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La boda de mi mejor amigo... Otayuri Yuri on Ice

Autor: konohanauzumaki

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Notas del fanfic:

Otayurio

No es mi culpa haberme enamorado de ti. ¿O sí? 
La cosa es que es tarde, como tarde es ya para tomar el transporte, para llegar al lugar donde hoy tú te vas a casar... Tú, la persona que amo, y a la que, en este día de primavera que he decidido odiar por siempre, perderé sin más.

Imagina un mundo donde estuviera ella en mi lugar y yo, yo fuera quien tomará tu mano y te aceptará, para darnos nuestros votos, y vivir por siempre, nuestro amor. Pero no, y debo aceptarlo. No me atreví al momento en que debí, y ahora, las consecuencias de no hacerle caso al corazón, las pagaré por siempre.

Porque hoy, al caer el sol, tú te habrás casado con Mila... Y yo, seré quién llevará el sello de su matrimonio al altar, los anillos, para que sean marido y mujer. Es como ejecutar tu propia sentencia de muerte, pero de la manera más dolorosa posible.

La cosa es que, poco y nada puedo hacer. Nunca pude hacer nada, de hecho, pero, tampoco lo sabré...
Viene llegando el auto que me llevará al destino dónde te perderé sin tenerte, y, al tiempo que subo a este y miro por la ventanilla el paisaje de camino, las reminiscencias de los días que añoro, se ven volver...

No sabes cuánto quisiera que este hoy fuese ese ayer...

"Te esperaré..."

Después de conocerte en el Grand Prix final, y de hacernos amigos, pude realmente hallar en ti a ese amigo que tanto creí no existía, y, no es que lo buscara, pero tampoco sabía si llegaría a mí. Aunque, si pasó en la figura que eres tú.

De a poco, comencé a conocerte más a fondo, pese a no vernos en persona, hablábamos horas por Skype, o estábamos al tanto del otro por WhatsApp. Era extraño tener una persona tan lejos, compartiendo tanto en común, y a la vez, siendo tu rival en la disciplina en la que entrenas, pero, eso no me importaba. Así como Yuuri tiene a Pichit o Viktor tiene a Chris, yo te tengo a ti... ¿O tenía?

El caso es que, así fue pasando el tiempo. Nos veíamos en las pocas competencias que nos hacían coincidir, y, cuando eso pasaba, difícilmente quería separarme de ti. Era gracioso que no pudiera ser honesto en mis sentimientos y creyera que solo era amistad y no me pasaba nada... O al menos, eso me lo parece hoy, pero en esos momentos, no podía verte así.

Hasta que, aquel día llegó...

Era primavera. Recuerdo el intenso calor y los árboles con flores en nuestra visita a París, como parte de un torneo de exhibición de patinaje. Había aceptado pasear contigo, tras que me dijeras que querías conseguir unos nuevos patines, por los Campos Elíseos, al empezar a caer la tarde. Tú me comprabas un helado mientras dábamos tumbos por aquí y allá, hasta que llegamos a un hermoso jardín a orillas de la torre Eiffel, la cual, parecía dorada por el baño del ocaso.
Decidimos sentarnos, y disfrutar del aire tibio al roce de la piel, y del pasto que ofrecía una ligera sensación refrescante, con su aroma a recién cortado.

El resto... Todo, simplemente, lo quisiera borrar, aunque, cada palabra, bordada con hilo hecho de lágrimas, en mi alma quedó sin un pedazo dejar…

—Ojalá hicieran más cosas de estas para poder patinar más relajados.
—Con "más cosas como estas" te refieres a las galas de exhibición, ¿No Yura?
—Si Beka, obvioooooo. 
—Yo estoy feliz, ya que tenía muchas ganas de conocer París.
—¿Y eso?
—Desde hace años quería saber que tiene París que hace que la gente la conozca cómo "la ciudad del amor".
—¿Eh?

Debo decir que no tenía idea de nada de eso. Y justo antes ello, pude notar que las poquísimas personas en ese lugar, desperdigadas en el pasto, eran todas parejas. Y no supe por qué, mis mejillas empezaron a sentirse cálidas.

—Sé que suena loco, pero, desde hace mucho tenía esta idea. Y, al haber recorrido la ciudad, entiendo que no hay mejor lugar para pedirle a alguien que sea tu pareja... ¿No te parece, Yuri?
—Pues... Es bonito, pero, supongo que no se necesita un lugar específico para decirle eso a alguien.
—Pero sería más lindo para ambos si así fuese —me dijiste, soñador y sonriente—. Aunque, tienes razón, basta con solo abrir el corazón.
—Supongo... —dije, y, seguí la torre mirando.
—¿Por qué supones?
—Porque, yo creo que, si sientes algo por alguien, solo debes decírselo. No hay mucho que hacer más que esperar que esa persona te corresponda, y ya cuando lo haga, entonces si podrías llevarle a un lugar hermoso a pedirle que sea tu novia —te respondí, analizándolo rápidamente.
—Bueno, puede que sí, pero, si esa persona si siente lo mismo, y le pides que sea tu novio en ese momento, ya están en el lugar bonito y así lo recordaran por siempre —contestaste, emocionado.
—Sí, pero si esa persona te rechaza, recordarás ese hermoso lugar con pesar siempre.
—Pero vale la pena correr el riesgo cuando sientes algo fuerte por esa persona, que con su sonrisa te hace hacer locuras, y que te hace volar al verle entregar todo... aquella persona que, sin que lo sepa, obra todo en ti, solo, por pensar en él… —agregaste, soñador, y feliz.
—Hablas como si estuvieras enamorado, Beka… —conferí, y, sentí algo que se encendía en mi estómago…
—Lo dices como si no pudieras escuchar el latir de mi corazón.
—Pues entonces, deberías decírselo.
—Decirle que me gusta, que desde hace tiempo, ha vuelto loco a mi corazón. Ya lo he hecho —declaraste, mirándome detenidamente, con el claro de lo último del sol de ese día, sobre tu piel dorada.
—¿Y entonces?
—Y entonces, quiero saber ¿qué piensas de los dos?
—De nosotros? Que somos amigos; Otabek, no te entiendo… —expuse, lo que, te hizo tornar tu rostro al frente, y, poniéndote de pie, cerraste tus manos y un paso, lejos, diste.
—No me hagas caso… Es hora de volver, se hace tarde en el reloj.
—No espera, dime que es lo que… —dije, y, cuando miré tus ojos llenos de dolor, entendí lo que había pasado…
—No.
—¡Espera, Otabek!
—Que no…
—¿Hice algo malo…?
—No Yuri… Solamente, te equivocaste… —terminaste y, el rumbo al hotel, retomaste. Con el silencio por medio, el desconcierto de lo ocurrido, y la oscuridad, el tema no regresó, ni tampoco nuestros momentos juntos. Ya no…

Al otro día, ante la sorpresa de todos, en el final del patinaje de exhibición, Mila nos anunció a todos que, Otabek y ella se habían hecho novios. Todos los felicitaron, excepto yo… porque, sentí la lluvia en mi interior, al, darme cuenta, al verlos juntos, que era todo lo que se me removía en el interior, y lo que había dejado pasar.

De golpe, en el beso cerrando el aplauso de todos, se desató la tormenta que me hizo no querer preguntarme ya más… enredado en la realidad, de que, lo que yo sentía, aquello que me había esforzado por no soltar, pero que gritaba mi alma, eso que me hizo salir corriendo y no volver a ser el mismo amigo para Beka, eso… era amor.

Desde aquel día, la esperanza se quedó en el fondo de mis más profundas decepciones. A sabiendas de que, sin importar el resto, no podría detenerle, y con ello, la luna dejó de aparecer en mi ventana, y tu faz, al recordarla, empezó a estrujar mi corazón...

Pero, este camino solo trae los recuerdos inverosímiles e imposibles que, en un rato, deberán enterrarse ahí donde debió permanecer este sentimiento por ti desde siempre.

He llegado, y al bajar del auto, no quiero entrar a aquella mansión en medio de un viñedo francés que han rentado para la ceremonia. El padre de Otabek decidió pagar una boda muy fastuosa, cosa que le quita poco, ya que, en su país, él viene de una familia muy rica, así que una mujer como Milla, talentosa y bella, será la mejor que podrá tener como esposa. 

Entre flores, gente en trajes de fiesta y el tiempo, avanzo hasta el jardín donde se encuentran sillas, mesas, el banquete y el pastel, y a lo lejos, en una pequeña colina, el altar... Y al ver a Otabek ahí, sentado, mirando al horizonte y los viñedos, mi corazón con él va a parar...

De pronto, te das cuenta que estoy ahí, lejos y cerca, y me saludas, haciéndome un leve gesto con su mano, para que te vaya a acompañar. Camino entre el inicio del atardecer y las antorchas del lugar que, los empleados comienzan a encender. Hace calor fuera y los invitados están dentro de la mansión, por lo que, salvo unos pocos empleados aquí y allá, no hay nadie más. Piso el césped con mis zapatos recién boleados, sin mirar al rumbo donde me dirijo contigo, inquiriéndome saber por qué es que sigo estando ahí, y ahora, rumbo a alcanzarle.

—Hola Yuri... —me dices, llegando a tu lado, sentándome en ese filo del altar, donde el hermoso paisaje nos recibe. 
—Hola Otabek... —respondo, al unísono. No puedo evitar detener mi vista en él, al verle ataviado con este traje negro, y con esa mirada que lo enmarca...
—Creí que llegarías más tarde.
—No, es que el transporte me recogió tarde y se vino rápido, y bueno... Y tú, ¿Por qué estás aquí? 
—Es que, no quería estar en el hotel encerrado, y aquí por lo menos tengo esta hermosa vista a los viñedos —respondes, y fijas tus ojos en mi... pero no puedo aguantar tu mirada, y, torno a observar las vides, en fila, brillando con los rayos dorados del sol cayendo. 
—Ya veo... —atino a responder. Y, el silencio se hace entre ambos.

No soy capaz de decirte algo, o siquiera, voltear a verte. El aroma del pasto recién cortado, y la frescura del aire, me hacen añorar lo que aquella tarde... Si fuera valiente... Si lo hubiera sido aquel día... 

De pronto, te escucho suspirar profundamente, y, en inercia, torno a mirarte, encontrando tus ojos, melancólicos, en el horizonte clavados... Y, con tus manos entrelazadas y tus codos sobre sus piernas, tomas aire, y me comienzas a expresar...

—Aquel día que conocimos la torre Eiffel a tu lado, y caminamos por los Campos Elíseos, te llevé con excusas para que no te negaras a acompañarme, pero, ¿sabes? tenía muchas ganas de que fueras conmigo. Y ahora, tengo vívidamente esa tarde, sin gente y con el aroma de ahora, sin querer mirar el reloj, por el pleno disfrute de ese momento entre los dos. Ojalá después de ello, no nos hubiéramos distanciado tanto... 

No sé qué responder, no cuando tu tono denota la nostalgia con la que has guardado ese momento, al parecer, y menos, cuando es justo en ese día todo lo que, en este, he pensado yo.

—Nuestras carreras son así... Al ser patinadores, tenemos que alejarnos por nuestros equipos para entrenar y... —solo puedo decir, apretando mis manos, al saber que, todo aquello lo provoqué yo, por el dolor esparcido en mi llanto, para olvidarlo más rápido. 
—No Yuri —espeta con ahínco— ambos sabemos que ese día todo cambió por mis palabras. Y lo lamento mucho. He intentado subsanar mi error, y, espero que, a partir de hoy, con esto, puedas creerme.
—¿Qué?

—Jamás te debí decir lo que sentía... Quisiera cambiar ese día, por ese pequeño motivo. Pero, a final de cuentas, no quiero perder tu amistad. y si notas, hoy me caso con Milla, y, ya no debes de preocuparte...
—¿Qué?
—No tienes que decir nada. Ya no quiero verte triste. Tú, me brindaste tu amistad después de que no me debías nada, y, por eso, por ser mi admiración, y mi amigo, quiero pedirte perdón...
—Pero, no tienes nada de que disculparte...
—Si, por haberme de ti enamorado...
—Otabek... —pronuncio... mirando tus pupilas que reflejan mi ser.

No puedo hablar. Es el momento en que quiero poder decirle mil palabras, pero, mi voz se ha perdido. Los ojos de Otabek brillan con tristeza. No puedo sentir más que el latir tan fuerte de mi corazón, que me duele. Mis manos se han quedado congeladas. Sus pupilas, parecen mirarme con el alma.

—Pero, hoy me casaré con Mila. Eso significa que no tienes de que preocuparte más, Yura. No tienes por qué seguir estando triste. Solo, se mi amigo de nueva cuenta, por favor...
—Otabek, yo...
—Con que aquí están los dos... 

—Otabek, espera... —te pido, si apenas, rozando tu traje, ahí, en ese altar donde el atardecer cae sobre los dos... Y, volteando a mirarme, frente a frente, en ese pedazo ataviado de flores, mil y un sueños se me vienen a la mente... En que fuéramos nosotros los que nos casáramos... Pero, me ha dicho algo que es real, actual y que, ya no va a cambiar: se va a casar con Mila.
—Dime Yuri... —me pides, ansioso, tan cerca mío que, se me va el alma.
—Toma... —digo, y le entrego una cajita negra.
—Los, anillos... Yuri, ¿qué? 
—No puedo ser tu padrino... Ni tu amigo... Ya no... —respondo, bajando la mirada.
—Pero, ¡dije que lo sentía!
—Pero, no se trata de eso. No puedo Otabek —enuncio, aguantando con pocas fuerzas ya, mis lágrimas a punto de desbordar. 
—¿Por qué Yuri? —me gritas, y me tomas de los brazos, incrédulo.
—Porque, te... —declaro, cuando escucho la gente al jardín salir, con lo que me suelto rápido de ti, y, me decido echar a correr, esperando que no vayas atrás.
—¡Espera, Yuri, regresa! — gritas, y, me sigues, mientras la gente nos ve... No quiero, y, sigo, tú no entiendes y vas... 

Así, llego por fin a las escaleras enormes para entrar a la mansión, donde, me tomas del saco, y me haces voltear. Los dos, cesando, nos miramos... 
—¿Tú que, Yuri? —me pides saber, pero, cuando tomo aire, veo a Mila aparecer en la puerta, a lo alto, y mirándonos, aprovecho el instante para soltarme... y decirte, antes de echarme a correr escaleras arriba, para huir de ti, en un susurro...

—Te equivocaste...

 

Continuará…

Notas finales:

Gracias por leer, espera la conclusión en el siguiente capítulo. ♥

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