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Codicia por 1827kratSN

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Manchó el suelo pulcro de un palacio.

Y recibió un castigo.

Porque era un nuevo esclavo y requería aprender a comportarse.

No importaba que el rey hubiese disfrutado aquella escena casi irreal, todos estaban atados a las mismas normas, y por eso, en la espalda del castaño esclavo fue colocada una marca de pertenencia, con hierro al rojo vivo y sin haberle dado los brebajes preparatorios para menguar el dolor del proceso.

Claro que gritó por el sufrimiento.

Y sollozó de impotencia porque aquella marca le demostraba que no podía escapar así de fácil.

Afiebró esa noche, y el día siguiente también, ni siquiera el agua calmó el ardor.

—Lo quiero sano y listo para servirme.

—Sí, mi señor —reverenció la curandera—, pero debe darnos al menos tres días más para que la herida cicatrice apropiadamente.

—Bien.

Tsunayoshi despertó en medio de visiones borrosas de lo que fue su vida entre su familia nómada. Estaba asustado porque así como recordó las cosas buenas, también recordó el día en que lo perdió todo. No pudo respirar bien durante las largas horas que le tomó levantarse y beber por sí mismo un poco de agua. Y cada que cerraba los ojos, observaba el rojo que derramó por venganza.

—El sol en tu espalda te marca como esclavo de esta región.

Empezaron a explicarle ni bien pudo ponerse de pie. Un hombre primero, y después una mujer.

—Los esclavos realizan todas las tareas necesarias para mantener la vida cómoda de nuestro rey de flamas.

—¿Debo hacer cosas como bañarlo y llevarle la comida?

—Sí, también cubrirlo del sol cuando sale a los jardines, acompañarlo desde que abre los ojos hasta que descansa, proveerle de todo lo necesario para que permanezca fuerte y así cumpla con su tarea.

—Seré la nodriza de un rey —Tsuna recibió un golpe en la cabeza—. Entiendo… Ya he cuidado de niños y animales antes, no será diferente.

Otro golpe, aún más fuerte.

—Trátalo con respeto, porque es el único que puede evitar que la oscuridad se pose en nuestras cabezas y nos mate —una bofetada dura—. Le debemos la vida, entregar la nuestra a cambio es un precio muy bajo a comparación.

—¿Soy el único esclavo?

—El tercero en servicio activo —explicó la mujer mientras le cortaba las uñas, porque no debía lastimar al rey.

—Entiendo.

—Todos tienen tareas y ningún descanso, no creas que tus dos acompañantes esclavos eliminan tus deberes.

—Entonces el rey no puede ni limpiarse los mocos por sí solo.

Un golpe más.

—No mires a los ojos al rey, respétalo en todo momento, no hables siquiera si él no te lo pide, no hagas otro escándalo como el de tu llegada, no repliques a las órdenes de consejeros, no…

No. No. No.

Decenas de “no”.

Y una sola duda.

—¿Cuándo seré relevado? ¿Cuándo ya no serviré como esclavo del señor?

—Cuando ya no tengas fuerza… y debas ser echado del palacio para trabajar en los cultivos en estas tierras… por siempre.

—Hasta mi muerte —Tsuna miró a la mujer con frialdad—. Entiendo.

Todo lo que le dijeron lo olvidó, porque hizo un resumen mental: iba a cuidar de un niño-hombre caprichoso e inútil. Así que el día en que debió presentarse, solo agachó la cabeza, estiró sus manos y ofreció el cuenco de agua para que el rey se lavara el rostro.

Le incomodaba las telas brillantes que lo envolvían, y le irritaban los metales negros que colocaron en sus muñecas para simbolizar su esclavitud. Aun le ardía la espalda que por el momento debería llevar descubierta, y aun sentía el aroma de sangre en el aire a pesar de que todo estaba limpio y no lleno de rojo como recordaba.

—Tu nombre.

No respondió. Solo observó de refilón como el otro esclavo secaba el rostro intacto del rey azabache y como una tercera quitaba suavemente los mechones pegados a ese rostro. 

—Tu nombre —replicó con más fuerza, mirando al castaño.

—Tsunayoshi —lo miró a los ojos.

—¿No te enseñaron que no debes mirarme directamente?

—Supongo que sí, pero me enseñaron demasiadas cosas como para recordarlo todo.

—¿Nunca has servido a un rey? —el azabache hizo una seña para que los dos esclavos adicionales se alejaran y miró al nuevo.

—No… Pero he criado a cinco niños y decenas de caballos… Debe ser igual.

Era obvio que el rey se enfadaría, le tiraría el cuenco en el rostro y lo mojara como reprimenda.

—Eres uno de los pocos con agallas para replicarme… y de ensuciar mi castillo.

—Es porque mi familia nómada me enseñó a sobrevivir… —se quitó el agua del rostro con sus ropajes— y para sobrevivir también tuve que pelear y asesinar antes.

—Así que “eso” no fue simple suerte.

—No.

—No todos los nómadas son así —sonrió—. Supongo que quiero saber más.

Lo aseó, vistió, limpió los pies, hasta llegó a darle de comer en la boca… él solo.

Porque así de caprichoso era el rey.

Quien ordenó a los dos esclavos extra, arrodillarse en una esquina y no moverse siquiera.

Tsuna no dijo palabra alguna, solo hizo lo que se le ordenó, sin siquiera hacer una mueca.

Porque estaba tan agobiado por lo pasado, que la única forma de sentir que no era un sueño, era obedecer y cansarse hasta el punto en que la piel de su espalda dolió.

Persiguió al rey al comedor, la sala de reuniones —en donde casualmente escuchó que el nombre del rey era Reborn, aunque fuera una ridícula ironía—, a revisar a los soldados, a pasearse por los jardines, cubriéndolo ante el extenuante sol y él siendo quemado directamente por el astro eterno que les proveía luz sin fin. Hizo todo hasta casi desfallecer en ese primer día.

—Es raro que no llores y pidas por favor te libere.

—Aun si lo hago, usted no me daría algo tan preciado —se limpió el sudor de la frente.

—Cierto… pero además, ¿para qué desearías libertad?… Cuando supongo lo has perdido todo.

—Porque tengo sueños.

—¿Aun tienes algo así? ¿Un esclavo puede tener sueños?

—Porque perdí a mis tres hermanos pequeños y juré encontrarlos de nuevo.

—Tu sueño es patético e irreal, porque de aquí no saldrás si no es muerto.

—Es mi sueño, y si yo lo considero real, es mi problema, señor.

Otra risita se escuchó.

Y desde que el castaño llegó, aquella risa malvada se volvió a repetir muchas veces más.

Porque después de tan aburrida vida siendo la luz de decenas de vidas, lo que más ansió aquel rey de flamas fue algo de diversión.

Fue así que Reborn, el rey de esas tierras, se deshizo de sus otros dos esclavos y forzó a Tsuna a ser su sombra de día y noche.

Le permitió al esclavo replicar, mirarlo desafiante, hasta ofenderlo.

Y a cambio, el rey también humillaba, ofendía, despreciaba y minimizaba esa patética existencia.

Intentaron destruirse mutuamente.

Pero después de meses… el uno se volvió el consuelo del otro.

No tenían nada ni a nadie más… Solo eran ellos dos… Ambos esclavos en sus propias condiciones.

—¿Cómo era tu hogar?

—Mi hogar era mi familia.

—Me refiero a la tierra donde vivías.

—Siempre cambiábamos de tierra.

—Pero algo debió ser igual.

—Sí —Tsuna trató de aprovechar ese descanso rondando entre los pasillos del castillo.

—¿Qué fue?

—La oscuridad.

—Nadie sobrevive a eso.

—Para un nómada, la oscuridad solo es la señal para avanzar y sobrevivir.

—Cuéntame sobre eso.

—La tierra que los nómadas escogen para asentarse temporalmente siempre está cerca de la oscuridad, y también de la luz… Es un punto muerto, gris y calmo, en donde la vida empieza a secarse, las plantas empiezan a envejecer, es el punto de inicio para aquellos que sienten la muerte cerca y se dirigen hacia la oscuridad que nos persigue.

—Suena horrible.

—Es nuestra única fuente de vida. Es dura y te hiere, pero también te vuelve fuerte… Porque nacemos para vivir y escapar de la muerte. Es lo que nos anima a levantarnos cada mañana… Porque si la muerte está tan cerca, la única ruta que queda es al lado contrario… y eso nos da sentido de vida.

—Sigue sonando horrible.

—Pero somos libres —por primera vez desde que llegó, aquel castaño sonrió.

—Parece que sueñas con regresar a ese calvario.

—Quiero regresar, claro que quiero… porque en ese lugar podía soñar que el mudo era bueno, que el cielo dejaría de tener nubes que ocultaban el azul, que la tierra no moría ni estuviera recubierta de nieve, podíamos pensar que los cazadores no existían y que no necesitábamos estar alertas siempre para pelear contra ellos… Soñábamos con hallar un paraíso y mientras tanto, jugábamos, reíamos al contar nuestros sueños, nos cuidábamos como un tesoro.

—Así que no somos tan diferentes —Reborn miró a su esclavo de refilón.

—Dudo que sus sueños sean iguales a los míos —replicó instantáneamente, haciendo una mueca de desagrado.

—Mis sueños no son míos —Reborn torció una mueca— son de personas que no conozco y jamás conoceré.

—Es imposible.

—Cuando duermo, mis sueños son las memorias y deseos de todos aquellos a los que la oscuridad ha consumido… No son mis sueños… Son mis pesadillas.

—Así que ser el portador de las llamas de la última voluntad no es tan grandioso como parece… —sonrió divertido—. Qué ironía.

Reborn sonrió mientras caminaba hacia los jardines donde el sol tostaba la piel, obligando a su esclavo a perseguirlo con una sombrilla para protegerlo.

—Es un precio para tener todo lo que quiero.

—Es un castigo para un hombre repulsivo que se divierte con el dolor ajeno.

—Solo por ese comentario estarás de pie por los tres siguientes ciclos mientras tomo mis descansos… y velarás mis pesadillas, tratando de que yo no despierte hasta las ocho horas siguientes.

—Qué horror.

—Comparte mi castigo, Tsuna.

Fue una burla, pero a Tsuna le sonó como una súplica.

Porque tener pesadillas cada minuto durante sus descansos, no debía ser fácil de tolerar.

Cualquiera que viviera pesadilla tras pesadilla… hace mucho tiempo que debió perder la cordura.

—¿Tuvo algún sueño propio, mi señor?

—Sí.

—¿Cuál es?

—Que mis pesadillas terminen.

Sintió compasión por aquel tirano caprichoso.

—Yo sueño con volver a ver a mi familia

—No será posible, así como tampoco será posible que la oscuridad deje de atormentar mis descansos.

—Es mi sueño, qué le importa a usted.

Porque Tsuna tenía esperanzas aún.

Si bien estaba consciente de que no volvería a ver a Fuuta porque sería esclavo de alguien… al menos esperaba ver a I-pin o Lambo porque ellos serían soldados.

Algún día.

Podía soñar.

No importaba si pasaba tres, cuatro, cinco años… No podía dejar de soñar con reencontrarlos.


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