estudiante parecía un delincuente juvenil. Y no tenía ni la menor duda que se trataba de un muchacho malcriado y caprichoso. Mimado y consentido. De esos que conseguían todo lo que querían porque el universo giraba alrededor de ellos. Pero estaba muy equivocado si creía que conmigo iba a jugar a la pelota. ¡No señor! ¡A mí me tenía que respetar sí o sí! Es decir, yo soy el profesor, me tiene que respetar por ley, o sino ¡Pun! Le iba a lanzar el borrador por la cabeza para que no fuese irrespetuoso conmigo.  Sin embargo, me contuve en ese momento. Primero porque debía dar buena impresión a los estudiantes y segundo… ¡Porque no tenía el borrador en la mano!

—Bueno, ya me disculpé por mi percance. Así que comencemos la clase —dije tranquilo, ignorando por completo el comentario de aquel alumno insolente. Él chico sonrió por lo bajo, malicioso, y se fue a sentar en su puesto.

Coloqué mis cosas sobre el escritorio y procedí a presentarme.

—Soy Leandro Torrealba, su nuevo profesor de matemáticas —anuncié con voz firme—. Hoy comenzaré explicando algunos ejercicios básicos.

Solían decirme que poseía una sonrisa encantadora y ojos amables por lo que me gané la confianza de la sección con facilidad. Con voz firme y caballerosa explicaba cada uno de los ejercicios en la pizarra y expresaba con suma calma aquello que los alumnos no entendían.

A juzgar por sus rostros me atrevería a decir que estaban fascinados con mi apariencia y mi estilo de explicar.

Los estudiantes de esa sección no me dieron muchos problemas. Ciertamente, les llamé la atención una o dos veces a ciertos jóvenes que hablaban mucho y no prestaban atención, pero de allí no pasaron, aunque debo agregar que sus comentarios eran un tanto indecorosos en especial el de las jovencitas. Murmullos  como “Es muy guapo” “Que voz tan sensual” “Que buen trasero tiene”

Ante esos comentarios me puse rojo. No obstante, me negué a demostrar mis nervios, no les dejaría intimidarme. El hecho de que yo fuese el profesor más joven del instituto no significaba que dejaría que me montaran la pata encima.

Debo agregar que, además de las miradas indecorosas de ciertas jovencitas, y los comentarios despectivos de ciertos chicos, existía algo realmente inquietante en el ambiente. Se trataba de ese joven pelirrojo. Me tenía sumamente nervioso. Me miraba demasiado. Sus ojos verdes recorrían mi figura sin ningún pudor. Detallaba la forma de mi rostro, escuchaba con atención cada una de mis palabras y sonreía inquietamente cada vez que me fijaba en él. Incluso, cuando me encontraba de espaldas, podía sentir sus ojos verdes clavados en mí. Durante toda la clase no dejó de observarme.

Él se llamaba Adrián… un nombre tan coqueto como su persona.

Por momentos pensaba que tal vez estaba vigilando mis movimientos para ver si fallaba y así hacerme un nuevo reclamo, sin embargo aquella sonrisa traviesa en sus labios me decía todo lo contrario.

“Maldito mocoso, ni creas que vas a asustarme con esas miradas indecorosas” pensé en un atado de nervios, dibujando con manos temblorosas las formulas en la pizarra.

Fue un alivio que la clase terminara y los jóvenes de esa sección se marcharan. Respiré tranquilo al verme libre de tensión, sin la mirada de ese mocoso acosándome sin compasión. No podía creer que un chiquillo de tal magnitud me pusiese los pelos de punta y no en el buen sentido. Tomé mis cosas y me fui a mi siguiente clase, pensando que el acoso finalmente se había acabado. Grave error fue pensar eso.

El resto del día estuve incomodo, con la sensación de que alguien me vigilaba a mis espaldas, y cada vez que giraba sobre mi mismo, buscando el origen de tan molesta sensación, no encontraba a nada ni nadie vigilándome. Pero yo sabía que había alguien, que era ese mocoso siguiéndome a todos lados, clavando esos ojos verdes en mi, una mirada que por fuerzas psicológicas me enervaba. 

Grande fue mi sorpresa al saber que a última hora tendría que dar clases de física a la misma sección y por lo tanto aquel pelirrojo acosador estaría allí. Pues bueno, allí iba, sin dejarme intimidar por ese insolente. Y al entrar al salón sus ojos verdes juguetones fue lo primero que vi, parecía algún querubín tramando una travesura mayúscula. Intenté no pensar en qué tipo de travesura, sin embargo, mi mente inquieta sólo podía hacer una lista larga de las múltiples cosas que Adrián sería capaz de hacer.

Yo traté, de verdad que traté de concentrarme en la clase y los ejercicios. Traté de ser firme para que me respetaran. Traté de que mis ojos necios no fueran a parar en la silueta de Adrián cada vez que tenía que mirar a los estudiantes para que me prestaran atención. Pero fallé estrepitosamente. Acabé escribiendo las formulas nerviosamente, se me trabó la lengua en varias ocasiones y no dejaba de sudar, limpiándome la frente constantemente con un pañuelo, y revelando así lo nervioso que estaba ante una masa de estudiante que a escondidas se reían de mí.

Esas dos horas de clase fueron una tortura, casi extrañaba  dar clases a los niños de primaria que parecían hasta más sensatos que los chiquillos de secundaría. Al final de la tarde, les dejé tarea y ellos se marcharon, abandonando uno por uno el aula de clases. Pretendía quedarme un rato allí y sentarme en la silla a lamentarme del pésimo profesor que era. Sin embargo, no me lo permitieron. O al menos, Adrián no me lo permitió.

Todos los alumnos se habían ido menos él.

Y créanme, eso no fue nada alentador. Que él se quedase allí, en su pupitre, solo, con esa cara de psicópata… pues bien, empecé a preocuparme, de verás. Al ver que el último alumno abandonaba el aula quise huir de aquel lugar para no quedarme solo con aquel sexy pelirrojo. Porque sí, era sexy. Con esa corbata desarreglada y el cabello rojo se veía erótico, seguro que era todo un playboy, el don Juan del liceo. La caída de pestañas femeninas debía de ser algo muy rutinario en su vida.

En fin, decidí no huir porque entonces, ¿Qué pensaría? Un profesor huir de un crío… ¡Jamás!

Mi dignidad y mi orgullo estaban primero. Sería muy cobarde de mi parte huir. Me sudaban las manos pero me quedé. ¿Verdad que sí soy muy macho? ¡Claro que sí! Cualquiera no se queda con un joven que te espía a toda hora y que te mira como si te desnudara… como si fueses una golosina, un chocolate, al cual brincarle encima. Bueno, viéndolo de ese modo… es acoso… Y ahora que lo pensaba mejor, huir no era tan mala idea. De hecho, creo que salir corriendo del salón hubiese sido una excelente idea.

Con horror observé como aquel jovencito guardaba sus cosas en su mochila mientras seguía observándome como diciéndome “De esta no te me escapas”. ¿Qué puedo decirles…? Comencé a sudar como cerdo. Notaba las góticas de sudor deslizándose por mis omoplatos mientras mi caja torácica estaba a punto de reventar por la intensidad con la que palpitaba mi corazón. Si no me dio un colapso en ese momento fue porque Dios es grande.

Ajeno a todo lo que pasaba por mi mente, aquel muchacho se acercó a mí, mirándome con muy poco pudor. Estoy seguro de que él sabía que esa situación estaba incomodándome bastante, de que yo quería salir corriendo de allí. Y eso le parecía divertido al malparido ese.

—Me gustaría hablar con usted, profesor. Claro, si tiene tiempo.

Al escuchar su petición parpadeé confuso, no sólo por la petición en sí, sino por la manera en que dijo todo. Su voz ya no era un grotesco gruñido, sino una suave y aterciopelada voz  que te entraba en los oídos y te hipnotizaba, ¿Quién diría que aquel muchacho sería tan amable? La lujuria y diversión también habían desaparecido de su rostro, dejando una cara bonita y mucho más agradable. Hasta creí que se trataba de un ángel…

Pamplinas. Seguro que era un disfraz para que yo cayese en su trampa. Era eso o yo estaba imaginando demasiado.

—Pues… sí, claro que sí, joven Vásquez, ¿De qué trata? —respondí con fingida amabilidad, guardando mis cosas apresuradamente para arrancar de allí.

—Bueno, es que… hay un tema que quiero tratar con usted. Vera, me gusta alguien, profesor.

Pues bueno, eso era normal, ¿no? ¿Pero por qué diablos tenía que decirme eso a mí? ¿Acaso no tenía amigos a lo cuales decirle sus secretos? 

—Oh, me alegra. Usted es joven y es normal que le gusten las compañeras de su clase. Es saludable enamorarse.

 —Es que ese es el problema… no es una compañera. La persona que me gusta es… un hombre

“¡Sabía que era gay!” pensé casi eufórico, luego me calmé internamente, porque que él fuera gay no cambiaba nada. 

—No me parece una cosa mala, aun cuando se trate de un hombre.

Algo en mis palabras lo hizo volver a poner esa mirada lujuriosa en sus ojos. Casi como si yo le hubiese dado luz verde para lanzarse sobre mí. Lo cual no era cierto, porque yo soy muy moral y justo y acostarme con un niñito, menor de edad, y estudiante, no estaba entre mi lista de quehaceres de año nuevo. El chico se relamió los labios con una sensualidad devastadora. Esa acción hizo que casi me encogiera contra el pizarrón. Bastante asustado, debo agregar, y pensando, para mi vergüenza, en todas las cosas que un muchacho como él podría hacer.

—Me alegra que piense eso. El caso es que él no es mi compañero, es mi profesor.

—En ese caso debo reñirle y decirle que eso no está bien —dije bastante serio, aun cuando por dentro estaba que corría a la puerta para gritar y pedir auxilio—. Por su bien le recomiendo que olvide esa ilusión.

—Es que no quiero, me gusta mucho ese profesor. De hecho me gusta tanto que no me importaría acosarlo con tal de que me preste atención —… y damas y caballeros, esa fue una indirecta muy directa.

—No soy gay —aclaré frunciendo el entrecejo. No era necesario ser adivino para saber que yo era esa persona.

Él sonrió traviesamente, encontrando la situación sumamente divertida. Un reto. Algo personal. Qué sé yo…

—No me importa. Usted me gusta y no me detendré hasta tenerlo.

“¿Este mocoso está hablando en serio?” pensé alterado “¡Es un acosador! ¡Un psicópata! ¡Ni crea que voy a caer en sus redes, primero muerto!

Y mientras pensaba todo eso, el jovencito caminó más cerca de mí, acorralándome contra el pizarrón… O sea… ¿Qué diablos? ¿No se supone que la cosa debería ser al revés? ¿Qué clase de mundo es este? Y sin tener consideración por mi nervios… o mis hormonas, se atrevió a seguirme hablando con ese tono sexoso.

—Usted es muy sexy. Nunca pensé que sería tan atractivo. Me gusta demasiado —dijo, cerca de mi muy sensible oreja. Tras eso la mordió levemente, y me crispó todo el cuerpo. Lo aparté de manera educada

—Está equivocado, joven. No cederé a sus hormonas alborotadas.

—Usted es el único que las alborota, profesor Leandro  —susurró, aun manteniéndose pegado a mí. Sentí como empezó a ladear la cabeza en mi dirección, rozando la punta de su nariz contra mi mejilla. Me dejó de piedra. O casi—. No quiere jugar conmigo, profe.

—N-No quiero ju-jugar —su cercanía me tenía tan nervioso que fue imposible no tartamudear. Además, estaba su olor, su aroma a chico joven. Era… casi como una anestesia.

Y yo no quería caer. Diablos, de verdad que no quería caer tan bajo como para admitir que ese muchacho si me resultaba atractivo, que sus ojos verdes me miraban el alma y sus labios me incitaban a besarlo. Era algo tan horrible que desechaba la idea antes de que siquiera se completara. Pero Adrián no estaba ayudándome en nada, sino más bien echando leña al fuego, ofreciéndoseme, agitando mi moral y mi carrera. Y si él continuaba yo iba a caer…

—¿Seguro? —preguntó con intención, haciéndome sudar frío…

Su boca estaba tan cerca de la mía. Y sus ojos eran dos preciosas esmeraldas que me ofrecían todo. Él miró mis labios y luego mis ojos. Tragué saliva. Tal vez con el deseo de apartarlo… tal vez con el deseo de besarlo… Todo era muy confuso y precipitado. Todo lo que sabía con precisión es que ese muchacho estaba lleno de una abrumadora sensualidad; Era una criatura lasciva y hechizante—. Quizás podamos jugar al caballito, soy bastante bueno en ello

¿Jugar al caballito?

En mi mente se reprodujo por puro instinto, una imagen erótica de lo que decía. Incluso pude oír sus sensuales gemidos mientras ejercía dicha acción. Subir y bajar. Y…, me alarmé profundamente.  ¡¿Qué cosas estaba pensando?! ¡Yo no debía ceder, él era mi estudiante y yo su profesor!

—Yo no le soy tan indiferente, profesor Leandro Torrealba —dijo Adrián en tono burlón, mirándome altanero a los ojos y con una curva sardónica en esos labios de cerezas. Su aliento, al hablar, rozaba mi piel. Nuestras bocas estaban peligrosamente cerca—. Sé que tiene tantas ganas de besarme como yo a usted.

Y era cierto. Inconscientemente me había acercado más a su rostro. Llevé una mano a su cuello y masajeé los pelitos rojizos que nacían cerca de su nuca. Quería besarlo. Por Dios, que sí. La situación me ganaba. Mis sentidos se adormecían. Los instintos carnales prevalecían. Me sentía idiotizado por un chico menor que yo. Mi conciencia me gritaba que parara, que esto iba a terminar mal.

—Vamos, profesor. No sufra más y béseme —susurró.

Y yo cedí. Mierda, cedí. Me incliné y lo besé.

Ciertamente eso tenía pinta de terminar mal. Pero yo no quería pensar más. Yo… sólo quería dejarme llevar por la corriente y ahogarme en el delirio del placer que más tarde que temprano se tornaría en culpa.

Entreabrió sus labios, dándome permiso de explorarlo en su totalidad. Cosa que no dudé en hacer. Ya lo dije, estaba idiotizado. No tardamos en profundizar en un beso demandante y pasional; comiéndonos los labios, sin dejarnos respirar, hundiéndonos en la boca del otro hasta sentir nuestras almas pender de un hilo.

Él me besaba mucho más deseoso que yo… como si hubiese esperado ese beso toda su vida. Como si toda su vida se fuese en ese beso. Y bueno, ese tipo de cosas a veces te descontrola. O en mi caso lo hizo. Porque mi cuerpo lo anhelaba; a él y sus ojos verdes. A él y su carácter de los mil demonios. Odiaba reconocerlo, pero él me gustaba de verdad, encendía mi libido.

Apenas nos separamos unos centímetros para coger aire, y luego de inhalar lo máximo de aire que se puede en una calada, volvimos a juntar nuestros labios, encontrándonos con frenesí, con el deseo puro de dos amantes que acaban de encontrarse y necesitan reconocerse. Mis manos pasaban por su cabello, jalándolo, instándolo. Mi otra mano, en su cintura, lo pegaba más a mí. Lo necesitaba tanto… Era como si su saliva estuviese contaminando mi cuerpo, intoxicándolo hasta niveles insospechados.

No entendía qué pasaba conmigo, o bueno sí. Eso era lujuria, deseo, excitación.

Uno a uno los botones de su blanca camisa fueron separados, y mis labios no tardaron en reconocer el terreno de su cuello, excitándome ante sus débiles gemidos. Él era tan suave y menudo que lo empecé a desear con muchas más ganas.

—Es-espera…no tan rápido... —escuché que me dijo en un hilo de voz pero no me detuve, no podía hacerlo—. Espera… —me detuvo de repente y sonrió malvadamente en medio de su agitación, mirándome con malas intenciones. 

Lo único que él quería era tomar la delantera, así que besó mi cuello, besó la manzana de Adán, subió un poco más y me besó debajo de la oreja. Sentía que podía derretirme en cualquier momento… Mi respiración se aceleraba cada vez más. Notaba el anhelo en cada poro de mi piel, en cada célula de mi cuerpo.

—Te haré desearme tanto que no podrás olvidarme… —declaró en tono confidente.

De repente, ya no estaba allí conmigo sino que descendió lentamente, arrodillándose ante mí y bajando la cremallera de mi pantalón. Y sabiendo lo que él quería hacer, me apresuré a ayudarlo, desatando el cinturón y bajando la prenda, encontrándose él con mi erección. Está de más decir que con todas sus caricias era normal que me excitase de ese modo.

—¿Qué cree que debería hacer ahora, profe? Usted es el maestro aquí —preguntó con esa insolencia de muchacho sabelotodo—. Tal vez debería…

Y no terminó de decir lo que iba a decir, dejándome con la duda. Con el creciente anhelo de que hiciese aquello que mi imaginación desataba. Y lo hizo. Como si de un dulce se tratase, Adrián comenzó a lamer toda la extensión hasta introducirlo completamente en su boca, succionándolo todo.  Me estremecí por completo. Aquello superaba con creces cualquier fantasía que pudiese haber tenido con respecto al sexo oral.

Cerré los ojos con fuerzas mientras lo sentía. Mientras su cavidad me engullía una y otra vez con gula. Y ante tanto placer necesitaba asirme de algo, así que me sujeté de sus cabellos rojizos, empujando luego dentro de su boca en un vaivén presuroso y candente. No podía detenerme, me urgía seguir moviéndome y él no parecía molesto por ello. Me recibía en su boca y sus manos me acariciaban los muslos y los genitales.  Acabé derramándome en él, notando el alivió inmediato en cada musculo. Cerré los ojos y me sentí ir.

Luego me percaté que Adrián colocaba de nuevo mi pantalón en su lugar y volvía a ascender hasta llegar a mi rostro. Abrí los ojos para darme cuenta de que esos irises verdes estaban frente a mi y de que se limpiaba la indecente mezcla de saliva y semen con el pulgar. No lo pensé mucho y atraje su hermoso rostro para besarlo en los labios. Pretendía seguir manoseándolo, quitarle la ropa para tomarlo sobre la mesa. Sin embargo, él no me lo permitió.

—Hasta aquí ha llegado esta sesión. —dijo traviesamente.

Yo me quedé en jaque, sin poder procesar la información mientras Adrián se acomodaba sus ropas. Antes de salir por la puerta, me lanzó un beso al aire y dijo:

—La próxima vez, tal vez lleguemos más lejos…—dicho esto salió sin más, dejándome allí todo desarreglado, excitado y con un deseo de tocarlo más… y entonces la realidad de los hechos cayó en mi como una gran ropa que me aplastó.

“¿Diosito, qué hice?” Pensé aterrado.

Las imágenes de Adrián haciéndome sexo oral invadieron mi mente. La vergüenza ante mis actos me hicieron llevar mis manos a mi rostro y sacudir mi cabeza intentando dejar de pensar en ello. ¡Yo, un hombre justo, intachable, seguidor de la ley había caído como un vulgar casanova en las manos de aquel crío tentador! Pero no volvería a caer en ese juego de seducción.

Nunca más, ¡Nunca más, Adrián!” prometí, saliendo del instituto con cara de circunstancias.

Lo que yo no sabía era que esa tarde había cavado mi propia tumbar y mi infierno/paraíso con aquel mocoso tentador apenas estaba comenzando, junto con un viaje de flashback que no sabría si iba al mundo de las maravillas, o al de las pesadillas…

 

 

 

 

 

Notas finales:

Y bien, ¿Qué les pareció? Hubo muchas ediciones en esta versión, en especial la parte del lemon. Cuando empecé a editarlo me di cuenta de los terribles horrores que tenía, y me gustó mucho como ha quedado ahora. Siento que tiene más cohesión y coherencia.  Además, como ya sé que es lo que va a pasar en toda la historia, se me hace más fácil editarla. A diferencia de la primera vez que publiqué esto, pues sólo estaba pensado como un one-shot y lo continué por mero instinto. Pero ahora no. Ahora sé cómo va a avanzar y por eso he incluso cosas nuevas en el primer capítulo.


Si quieres dejar un comentario al autor debes login (registrase).