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Hola, ¿estás solo? por Verde Lima

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Estoy esperando a Hugo y a Carlos, que cómo no, llegan tarde como siempre. Pensaba que a Hugo se le pegaría algo bueno de Carlos ahora que eran pareja oficial, pero no, a Carlos se le estaban pegando todas las malas costumbres de su novio.

Los veo aparecer peleándose, algo tampoco extraño, si ya eran lo más parecido a un matrimonio peleón, ahora son un caso.

Salvo que las peleas siempre acaban igual, con ellos dos comiéndose la boca como si no hubiera un mañana y yéndose sin despedirse para sellarlo en la cama.

Solo espero que esta noche se dejen de tonterías y podamos ser solo los tres amigos que hemos sido desde hace años. Sin parejas, sin peleas y solo festejando un nuevo año en la discoteca más cool de Madrid.

Eso y que Alberto está trabajando este fin de año. Alberto, mi Alberto no se ha evaporado como un sueño de verano. Es invierno, hace un frío de pelotas y sé que mañana lo tendré todo para mí.

—La culpa es de él—señala Hugo a su novio.

Carlos no dice nada, pero no porque quiera, sino porque sabe que eso solo va a alargar todo más. Hugo a veces le desespera, de verdad que no sabe en qué momento se enamoró de alguien así.


La cola es muy larga, pero hacer cola también es un arte, y nosotros vamos a entrar esta noche en esta discoteca, vamos a beber, bailar, y divertirnos. Porque hay que celebrar que se acaba un año que ha sido el mejor de mi vida, porque he conocido a Alberto, mi Alberto, a Rogelia que es un amor, y la suegra que siempre he querido tener. Y porque mis mejores amigos al final se han atrevido a darle una oportunidad a lo suyo.

Hay que darle las gracias al año, que se ha portado como un campeón, y nosotros somos muy agradecidos, sí, señor.

A Alberto salir no es que le mate, él siempre prefiere que nos quedemos en casa, viendo películas, abrazados y mimando a Emilio.

Y a mí me encanta, me encanta que que no se canse de mí, que quiera pasar conmigo todas las noches, y nuestros días libres. Que sea verdad y que en Reyes venga conmigo al pueblo a conocer a mi familia.

“¡Qué tengo novio, mamá!” le dije emocionado a mi madre, no me dio ningún voto de confianza. Pero es que ella no había superado mi etapa donde decía eso mucho más seguido que ahora.

¿Cuánto hacía? ¿Dos años que no decía la frasecita? Pues esta vez es verdad, tengo novio, pero no un novio cualquiera, tengo a El Novio, y me dice ratoncito, y me compra hamburguesas, de esas que yo no me permito porque este culo no se mantienen así por darle ultraprocesados. Pero que nos comemos con muchos gusto. Las hamburguesas y a nosotros.

No voy a mentir, le echo de menos una barbaridad, pero no he dicho nada, sé lo importante que es para él hacerse su camino propio.

Me habla poco de su pasado, imagino que haber estado en varias guerras no da material para hablar de cosas bonitas y agradables con tu novio súper cursi.

Pero no quiere trabajar con su hermano, y se ha hecho un curso de celador y le tocan los peores turnos del mundo. Pero está sexy como el demonio con su uniforme blanco, las cosas como son.


—Me han dicho en el trabajo que lo mejor de lo mejor viene esta noche aquí.—A Hugo le encantan ese tipo de cosas. Carlos solo mira al suelo, a él no le gustan nada. Por él estaríamos en su casa jugando al cluedo y creyendo que no le veo cuando le roba besos a Hugo.

No es mal plan, pero es fin de año, hace un millón de años que nos salimos, y me va a dar una pena horrible estar allí y sin Alberto.

—A mí me han dicho que va a estar Maxi Iglesias—digo yo.

—¿Pero es gay?—pregunta Carlos más curioso, le gusta el cluedo, sí. Pero un buen cotilleo sobre un macizorro no se le escapa.

—Cariño, todo el mundo es gay—se burla Hugo—. Además, qué más nos da, que yo sepa tú tienes novio y este también.

Este soy yo, que yo a mi Alberto no lo cambio por nadie, ni Maxi Iglesias, pero a nadie le molesta llenarse los ojos de maravillas.

Me sorprende que el celoso sea Hugo, pero yo no me meto en su relación y ellos no se meten en la mía.

Después de una hora de cola que empezó glamurosamente y ha acabado siendo un coñazo total, entramos.

Hace tiempo que no veo nada tan hortera y a la vez tan alegre. Sé que voy a acabar viniéndome arriba, se nota, se siente, y me río como un tonto.

—Abrigos primero, bebidas después—grita Carlos tratando de poner orden.

El guardarropa está lleno, la barra está llena, todo está lleno. Así que Carlos, nuestro macho conseguidor se va a la barra y Hugo y yo a buscar sitio, o quizás mejor dicho un huequito minúsculo donde vamos a estar más apretados que un dedo en un culo.

Pero está bien, la música es buena, y la verdad, que aunque solo sea para mirar y no tocar, las vistas son de lo mejor. Aún así, el ragalito que va a llegar esta noche a mi cama es mucho, mucho mejor.

Saco el móvil para escribirle un mensaje a Alberto, pero Hugo me lo quita.

—Nada de mesajitos, baila, bebe y vuélvete loco.

“Imbécil” le grito mentalmente, pero hemos hecho un trato, hoy solo somos tres amigos que salen a darlo todo.

Pero como los vea meterse mano, le mando un mensaje a Alberto diciéndole guarradas.

Tampoco hace tanto que tengo novio, y que no salgo de fiesta, pero todo me parece súper marciano.

Se me ha olvidado lo que es todo el show de apareamiento, y aquí todo el mundo quiere aparearse. Hugo y yo no nos perdemos nada, estamos disfrutándolo desde la barrera que es tener pareja y no tener que entrar en modo ligue.

Es cuando lo veo, al principio solo me desentona, ¿no es demasiado joven para estar aquí? Luego me doy cuanta de su cara, tiene carita triste. Es fin de año y las hormonas están tan a tope que si un hombre pudiera quedarse embarazado ya estaría preñado. Pero él está súper triste.

Le pego un codazo a Hugo, y le señalo al niño perdido y triste que desentona entre tanta alegría.

—No somos una ONG, Tommy.

Así de majo es mi amigo, pero me está dando cosita verlo tan solo y tan triste, no voy a dejar a Hugo porque es capaz de matarme, pero cuando después de mucho rato viene Carlos con unas bebidas demasiado oscuras para mi gusto, me escapo. No se me escapa el tono de Hugo cuando el dice a Carlos:

—Ya está Sor Ángela…

Me acerco, es joven, pero no tanto, ¿me habré sentido reflejado en ese chico?

—¿Estás bien?

Levanta la vista alucinado, como si en vez de estar en una macro fiesta estuviera solo y depresivo en el banco de un parque desértico. Qué manera de abstraerse.

—¿Qué?

Tiene unos ojos enormes y oscuros, y parece todavía más triste.

—Que si estás bien.

—Sí, gracias

—Mientes peor que yo, y eso que yo miento fatal.

Una pequeña sonrisa nos anima a los dos.

—Me llamo Tommy—me presento, porque uno además de creerse un salvador de almas tristes es educado.

—Lucas.

—Estoy con unos amigos, ¿quieres venirte?—Los amigos en cuestión me están mirando con cara de que lo de amigos ya lo iremos viendo.

—No quiero molestaros.

—Me harías un favor, son pareja, y aunque me han dicho que no van a hacer nada, en menos de una hora van a desparecer en los baños.

—Es que…

—¿Estás esperando a alguien?—le pregunto, y Luquitas, como le he rebautizado, suspira.

Le han dejado tirado, ay, ¡qué dolor!

Total que le arrastro hasta Hugo y Carlos, que son todo amabilidad, mi cojones, casi me matan con la mirada.

—Lucas, estos son Hugo y Carlos.

Él sonríe tímidamente.

—¿Cómo te han dejado entrar, qué tienes 16 años?

Qué majo es Hugo, de verdad, que a veces no sé cómo nos hicimos amigos, porque conmigo también fue así al principio.

—Tengo 19—dijo encogiéndose de hombros.

Hugo le miró como si no le creyera y se bebió la cosa oscura que le había traído su novio haciendo una mueca de desagrado, pero Carlos ya nos había dicho que era lo que había.

—¿Te han dejado plantado?—Carlos normalmente era más diplomático, se le estaban pegando las maneras de Hugo.

—Sí—dijo muerto de la vergüenza. Yo le había dicho que éramos majos, pero vaya mierda de presentación estábamos haciendo.

—¿Tinder o grindr?—pregunta Hugo.

Si alguien pudiera hundirse más sobre sí mismo, ese sería Luquitas.

—No hay que quedar con tíos de esos en fin de año, al final siempre se rajan.

—Ya.

Entre gritos Hugo comenzó a contarnos todas sus citas fallidas con tíos que al final se echaban para atrás, o porque solo querían tontear, o porque no encontraban una buena excusa que ponerle a sus mujeres.

—La culpa es mía, yo le insistí mucho, creo que me dijo que sí para que le dejara en paz.

—Yo creo que te ha visto, y como pareces muy joven le ha dado miedo.

Ese era Carlos, y la verdad es que un poco de razón no le faltaba.

—Estas muy bueno, te puedes ir con cualquiera de aquí.—Le dio una colleja Hugo, él práctico.


Luquitas sonrió, oye, estaba muy bien si te van los twinks. A mí me van los Albertos.

—Mira, ese.—Le levanta el rostro a nuestro nuevo amigo, enseñándole como un tipo se lo comía con la mirada.

Hemos pasado de una salida de tres amigos a alcahuetas para una noche de un joven que ha pasado de triste a muerto de vergüenza por las barbaridades que se le ocurren a Hugo.

No es exactamente lo que hemos imaginado al salir de casa, pero está siendo una noche muy divertida.

Aquí, el muchachito se ha magreado con todos los buenorros de la discoteca, a Maxi Iglesias no le hemos visto ni el pelo, y el resultado es que estamos borrachos como cubas.

Son las seis de la mañana y las calles se mueven sin piedad, como diciendo “a ver si tienes huevos de mantenerte en pie”.

Hugo y Carlos estaban muy borrachos y muy calientes, así que se fueron a la francesa, y nos hemos quedado mi nuevo amiguito y yo sosteniéndonos el uno al otro; yo soy el que ve, él el que puede caminar. Un cuadro, vaya.

Como soy un alma caritativa y vive en en donde Cristo dio las tres voces, le ofrezco mi sofá. La subida por las escaleras no es nada glamurosa, pero llegamos y con todos los dientes. Éxito total.


Emilio está en la puerta con cara de madre cabreada, sí, lo siento. Se me ha ido de las manos, pero que el que te mantiene soy yo a ti, gato del demonio.

—¡Qué moooooono!—me grita al oído el niño.

—Ni le mires, no le gustan los borrachos.


Alberto aún no ha llegado, y quiero esperarle despierto, para explicarle quién es Luquitas, mi pequeño padawan, y para comérmelo entero, que a mí el alcohol me pone muy guarro.

Pero me he caído con el niño en el sofá, y le ha dado la llorera, que no tiene 19, que tiene 16 y le ha robado el carnet a su hermano. Y no sé que más, que entre lo borracho y llorón que está no hay un dios que le entienda.

Total, que nos hemos quedado abrazados dormidos y lo siguiente que sé es que Alberto nos está zarandeando muy bruscamente.

—Qué no, que me dejes—le grito al gigante de mis sueños que me quiere sacar de la jaula en la que me ha encerrado.

Pero no es ningún gigante, es Alberto con una cara de cabreo que no le he visto en la vida. Aunque lo mismo es mi resaca que me hace ver todo feo y desagradable.

—¿Qué mierda es esto?—pregunta muy serio.

Esto somos Luquitas y yo abrazados, el niño parece en coma.

—Un niño de 16 años borracho, con uno de 30 resacoso.

—¿Crees que me hace gracia esto?

—Mañana te cuento llévame a la cama, porfi.

—Tomás, vete a la cama tú solo, yo me voy.

La resaca es una perra recorosa, que te espera al acabarte todas las copas.

Me levanto y no me caigo porque el universo sabe que a Alberto hay que darle una buena explicación.

—Lo adoptamos anoche.—Diría que paré a Alberto de un suave tirón en el brazo como en las películas, pero la verdad es que me he caído desplomado dándole un golpe—Estaba súper triste y solo, y Hugo le hizo ligarse a todos los que él no podía.

—¿Y qué hace en tu casa? ¿Qué hacías abrazado a él?—Mi Alberto estaba celoso, y me hizo gracia. Mala idea ponerse a reír cuando tu novio te pilla abrazado a otro. Quizás aún estaba medio borracho.

—Se puso a llorar, decía que tenía 19, pero miente peor que yo, amorcito. Es un niño.

No parece muy convencido, si yo le llego a ver con uno así abrazado primero lo arrastro y luego ya si eso le pido explicaciones.

—A mí solo me gustan los Albertos vestidos de blanco con un paquete enorme.—Yo quería sonar sexy, pero creo que de la frase solo se entiende lo de Alberto y el paquete. El mensaje estaba claro, en cualquier caso.

—Tommy, no te abraces a otros así, por favor.

Hasta en medio de mi etilismo me doy cuenta de lo triste que parece.

—No lo haré nunca más, te lo prometo.—Yo quería besarle, pero el gesto de su nariz y como me apartó me dijo que yo no debía oler a rosas.

—A dormir la mona.—Me besó la frente.

—Quiero dormirla contigo, mi mona ha estado muy solita sin tiiii.

Alberto sonríe, y Alberto cuando sonríe es como un regalo de Navidad. Es la cosa más bonita del mundo, es lo mejor de lo mejor…

Ay, me he puesto a llorar ahora yo.

—¿Qué te pasa?—Alberto me pregunta preocupado.

—Que te quiero mucho, mucho, mucho, mucho.—Le abrazo lo más fuerte que puedo—Más que la trucha al trucho.


—Y yo a ti, ratoncito.

—Vamos a la caaaama.

Alberto se ríe, que si su sonrisa es bonita, su risa me pone contento todo el día.


Cuando me despierto como a las dos de la tarde me duele la cabeza, me duele el cuerpo, estoy mayor para estas cosas, qué triste.

Cuando me consigo levantar Alberto no está en la cama, y la verdad es que la habitación huele a tigre borracho.

Abro para ventilar y entonces los escucho.

Salgo para ver la estampa de Alberto cocinando, con Luquitas mirándolo como loco y a Emilio tumbado sobre las piernas del niño.

Hombre, ¿pero qué es esto? ¿Un complot contra mí?


—Buenos días, bella durmiente.—Me sonríe Alberto, ay, qué guapo es mi Alberto.

—Hola, Tommy.

El gato solo me mira. Lucas parece fresco como una rosa, la madre que lo parió.

—Me está contando toda vuestra noche, ¿de verdad te subiste a bailar en una barra?

—¿Yo hice eso?


Ambos se ríen de mí, cabrones.

Pero me pone un zumito y un Espidifen en la mesa, y yo me lo tomo despacito.

Al niño le suena el móvil y yo creo que me va a reventar la cabeza por el tono.

—¡Es él!

—¿Quién?

—Mi cita de ayer.

—Mándale a la mierda—le digo, estoy yo para segundas oportunidades.

—A lo mejor le pasó algo, quizás puedas escuchar su versión.—Yo me cría Sor Ángela de la Cruz, pero al parecer Alberto era San Judas Tadeo, el patrón de los imposibles.

Los ojitos ilusionados de Lucas me hacen callarme, ¿quién era yo para romperle la ilusión?

—¿Hola?

 

o0o

 


—¿Tú crees que era sincero?—Le digo a Alberto después de que Lucas se diera una ducha y se fuera radiante a sus 16 llenos de vitalidad y esperanzas.

—Eso tendrá que comprobarlo él, ¿no te parece, papá?

—Yo sería un padre súper molón.—Le pego en el hombro, pero me duele más a mí que a él, que solo me vuelve a abrazar y besar en la cabeza.


—Creo que necesitas una ducha.—Y la verdad es que yo también lo creo, me huelo hasta yo.

—¿Te la das conmigo? No sé si podré llegarme a todos lados.

Y claro que él me llega a todos lados, a lados bastante profundos que me dejan clavado a la pared de la ducha de un modo súper caliente.

Eso se parece más a lo que esperaba de este fin de año, quizás un poco menos resacoso, pero sin duda con Alberto a mi espalda volviéndome loco.

 

o0o


Esa noche recibí un mensaje de Lucas con una foto con un chico solo un poco mayor que él muy sonriente, quizás no es como se empiece sino como se acabe el día.

Y yo el día lo iba a acabar muy abrazacito a mi novio, y reenviando la foto de nuestro niño, a sus tíos Hugo y Carlos.

 

 

FIN

 

 

Notas finales:

Un par de días más tarde, pero quería hacer un especial de estos amigos.


 


Os deseo un feliz 2021, que nuestro nuevo año sea tan bueno como lo ha sido para estos chicos.


 


Besos.


Sara


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