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Criminal - [Ereri] por L_inverse

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Notas del fanfic:

- Ereri
- Los personajes de esta historia pertenecen al creador del manga de Shingeki no Kyojin, Hajime Isayama.

Notas del capitulo:

- Ereri
- Los personajes de esta historia pertenecen al creador del manga de Shingeki no Kyojin, Hajime Isayama.

Cuando llegó a la escena del crimen, el perímetro ya estaba cercado por los policías del cuartel central. Era ridículo llamarlos a ellos siendo que esa zona era jurisdicción del cuartel norte, pero, como se trataba de uno de los ricachones dueños de la ciudad, no les importaba saltarse protocolos para llamarlo a él y a su equipo.

Saludó con un gesto a sus compañeros de escuadrón mientras atravesaba el portón enrejado que lo dejaba ingresar a la propiedad, caminando con elegante firmeza por el extenso ante jardín que decoraba los exteriores de la mansión; con calma y disimulando la creciente molestia que le generaba tener que acudir a aquellos llamados tan triviales.

Al estar frente a la puerta de la vivienda, notó que uno de los cadetes estaba interrogando al – aparentemente – mayordomo, así que pasó con tranquilidad junto a él y se dirigió hasta la sala de estar, desde donde escuchaba agudos sollozos ahogados y un par de voces masculinas charlando.

En medio de aquel ostentoso salón estilo victoriano, con murallas color azul pálido, piso alfombrado y sillones grandes, su compañero estaba hablando con el dueño de casa; un reconocido mercader al que le encantaban las apuestas en las carreras de caballo, por lo que la mayoría de los adornos y cuadros que había en la mansión tenían temática ecuestre.

– Levi, qué bueno que llegas. – dijo de pronto Erwin Smith, su compañero. Se acercó a él y al hombre vestido con una bata de seda negra, quien parecía iracundo mientras veía de reojo a la mujer sentada en uno de los sillones, la cual no dejaba de llorar.

– Los mejores detectives y una mierda. – soltó el hombre con repulsión. – Llevan dos años tratando de cazar a este criminal. ¡y todavía no lo logran! –

– Oh... así que el Espectro atacó otra vez. – comentó el azabache, dándole una corta mirada a su alto amigo, quien se la devolvía con el ceño fruncido. – ¿Estás seguro? –

– ¡Me da lo mismo si lo es o no! ¿Tienen idea de todo lo que robó? – espetó el mercader, evidenciando su indignación.

– Señor, mis hombres tomarán una declaración detallada de todo lo que le robaron. Haremos lo posible por encontrar al culpable. – sentenció Erwin con su firme voz.

– Tch, maldición. Estúpida ciudad. ¡Y tú deja de llorar! – le gritó a la mujer, haciendo que a Levi le hirviera la sangre.

– Vamos a revisar las cámaras de seguridad. – informó apresuradamente el rubio, empujando al azabache hacia fuera del salón, dejando que los dueños de casa discutieran.

– ¿No las han revisado? – preguntó Levi confundido cuando ya estaban en el pasillo, lejos de aquel hombre.

– Claro que sí. – respondió su amigo con un semblante cansado, él también odiaba esos casos. – Estamos seguros de que es él. El traje negro, la estela verde, ninguna alarma accionada excepto al salir... «volando», sin daños en las puertas ni ventanas... –

– Ni tampoco forzaron las cerraduras y los códigos de acceso no alertaron una violación de seguridad. – a su lado, llegó la alta pelirroja de lentes que traía una serie de papeles en sus manos, los cuales miraba con aburrimiento. – Definitivamente es el Espectro. –

Levi Ackerman suspiró con pesar. Ese estúpido personaje había alterado a la clase alta de la ciudad, robándole su tiempo para atender los casos de robos que hacía periódicamente, quitándole una parte de la exuberante riqueza que tenían aquellos podridos elitistas; estaba cansado de atender esos llamados, porque – con vergüenza – debía admitir que estaban lejos de tener alguna pista para determinar quién era realmente este ladrón fantasma, siquiera su modus operandi.

Chasqueó la lengua, molesto mientras escuchaba discutir al mercader y a su esposa en la sala continua y también por la descripción de lo mostrado en la cámara de vigilancia que había analizado Hange Zoe, su analista de sistemas.

– Hange, pídele a uno de tus subalternos que me envíen la información de las cámaras a mi correo. Lo veré por la mañana. – sentenció el azabache, recibiendo una mirada curiosa de sus compañeros de trabajo.

– ¿Ya te vas? – preguntó la mujer, sin disimular la sorpresa en sus ojos marrones.

– Iré a recorrer el sector a ver si encuentro alguna pista. – mencionó, mirando su teléfono y notando que era cerca de las once de la noche.

– Bien. Yo también me marcharé. – anunció Erwin, igualmente calmado. – Dejaré a los policías del cuartel Norte ejerciendo vigilancia en el perímetro de la mansión y retiraré a nuestros hombres para que comiencen a analizar la información que ya tenemos. –

– Sigue siendo información inútil. – comentó la pelirroja, caminando junto a ellos hacia la salida del lugar. – De todas maneras, se archivará con el resto de los casos. Esperemos que los peritos criminalistas encuentren algo esta vez. – Hange sacó su teléfono y se puso a teclear unas cosas; en eso, Erwin le dedica al azabache una mirada cargada de frustración y agotamiento.

– Mañana volverá a ser un día terrible. Hace más de un mes que no teníamos un caso del Espectro. – comentó en voz baja, mirando hacia la mansión con gesto desaprobatorio.

– Todos los días son terribles en esta asquerosa ciudad, Erwin. – replicó el más bajo, comenzando a caminar por los jardines, con el rubio siguiéndole el paso.

– De todas formas, hay que encontrar nuevas pistas pronto para capturar al culpable. –

– No los veo presionando tanto al departamento de policía con los asesinos seriales de los sectores bajos; pero sí los veo insistiendo en atrapar a un estúpido ladrón sólo porque sus víctimas son millonarios. – comenzó a escupir Levi, lleno de frustración.

–  Y... – interrumpió Erwin, para añadir un comentario a lo que decía su compañero. – También dueños de la ciudad y principales contribuyentes de los sectores públicos como nuestro trabajo, Levi. No olvides que ellos son los que te pagan, finalmente. –

El azabache odiaba tener esas discusiones con el rubio. No es que su compañero pensara realmente de esa forma, sino que, en su posición actual, lo mejor era no meterse con la gente que tenía el poder sobre la ciudad, con su dinero e influencias. Por el contrario, era mejor acatar las órdenes y tratar de llevar su trabajo con todo el profesionalismo que adquirieron con el paso de los años, ya sea como cadetes en formación, para pasar a ser miembros del cuerpo de policía de la ciudad y luego los mejores detectives del distrito.

Cuando salieron a la calle, su alto amigo se dirigió hacia el vehículo policial, pero Levi miró la ruta cementada hacia el centro de la ciudad, donde los altos rascacielos se perdían un poco entre las nubes de tormenta que ya se alejaban hacia el sur.

– ¿No vienes? – le escuchó decir a Erwin a sus espaldas.

– No, caminaré. – respondió con frialdad, imitando al aire nocturno que se impregnaba en su ropa. – Nos vemos mañana. –

 

~*~~~*~~~*~

 

Llevaba caminando cerca de dos horas cuando por fin logró llegar hasta el centro de la ciudad. Ya no se sorprendía de la cantidad de gente que circulaba, incluso a esas horas de la noche, por las calles mal iluminadas y llenas de contrabandistas y borrachos.

Stohess era una ciudad completamente caótica. Las diferencias sociales y económicas eran abismales, una brecha que parecía tan grande que a veces consideraba que los pobres vivían en una ciudad aparte que los ricos; sobre todo, los altos índices de violencia y delincuencia en la ciudad la hacía una de las peores del país eldiano.

Levi estaba acostumbrado a ver riñas, asaltos, asesinatos, entre otras cosas peores. Ser policía implicaba estar en el frente de batalla contra aquellos psicópatas y sociópatas que gobernaban las calles; como también verse envuelto en sofisticadas galas de millonarios cuando requerían sus «servicios de guardia», porque hasta en eso tenían influencias los de la élite, para solicitar que la misma policía resguardara sus fiestas y reuniones.

El frío del invierno ya comenzaba a sumarle en su malhumor y terminó por hundir aún más su nariz en la vieja bufanda negra que rodeaba su cuello, esperando no resfriarse por haberse ido caminando desde los altos sectores de la élite. 

En eso, mientras trataba de acomodarse entre sus prendas para soportar las calles que aún le quedaban para llegar hasta su hogar, su mirada llega hasta el piso para notar unas gotas que ennegrecían la vereda. No era extraño encontrar sangre en las calles, sobre todo a esa hora; sin embargo, esta parecía demasiado reciente, tanto así que su instinto de policía lo llevó a caminar en la dirección desde la cuál provenía para detenerse en la entrada de un asqueroso y maloliente callejón.

El rastro de sangre aún estaba fresco sobre el asfalto, el escarlata se veía ennegrecido debido a la oscuridad de aquel callejón abandonado al que había ido a parar en su búsqueda, siguiendo las pequeñas manchas del piso que parecían haber sido dejadas hace poco por una herida grave. 

Sacó el revolver desde su funda, que cargaba en el cinturón, más por costumbre del oficio que por sentirse amenazado, y prosiguió su camino en busca del origen de aquel desangramiento, temiendo que fuese alguna persona que haya sido asaltada o, peor, un asesinato.

Tras llegar a unas oxidadas escaleras de servicio que pertenecían a un edificio en ruinas, se detuvo para comprobar el camino. Las manchas de sangre volvían a aparecer en aquellos escalones, mientras el barandal también se encontraba salpicado de escarlata, seguramente al afirmarse de él para ascender por esa escalera en mal estado.

Con cuidado de no hacer ruido sobre el metal con sus mocasines negros, subió uno a uno los peldaños, lentamente y con total concentración sobre lo que pasaba a su alrededor, listo para cualquier eventualidad que pudiese afectarlo. Levi Ackerman era conocido como uno de los mejores detectives de la caótica ciudad de Stohess y le hacía justicia a su título mientras usaba su destreza casi felina para encaramarse por los cortes de la escalera silenciosamente y casi sin esfuerzos.

Cuando le quedaba un piso más por subir, por el rabillo de sus ojos grises logra captar algo que le llama la atención. Una inusual mancha, que supuso era más sangre, se hallaba plasmada en el marco de uno de los ventanales del cuarto piso; y, haciéndole caso a su instinto, se aventuró a pasarse el barandal de la escalera para acceder a ese nivel a través de la ventana, adentrándose en el sucio y olvidado edificio.

Los ruidos de los autos parecían más lejanos ahí, pero el olor a humedad y suciedad le molestaba horrores, teniendo que poner su antebrazo sobre su nariz mientras se acostumbraba a él. Caminó precavidamente por aquel cuarto vacío hacia la puerta, donde se encontró otra pequeña mancha de sangre fresca en el marco de madera podrida.

Como había dejado de llover durante el día, la temperatura había empezado a descender drásticamente debido a la humedad, haciendo de aquella noche una de las más frías de lo poco que llevaban de ese invierno; y, en aquel edificio de cemento, se podía sentir con mayor fuerza el frío que se colaba por las ventanas rotas y las grietas de las paredes debido al abandono.

Una vez que atravesó el umbral de la sala, llegó hasta un pasillo igualmente oscuro, solitario y gélido, dándose unos segundos para analizar su entorno, buscando salidas en caso de que necesitara escapar y escuchando si había alguien más en ese lugar; porque los edificios abandonados se habían vuelto guaridas perfectas para narcotraficantes, vagabundos y centros de reuniones clandestinas.

Un ruido lo saca de su analítico estado, reconociendo un quejido ronco y aparentemente contenido que provenía desde el fondo del pasillo. Sus pies lo guiaron con maestría, levantando el arma a la altura de su hombro, dispuesto a disparar de ser necesario, tal como le habían enseñado hace muchos años atrás; hasta que llegó frente a una puerta. La pared continua tenía una gran mancha de sangre, como si alguien se hubiese recargado sobre ella y arrastrado dentro de la habitación.

No sabía qué esperar cuando tomó el pomo y lo giró, abriendo lentamente aquella puerta de madera que chilló debido al óxido de sus bisagras. Su arma fue lo primero que asomó por la apertura y, al escuchar un abrupto movimiento cerca de la puerta, la terminó abriendo de una sola patada al tiempo que entraba apuntando su revolver hacia el culpable de aquel sobresalto.

Por un instante, se congeló completamente. Sentando y apoyado dolorosamente contra la muralla junto a la entrada, un par de ojos verdes lo miraba agotado, pero no por ello menos amenazantes, dándole a entender que, pese al demacrado estado en el que se encontraba, estaba listo para atacar con todo lo que tenía.

Respiraba de manera entre cortada y muy dificultosamente, al tiempo que con su mano izquierda afirmaba con fuerza la grave herida que tenía en su estómago, evidenciada por la enorme mancha de sangre que su camiseta negra lograba demostrar pese a la oscuridad. No obstante, su mano derecha se alzaba hacia el detective con un revolver plateado, dispuesto a dispararle en cualquier momento.

Ambos se miraron atentamente mientras se apuntaban con sus respectivas armas. Sin embargo, fue el moreno de ojos verdes quien terminó por bajar su tembloroso brazo, soltando de golpe su pistola y usando su mano para afirmar con más fuerza la herida de su vientre. Frunció más el ceño mientras una gota de sudor resbalaba por el contorno de su rostro, que empezaba a palidecer con rapidez.

– De todas las personas que pensé que me seguiría... jamás pensé que fuera usted, detective Ackerman. – murmuró ronco y bajo el chico que yacía sentado en el piso, cuyos cabellos caían desprolijamente sobre sus hombros.

– ¿Me conoces, mocoso? – le preguntó, curioso de saber cómo es que conocía su nombre. El joven simplemente soltó una carcajada, para luego gemir ligeramente de dolor por aquel involuntario movimiento.

– Hay que conocer al enemigo. – respondió más bajo. – No me diga que no me reconoce, detective. Lleva, al menos, dos años tratando de dar conmigo. – fue entonces cuando Levi se fijó en la capucha que estaba junto al muchacho, llevando su mente hasta una retorcida conclusión.

¿Espectro? – soltó él, confundido por la ridícula situación en la que estaba.

Dos años siguiéndole la pista al famoso ladrón que la gente había apodado "Espectro", por aparecer y desaparecer sin dejar pistas ni ninguna señal que diera indicios a la policía de quién podía ser o cómo comenzar a buscarlo. 

El reconocido ladrón no dejaba ningún símbolo que lo identificara, carta o cualquier otra cosa que solían hacer los sociópatas que usualmente perseguía; este simplemente hacía su jugada y lo único que podían captar las cámaras de seguridad era una sombra negra con una estela de luz verde que volaba desde las mansiones para huir de la escena del crimen; y cuando decía volar, era exactamente eso, las cámaras captaban a un sujeto cruzando los cielos rápidamente. Era la única señal que podían considerar como un patrón de que se trataba de la misma persona en reiterados robos. 

Ahora entendía lo de la estela... sus ojos verdeazulados resplandecían en aquel rostro surcado por el dolor.

Y, en ese momento, estaba ahí, moribundo con una herida que quizá cómo se la había hecho. Vulnerable y completamente entregado para que fuera llevado ante la justicia... Sin embargo, no era lo que esperaba. El famoso ladrón era tan sólo un joven de no más de veinticinco años, alto, de piernas jodidamente largas y un rostro moreno con ojos cuales esmeraldas que mostraban un montón de emociones contenidas por sus labios fruncidos debido al dolor de sus heridas.

– Bingo, detective Ackerman. Ha encontrado a su ladrón. – murmuró el chico, claramente agotado y débil. – Hágame un favor. Si quiere llevarme preso, mejor déjeme morir aquí. –

– ¿Por qué crees que debo cumplir tus deseos? – sentenció, acercándose un paso y pateando la pistola con la que antes lo había apuntado, logrando que esta quedara bajo uno de los muebles de la habitación, lejos del chico. – ¿Qué mierda te pasó, Espectro? Se supone que no puedes herir a los fantasmas. – se agachó, sin dejar de apuntarlo con su arma, para ver la herida más de cerca. – ¿Fue una bala o un cuchillo? –

– ¿Está preocupado por mí, detective? – la sonrisa ladina en el rostro del muchacho le hizo chasquear la lengua, molesto por su atrevimiento, aun cuando estaba en una situación completamente desventajosa.

– Estás delirando de tanta sangre que perdiste. – de pronto, la mano del chico tomó el cañón del arma de Levi y este se sobresaltó de inmediato. No obstante, se dio el tiempo suficiente para notar que el moreno no tenía intenciones de arrebatarle el revolver, sino que simplemente se estaba afirmando de él.

– Capitán... – murmuró, sorprendiendo a Levi, pues hace mucho tiempo que ninguno de sus subalternos le decía así. – ¿Podría poner en pausa su persecución para ayudarme? –

– ¿Me estas pidiendo que te salve la vida? – tras unos instantes de silencio, el otro simplemente asintió, como si fuese la petición más razonable del mundo.

– Quiero negociar con usted. Pero no puedo hacerlo en este estado... – entonces, su mirada verdeazulada se alzó hacia él, resplandeciendo en aquel oscuro cuarto iluminado ligeramente por las luces de la calle y de los autos al pasar por ella. Se sostuvieron la mirada por varios segundos, sólo para que Levi notara lo sincero que se mostraba en su petición.

– No tengo garantías de que no escaparas una vez que te recuperes. – señaló lo evidente y no entendía la razón para hacerlo.

¿En serio estaba considerando la idea de ayudar al criminal que había alterado tanto a la clase adinerada y le había dado dolores de cabeza constantes durante los últimos años? Este era el momento más importante de lo poco que llevaban del año: su ladrón, el popular Espectro que aterraba a la élite, se hallaba a su merced para ser arrestado y llevado a la justicia, aun cuando no tenía más pruebas que su loca intuición diciéndole que ese muchacho era el criminal más popular de todo Stohess.

Claro, eso y que, prácticamente, el mocoso había admitido ser el Espectro.

– Créame, capitán... escaparé. – mencionó con otra carcajada, pero, en seguida, una tos compulsiva lo descontroló. – Usted y yo tenemos algo en común que podría sorprenderle. –

– No pareces tener buenas cartas para jugar esta ronda, mocoso. – dijo Levi, sospechando severamente de ese muchacho.

– No necesito tener buenas cartas para ganar. No me entregará en este estado. De querer hacerlo, lo hubiese hecho antes de comenzar este ridículo diálogo. – la voz de este se fue apagando conforme notaba que su respiración se volvía dificultosa, dejando que sus palabras fueran un débil sonido en medio del cuarto.

– Tch. Eres un mocoso completamente desastroso, Espectro. Me avergüenza no haber podido atraparte antes. – pese a todo, el mocoso tenía razón. Estaba discutiendo con él, tratando de darle sentido a esa escena tan anticlimática en su persecución del ladrón.

– Podría impresionarlo, capitán. – el azabache notó que el otro, nuevamente, quería sonreírle ladinamente, pero su rostro comenzaba a perder expresión, incluso sus ojos comenzaban a parecer más cansados. – Qué irónico pensar que sus ojos grises es lo último que veré antes de morir. –

– No morirás, idiota. – sentenció de pronto, sabiendo que no lo dejaría morir. "Demonios", pensó. Desde el momento en que notó que su buscado criminal era un estúpido chiquillo herido, supo de inmediato que no lo entregaría hasta descubrir cómo un jodido crío podría haber causado tanto revuelo en esa asquerosa ciudad.

– En la cajonera... – murmuró el chico y, por unos instantes, el de mirada grisácea notó, con un poco preocupación, que perdía brevemente el conocimiento.

Se puso de pie rápidamente y fue hasta la cajonera que estaba junto a la pequeña ventana del cuarto. Había una caja de primeros auxilios muy bien equipada, con vendajes, medicina, instrumentos de curación, entre otros elementos elaborados. Se dio vuelta y fue a tomar al mocoso en brazos para depositarlo sobre la cama individual que había a un costado de la habitación, la cual notó que tenía sábanas limpias.

Enseguida se dirigió a buscar el botiquín y se volvió a acercar al chico, quien había vuelto a perder el conocimiento. Con un poco de miedo de haber llegado tarde para curar su herida, le levantó la camiseta para ver el origen de su sangrado, dándose cuenta de que había sido apuñalado con un arma bastante grande.

Con todas las enseñanzas que había adquirido de los miles de cursos de primeros auxilios que había hecho durante su carrera, comenzó a limpiar la zona para luego coser la herida, esperando que el arma no hubiese perforado algún órgano interno, porque sabía que llevarlo a un hospital podía generar muchas preguntas que, seguramente, el mocoso no querría contestar, como tampoco él.

Cuando terminó su trabajo, ordenó los elementos que había usado y botó en una bolsa de plástico negra todas las compresas y gasas que ensució. Había vendado con cuidado y perfección el torso del chico, asombrándose del tonificado cuerpo que tenía.

No lo comprendía. Aquel joven que yacía descansando en la cama en esos momentos no cumplía con el perfil de un ladrón. No parecía desnutrido ni tampoco un drogadicto. No tenía tatuajes ni tampoco heridas de peleas en su cuerpo. Sus manos y su piel estaban muy bien cuidadas, incluso su cabello – que estaba bastante largo – se notaba cortado con cuidado y limpio, pese al sudor.

¿Por qué se había convertido en un ladrón alguien cómo él? Y, sobre todo, ¿Qué era eso que supuestamente tenían en común?

 

~*~~~*~~~*~

 

Cuando abrió los ojos, tuvo que volver a cerrarlos inmediatamente debido al exceso de luminosidad del cuarto. El sol pegaba fuerte a través del vidrio junto a la cama en la que se encontraba recostado. Sentía el cuerpo pesado y tardó bastante en recuperar completamente la conciencia antes de mirar con atención a su alrededor.

Estaba en aquel cuarto que había usado como escondite las últimas semanas. A ningún criminal le gustaba ese edificio porque estaba en medio de dos avenidas muy grandes y concurridas, con mucha gente que podría reconocerlos haciendo transacciones ilegales o, simplemente, por el sin número de carteles de «se busca» que empapelaban los postes de luz.

Intentó acomodarse más en la cama y dos cosas lo alarmaron inmediatamente. La primera fue el agudo dolor en la zona izquierda de su estómago, que lo llevó a recordar su encuentro con esos pandilleros y la profunda puñalada que se había llevado en un momento de desconcentración y por culpa de su exceso de confianza; y, junto con eso, todos los sucesos que lo llevaron a llegar arrastrándose hasta su escondite en busca de la forma de curar esa herida tan profunda, fallando completamente en el proceso al desplomarse apenas entró en el cuarto, mareado, tiritando de frío y con la vista nublada debido a la sangre que había perdido, acompañado del insoportable dolor que le producía cualquier movimiento, incluso respirar.

Había sentido un miedo gélido recorrer cada uno de sus músculos conforme sentía el cuerpo más pesado y adormecido, a medida que su cabeza se desconectaba un poco de la realidad y la visión se le nublaba. Su voluntad lo había llevado a buscar un lugar seguro donde esconderse y encontrar la manera de curar esa herida que no dejaba de sangrar. Se había esforzado con todas sus fuerzas en pensar que iba a sobrevivir, que iba a salir de esa; sin embargo, lo cierto era que, tras llegar al cuarto, las piernas le habían fallado completamente, desplomándose mientras temblaba e incapaz de llegar hasta su botiquín para cerrar la herida y sumergiéndolo en un pánico alarmante al saberse enfrentado a una muerte prematura.

La segunda cosa que lo alarmó en ese momento, se encadenaba a ese recuerdo, literalmente, pues unas esposas enganchadas a una cadena afirmaban su brazo izquierdo al catre de la cama, imposibilitando que se levantara de ella. Eso sólo podía significar una cosa y era que el detective de ojos grises de verdad había aparecido en su escondite, justo cuando estaba pensando en que ya no podría salvarse de esa situación – y se había sentido horriblemente asustado de perderlo todo – y lo había ayudado a curar su herida.

Su corazón se agitó levemente al darse cuenta de que no había sido una simple alucinación debido al desangramiento, sino que, efectivamente, el policía había accedido a ayudarlo, Dios sabe por qué. Eso lo hizo avergonzarse de manera abrupta ya que, honestamente, los últimos meses se había obsesionado un poco con el equipo policial que estaba encargado del caso de los robos del "Espectro", especialmente con el detective Levi Ackerman, quien era conocido como uno de los mejores detectives de la ciudad.

Que justo fuera él quien lo hubiese descubierto en aquel pésimo estado, lo interpretó como una ironía del destino. Esa noche había llegado a su puerta, apuntándolo con profesionalismo con su arma, indeciso de si dispararle o no. Incluso se dio el tiempo de coquetearle al oficial, temiendo que no sobreviviera esa noche de lo débil que se sentía.

Sin darle más tiempo de seguir pensando, la puerta de la habitación se abre con su chirrido característico, sólo para dejar pasar al protagonista de sus recientes pensamientos. Su cabello azabache caía liso a ambos lados del rostro a la altura de sus orejas. Traía el ceño fruncido – aunque, francamente, siempre lo había visto con ese gesto, parecía casi tatuado en su piel pálida –, venía con aquellos pantalones negros de tela que parecían delgados para la época del año, combinándolo con los típicos mocasines negros que usaban los detectives del cuartel central. Su torso era cubierto por una camisa blanca, desabrochada en el cuello, y un abrigo marrón que le llegaba hasta los muslos, despreocupadamente abierto.

Cuando dirigió su afilada mirada hacia él, se sorprendió y pareció ponerse a la defensiva inmediatamente; de hecho, el muchacho notó que llevó brevemente su mano hacia la funda de su pistola, alojada en el cinturón negro de su pantalón.

– Vaya, capitán, no sabía que tenía este nivel de perversión para dejarme esposado a la cama. – comentó con sorna, dedicándole una sonrisa ladina para molestarlo. Claramente, él no cayó en su provocación, evocando un suspiro agotado.

– Parece que ya te sientes mejor, mocoso. – tras decir esto, se acercó un par de pasos hacia él, quedando lo suficientemente cerca para escrutarlo y lo suficientemente lejos para no ser abordado por él. Levi Ackerman era un hombre precavido, evidentemente.

– ¿Seguro que no es doctor, capitán? Porque pensé que iba a morirme anoche. – le soltó despreocupadamente, mirando atentamente el vendaje de su torso descubierto.

– ¿Anoche? – una de las delgadas cejas del otro se alzó incrédulo, para luego reemplazar aquellas facciones por unas burlescas. – Has dormido por dos días, niño. –

– ¡No es posible! – exclamó alarmado, sentándose de golpe en la cama, provocando un espasmo de dolor que le recorrió todo el estómago y parte de la espalda.

– Oi, malagradecido. No andes haciendo movimientos estúpidos o mis esfuerzos por cerrarte esa herida serán en vano. – le reclamó, alejándose de la cama para ir a cerrar las desgastadas cortinas que había colgado sobre las ventanas. La habitación volvió a estar más oscura y, entonces, el chico se percató de lo ordenada que se mostraba. Parecía haber sido limpiada completamente, ni siquiera había rastros de humedad en las paredes, ni tampoco de sangre donde se había desplomado cuando llegó.

– ¿Limpió el lugar, capitán? – preguntó confundido, al tiempo que volvía sus ojos verdes hacía él, únicamente para notar que su severa mirada estaba clavada en algún punto del cuarto, ignorándolo completamente.

– Vivir en medio de la porquería no iba a ayudarte con esa herida. Si se infectaba tendría que haberte llevado al hospital y, evidentemente, no iba a decir que el nombre del paciente era "Espectro". – mencionó con malhumor. Luego, chasqueó la lengua y se dirigió hasta la cama para sentarse a los pies de ella, mirándolo con el ceño tan fruncido que sus ojos grises se habían vuelto apenas una fina línea plateada. – Sé que no responderás ninguna de mis preguntas, pero me debes al menos una respuesta. – ambos se miraron reacios y con sospecha por unos instantes. – ¿Cómo te hiciste esa herida? – preguntó el detective, sorprendiéndolo completamente.

De todas las preguntas que podía hacerle en ese momento, de todas las decisiones que podría tomar ahora que él estaba estable, le preguntó por la situación que lo llevó a aquel encuentro. Le dedicó otra mirada cargada de dudas mientras el de ojos grises no dejaba de fruncir los labios en una mueca disgustada, seguramente debatiéndose entre sus convicciones como detective y su curiosidad al descubrir que su ladrón era un chico simplemente.

"Al que, afortunadamente, no reconoce aún...". Pensó, con alivio, el moreno.

– Vaya, no alucinaba cuando sentí que se estaba preocupando por mí, capitán. – le dijo, soltando una carcajada; pero antes de que el otro pudiese hacer cualquier cosa, siguió hablando. – Me apuñalaron. – confesó. – Me topé con unos pandilleros medios borrachos mientras hacía mis investigaciones y, en un descuido, uno de ellos sacó un cuchillo, logrando apuñalarme. – frente a él, el detective le miró con burla por aquella historia, haciendo que él se sonrojara un poco.

– El famoso fantasma que deambula por las viviendas de los ricachones pierde en peleas de pandillas. – lo vio negar con la cabeza, divertido por su relato, logrando que él se sintiera ofendido.

Era cierto, había sido vergonzoso. El chico sabía que había sido su culpa por creer que podía enfrentarse por su cuenta a tres hombres armados y totalmente borrachos y su descuido estuvo a punto de costarle la vida; sin embargo, ahora que se sentía fuera de riesgo vital, este suceso le había traído un nuevo problema: haberle confesado al detective su identidad como el Espectro y que él viera su rostro sin la máscara.

Definitivamente, estaba en una situación problemática. El detective frente a él podía reconocerlo en cualquier momento y, por lo demás, podría tomar muchas medidas para averiguar su identidad y comenzar a relacionarlo con los robos. Su corazón estaba latiendo con mucha fuerza y sintió el sudor correr por su espalda desnuda, al tiempo que la mirada afilada del policía lo analizaba totalmente en silencio.

Tras evocar un suspiro largo y producir un silencio tenso entre ambos, el oficial volvió a dirigirle la palabra.

– Dijiste que querías negociar. – habló de pronto, llamando su atención. – Pero supongo que no hablarás en ese estado. – siguió diciendo, ahora volteando sus ojos grises hacia la herida de su vientre.

– Estoy demasiado vulnerable, detective. Esposado, herido... semi desnudo. – inquirió, alzando una ceja con picardía para ver la reacción del otro, quien ni siquiera se inmutó por tal comentario.

– Debería entregarte, mocoso. – señaló mientras se ponía de pie y metía las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro, tirando hacia atrás el abrigo.

– Me pregunto por qué no lo ha hecho, capitán. – ante su atención, el hombre se sentó más cerca de él, estudiándolo completamente. Pero el chico no se dejó intimidar, sosteniéndole la mirada fijamente.

– Me da mucha curiosidad cómo un chico como tú termina siendo un famoso ladrón. –

– ¿Un chico como yo? – cuestionó, alzando una ceja.

– Conozco a los ladrones que andan por esta sucia ciudad. Créeme, llevo-

– Trece años trabajando. Lo sé. – se adelantó a decir el menor, sonriendo satisfecho al ver el gesto de incredulidad que se dibujó en el rostro contrario. – Sé muchas cosas sobre usted, capitán. Por eso estoy seguro de que le interesará lo que tengo para ofrecerle. – comentó con tono sugerente, inclinándose un poco más hacia adelante para mirar más de cerca aquel rostro inmutable, perfectamente contorneado y adornado por facciones que oscilaban entre el enojo, la duda y la expectación.

Tras otro lapso de miradas sospechosas e inquisitorias entre ambos, finalmente el azabache suspiró con pesar y se puso de pie mientras se inclinaba hacia él. Por un instante, el chico se puso muy nervioso por el extraño actuar del policía, su rostro se había acercado muy rápido y tranquilo hacia él, dejándole sentir el aroma a café mezclado con una esencia cítrica que debía ser su jabón o shampoo. Sin embargo, en seguida se avergonzó de sus pensamientos, notando que el hombre había llevado sus manos hacia su muñeca izquierda, quitándole la esposa que lo mantenía sujeto a la cama.

Luego, volvió a erguirse y guardó en su bolsillo la herramienta de sujeción para dedicarle otra mirada cargada de severidad.

– No quiero tus negociaciones, niño. – sentenció entonces, haciendo que dentro del muchacho surgiera algo parecido a la decepción, bajando sus ánimos drásticamente. – Ya puedes cuidarte por ti mismo, así que no es necesario que siga viniendo a ver cómo te encuentras. –

– Escuche, capitán –

– Te advierto. – lo interrumpió en su desesperado intento de pedirle la oportunidad de conversar las cosas. – Esto fue simplemente una pausa en mi persecución, tal como me lo pediste. Y no se repetirá. – afirmó estoico. – La próxima vez que me encuentre contigo y vea que has vuelto a ser el criminal que busco, no me detendré a curar tus heridas o escuchar tus provocaciones. Me encargaré de que la justicia haga su labor contigo. –

– No soy el enemigo, capitán. Lo sabe muy bien. – trató de explicar.

– Detective Ackerman, para ti, mocoso. – lo reprochó, haciendo que el chico volviera a sonrojarse ante el tono de voz del mayor. – Me importa una mierda lo que creas saber de mí. Soy un policía y tú, un criminal. Tienes suerte de que no te haya dejado morir aquella noche. –

– ¿Se puede saber qué impidió que siguiera sus convicciones, detective? – le preguntó con brusquedad, molesto por el giro que había tomado la situación.

– No lo sé. – admitió con un encogimiento de hombros despreocupado. – Sólo sé que no volverá a ocurrir. –

Tras decir aquello, se dio la vuelta y comenzó a marcharse de la habitación sin dirigirle la mirada nuevamente. Los ojos grises de Levi desaparecieron cuando la puerta dejó de chillar para dar paso al golpe de la madera cuando ésta se cerró, dejándolo solo en aquel cuarto que casi le parecía ajeno.

Un amargo sentimiento se situó en su pecho al darse cuenta de que se había equivocado respecto al detective. Había llegado a creer que habían conectado de cierta forma cuando esa noche se miraron por eternos segundos, antes de que lo cargara entre sus brazos para curar sus heridas.

Sus ojos grises habían sido lo último que vio cuando la negrura de la inconciencia lo había embargado y, en ese delirante momento, sintió que era un hermoso regalo de la vida dejar que la tormenta de esa mirada afilada lo bañara de una preocupación extraña.

Sin embargo, parecía haber sido una simple ilusión. Un simple capricho de su inconciencia al sentir el pavor de la muerte amenazándolo. Levi Ackerman era un policía y él, un ladrón. Al menos, la parte de él que el detective conocía.

"Eso no iba a cambiar, aunque lo quisiera... Eres un idiota, Eren Jaeger"  

Notas finales:

¡Hola otra vez! Muchas gracias por haber leído este capítulo, espero que les haya gustado esta primera introducción a la historia y a los personajes principales de esta.

 

Quería hacer un par de acotaciones que quizá sirvan para describir el mundo donde se desarrolla la historia y es que la ciudad de Stohess está mayoritariamente basada en ciudad Gótica; principalmente en la que describen en la trilogía de Batman dirigida por Cristopher Nolan, y también en Ketterdam de la duología de Seis de Cuervos (Leigh Bardugo). Así podrán hacerse un poco a la idea de los barrios donde transita el detective y la diferencia de las clases sociales que hay en la ciudad.

 

Por otro lado, otro alcance que quería mencionar es que el nombre del ladrón de Stohess - así, tal cuál como el ladrón de Stohess - , se basó un poco en el nombre de la protagonista de la saga de Trono de Cristal (Sarah J. Maas) Celaena como la asesina de Alardan. Y, por otro lado, el nombre del Espectro se me ocurrió de la duología de Seis de Cuervos , de la querida Inej. 

 

Si no han leído esos libros, se los recomiendo un montón. No sólo para entender el fanfic, porque, claramente, no hablaré de esas historias a lo largo de la mía; sino porque son libros muy buenos, con protagonistas y personajes fantásticos, sobre todo Seis de Cuervos. 

 

Bueno, sin más que decir - por ahora - me despido hasta el próximo capítulo.

 

¡Nos vemos!


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