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Errores

Autor: MikaShier

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Notas del fanfic:

Disclaimer: Ésta historia está basada en los personajes de Free! Iwatobi Swim Club, Free! Eternal Summer y High Speed! 1 y 2. Por lo tanto, no son de mi autoría.


Se prohíbe: La adaptación y la distribución de un fragmento o toda la historia por completo. Sí desea hacer algo como ello, por favor, pídanme permiso. Si bien Free no me pertenece, ésta historia sí.


Advertencias: Lenguaje explícito, contenido sexual. Temas fuertes como la prostitución, drogadicción y depresión. AU. Contenido homosexual.


Título: Errores


Autor: MikaShier


Dedicatoria: Andersen. |Espero no decepcionarte, si quieres participar en la escritura de la historia, no dudes en decirme, que estaré más que encantada| No sé si tengo permitido etiquetar tu seudónimo real. Dame una señal, haz presencia, te invoco|


Localización: Ésta historia se encuentra en AmorYaoi, Wattpad y FanFiction. Pueden comunicarse conmigo a través de Wattpad o Fanfiction, si lo necesitan. O por facebook. Mika S. Gold.


Se recomienda discreción.


|UNIVERSO ALTERNO|

Notas del capitulo:

Ya di muchas advertencias. Por favor, no vengan a criticar el tema tratado, porque yo ya lo dije muchas veces y es bastante tedioso leer críticas malas cuando yo ya advertí mil veces.

 

ADVERTENCIA:

Contenido sensible.

 

:v

Capítulo 1.

 

Hay personas que no saben sobrellevar el dolor de la pérdida, por lo que caen en manos de la corrupción, llevados por la desesperación y culpabilidad. Existen varios tipos de pérdida, pero hay muchos más tipos de corrupción. Por ejemplo, corromper la verdad. Hacer uso de ella para obtener un beneficio propio. Abuso.

 

Generalmente, una buena historia causaba admiración, simpatía. Quizá hasta lástima. Y una buena historia era lo que debían contar para obtener la lástima suficiente como para sobrevivir.

 

La música resonaba por todo el lugar, rebotando contra las paredes de ladrillo, perdiéndose entre los gritos eufóricos de las personas que yacían bailando en el centro de la pista. Las luces fosforescentes de diferentes colores iluminaban el lugar lo suficiente, permitiendo que pudiesen verse unos a otros. El olor a drogas, alcohol, humo artificial a base de hielo seco quemado y el inconfundible aroma del sexo inundaban el ambiente, pero no importaba, porque cada uno de los individuos que allí se encontraba aportaba para ello.

 

Sus caderas se meneaban de lado a lado en medio de la pista de baile, atrayendo a su próxima "presa". Un par de manos tomaron su cintura y una pelvis chocó contra su espalda baja. Aquello solo sirvió para que, en respuesta, el chico acentuara aún más el bamboleo, restregándose contra aquél que le hubiese tomado desde atrás.

 

Él era bastante conocido por muchas de las personas que acudían a dicho "centro de diversión". Los demás solían sentirse atraídos hacia su piel blanca y visiblemente pulcra, rondaban como mosquitos torno a una luz brillante. Su cabello rojo bermellón era exótico y su carácter se adaptaba perfectamente a él, pues todos los derivados del rojo eran pasión, ¿no?

 

Cuando los labios contrarios se posaron en su cuello, todos aquellos que conociesen su profesión lo supieron. El trato estaba sellado. Con una relamida seductora de labios, Rin se llevó a su presa a las habitaciones encontradas en el sótano de aquél lugar. La mayoría del tiempo, sus clientes eran hombres, de cualquier tipo y descripción. Aunque a veces atendía a mujeres, aquellas cuya desesperación fuese tan alta como para ir y tomar prestado un cuerpo. Las mujeres solían ser más reservadas. Los hombres se alegraban con un revolcón.

 

No se puede decir que recibió la intrusión de aquél extraño con gusto, pues Rin Matsuoka, de veintitrés años de edad, odiaba acostarse con cualquiera hasta el punto en que el mero sexo llegó a causarle repulsión. Claramente, no tenía por qué venderse. Pero su soporte había caído y la culpabilidad lo llevaba al autocastigo, por eso estaba ahí, danzando contra las caderas de otro, embistiéndose a sí mismo y escuchando los gemidos ahogados de aquél que le tomaba la cintura y lo pegaba más a sí. Ahogando su culpabilidad con sus propios gemidos.

 

The Iwaka era un antro bastante reconocido en todo Tokio, pues se ubicaba estratégicamente cerca de la estación Shibuya, la más transitada de la ciudad, aunque era más su reconocimiento por el tipo de servicio que ahí podía encontrarse. Además, si bien iba mucha gente, su localización estaba bastante escondida. Quizá era una suerte que hubiese hoteles y restaurantes cerca, de lo contrario, ni con la ayuda de la dichosa y transitada Shibuya, Iwaka podría sostenerse.

 

Esa noche, un par de amigos se encontraban distrayéndose en ese lugar, agobiados por la universidad y demás. Los ojos de ambos habían estado clavados en la danza erótica del prestigiado prostituto de Iwaka, quien se había marchado hacia el área del personal con un hombre algo mayor que le apretaba el trasero y se restregaba contra él.

 

—Es asqueroso —murmuró uno de los chicos, bebiendo su cerveza y observando la pista de baile desde su lugar en la barra. Su acompañante imitó el gesto para después chistar.

 

—Sí. Es decir, está bien si te gustan los hombres... Pero vender tu cuerpo a cualquiera... Es un asco. No sé cómo existe ese tipo de personas, Ikuya —el peliverde asintió, completamente de acuerdo.

 

—No lo entiendo, realmente... ¿Cuál es la necesidad...? —un vaso golpeó contra la barra, interrumpiendo a los dos amigos. El barman sonrió, pero el gesto no llegaba a sus ojos.

 

— ¿Cuál es la necesidad de hablar de alguien a quien desconocen? ¿Siquiera saben por qué hace lo que hace? —El intruso volvió a su labor de limpiar el vaso con el borde de su delantal. Ikuya se encogió de hombros.

 

—Un puto es un puto. Si él quiere ser como una perra en celo y lo disfruta, entonces nosotros podemos hablar libremente de ello, ¿no, Asahi? —el chico se encogió de hombros, pensándoselo.

 

—No realmente... Creo que, si él tiene una buena razón para acostarse por dinero, entonces no tenemos derecho a juzgarle eso... Una historia que merezca ser escuchada... Quizá sería la razón suficiente como para callar.

 

—Bueno... Una historia siempre hace bien, supongo.

 

El juego comenzaba cuando uno de los chicos a quienes escuchaba hablar mal de Rin mostraba ser algo sensato. El barman sonrió levemente, inclinándose hacia adelante. Era lo que siempre hacía, por ese pobre pelirrojo que se atormentaba cada día, haciéndose sufrir a sí mismo por algo que no pudo prever.

 

—Es una historia que vale la pena. Ha conmovido mi corazón, y miren, pensaba que no tenía eso.

 

Sucedió meses atrás, quizá cinco, quizá diez. La cuenta se había perdido conforme la tristeza comenzaba a desbordar, consumiendo una pobre alma hasta descontrolar una vida por completo.

 

En aquél momento, había existido una hermosa pareja. Un futuro magnífico, haciendo lo que más les gustaba hacer. Un brillante camino, uno junto al otro. Estaban en la cima, viajaban por el mundo y finalmente regresaban a casa, amándose el uno al otro como si de eso dependiese su vida. Un mes después de que el más chico cumpliese veintidós años, el más grande armó una gran celebración. Una privada, solo ellos dos. Ambos eran chicos.

 

Flores de sakura adornaron el departamento que ambos habían comprado con la ganancia que ser nadadores olímpicos les dejaba, pero esta no era mucha, así que el dinero se marchaba con más rapidez de lo que tardaba en llegar. Quizá la mayor parte del dinero que poseían se había ido en aquellos espléndidos preparativos, pero no importaba, porque valía la pena.

 

Se dice que el amor no es suficiente en una relación, y ¿qué ejemplo más perfecto que aquella pareja, de pocos años de unión? La experiencia era bastante poca, sus manos tímidas apenas se rozaban sin causar un sonrojo en el otro. Pero, aun así, el mayor decidió que con eso bastaba.

 

Con un anillo en una pequeña caja celeste, pegó una rodilla al piso, inclinándose ante el amor de lo que sería su vida. El menor no podía creerlo. Era emocionante y confuso. No sabía reaccionar. Pero lo hizo, con la mirada desviándose.

 

—No puedo.

 

Palabras en susurros que habían escapado por sus labios, porque él no podía casarse tan rápido. No cuando vivían en el placer de una relación, no cuando había más cosas por conocer del otro. Él lo amaba, pero no podía tomar un atajo y llegar a la meta. Debían seguir amándose por más tiempo y después decidir que casarse sería lo correcto.

 

El mayor no lo entendió y enfurecido abandonó el departamento decorado con motivos de sakuras. El otro intentó detenerlo, pidió disculpas, pidió tiempo. Pidió otra oportunidad.

 

Nada le fue otorgado, más que pura culpa.

 

Esa misma noche, quizá a las diez, un oficial llamó a la puerta. El mayor había tenido un accidente en la carretera que se dirigía a Iwatobi. Habían dado con su dirección gracias a la tarjeta de identificación que conservaba en la billetera. El llanto del menor duró días, mientras tomaba una mano más fría que caliente, sentado frente a un cuerpo inerte que quizá jamás volvería a levantarse.

 

La culpa le cayó como un pesado saco. La familia de quien un día fue su novio dijo que no era a causa suya, pero en sus rostros podía verse que pensaban lo contrario. Se comprometió a pagar el hospital de a quien más amaba en la vida, era lo único que podía hacer.

 

No obstante, con el paso de los meses la culpa incrementaba. Él no podía pagar la cuota, así que consiguió varios trabajos y se rehusó a aceptar ayuda de los demás, dijo que el dinero no le hacía falta, que podía con ello, pero su novio se había gastado la mayor parte de sus ahorros en aquella propuesta, en ese anillo, lo cual dificultaba su situación.

 

Aun así, Rin jamás se atrasó con un pago.

 

Pero cayó en la prostitución cuando una operación de urgencia se hizo presente, aumentando así la deuda. Orillándolo a buscar algo que generara ingresos extra.

 

— ¿Por qué la familia de él no pagó? ¿No tenían amigos? —Ikuya se mordía el labio, no quería llorar por una historia de alguien a quien desconocían.

 

—Él no les dijo a sus amigos ni a la familia de su novio que no poseía más dinero. Se autocastigó, ya lo he dicho. Supongo que puede llevar una vida común, como si esto no le afectara. Incluso dudo que sus conocidos sepan que echa polvo con alguien por las noches.

 

—Debe ser duro —musitó Asahi. Ikuya asintió, observando la puerta por donde el pelirrojo había desaparecido.

 

—Lo es. Por ello inicié una recaudación hace unos meses. Él es una buena persona, sus intenciones no fueron hostiles y no merece estar aquí —el barman sacó un bote, lleno hasta la mitad de yenes y algunos dólares. Ikuya no lo dudó, sacó dinero de su bolsillo y lo echó en el contenedor, siendo imitado por Asahi—. Creemos que con lo reunido aquí podrá terminar las deudas.

 

—Ojalá lo haga... Su historia no es fácil de llevar. Se me han puesto los pelos de punta de solo pensar lo que él está dispuesto a hacer por quien ama.

 

———

 

La habitación en el hospital central de Tokio tenía paredes blancas y pulcras, contrastadas con cortinas de un azul opaco que dejaba a la luz del sol filtrarse levemente. El olor a medicamentos, alcohol y demás hacía presencia constante, junto al suave pitido rítmico que emitía una maquina a un lado del paciente.

 

Rin se encontraba en una silla bastante acolchonadita y cómoda, acariciando la mano de aquél que yacía inerte sobre la camilla. Observándolo con la admiración y el respeto que nunca le perdió, que siempre le acompañó.

 

—Es duro, ¿sabes? —murmuró acariciando la mano del chico. Aunque sus ojos no soltaban lágrima alguna, él sentía como si estuviese llorando— Pero voy a salir adelante. Y tú también lo harás. Esto ha sido solamente un tropiezo, ¿sí? Cuando despiertes, no volveré a dejarte ir. Te atesoraré, porque eres lo más importante del mundo para mí. Vamos a casarnos, Haru.

 

"Incluso si mi cuerpo no es puro, si me he convertido en un pedazo de mierda... Incluso aunque no te merezca... Estoy para ti, siempre lo estaré. Vamos a superar esto, ya lo verás. No hay nada que detenga a Rin Matsuoka, ¿cierto? —acarició la pálida piel del azabache, una sonrisa seca apareció en sus labios— Pero tú, Haruka Nanase, tienes que ser mejor que yo, siempre lo has sido. No hay nada que me supere, nada más que tú. Tu vida no acaba aquí... ¿No quieres despertar ya de este sueño tan pesado? Es un poco triste hablarte, dicen que me escuchas, pero no puedes responder —sus dedos se entrelazaron con los de Haru, besó el dorso de su mano y suspiró entre los dedos contrarios—. Perdóname...

 

—Lo lamento, pero el horario de visita ha acabado, Matsuoka-kun —musitó una voz femenina, provocando que el aludido volteara hacia la puerta y asintiera, poniéndose en pie y dejando un beso en la mejilla de Haru. La enfermera entró a la habitación y revisó el suero—. Mañana la hora de visita comienza desde las ocho de la mañana, ¿por qué no te das una vuelta?

 

—No, no... Tengo trabajo... —La enfermera no se lo creyó, Rin lo vio en su mirada, pero era verdad. Tenía muchísimo trabajo. La mujer asintió.

 

—Ah, claro... Bueno, el doctor me ha dicho que te comunique que la fecha del próximo pago es el dos de febrero... Gracias por venir, enserio le hace bien escucharte.

 

Rin no contestó. Se limitó a afirmar con la cabeza mientras tomaba su chaqueta y salía de la habitación. El reloj de la sala vacía de espera marcaba las diez menos veintisiete. Le habían dejado media hora extra. Sonrió triste y vistió la prenda antes de caminar fuera del hospital.

 

Daba lástima hasta a los doctores y enfermeras.

 

Sus pasos lo guiaron por la mayor parte del centro de Tokio, las tiendas mantenían las luces internas apagadas y fue por ello, más la luminosidad de otros edificios, que pudo verse en las vitrinas de los escaparates.

 

Parecía acabado.

 

Había un par de ojeras bajo su rostro y su piel era más pálida de lo que solía ser. Suspiró y se peinó el cabello hacia atrás. Estaba más delgado, creía.

 

Por suerte era justo eso lo que gustaba.

 

Esa apariencia frágil atraía a cientos de hombres y mujeres. Parecía que se rompería en algún momento y todos querían ser quienes dieran el golpe final.

 

Esa noche, Shibuya estaba gratamente transitada. Los turistas vagaban de un lado a otro, seguramente con ansias de ingerir algún alimento nocturno.

 

Rin rió suavemente. No.

 

Shibuya estaba gratamente transitada porque, esa noche al igual que todos los martes, la entrada a The Iwaka era gratuita ante las primeras cien personas. A mitad de precio para las siguientes.

 

Se relamió los labios antes de entrar a un callejón ciertamente oscuro. Sus pasos resonaron y salpicaron en algunos charcos de sustancias desconocidas mientras atravesaba aquél camino que, para qué mentir, tenía la pinta de ser peligroso.

 

Tocó una puerta de metal con un puño, haciéndola sonar tres veces. Esta se abrió, chirriante. Unos ojos ámbar le observaron con una sonrisita traviesa como compañía.

 

— ¿Vienes por tu dosis de sexo ilícito? —se burló. Rin sonrió, pero sus ojos no lo hicieron.

 

—Lo que me ofreciste el otro día. Lo quiero.

 

—Entonces, hoy no pagaré por tus servicios con dinero —comentó divertido, atrayendo al menor hacia sí y cerrando la puerta—. Te daré una pastilla por cada gemido real que salga de esta boquita —murmuró, acariciándole los labios.

 

Esa noche, Rin caminó hacia Iwaka con un dolor intenso en la cadera y un botecito lleno de píldoras en el bolsillo. Estaba dispuesto a olvidarse de todo por al menos un instante.

 

Estaba dispuesto a alejarse aún más del límite que había cruzado.

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