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Papá besó a Santa por aisaka-san

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Notas del capitulo:

Faliz navidad 20202!

La pesada nieve se entrometia entre sus pies haciendo la tarea de caminar casi imposible, la fría ventisca que golpeaba su rostro no era nada agradable pero aun así siguió caminando sin parar un solo momento.

 

Después de un largo rato por fin pudo mirar una pequeña casa rústica en medio del bosque. Aliviado por estar tan cerca de su destino colocó bien la gorra en su cabeza y reacomodo la bufanda sobre su nariz y boca, dándose así mismo un último impulso final para llegar hasta aquel lugar.

 

Finalmente llegó y lo primero que hizo fue empujar la pesada puerta de madera, el calor que emanaba el sitio fue como un trago de agua en el desierto, y como no deseaba perderlo cerró la puerta tras de sí con rapidez, sin dejar caer los paquetes que tanto trabajo le costó conseguir y llevo a cuestas durante todo el camino claro está.

 

Entró un poco más a la pequeña casa, las luces estaban prendidas y se notaba el estado no tan favorable de la vivienda, pues el invierno golpeó fuerte este año además de que el dinero escaseó severamente, dejando las reparaciones pendientes para después. Por lo que, ahora mismo, goteras causadas por la nieve que se derretia alrededor de la casa empezaban a pudrir un poco la estructura, el olor del moho creciendo tampoco era una buena señal y ni hablar de los animales que se escabullian en su hogar buscando calor y protección del invierno.

 

Los muebles no estaban en mejores condiciones ya que algunas cosas tuvieron que ser vendidas y ahora únicamente había una silla, la mesa solitaria y el viejo sofá de la abuela en la sala, afortunadamente pudo mantener una de las camas para sus adorados hijos.

 

Se sentó en el viejo sofá sintiendo al instante la madera y algunos clavos presionando contra él, se quitó la gorra café dejando ver sus rubios cabellos que sacudió de la nieve que logró atrapar en ellos, luego retiró la bufanda y siguió con el pesado abrigo que lo salvó de morir de frío; las botas se las dejaría puestas, de cualquier modo no tenía mucho calzado a decir verdad.

 

—¡Papá, papá!

 

Escuchó aquellos gritos provenir del cuarto de los niños, ambos llegaron corriendo felices hacia él, sonrió de igual manera al ver sus razones para seguir adelante ahí.

 

—¿Cómo te fue papá? —preguntó el pequeño Hyuga con entusiasmo, conteniendo las ganas de saltar frente al mayor, luego Hikaru le siguió con el mismo entusiasmo.

 

—Anda cuéntanos, ¿lo conseguiste?

 

Rantaro bajo la cabeza, parecía derrotado y ambos hermanos callaron al instante, extinguiendo su emoción de poco en poco. Sin embargo, se levantó de su lugar y tomó los paquetes que tanto esfuerzo le costó conseguir, luego les sonrió ampliamente.

 

—Por supuesto que sí, aquí están.

 

Los niños saltaron contentos en su lugar, las enormes sonrisas regresaron y corrieron entusiasmados con él. Ambos paquetes fueron abiertos por las manos de los pequeños, revelando así algunas piezas de carne, papas, pan y demás ingredientes apropiados para una cena familiar.

 

Los ojos de los pequeños brillaron al ver la gran variedad de alimentos.

 

—¡Viva! Esta será la mejor cena de todas —celebró Hyuga felizmente alzando los brazos.

 

—Exacto, ¡papá es el mejor! —continuó Hikaru con la celebración, luego ambos se abalanzaron sobre Rantaro sorprendiendolo, pero aun así recibió su abrazo gustoso.

 

Sonrió enternecido por recibir aquellas muestras de afecto, todavía podía recordar cuando hace años en una noche de invierno parecida a esta, alguien llamó a su puerta de esa pequeña casa y cuando salió a atender el llamado se encontró con una canasta de mimbre moderadamente grande, en cuyo interior yacía un niño durmiendo pacíficamente mientras otro de tan solo dos años yacía sentado mirando hacia ningún punto en particular. Miró alrededor encontrándose con el paisaje desolado del bosque nevado.

 

No tuvo el corazón para dejarlos ahí esa noche y los cuido, el pequeño Hikaru casi no hablaba y Hyuga era tan solo un bebé. Con el tiempo, Rantaro no pudo dejarlos ir pues sentía que esos niños lo necesitaban, el pequeño Hikaru empezó a hablar un poco pero no le comentaba nada de ningún papá o mamá, pues al parecer no podía recordarlos bien, ni a la persona que los llevó ahí. Hyuga por otro lado creció siendo un niño entusiasta y bondadoso con casi todos, pues únicamente solía ser egoísta con su hermano desatando pequeñas rivalidades entre ambos, aunque no era nada de qué preocuparse pues muy en el fondo ambos chicos se querían.

 

De verdad que esos niños eran el sol de todos sus días.

 

Por eso, a pesar de que no tenían todas las comodidades del mundo en su casa, el se esforzaria lo máximo para que nunca pasarán hambre o frío, incluso si lo trataban como un esclavo en el trabajo en la fábrica o si debía desvelarse en las noches fabricando velas en el sótano.

 

—Bueno, bueno, la cena no se preparara sola —dijo poniéndose de pie, los pequeños comenzaron a ayudar en lo que les pidiera su padre.

 

Y después de horas de preparación finalmente el olor de la comida invadió la casa completa, ambos hermanos peleaban la única silla que había mientras Rantaro servía la comida.

 

—Grosero, malo —Se quejaba Hyuga sentándose junto a Rantaro en el viejo sofá, pues Hikaru ganó la desgastada silla y le sonreía triunfante al menor. Rantaro solo rió por lo bajo.

 

Entre anécdotas y chistes se pasaron el tiempo, recordando las navidades pasadas donde lograron tener la oportunidad de asistir a fiestas de amigos.

 

—Y ese día, Lean metió una bola de nieve en mi espalda —relataba el menor de cabellos rojos con una sonrisa—, iba a pegarle pero luego Hikaru le lanzo una bola de nieve en la nuca y empezó la guerra, por suerte los demás estaban ahí ese día para ayudarnos.

 

—Pero ellos también nos atacaron después —recordó Hikaru con una sonrisa.

 

—Ojalá estuvieran aquí —suspiró Hyuga con anhelo.

 

—Bobo, si vienen hasta acá seguro que los aplasta la nieve del bosque —regañó Hikaru a su hermano menor, este hizo un puchero.

 

—¡Ya sé! Solo digo que sería genial que nuestros seres queridos estén con nosotros en estas fechas, ¿no crees papá?

 

Rantaro se lo pensó un rato, de hecho ya hacía un tiempo que no veía a sus amigos, ni hablar de aquella pequeña mancha morada que hace tiempo le rompió el corazón.

 

—Bueno, supongo que sí —respondió con un deje nostálgico, confundiendo a los pequeños por un momento.

 

Después de eso la cena continuó con normalidad, Rantaro tuvo que hacer un enorme esfuerzo para que los niños se fueran a dormir, pues como los buenos niños que son, esperaban ansiosos la llegada de Santa Claus a su hogar. Cuando pensó que lo había logrado se fue al pequeño sofá y durmió plácidamente.

 

Hyuga escuchó un pequeño y casi mudo toque en la ventana, se levantó ligeramente adormecido y no vió nada más que la nieve cayendo. Cuando estaba a punto de recostarse de nuevo volvió a escuchar un golpe, se emocionó un poco pues quizás se trataba de un mapache o de una rata que quería volverse su amiga.

 

Intentó abrir la ventana para dejarlos entrar pero no pudo, estaba atascada. El forcejeo constante logró despertar a Hikaru quien se acercó a ver qué pasaba.

 

—¡Son mapaches, ratas o tal vez una ardilla! Golpearon la ventana hace rato, seguro se mueren de frío allá afuera, hay que ayudarlos —respondió Hyuga cuando Hikaru le preguntó de sus acciones, el mayor rodó los ojos.

 

—Bobo, papá se enojara si metes otro animal en la casa, ¿recuerdas cuando “lord bigotes” se comió su pan?

 

—“Lord bigotes” era un villano —replicó Hyuga con su ternura infantil—, pero estos amigos son buenos.

 

—Ya deja la ventana en paz —regañó el mayor alarmado—. La romperás y seremos niños malos, Santa no nos traerá nada.

 

Antes de que Hyuga pudiera decir algo, un rostro apareció en la pequeña ventana, asustando a ambos niños quienes de la impresión soltaron un grito mudo y cayeron de espaldas.

 

Impresionados miraron ese rostro pálido, quizás por la oscuridad de la noche no podían ver claramente sus rasgos faciales, pero si vieron como aquella figura tocaba con una de sus delgadas manos de nuevo la ventana.

 

—Tra-Traeré a papá —anunció Hikaru alarmado pero Hyuga se lo impidió, lo tomó de la mano e hizo que lo acompañara a abrir la ventana— ¿Q-Qué haces?

 

—Creo que es él —respondió Hyuga con emoción, Hikaru no tenía ni la menor idea de a qué se refería—. Es Santa Claus.

 

—¿Estás loco? —preguntó Hikaru cuando su hermano menor soltó su agarre y abrió de un solo y potente movimiento la ventana, exponiendolos al exterior y a la misteriosa presencia del otro lado.

 

La persona entró de un salto al interior, se encorvó pareciendo un ser jorobado e intimidante, la ropa que portaba se miraba negra como la noche y ambos hermanos empezaron a arrepentirse de abrir la ventana.

 

Sin embargo aquella persona se enderezo, dejando a la vista sus facciones agraciadas y su cabello rubio, además de que pudieron distinguir mejor el color púrpura de sus prendas.

 

—¡Vaya! Que frío hace —comentó tiritando el ser, los ojos de los hermanitos resplandecieron.

 

—¡Santa! —exclamaron ambos emocionados por verlo ahí, se acercaron para admirarlo mejor.

 

—¡No puedo creerlo, es él! Tenías razón Hyuga —exclamó Hikaru emocionado, Hyuga infló el pecho orgulloso.

 

—Lo sé, nunca me equivoco.

 

“Santa” les pidió a ambos niños guardar silencio a lo cual ambos obedecieron pues su padre yacía dormido en la habitación de al lado, Hikaru cerró la ventana al sentir una brisa fría colarse al interior.

 

—Santa ¿nos trajiste regalos? —preguntó el menor de los hermanos entusiasmado, sin embargo los ojos azules de “Santa” lo miraron con cierta molestia.

 

—¿En serio así son los niños de hoy en día? Que groseros, antes de preguntar deberían traerme leche y galletas —regañó a ambos pequeños quienes cayeron en cuenta de que incumplieron aquella parte de la tradición.

 

—¡Waah! Es cierto, esperanos aquí Santa —exclamó Hikaru alarmado saliendo junto con Hyuga de la habitación.

 

A puntillas caminaron en la sala, buscando de aquí para allá algo de leche fresca y galletas para darle a Santa, pero no encontraron más que un poco de polvo de avena y agua.

 

—¿Seguro que no hay nada más? —preguntó Hikaru a su hermano, este negó con la cabeza—. Bueno, espero que Santa nos de al menos un carrito de madera como el que papá nos hizo… antes de romperlo.

 

Ambos suspiraron, se dieron media vuelta y se sorprendieron al ver como “Santa” miraba a su padre durmiendo en el sofa.

 

—Santa, te dijimos que esperaras en la habitación —exclamó Hyuga acercándose con el vaso de agua, Hikaru lo siguió con el plato de polvo de avena.

 

Ambos le extendieron a “Santa” los alimentos, este los tomó y se les quedó viendo con poco agrado.

 

—¿En serio esto es lo mejor que puedes ofrecer? —preguntó “Santa” no a los niños, sino a Rantaro quien dormía con una amplia sonrisa en el sofá.

 

“Santa” se alzó de hombros y suspiró, bajó la mirada emocionada de los niños rebuscó entre sus bolsas de su abrigo y sacó dos objetos, uno en cada mano que extendió a los hermanos.

 

—¿Trompitos? —preguntó Hyuga mirando el presente.

 

—No son cualquier tipo de trompo, son beys, espero les guste —dijo “Santa” con orgullo por su regalo, más el silencio constante de los hermanos lo llegó a desesperar en un punto—. ¡Agh por favor! ¿Podrían mostrar más emoción para…?

 

—¡Nos encanta! —gritaron los hermanos abalanzándose sobre “Santa”.

 

Tal alboroto despertó a su padre.

 

Alarmado, Rantaro abrió los ojos y rápidamente se puso de pie, encontrándose con la escena de sus hijos abrazando a un desconocido en el suelo. Estuvo a punto de golpearlo fuertemente de no ser porque el supuesto desconocido alzó la mirada, revelando su identidad.

 

—¡Wa-Wakiy…!

 

Rantaro no pudo terminar de decir su frase pues las manos de “Santa” cubrieron su boca, los hermanitos miraron con curiosidad la escena.

 

—¡So-Soy Santa! ¡Saantaaa! ¿Entiendes? —exclamó “Santa” alarmado mientras miraba con complicidad a Rantaro, este asintió y finalmente fue liberado.

 

—¡Mira papá! Santa nos trajo regalos —exclamaron con emoción los niños mientras le mostraban a Rantaro su regalo, este parpadeo sorprendido por la acción del supuesto “Santa”.

 

—Y eso no es todo, el resto de sus regalos está en su habitación —comentó Waki-Santa con una sonrisa orgullosa, los ojos de los hermanos resplandecieron y sin esperar a nadie corrieron a su habitación.

 

Rantaro estaba confundido, despertando en medio de la noche para encontrarse con Wakiya regalando muchas cosas a sus hijos después de años de no verse, después de que el chico terminó su relación de un día para otro.

 

Vaya que quería explicaciones.

 

—¿Qué haces aquí? —preguntó Rantaro con seriedad después de un pequeño lapso de tiempo, Waki-Santa no lo miró directamente.

 

—Hago felices a los niños, ¿que no es obvio?

 

—Sabes que no hablo de eso —respondió Rantaro cortante—. ¿Por qué regresaste? Después de tantos años…

 

“Santa” se sentó en la vieja silla y suspiró.

 

—Yo… lo siento. Fui un estupido por terminar sin decirte nada al respecto. Quería disculparme porque deje que las mentiras me llevaran a terminar contigo, me dijeron que tuviste hijos en ese tiempo que estuve de viaje y pensé lo peor.

 

Rantaro escuchó en silencio, recordando el viaje de dos años que Wakiya hizo en aquel entonces cuando dejaron a Hyuga y Hikaru en su puerta. Y cuando Murasaki regresó fue solo para romper con él, sin darle la posibilidad de presentarle a los hermanos.

 

—Luego quise olvidar todo de ti pero no pude. La curiosidad terminó por ganar contra mi y contrate a un investigador para conocer a la chica con la que me engañaste pero… sabrás que me sorprendí cuando me enteré que no me engañaste con nadie.

 

Rantaro distinguió finas lágrimas descender desde las mejillas de Waki-Santa.

 

—Yo… lo siento. Fui un idiota por irme así —Se levanto de su asiento y camino directo a la puerta—. Lamento las molestias, es mejor que me vaya.

 

Cuando abrió la puerta sintió un tirón en el brazo, giró sobre sus pies y se encontró repentinamente en una cercanía íntima con el rostro de Rantaro, quien lo miraba con ojos destellantes y una sonrisa sincera.

 

—No sabes cuanto te extrañe.

 

Y acercó sus rostros, logrando que sus labios se encontraran cálidamente, en medio de esa noche helada y oscura.

 

Hyuga e Hikaru miraron la escena sorprendidos desde la puerta de su habitación que apenas abrieron para enseñarle a su padre los sorprendentes regalos de “Santa”, más esas intenciones quedaron en segundo plano.

 

Cerraron la puerta regresando a su habitación, sentandose detras de la puerta fue cuando Hikaru comentó con una sonrisa ligera.

 

—No puedo creer que... papá besó a Santa.

 


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