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Blue Bird

Autor: KittieBatch

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Londres 2009

 

A un año de iniciar la residencia, Greg Lestrade parecía el chico más feliz del mundo, tenía todo lo que deseaba en ese momento, una familia que lo quería, un buen promedio, y sobre todo, el mejor novio que pudiese desear. Salía con Mycroft Holmes, un aspirante a político y pasante en el parlamento. Se conocieron por esas casualidades mágicas de la vida, esas que propician las historias más épicas de una comedia romántica, en una librería.

 

Foyles Bookstore fue el escenario del mágico encuentro, Mycroft solía ir en sus ratos libres a buscar libros para su hermano menor y a Greg le encantaba pasear por Charing Cross, solía beber café en un lugar cercano junto a sus amigos y una o dos veces se pasó por la librería descubriendo que tenían libros que no hallaba en ningún otro sitio, ya sea porque llegaba tarde o ya no los imprimían, fue mágico encontrar un lugar dónde podía pasearse con gusto sabiendo que tendrían lo que buscaba. Una de esas tardes de ocio para Lestrade y descanso bien merecido para Mycroft coincidieron en la segunda planta, junto a los libros de Stephen King y al puro estilo de un drama romántico chocaron sin darse cuenta.

 

─Lo siento─ se disculpó Greg aturdido por la mirada que se clavaba en él, Mycroft solía tener muy poco tacto cuando veía algo que le gustaba y el joven castaño que lo observaba apenado claramente era digno de su atención, retardó su respuesta dos segundos para grabar su rostro en la memoria.

 

─También lo siento, me distraje─ la disculpa se oyó bastante gélida pero aceptable según el criterio de Greg quien inmediatamente sonrió. Mycroft no supo qué hacer, no solía recibir sonrisas. Cómo única respuesta extendió la mano y se presentó de la forma más seria que podría haber hecho.

 

─Mycroft Holmes, gusto en conocerte─ Greg se mordió la lengua para no soltarse a reír, estaban en una librería no en el encuentro anual de hombres aburridos con traje, aunque a juzgar por el aspecto del pelirrojo quizás era un participante asiduo de esas convenciones.

 

─Gregory Lestrade, llámame Greg─ dio un suave apretón a la mano grande y rígida que respondió apretando más de lo normal la propia.

 

Ese fue el inicio de una historia de amor que creyeron nunca acabaría y quizás, si las cosas no se hubiesen desviado podría haber sido de esa manera. Pero un buen día de abril, tras una noche larga de preparación para un examen y siestas intermedias tuvo que correr al baño presa de la náusea… asumió que se trataba de los bocadillos de media noche y lo dejó pasar, sin embargo sus mañanas comenzaron a volverse un caos, al despertar lo primero que hacía era correr a vaciar el estómago, apenas comía y ocasionalmente se mareaba, no dijo nada a Mycroft quién trabajaba ahora para el Gobierno, su carrera comenzaba a despuntar y no era momento de hablar de tonterías, Greg también estaba lo suficientemente ocupado con terminar la universidad como para ponerse a especular sobre nada.

 

Greg destacaba como uno de los mejores estudiantes de la Facultad de Medicina del Imperial Collage London, los profesores y compañeros lo tenían por una persona que triunfaría, impresionó con el examen de admisión, y aunque brillaba con excelentes calificaciones se tomaba el tiempo para tener un trabajo de medio tiempo con el que cubría los gastos que sus padres y la media beca que poseía no cubrían.  Pensar en un embarazo a esas alturas era una tontería, solían protegerse, a excepción de un par de ocasiones. Seguía siendo imposible… ¿cierto?

 

Un mes con aquel malestar y Greg tuvo que hacerse una prueba de embarazo para descartar cualquier cosa, también otros análisis esperando no haber cogido ningún virus en el hospital. No era momento de enfermarse, había conocido recientemente a los padres de Mycroft y honestamente no parecían muy contentos con su relación, pero él estaba dispuesto a demostrarles que podía ser digno de estar con su hijo, ellos tenían una muy envidiable buena posición social, el padre de Mycroft trabajaba para el Gobierno Británico, su madre era una reconocida matemática, incluso su hermano menor era un maldito genio, todos en esa familia brillaban por su intelecto acrecentando más sus temores, Greg era listo pero tan listo como un humano promedio podría ser. Nunca olvidaría la mirada gélida de la madre de su novio repasando cada detalle de su humanidad, sintió su desaprobación, el padre por otro lado no se dignó siquiera a darle una mirada más que superficial descartándolo por completo.

 

Lo que Greg no sabía era que ese hombre lo tuvo en la mira todo el tiempo, con una gran posición en el gobierno pudo mover un par de hilos y vigilarlo las veinticuatro horas del día, no existía movimiento que hiciera o palabra que dijese sin que ese hombre no lo supiera, excusándose a sí mismo sus acciones con la frase “solo protejo a mi familia” se dedicó a buscar solo un detalle que pusiera en jaque esa relación que a sus ojos impedían a su hijo comprometerse cien por ciento con la corona, debía separarlos sin que Mycroft se enterara de su implicación, veía a su hijo por primera vez interesado en otro ser humano con tal devoción que atentaba contra todo lo que le enseñó, no ames, no sientas, tener a alguien por especial demuestra lo débil que eres. Iban en serio, lo sabía, ese amor volvería a su primogénito un mediocre.

 

Estaba por utilizar métodos más oscuros para lograr su cometido cuando se enteró de los análisis que Greg se envió a hacer, todo parecía normal hasta que la prueba de embarazo saltó en el repertorio. Eso definitivamente arruinaría el buen nombre de la familia ¿Cuándo se ha visto que un Holmes embarace a alguien fuera del matrimonio? Los Holmes no traen bastardos al mundo. Sabía qué de salir positiva la prueba y Mycroft recibía la noticia dejaría todo por cuanto había trabajado para concentrarse en una vida de mediocre convivencia familiar.

 

Las manos de Greg temblaron al recibir los resultados dudando si debía abrir el sobre o ingnorarlo, estaba actuando como un cobarde pero el miedo lo estaba consumiendo, hasta el momento todos los estudios eran negativos, ninguno explicaba su condición, excepto…

 

POSITIVO

 

Su mayor miedo se confirmó, esperaba un bebé.

 

Nueva York 2015

 

─Hola Harvey ¿Cómo te sientes?─ la voz cálida del pediatra causó una sonrisa en el niño de cuatro años ingresado en la pediatría del Mount Sinai Hospital, el médico era famoso entre sus pacientes, siempre que aparecía los niños por muy doloridos que se hallaran sonreían un momento e incluso los padres sentían esa presencia como una bocanada de aire fresco, nunca fallaba en sus visitas.

 

─Mejor, mi mami dice que si soy un buen niño, cuando salga de aquí me va a llevar a Disneyland─ sonreía el niño dando el último trago al jugo que bebía. Él sabía que ese lugar le hacía ilusión a muchos niños, incluido su hijo, Evan estuvo dando lata todo el año pasado con que debían ir Disneyland, tuvo que ceder al tercer día al ver cómo el niño no dejaba de planear su itinerario. Así que aprovechando sus vacaciones lo llevó a conocer a Mickey Mouse, el mundo de los cuentos de hadas, y su ídolo, el Pato Donald, su hijo era fan asiduo del pato con traje de marinero, tanto que su habitación estaba decorada con todo lo referente a él.

 

Sus pacientes solían recordarle a su pequeño, Evan era lo más sagrado que tenía y por quién se empujaba a trabajar todos los días, balancear su vida con un hijo fue complicado al inicio, llegó a ese país desconocido con dos meses de embarazo, fue aceptado en la Universidad de Columbia y debido a los sobresalientes que tuvo en su antigua universidad y a las impresionantes recomendaciones que acompañaban su expediente y tras unos meses de equivalencias pudo acceder a la residencia, aunque para cuando pudo inscribirse el bebé nació teniendo que tomar tres meses de licencia. ¿Cómo pudo financiar aquel cambio? El trato que hizo con los padres de Mycroft incluía una remuneración monetaria, él desaparecía del mapa y ellos costearían sus gastos y los de niño, puesto que se negó a abortarlo.

 

Seis años después su vida había cambiado totalmente, aceptó los cheques hasta que en el hospital pudo recibir un sueldo que cubriera los gastos de su pequeña familia, fue entonces que no volvió a tocar la cuenta a dónde llegaba mensualmente una cuota por su silencio. Decidió incluso cerrarla y cambió de dirección, vivía en un apartamento a pocas cuadras del hospital donde hizo su residencia y actualmente trabajaba, a Evan lo cuidaba una vecina que cobraba una módica cantidad y trataba bien al niño, todos en ese edificio sentían simpatía por el doctor inglés y su hijo americanizado, era curioso escuchar al niño hablar con un pulcro acento inglés pero con un léxico completamente yankee, el pequeño era la copia de su padre, a excepción de la piel blanca, casi pálida y los verdosos. Todos suponían que aquellos rasgos provenían del padre, muy pocos habían oído algo sobre ese hombre, sabían que era inglés, de buena cuna y que se negó a tener al bebé. El resto de la historia era un enigma que Greg sabía ocultar a la perfección, incluso de sí mismo, porque a veces mentirse es mejor que recordar lo miserable que puede ser tu propia vida.

 

La ronda de todos los días estaba hecha y Greg decidió supervisar a los nuevos residentes, no eran su responsabilidad pero sabía cuán difícil puede ser al comienzo, él era un simple pediatra que encontraba pasión por su trabajo y tendía la mano a todo aquél que pudiera necesitarle. Enfermeras y médicos solían pelear en silencio por su atención, el Doctor Lestrade tenía fama de caballero y buen partido, varios quisieron cortejarle pero él de forma muy amable les explicó que no estaba interesado en tener cualquier tipo de relación romántica, tenía un hijo pequeño qué criar y apenas le alcanzaba el tiempo, lo que no admitía era que la razón más poderosa para no aceptar salir con cualquiera de sus pretendientes era que aún le dolía el desprecio de Mycroft.

 

─Doctora Black, a veces una sonrisa es el mejor antidepresivo que podemos darle a estos niños─ explicaba Greg a una joven residente que parecía no saber qué hacer con uno de sus pacientes que lucía el semblante decaído. ─Muestre interés por él y su salud, es la mejor medicina, algo de amor.

 

Él lo sabía bien, sabía que un beso en un dedo dolorido curaba mejor que un analgésico, a veces se decía que eso necesitaba, un poco de amor aunque creía que no era el amor de pareja, extrañaba a su familia y Evan estaba creciendo sin sus abuelos y el resto de la familia Lestrade, aunque era difícil poder incluirlos en su vida de forma presencial, él los conocía por las sesiones de Skype que hacían cada dos días pero jamás los vio en persona, ellos tuvieron que mudarse a Francia a tiempo que Greg viajó a Estados Unidos, la salud de su padre era delicada y en Paris podrían tratarle, aunque el viaje estaba programado por unos meses el ambiente y el reencontrarse con parte de la familia les hicieron quedarse definitivamente allí. Patrick, el hermano mayor de Greg trabajaba allí y recibió a sus padres, ya nada los ataba a Inglaterra.

 

─Doctor, ¿tiene hijos?─ la residente lo tomó distraído así que tardó un minuto en responder, ella era nueva, era razonable que le preguntara eso.

 

─Tengo un niño de cinco años─ sonrió amable revisando la evolución del paciente de la Doctora Black.

 

─Entonces está casado…

 

Greg sonrió y ella deseó no haber dicho eso, la sonrisa que se dibujó en el hombre fue amarga, maldita la hora en que le ganó la curiosidad, ya se lo decía su madre, siempre andaba preguntando cosas que no debía ─No, no lo estoy─ él respondió con un tono neutro que mucho distaba del habitual tono amable y amistoso con el que más de uno suspiraba.

 

─Disculpe yo no quería incomodarlo, no debí preguntar─ se disculpó ella con el rostro rojo de vergüenza.

 

─No se preocupe, no me molesta─ reapareció la sonrisa amable haciendo que ella se sonrojara aún más. El Dr. Lestrade era demasiado guapo, ¡si tan solo no fuese un omega!

 

El lamento era casi unísono entre aquellos que no podrían jamás conquistarle, el único cercano a Greg era su colega y ex compañero de residencia Stuart Hill, otro pediatra de quién se rumoraba estaba perdidamente enamorado de Greg, quizás sí, quizás no, sin embargo fue el único que logró acercarse al círculo sagrado y convivir en ciertas ocasiones con el hijo adorado del médico.

 

─Vamos a comer Greggie─ se oyó la voz de Stuart interrumpiendo la labor de ambos médicos, con su sonrisa de millón y su rubia cabellera era otro de los muy deseados doctores del Mount Sinai Hospital.

 

─¿Tan pronto?─ dijo tras disculparse con la doctora y encaminarse a su oficina para guardar el estetoscopio y la bata. Su turno acabó hace media hora y estaba deseando ir a ver a su hijo, pensaba en pasar por el al jardín de infantes, esperaba que Stuart no tuviera inconveniente ─Quiero ir por Evan primero, ¿te apetece comer hamburguesas? Le prometí que hoy iríamos por unas hamburguesas…

 

─Claro, sabes que me encanta convivir con tu hijo─ Stuart hablaba muy en serio, adoraba al niño, quizás porque su sueño siempre fue tener hijos y aún no hallaba a la persona indicada o quizás… la tenía justo en frente.

 

Ambos se encaminaron hacia el jardín de infantes, no quedaba lejos así que podían andando tranquilamente, de hecho disfrutaban hacerlo, algo tenían en común y era el gusto por las caminatas y los helados de vainilla. Eran muy buenos amigos desde la residencia y Stuart era el único capaz de establecer medianamente una línea de tiempo en la vida de Greg, jamás lo invitó a una cita ni demostró debilidad por sus encantos, lo consideró simplemente un compañero y más tarde un colega y así se ganó la entrada a su vida privada.

 

Evan saltó de gusto al ver llegar a su papá junto a Stuart, solía divertirse mucho con ese hombre, algunas ocasiones lo llevaba al parque a jugar y las personas los confundían cual padre e hijo, el médico tenía los dos rasgos que diferenciaban a Evan de Greg, los ojos verdosos y la piel demasiado clara. En algunas ocasiones cuando salían a comer o al cine el niño imaginaba que Stuart era su papá real y vivían juntos con su papi, entonces era el niño más feliz de la tierra por tener a sus dos papás juntos. Y saltaba aún más alto cuando alguien creía que su papi Greg y Stuart eran esposos, en secreto Evan esperaba que pronto se casaran, así él tendría a sus dos papás…

 

Casi al mismo tiempo que Evan se abrazaba al cuello de su papi y dejaba que Stuart tomara su mochila y la lonchera para dirigirse al restaurante donde hacían las hamburguesas favoritas del niño, a varios kilómetros el humo del segundo cigarrillo de la tarde escapaba de los labios de Mycroft, observaba la calle aún cubierta de nieve, febrero era un mes frío, era lo único importante del mes que recordaba, desde varios años bloqueó el festejo de San Valentín, no solía pensar en eso, con el tiempo se dedicó solamente a su carrera, escaló rápidamente en el gobierno y ahora tenía un buen puesto, estaba involucrado en los grandes pasos que daba su nación, nada podía distraerlo, nada, excepto él. Mycroft no era de sentimentalismos, para la época en que conoció a Greg era una versión diferente al hombre que era ahora, actualmente solían llamarlo “El Hombre de Hielo” cosa que le calzaba a la perfección por su falta de emociones y sentimentalismos, tan torcida estaba su capacidad de sentir que solo podía llegar a tener sensaciones ligadas al odio o el ego.

 

Su inteligencia aumentaba con los años a diferencia del resto de la humanidad que tendía a degenerar sus capacidades intelectuales, y aun así, con toda esa capacidad le era imposible entender por qué Greg se había marchado sin decir nada. Nunca pudo hallarle, le había buscado por todos lados, incluso indagó en Francia pero no dio con él, tuvo que pasar un año para que se resignara a que jamás volvería a verle, con el tiempo Mycroft fue sustituyendo el amor que le tenía por el resentimiento y el odio, lo había abandonado, alguien que ama no puede desaparecer sin explicación alguna, borrarse del mapa como si jamás hubiese existido. Llegó a pensar incluso que algo malo le había sucedido pero lo descartó, se habría enterado. Concluyó pues que Greg solo jugó con él.

 

─Señor, disculpe─ la voz de su joven asistente interrumpió sus pensamientos sobre lo frío que era febrero ─Estos son los documentos que solicitó, además de una orden formal para efectuar su viaje a América.

 

─Gracias─ dijo seco indicando que deseaba estar solo. En una semana viajaría a una reunión de suma importancia, no le agradaba tener tratos con esos yankees engreídos pero debía soportarlo, la diplomacia ante todo. A diferencia de lo que se esperase no tendría encuentro en Washington, sería en una ciudad muy diferente debido a los propósitos que perseguía, Nueva York sería el escenario de encuentro. 

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