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Vinculados por koru-chan

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Uno de nuestros tantos comienzos


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Acomodé una vajilla nueva y reluciente sobre el comedor mientras transitaba de la sala a la cocina nervioso; aquel día conocería al hijo menor de mi pareja y quería que todo estuviese impecable para recibirlo. Había oído muchas historias del pequeño Akira, sabía que era buen deportista, músico, estudiante e hijo. Ansiaba que la compleja instancia de las presentaciones pasara rápido y así poder crear bonitas instancias como familia…


Mi corazón dio un vuelco; sentí que se detuvo cuando escuché el cerrojo abrirse. Me puse de pie frente de la puerta viendo como dos personas de género masculino y cabello oscuro se dejaban apreciar. Uno era más bajito que el otro y del más pequeño fue que mi mirada se interesó. Mentiría si digiera que el chico se parecía a su moreno padre, casi ningún rasgo era idéntico a su progenitor; este me había dicho que su hijo era la viva copia de su exesposa, y no mentía. Poseía una piel dorada y unos vividos ojos pardos; su cabello oscuro con matices miel lo hacían distinguir del minimal entorno.


El azabache me sonrió y le devolví la mirada apresurándome en dar la bienvenida.


—¿Cómo estuvo el viaje?—cuestioné para romper aquel silencio del primer encuentro.


—Todo bien, es algo agotador viajar desde el interior, pero como nos vinimos temprano no hubo mucho tráfico—asentí mirando al chico que parecía bastante serio, pero Yuu se dejó de banalidades al ver mis ojos curiosos por el menor—. Bueno— carraspeó su garganta, posiblemente estaba algo nervioso por aquella instancia. Caminó hacía mi cuerpo posicionándose tras mi espalda tocando mis hombros de forma sutil—, Taka, él es mi hijo: Akira—presentó de manera formal a su descendiente a quien yo no le quité la vista de encima y con una sonrisa dibujada en mi rostro, y sin pensarlo, estiré mi diestra para saludarlo cordialmente junto a un gesto amable, pero este me miró, observó mi extremidad suspendida en el aire y dejó, sobre la cerámica del suelo el pesado bolso deportivo que aún descansaba en su hombro. Este cayó de forma estridente sorprendiéndonos por su actuar el cual concluyó por desviar sus ojos a su padre con repulsión.


—¿Así que era cierto?, mi madre no mintió—hizo una pausa—. Qué asco das ahora, acostándote con éste sujeto amanerado, ¿tan bien te la chupa como para destruir una familia?—tragué seco.


—¡Akira!—bramó mi novio mirándolo colérico y algo anonadado por el léxico empleado, pero este ni se inmutó. Sorprendido de sus palabras contraje mi mano algo descolocado de la situación: Un niño de trece años había esbozado aquellas directas y ácidas palabras con aquella naturalidad y ausencia de emociones; estupefacto entendí que aquel muchacho iba hacer la convivencia compleja.


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Capítulo uno:


1991


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Miré el panfleto mal doblado entre mis manos fijándome específicamente en la dirección algo borrosa sobre aquel pequeño y económico volante en tono blanco y negro. Observé hacia la próxima esquina percatándome, al ver la señalización de la avenida, que había dado con el lugar correcto. La calle era larga, y sí bien había dado con el sector, aún no me encontraba con el famoso bar que me aquejaba, sumándole además, que aquella área estaba infectada de locales dificultando mi tarea.


Suspiré dispuesto a cruzar, pero me detuve en el acto al percibir como una turba de jóvenes de vestimenta curiosa—en la cual parecía predominar las tonalidades azabaches, accesorios puntiagudos, cabellos espigados y pintados de colores fantasía—, se dirigían hacía la misma dirección que había trazado en mi mente. Los seguí de cerca; seguro iban hacía mí mismo objetivo.


Cuando el jovial grupo se perdió apresuré mis pisadas dudando hacia donde se habían ido; y al mismo tiempo, recriminándome por aquella boba idea de desenlace incierto. Bufé aumentando el ritmo pausado de mis pies hasta que di con un muchacho de mochila de jean tapizada en parches de bandas que desconocía. Él bajó hacia un lugar escondido en medio  de unos locales y una sonrisa pletórica, al fin, invadió mi rostro; aquel era el lugar y el oxidado número “1991” ubicado en el centro del marco superior de la puerta lo delataba.  El bohemio establecimiento estaba situado entre dos edificaciones con terrazas; un resto-bar y una cafetería hacían paréntesis de aquel lúgubre sótano estilo grunge-industrial muy concurrido, al parecer.


Bajé la escalera de concreto que dibujaba la entrada hasta unas metálicas y ajadas puertas abiertas de par en par. Entré siendo envuelto por el ennegrecido sitio. El lugar era pequeño; estaba seguro que no cabían más allá de cincuenta personas, y en aquel momento, tal vez había un poco más de ellas. El sitio estaba caluroso por la aglomeración y era difícil transitar y ver.


Me situé en una esquina bastante atrás intentando camuflar mi desentonada vestimenta poco juvenil a diferencia de los muchachos, quienes eufóricos por lo que se avecinaba se habían agrupado hacia adelante donde se podía a preciar una especie de plataforma que apenas poseía una batería a medio armar. Asumí que aún no iba hacer la presentación así que pasee mis ojos por el recinto esperando encontrar al menos a Akira merodeando por el lugar, mas lo único que hallé fue un acorde fallido y algo doloroso para mis tímpanos.  Por inercia llevé mi atención hacia donde provino aquel sonido viendo como algunos sujetos, junto al solitario escenario de diminuta y simple envergadura, comenzaban a conectar y a situar artefactos sobre la tarima algo ajada mientras, para distraer a los presentes, se oía música de fondo proveniente de algún punto desconocido.


Mis ojos se quedaron pasmados al ver a uno de los músicos en particular; maldije el haber olvidado mis anteojos en el departamento porque de lejos no veía muy bien, pero a pesar de ello, su figura se me hizo familiar. Lo contemplé varios segundos, estaba acuclillado adecuando algunos cables que ni idea tenía para que servían, hasta que se paró y comenzó a rasgar su bajo, aún de espalda hacía la muchedumbre, pero ya no dudaba; era él. Vi como acomodó su camiseta negra que se le había subido ligeramente tras agacharse y, se volteó. Al verlo alcé una ceja, llevaba una máscara cubriendo parte de su ojo izquierdo y nariz.


De la nada las luces, que ya eran escasas se apagaron, la muchedumbre enmudeció y cuando los primeros acordes se hicieron presente todos gritaron al unísono iluminándose una microscópica plataforma la cual mantenía en alto al grupo de muchachos tocando como verdaderos y solicitados músicos. Sonreí cuando el bajo resaltó por sobre la batería y la guitarra. Sin dudas aquel chico era otro; se vislumbraba apasionado y me llenaba de orgullo. Me sorprendí de su astucia y talento oculto, no entendía por qué este no era a viva voz, estaba seguro que su padre estaría dichoso de su hijo menor.


Cuando aquel concierto llegó a su fin, tras un repertorio de diez canciones desconocidas para mí, esperé que los chicos, vanagloriados como unas súper estrellas, dejaran el escenario; concluyeran con las fotos solicitadas de sus jóvenes fans; hablaran y dieran autógrafos.


Cuando se sentaron frente a la barra a descansar y beber oyéndose de fondo a otra agrupación, me aproximé donde estaban dispuestos y miré a Akira esperando que volteara y me viera. Cuando sus ojos se fijaron en mi le hice una seña con mi mano en forma de saludo; sabía que se acercaría sin siquiera llamarlo por su nombre.


Su semblante estaba sorprendido por mi presencia, pero de inmediato frunció sus labios y se dirigió a mí como una locomotora fuera de control. Me cogió el brazo oprimiendo este contra su palma de forma fiera mientras me arrastraba hacia atrás de la barra. Empujó una puerta que decía “salida de emergencia” soltándome en un callejón el cual, por la posición del local, estaba al costado diestro. Me observó sobar mi extremidad maltratada mientras veía como este se quitaba aquella curiosa máscara revelando su rostro conocido.


—¿Qué mierda haces aquí?—escupió entre dientes cruzando sus brazos sobre su pecho—. Acaso, ¿él imbécil de mi padre te mandó?—bufé cerrando los ojos.


—Akira…—entoné en forma de reproche tras sus palabras—. ¿Cómo crees eso? Nadie me mandó. Sólo… encontré esto en tu habitación—desdoblé el flayer  entre mis manos y en un voraz arrebato, aquella amateur publicidad terminó en sus manos arrugado y lanzado a una esquina junto a otros envoltorios y hojas secas de árboles.


—No lo puedo creer—rió irónico negando con su cabeza.


—Akira… ¿por qué no nos habías contado que hacías esto de noche?—hice una pausa viendo su semblante molesto—. Tocas en una banda, a una que al parecer le va estupendamente, ¿no es suficiente mérito para contarle a tus familiares?


—¿Disculpa?—alzó una ceja—, ¿te acabas de auto proclamar como parte de la familia?, y qué miembro eres? Hasta donde tengo entendido, una familia la forma un papá y una mamá...—bufé oyendo su despectivo tono—. Y, además para tu información, tengo edad suficiente para hacer y deshacer. Yo sabré a quien le cuente sobre mis acciones; ustedes dos para mí son los menos indicados.


—Okey, sí. Yo no tengo nada que ver en el asunto, pero, ¿y tú padre?—suspiré—, ¿sabes cuánto sufre por ti y tus salidas nocturnas? Siempre se queda preocupado pensando en que andas, con quien te juntas, donde vas o con quien te quedas las madrugadas que no vuelves a casa—hice una pausa llevando mi diestra a mi pecho con agobio—. Habla con él; lo hará respirar con alivio cuando se entere que no andabas en nada malo y que sólo estabas trabajando en secreto en esto. Yo te ayudaré en lo que sea necesario—le sonreí, mientras me miraba como si todo lo que salía de mi boca fueran palabras sin conexión alguna.


—Eres tan molesto—sobó sus sienes—. Sí no entendiste, te lo repito: ¡No soy un crio! ¡Tengo veintiún años! En cualquier parte del mundo soy mayor de edad y no necesito de una segunda “mamá” y menos de un papá que estuvo toda mi niñez ausente y, que ahora, intenta actuar dramáticamente como el padre presente y preocupado—sus ojos bullían cólera. Me mordí el labio inferior; mi complaciente acción había sido trasquilada—. Y... —continuó—, si no sabías, lo cual encuentro absurdo puesto que llevas tantos años con el viejo. Él detesta que toque; cree que todos los músicos son unos muertos de hambre, alcohólicos y drogadictos—bufó bajo mi atenta mirada—; es capaz de romper mi bajo si sabe que formé otra banda—negué con mi cabeza pensando tercamente en la equivocada forma de especular del muchacho. Su padre, para mí, era muy empático, tal vez, producto de la constante disputa que tenían ambos, no se alcanzaba a dar cuenta que podían hablar y razonar con su progenitor.


—Estoy seguro que si hablan…


—¡Basta!—alzó la voz—, no tengo nada que contar, y menos esperar la aprobación de nadie—me miró con hiel en sus ojos al mismo tiempo e implícitamente empuñó sus manos dispuestas a sus costado de forma amenazante y cuando iba abrir mis labios para entonar algún vocablo una tercera voz se oyó:


—¡Reita!, ya nos vamos—el muchacho castaño que se aproximó desde atrás de la puerta de emergencia de aquel local nos miró algo cortado al palpar el denso ambiente que se había formado entre los dos.


—Voy… —dijo “Reita” mirándome por última vez de forma intimidante.


—Hey…—Lo cogí del antebrazo parando sus pisadas en el acto. Éste bajó la mirada hacia mi agarre, para luego, paulatinamente alzarla hacia mis ojos con desprecio el cual a estas alturas, ya me había acostumbrado. Bufé—, deja de ser tan terco. Sólo quiero ayudar, no soy tu enemigo, soy tú…


—¿Padrastro?—se mofó con ironía—. ¿Quieres ser una “madre” complaciente después de todas las cagadas que has hecho?—y ahí estaba de nuevo sacándome en cara un pasado equívoco…


—No. Akira, entiende que no quiero tener esta disyuntiva constante, de verdad quiero lo mejor para ti y por eso… —cogí con más ímpetu su bazo en una muestra de complacencia—, quiero apoyarte en este proyecto; se nota que te encanta y quiero estar ahí para lo que necesites. Está bien si no quieres que le diga a tu padre, posiblemente quieras esperar, y lo entiendo. Pero mientras yo voy a estar aquí; háblame, pídeme lo que necesites que yo te ayudaré en todo lo que esté a mi alcance—le sonreí jubiloso, pero me volví serio al ver su rostro agrio y, en acto seguido, se zafó de mi agarre.


—Aléjate de mí —me pidió—, sería de gran ayuda. Akira se marchó dejándome frustrado; hiciera lo que hiciera siempre obtenía aquel desprecio.


Volví a entrar al recinto por inercia. Seguí sus pasos viendo como éste junto a su castaño amigo y un grupo más conversaban agrupados. Los observé percibiendo que de vez en cuando la mirada fría de aquel chico se posaba sobre mí con advertencia.


Acomodé mi bolso de mejor forma sobre mi hombro para dirigir mis pisadas hacia la salida. Di un paso en falso cuando percibí que un grupo de chicos aglomerados saltaban eufóricos por las melodías que se escuchaban de fondo—que a mi parecer, era nada más que un molesto ruido—; temí ser aplastado por la masa y me eché para atrás, pero al verlos tomar otra dirección exhalé con desgana volviendo a tornar mis torpes pisadas por el oscuro sótano, martirizándome en el trayecto sobre lo que había hecho y como esto no había valido de nada; había perdido mi tiempo concluyendo por cargar un saco de buenas intenciones. Esto había terminado peor de lo que pensaba. Ensimismado en mis pensamientos evité a un grupo de chicas pasando a llevar, en la acción, a un hombre. Me disculpé por mi descuido, pero este extrañado me sujetó de las muñecas mirándome sonriente.


—Yutaka…—susurré sorprendido al reconocerlo bajo la tenue claridad.


—¿Cuánto tiempo ha pasado sin saber de ti?—entonó afectado. Asentía teniendo mis ojos en mi hijastro quien pasó por mi lado mirando la escena.


—Mucho…—seguí su plática sonriendo falsamente, y en aquel instante me sentí bombardeado por imágenes de un pasado que prefería borrar.


—¿Qué tal si vamos a beber algo o…


—No soy mucho de beber…—corté la invitación sin muchos deseos de compartir algo con él, pero tampoco quería ser descortés.


—¡¿Y qué haces en un bar?!—se carcajeó, haciéndome sentir algo torpe.


—Vine a ver algo…—se llevó una de sus manos a sus labios y me miró pícaro. Negué con mi cabeza apuntando la salida para escapar de aquel bullicioso ambiente; caminé siendo seguido de cerca por aquel viejo conocido.


—¿Algo? No será que éstas saliendo con alguien—me giré para enfrentar su rostro el cual me observó como si me hubiese encontrado haciendo algo reprochable. Moví mi cabeza de manera negativa continuando mi andar oyendo detrás un: —. Ya no está con “él”…— murmurado afirmativamente como si sus pensamientos estuviesen en alta voz. Su extraño tono detrás de mí  me hizo voltear mi cabeza levemente mirando de soslayo su semblante introspectivo. Extendí mis pasos hasta subir el último peldaño y caminar un par de sendas. Tras al fin haber llegado a la superficie me torné quedando de frente con aquel hombre que me evocaba a tantos sucesos.


—Lo siento, pero me tengo que ir— informé mirando la hora en mi teléfono celular.


—No, vamos a beber algo, ¡yo invito!—canturreó vivaz—. Ha pasado tanto tiempo que me es irreal verte tan bien—me sonrió acariciando mis brazos con ternura. Suspiré asintiendo y ambos caminamos cansinos por aquella calle transitada escasamente.


—Mira esa terraza—apunté—, se ve tranquila, tomemos algo ahí—marché siendo seguido por mi amigo el cual conocí en una cafetería de nombre “S&S” que en mis tiempos de adolescencia trabajé. Congeniamos de forma inmediata, pero algo ocurrió con el tiempo…


Nos acercamos aquel bonito lugar y pedimos un par de dulces; un café y un té respectivamente para charlar del pasado, presente y futuro de ambos.


—¿Sabes?, en aquel tiempo, te di la espalda y nunca te pude pedir disculpas…


—No te preocupes, a estas alturas no es algo que me quite el sueño.


—De igual forma…—asentí mientras enterraba el tenedor a un trozo de tarta oyéndolo toser y continuar—. Por otro lado, ¿terminaron?—lo sentí titubear. Lo miré extrañado y luego de humedecer mis labios y cruzar levemente mis antebrazos sobre la diminuta mesita negué con mi cabeza.


—Estamos juntos aún—fue sutil, y tal vez fue parte de mi imaginación, pero lo vi tensar su mandíbula, pero su rostro sonriente perpetuó ahí.


—Oh, vaya…—entonó con algo de desilusión—. ¡Han estado juntos un largo tiempo!—exclamó con aparente asombro mientras yo afirmé.


—Hemos tenidos altos y bajos como todos—toqué mi cuello con inquietud—, pero más altos que bajos—concluí con una sonrisa baja.


—Me alegro…—entonó neutro—. Por otro lado, ¿a quién fuiste a ver al bar?—hice una mueca de medio lado—. Estúpidamente pensé que ibas a ver a tu novio o alguna conquista reciente—negué.


—A la banda… A  uno de los chicos que tocó ahí—acarició su barbilla pensativo.


—¿Gazette?—asentí, si mal no recordaba ese era el nombre impreso en tipografía gótica en el lienzo tras el escenario de la agrupación amateur/secreta de mi hijastro—. Son buenos. Decidimos incluirlos en nuestro itinerario; tocaron un par de veces en el pasado y la voz se corrió rápido; cada vez llenan más; son chicos apasionados y bastante trabajadores. Serán grandes. Ojalá una disquera les llame la atención, pero por ahora 1991 es una buena vitrina para ellos—abrí mis ojos sorprendido.


—¿Eres dueño del lugar?—lo vi sorber su taza junto a una sonrisa placentera.


—Algo así. Es una asociación. Somos tres los dueños.


—¡Vaya, veo que te está yendo increíble!—lo miré jubiloso—. Es un gran lugar…—esbocé revolviendo el contenido a medio beber de mi taza sin saber que más agregar. Me removí inquieto, el silencio y el ambiente se estaban comenzando a percibir algo trabado; había algo ahí que no dejaba avanzar aquel fortuito encuentro—. Yuta…—fui interrumpido.


—Es incómodo, ¿no?—murmuró nuevamente mostrándome, en voz alta, sus pensamientos—. ¿Sabes?, por mucho tiempo estuve pensando en ti, en que quería hablar contigo, pero cuando tuve el valor jamás volviste a la cafetería. Y claro, me excusé de ello, podría haberte llamado para que nos juntásemos y hablásemos, pero me acobardé—no entendí cuál era el objetivo de sus palabras, ¿a qué quería llegar con toda aquella perorata?


—Cuando dejé de ir a la cafetería estuve mucho tiempo sólo, hubiera, sin dudas, querido hablar contigo; me hubiera hecho muy bien saber que tenía, aún después de todo, a un amigo—lo vi suspirar.


—Jamás fui realmente tu amigo, Takanori—abrí mis ojos extrañado—. Los amigos no actúan como lo hice yo—bufó como si sus recuerdos le causaran molestia—. Por alguna extraña razón vi que te volviste muy cercano a Yuu, quise intentar ser cercano a ti para, de igual forma, abrirme camino con él.


—¡Por dios!, ¿de qué hablas?—esbocé una carcajada nerviosa—. Tú eras el brazo derecho de Yuu, ¿qué más cercano que eso podías ser…?—mordí mi labio inferior haciendo sinapsis y lo vi exhalar cabizbajo.


—No te dejé de hablar porque me contaste que estabas intentando algo con Yuu, ni porque estabas saliendo con una persona de tu mismo sexo, ni menos porque tenían una diferencia abismal de edad, sino porque tú usurpaste algo que me pertenecía…—calló. Lo miré pensativo contorneando con mis palmas en la pequeña tacita de té frente a mí en un acto desesperado en calmar mi ansiedad en aquella sutil presión; este miró hacia su derecha rascándose la nuca como si estuviese debatiendo con su cerebro el continuar; volteo y me sonrió melancólico.


—No te entiendo...


—Él me gustaba… —abrí mis ojos viéndolo girarse nuevamente, miró a una pareja pasar por la calle riendo y bajó la nuca aplastando con la yema de su dedo índice un par de migas que habían aterrizado sobre el impoluto mantel blanco. En su semblante abatido escondía algo más, pero no supe si quería o no saber e inevitablemente el ambiente se tornó sofocante; no supe que decir tras sus palabras y enmudecí—, y te odié. Te odié martirizándome con malos pensamientos; que lo usabas para salir del hoyo en el cual te hallabas; que no lo querías como yo lo solía querer...—hizo silencio antes de proseguir—. Pensé que lo utilizabas como una forma de escape fácil y Shiroyama no se merecía eso.


—No, yo…—me apresuré en negar.


—Después de los dieciocho todo el mundo quiere salir de casa, aún más tú. Asumí que ese fue siempre tu plan, además recién habías cumplido diecinueve años.


—Si lo pienso superficialmente, lo parece, pero no fue así—suspiré—.  A los diecinueve me echaron de casa. Quedé con lo puesto, Yutaka. Y sí, tal vez me a proveché de la bondad de Yuu, pero también me enamoré de él—entoné dolido—. ¿Por qué nunca me lo dijiste?


—¿Qué habría pasado? Tú cegaste a Yuu desde el primer día que te vió— de alguna u otra forma me sentí culpable.


—Lo siento—lo vi hacer un ademán con su diestra en el aire como quitándole importancia al asunto que me estaba costando trabajo digerir.


—¡Son cosas del pasado! Pero, no calarían tan hondo si las hubiera hablado en su debido momento. Actué como un puberto despechado en aquel tiempo. Ahora tengo pareja y todo está bien…—me sonrió haciéndome suspirar, y en el acto intenté botar un peso que no se quería marchar de mis hombros—. Por lo mismo quiero pedirte disculpas, a pesar del tiempo, a pesar que no hice el intento de buscarte; me aprovecho de esta casualidad para poder rectificar mis actos— ambos nos miramos, él con un gesto vano de sonrisa, y yo con una extraña sensación latente en el pecho.

Notas finales:

¡Gracias por haber leído!

Fue un largo tiempo para mí. Desde febrero que no publicaba nada e iba a continuar sin hacerlo, pero debo admitir que escribir y publicar me divierte; llena aquel vacío en mi corazón y saber que me leen y les gusta aún más.

¡Nos leemos pronto!

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