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Adiós Rutina por FuckingUnicorn

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— ¡Simon Connor! ¿Cómo te atreves a decirle eso a tu madre? — gritó enfadada.

— ¿Y acaso no es cierto? ¿Qué clase de madre castiga a su hijo obligándole a estar fuera de casa por todo un día?

— ¡Yo! ¡Yo soy la clase de madre que no sabe qué hacer con su hijo de diecinueve años de edad que vaga solitario por la vida!

— ¿Acaso eso es un problema? — estaba comenzando a alterarme.

— ¡Sí! Claro que es un problema, Simon Connor. Dime, ¿Has hecho algún amigo en la universidad? Ya llevas un año y medio allí y en ningún momento has traído a alguien a la casa. ¿Has salido siquiera a tomar un café y conversar? ¿Compartir tus gustos con otra persona? ¿Descubrir nueva música, películas, series?

— Mamá...

— ¡No, Simon! Estoy tan agotada, cariño. Me paso todos los días pensando en ti y en como acabara todo si sigues pensando que la soledad es la mejor compañía.

— Toda la vida que conozco es en soledad.

— ¡No! ¡Tu hermana y yo siempre hemos estado allí para ti! ¡Para escucharte, para apoyarte, para ayudarte! Simon, tu nunca recurres a mí y eso me duele demasiado. No confías en tu propia madre para compartir lo que te gusta. Simon, nunca te he juzgado cariño.

— Papá...

— ¡Ese imbécil no merece que lo llames así, Simon! Tú eres tú y eso te hace el ser más maravilloso ante mis ojos y siempre será así. Puedes amar a quien tú quieras, te lo he dicho desde que tuviste el valor para confesarme eso. Te amo, vale? — suspiró —.Y esto lo hago solo por esa razón. Te amo tanto Simon. Quiero que respires aire fresco, que tu mente se aleje de la tecnología por un momento, que tus ojos vean el cielo, los arboles. Que tu piel sienta la calidez del sol o las gotas de lluvia, no sé. No sé qué veras mientras estés fuera, pero solo quiero que te quedes allí.

— No...

— Por favor Simon. Sabes que solo pienso en ti y en que estés bien.

— Lo sé mamá. — murmure. Estaba comenzando a ponerme sentimental.

— En tu bolso esta el reproductor de música, tu cámara instantánea, tienes una chaqueta, el libro que te regalo tu hermana y aun no te animas a leer, mi número de teléfono por si surge alguna emergencia, el gorro de lana que tejió la abuela para ti con tanto cariño y aun no te colocas. — sus dientes se apretaron al momento de hablar sobre el bendito gorro. —. Y suficiente dinero para que comas y comas y te atragantes. Además, tienes reservación en el hotel "Koala".

— Gracias por preocuparte tanto, entonces ya le puedo decir a mi novio que solo debe comprar los condones porque el hotel lo reservo mi mamá. — me burle.

El golpe no dolió mucho.

— ¡Simon, por favor! Como si tuvieras un novio...

— Auch.

— Como sea. — hizo un gesto con la mano —. No puedes volver hasta mañana y por eso hice esa reservación. Recuerda que el transporte público solo trabaja hasta las diez y media así que antes de esa hora debes estar marchando hacia el hotel, ¿Entendido?

— Entendido, señora. — hice un saludo militar. El segundo manotazo lo recibí con gusto y entre risas.

— Bueno, por lo menos estas de buen humor. — sonrió.

— ¿Y qué otra opción tengo? ¿¡Ser un amargado como Sandra!? — grite en dirección a mi hogar.

Mi hermana tenía un buen rato asomada por el balcón observando la escena que protagonizábamos mi madre y yo.

— ¡Púdrete! — grito de vuelta. Reí.

— Bueno, ya basta. — me dio un ligero pellizco en el brazo —. Vete antes de que te saque a patadas de acá.

— Vale. Pero que quede en tu conciencia si me pierdo y ya luego no vuelvo a casa. — dramatice.

— ¿Ya no vuelves a casa? ¿Más o menos cuanto tiempo crees tú que será eso? ¿Dos o tres semanas? ¿Un mes? — se echo a reír en cuanto le empuje levemente.

— No estoy bromeando.

— Yo tampoco. Así que vete ya. — me abrazo y beso mi mejilla. Lo suficientemente rápido para no arrepentirse de su decisión.

Voltee en repetidas ocasiones para mirarla, mientras me alejaba en dirección desconocida, sintiendo sus ojos fijos en mí hasta que me toco dar vuelta a la derecha para seguir el camino que mis pies trazaban. No tengo ni idea de a donde ir para pasar el largo día que me espera por delante y tampoco se qué hacer para no terminar lanzándome al primer vehículo que pase por la carretera.

¡Oh por todos los cielos! ¿Esto le ha ocurrido a alguien más o soy el primer pobre idiota al que se lo hacen?

La verdad es que no lo quiero saber. Solo debo pensar en sobrevivir. Sí, eso es exactamente lo que debo hacer. Sobrevivir a este largo día de sábado hasta que pueda volver mañana a mi hogar y seguir con mi rutina.

Claro que, ¿Rutina? Es una de las mejores cosas que me ha pasado desde que aprendí de ella. Aunque mama la odie y mi hermana diga que soy un cobarde.

Levantarme a las seis para estar a las siete y treinta en la universidad viendo mi primera clase. Hay días que estoy en la universidad solo hasta el mediodía, pero aprovecho para ir a la biblioteca o a la cafetería a ponerme al día con los trabajos y así poder entregarlos a tiempo. En casa, me gusta pasar el rato viendo series, películas o simplemente escuchando música mientras observo por la ventana. De igual forma debo hacer más y más trabajos, así que trato de dividir muy bien el tiempo.

¿Amigos? No tengo. Solo compañeros de estudio. Algunos quieren conversar conmigo pero la verdad ese tipo de cosas se me dificultan un poco y de un ¿Qué tal? No siempre logro pasar. Nadie me conoce bien y yo no me esfuerzo en conocerlos tampoco. ¿Qué ocurrió? Solo una cosa, cuando cumplí catorce años. ¿Es la razón de todo esto? En ocasiones pienso que si y en otras me recuerdo que estoy bien así.

¿La verdad? Luego de las palabras de mi madre, no estoy muy seguro de nada.

Las palabras de mi madre...

En cuanto cruzo otra calle, para dirigirme a la izquierda y ampliar un poco más la posibilidad de encontrar algún lugar para desayunar, recuerdo a Moira nombrando todas las cosas que coloco en la mochila negra que tengo a mis espaldas. Pero cuanto más esfuerzo mi cerebro para encontrar la palabra, más insiste en no haberla escuchado. Es imposible eso, ¿No?

Ella dejo un papel con su número. Un papel, su número. Yo no tengo registro en mi cabeza del numero de nadie, solo el mío. Eso solo significa una cosa que no quiero ni imaginar.

¿En serio, Moira?

Si hubiera caído en cuenta, no me habría marchado con tanta facilidad. Ahora si puedo decir que es el peor sábado en la historia de los sábados que me ha tocado vivir.

En una de mis andadas a ciegas logro llegar a una especie de calle principal y me dirijo a paso acelerado hacia la zona de peatones, para trasladarme a la acera de enfrente, donde una linda y acogedora cafetería parece brillar ante mis ojos cansados y mi cuerpo deseoso de café.

Moira por poco y me hace salir de casa con el pijama puesto, gracias al cielo logre colocarme un pantalón deportivo negro y una camiseta holgada color gris. Solo logre cepillar mis dientes y domar mi cabello con una pequeña coleta en la zona superior. No estaba tan largo como para hacerme una cola de caballo pero parte de él molestaba en mi rostro, así que tuve que improvisar.

Sandra ha amenazado con cortar mi cabello en múltiples ocasiones, pero sé que nunca será capaz. Le escuche en una ocasión susurrarles a sus amigas que le gustaba como me quedaba. Claro que tampoco está en mis planes tener el cabello largo, con los rizos que suelen dispararse en tantas direcciones, lo menos que quiero es tener que cargar también con la molestia de estos desplazándose a mi rostro a cada momento y la sensación molesta que dejan en mi nuca cuando el viento les mueve. En fin, soy un chico de cabello corto, solo que últimamente no he contado con el tiempo ni la energía para ir a cortármelo y he aquí las consecuencias.

El semáforo nos indica que es hora de movernos, ¡Al fin! Y apresuro mis pasos, pateando mentalmente a las personas lentas, para lograr llegar a la hermosa cafetería que parece llamarme en medio de su soledad. Desde el cristal logro observar a una pareja de chicos conversando en una mesa del lado derecho de la entrada y tres chicas en el lado izquierdo, donde yace una larga barra de madera color caoba justo frente a los ventanales, dándole un aspecto muy agradable dado que es vidrio polarizado y el molesto sol de la mañana no está incomodando en lo absoluto.

Dentro se siente como transportarse a un nuevo espacio, la oscuridad hace contraste con la poca luz que se filtra de la zona frontal de la cafetería. Además, las pequeñas farolas que cuelgan del techo, iluminando con un leve color amarillo, transforman el lugar en una zona que se siente muy aislada de todo lo que yace fuera. Le regalo una leve sonrisa a la chica en el mostrador, desviando rápidamente la mirada hacia los carteles que lucen con fotografías atrayentes los diversos tipos de café que preparan. Detrás del cristal, donde la joven rubia me sigue observando con atención, se encuentran los dulces: desde pequeñas porciones de torta hasta galletas, pasteles, donas, muffins, panes...

— ¿Qué deseas ordenar? — la chica de linda sonrisa hablo. Se notaba un poco tímida, quizá por haber interrumpido mis pensamientos.

— Quiero un café mediano muy cargado, una porción de torta de chocolate, preferiblemente pequeña, y un pastel de arequipe con queso. Gracias. — me tentaban las galletas de chocolate, tan esponjosas como lucían, pero temía no tener alcance para ellas.

— De inmediato. ¿Es para llevar o comer acá? — me golpee mentalmente.

— Para acá, si no es mucha molestia.

— Por supuesto que no. En un momento se lo llevo, si gusta tomar asiento en la mesa que desee. — comento.

— ¿Puedo sentarme en la mesa? — luego de que escapasen de mis labios me sentí mas idiota que de costumbre.

— No... — su mirada lo dijo todo.

— Solo era una broma. Disculpa. — murmure avergonzado. A pesar de ello, dejo brotar una leve risa y me indico con el dedo hacia dónde dirigirme.

Bueno, la idea de mi madre va a la perfección. Seguro que al final del día logro crear una orgia gracias a la facilidad de palabra que poseo y las increíbles conversaciones que mantengo.

Por ello siempre considerare mejor hablar conmigo mismo, aun si mi hermana guste de burlarse y me descubra en el acto. Es mucho más cómodo que el hecho de que otra persona, totalmente ajena a lo que sucede en tu cabeza, intente comprender. Sobre todo si dicha persona solo gusta de criticar cada pensamiento que compartes y lo minimiza de tal modo que parece tan insignificante que te hace replantear el porqué decidiste comentarlo.

Bueno, no es hora de pensar en cosas depresivas o que puedan arruinar mi ánimo cuando tengo un largo día por delante. Mejor...

— Hola. — susurro una vocecilla. Fruncí el ceño.

No dije ni una sola palabra. Estaba tan confuso que no podía sino observarlo.

El pequeño niño de unos... ¿7 años? Estaba sentado en el amplio asiento que se encontraba justo frente a mi mesa. Me observaba con sus amplios ojos azules como si esperara alguna respuesta de mi parte o que agregase algo más a la conversación. Me removí incomodo en mi lugar, observando a todas partes dentro de la cafetería.

— Tengo 9. — dijo con una voz firme, sentándose recto en su lugar. Le mire con una ceja alzada. — Solo pensé que estabas intentando descifrar mi edad.

Guardo silencio.

— Mi nombre es Pol. Pol Levy. — agrega.

Mi silencio perdura y la incomodidad dentro de mi crece.

— ¿Eres mudo? ¿Puedes hablar mediante señas? — su rostro se acerca sospechosamente.

— Yo...

— Aquí esta su orden. — interrumpió la joven chica que me había atendido anteriormente —. Un café mediano muy cargado, una porción de torta de chocolate y un pastel de arequipe con queso — menciono a medida que colocaba cada uno, respectivamente, en la mesa.

— Muchas gracias. — sonreí ampliamente. El hambre ya estaba haciendo hincapié en mi estomago.

— ¿Desea pedir algo más? — su mirada se desvió un instante hacia el pequeño sentado frente a mí.

Fruncí levemente el ceño. ¿Acaso era algún truco de este niño?

— ¿Quieres comer algo? — pregunté cauteloso.

— Creí que eras mudo. — comenta —. Quiero el pastel de arequipe con queso, suena delicioso aunque nunca lo he probado. Mi hermano no me deja comer mucho dulce. — la chica y yo nos observamos con curiosidad.

— ¿El viene contigo? — pregunta.

El pequeño me observa fijamente, sus ojos ampliándose como si le preocupase demasiado la respuesta que fuera a decir. Capto en el vuelo su mensaje.

— Si. — murmuro.

No creo que la chica sea lo suficientemente tonta como para creer en mi seca respuesta pero se nota más aliviada y le sonríe al pequeño, quien le devuelve el gesto con una expresión triunfal en el rostro.

— También quiero un café cargado. — agrega. Le miro y el sonríe.

— Creo que mejor le traes un jugo natural. — replico. Su sonrisa decae —. Creo que si tu hermano no quiere que comas mucho dulce, menos va a gustarle la idea de que ingieras cafeína. — explico.

La chica asiente.

— ¿De qué sabor lo quieres? — le cuestiona la chica con su linda sonrisa. Supongo que intentando convencerle de que el jugo no es tan mala idea.

— ¿Limonada? — dice pensativo —. Creo que es mejor. No quiero jugos.

— Creo que es una mala combinación. — murmuro. Mi mente evocando viejos recuerdos amargos.

— ¿Entonces...? — la chica se nota confusa.

— Bueno... — suspiro —. Tráele un café con leche, en el vaso más pequeño que tengas. — el niño deja escapar un chillido de felicidad. Le corto —. Más leche que café, por favor.

La chica asiente con una enorme sonrisa, la misma que adorna el rostro del pequeño y se retira con un leve: "En seguida le traigo su orden".

— Mi hermano podría matarte. — comenta.

— No moriré solo. — Doy un largo trago a mi café y le miro con fijeza —. Además, no se enterara porque no diremos nada, ¿Verdad?

Sonó mas a una amenaza que a una simple pregunta. Que conste que no era mi intención.

— Si. — musita. Su mirada se eleva de repente, asustándome —. ¿¡Me acompañaras a casa, cierto!?

— ¿No? — contesto.

— Pe...

— Aquí está tu orden cariño. — dice la chica con una voz dulce. El pequeño sonríe —. Un pastel de arequipe con queso y un café con leche pequeño.

Su mirada se dirige hacia mí.

— Lo siento, es el más pequeño que pude encontrar. — susurra.

El vaso parece medir unos 10 centímetros de largo y de ancho es solo un poco más delgado que el mío. Cuando dije el más pequeño tenía la esperanza de que trajesen esos vasos plásticos que suelen utilizar ciertos locales caseros para darte el café. En solo cuatro sorbos ya ingeriste todo el contenido y eso si no está muy caliente.

— No hay problema. Muchas gracias.

La chica se retira con una leve sonrisa.

Solo yo le devuelvo el gesto porque el pequeño está muy ocupado devorando el pastel como si se le fuese la vida en ello. Le observo divertido mientras me propongo acabar con el trozo de deliciosa tarta frente a mis ojos.

— Esto está muy delicioso. — comenta el pequeño, con las mejillas llenas de arequipe.

— Si, es muy delicioso. ¿Nunca lo habías probado?

— No, nunca. Aunque tampoco solemos salir tanto. — su mirada baja un segundo —. Mi hermano hace todo lo posible por criarme solo. ¡Y lo hace excelente! No puedo decirle que quisiera salir un poco más, me apena.

— No debes tener pena de hablar con él. — susurro —. Es tu hermano después de todo y sé que te ama demasiado y querría que tú confiarás en él lo suficiente para decirle cualquier cosa.

— ¿Tú crees? — pregunta en voz baja.

— Estoy muy seguro de ello. — sonrío.

— ¿Me acompañaras a casa? — mi sonrisa decae.

— ¿A casa? — la duda tiñe mi voz.

— Si, es que te estuve observando y pensé que serias la persona indicada para acompañarme. — dice con una sonrisa.

— ¿La persona indicada? — guardo silencio — ¿Te han dicho que las apariencias engañan?

— Si y es por eso que me senté acá contigo. Era una prueba y la has pasado con excelente nota. Estoy muy orgulloso de mí mismo. — sonríe, iluminando todo su rostro en el proceso.

— Aja. — mascullo.

De repente se revuelven una ganas extrañas de cometer homicidio o, por lo menos, de regalar patadas gratis a niños raros y molestos.

— Entonces... — musita. Su sonrisa transformándose en un puchero.

— No conozco absolutamente nada, salvo el camino hacia mi universidad y de vuelta hasta mi casa. Así que... — me encojo de hombros.

— ¡Yo se la dirección de mi casa! — exclama emocionado —. Solo necesito de tu compañía, lo demás me encargare de hacerlo personalmente.

— ¡Oh! ¿Entonces tú tienes el dinero del autobús o taxi que nos llevara? — exclamo de vuelta.

— Podemos caminar. — murmura. Le observo fijamente.

— ¿Qué tan lejos está?

— Pues, estaba cerca pero como tome un desvío y luego otro y otro y...

— Entiendo. — le corto —. Estas igual de perdido que yo. — me recuesto en la silla, devorando la torta de chocolate en cuatro rápidos bocados.

El pequeño se ríe avergonzado, dando pequeños sorbos a su café mientras sus ojos brillan al probarlo. Divido el pastel de arequipe y queso en dos porciones para entregarle uno de ellos, su sonrisa se vuelve enorme y devora su pedazo en tiempo record, cubriendo aun más el área de su boca con el pegajoso dulce.

Termino mi parte con deleite, recordando las veces que nuestro padre solía llevarnos a comer pasteles hasta que nuestros estómagos estaban repletos y listos para explotar, siempre acompañados de risas por los chistes y anécdotas que solía contarnos y que, a pesar de escuchar un millar de veces, seguían emocionándonos como si las escucháramos por primera vez.

Alejo esos pensamientos y procedo a limpiar los labios del pequeño con una suave servilleta, al igual que los alrededores de esta e incluso sus mejillas. Riendo al ver sus expresiones enfurruñadas, como si quisiese quedar con el rostro todo pegajoso.

— ¿Quieres que las hormigas devoren tu cara? — le pregunto burlón.

— No devorarían mi cara, devorarían el dulce que hay en ella. — me saca la lengua.

— Pero en el proceso te picarían y amanecerías con el rostro desfigurado.

— ¡Mentiroso!

— ¿Mentiroso? — me acerco más a él —. Entonces deja que te vuelva a echar el arequipe y probemos.

— ¡No! — se echa hacia atrás bruscamente, golpeando su cabeza contra el respaldo.

Me largo a reír y el se enfurruña, formando un pequeño puchero y cruzándose de brazos. Me acomodo de nuevo en mi asiento, imitando sus gestos. Voltea la mirada hacia el amplio ventanal para evitarme, pero puedo ver que esta conteniendo su risa, por lo cual me voy acercando lentamente hasta que suelta una pequeña risita que le hace saltar de su asiento y cubrir su boca con sus manos en un vago intento por ocultarlo.

Rio aun más amplio, viéndole rendirse levemente y sintiendo las miradas de todas las personas de la cafetería puestas en nosotros. Mientras, seguimos mirando hacia la ventana mientras reímos cada que nuestras miradas chocan como si estuviésemos comunicándonos mentalmente.

Le veo sostener su panza y reír con genuina felicidad. Me trae tristes y desolados recuerdos pero le acompaño con total sinceridad en su risa. Recordando tiempos pasados que, aunque dolorosos, son mi refugio. 

 


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