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Bendita Maldición

Autor: chibigon

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Notas del fanfic:

Es un Dadstiel, que se me ocurrió hace tiempo, pero recién lo subo. Mi versión de Castiel cuidando a los niños Winchester.

Notas del capitulo:

Los personajes no me pertenecen, son del mundo Supernatural. No espero ofender a nadie, solo escribo por diversión y son fantasías mías.

 

Es un Dadstiel, que se me ocurrió hace tiempo, pero recién lo subo. Mi versión de Castiel cuidando a los niños Winchester.

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Bendita Maldición

Por Ladygon

 

Los personajes no me pertenecen, son del mundo Supernatural. No espero ofender a nadie, solo escribo por diversión y son fantasías mías.

Es un Dadstiel, que se me ocurrió hace tiempo, pero recién lo subo. Mi versión de Castiel cuidando a los niños Winchester.

Capítulo 1: La maldición cae.

Una maldición, no un hechizo, una real maldición y ahora, ¿cómo deshacía esta maldición? El dios, que la hizo, estaba muerto como para preguntarle cómo podía deshacerla. Ni siquiera sabía cuál dios fue. Miró por todos lados y no había pistas de nada, ningún signo de pelea antes de su llegada, pero él lo vio, es decir, vio el poder lanzado.

Castiel escuchó el llamado mientras estaba a miles de kilómetros, desbaratando una red de tratas de blancas y eliminando varios demonios en su camino. Apareció en el momento en que el dios se desvanecía en un humo extraño, y los muchachos envueltos en ese humo se encogían. Revisó el lugar con el lloriqueo de los infantes en sus oídos. El último destello de venganza del dios pagano hizo efecto. Sin pensar mucho, tomó a los dos cachorros en brazos para tratar de tranquilizarlos y como si hubiera usado magia, los chicos se callaron, mirándolo con curiosidad.

—Sam, Dean, ¿pueden entenderme?

Más miradas de curiosidad. Sam era un bebé con ropita de bebé y todo. Dean era un niño pequeño, también con ropita infantil de Jean. La magia afectó todo alrededor de los chicos, incluso, desapareciendo las armas y las evidencias.

Decidió llevarlos al búnker y, en un aleteo, estuvieron ahí.

—¿Y ahora qué?

Pedir ayuda, a quién, si el único candidato era Crowley y mejor que no se enterara, porque podría secuestrar a estos dos y ni imaginarse lo que podría hacerles. En el mejor de los casos, los criaría como hijos suyos, eso ni hablar, en ese caso los criaría él… ¿Ahora en qué pensaba?

Dejó al bebé de unos meses de edad encima de la mesa y al pequeño, sentado en una de las sillas. Debía empezar interrogando al niño, pues parecía poder hablar.

—Hola, ¿puedes decirme si recuerdas algo? —dijo, tratando de sonar dulce.

El niño lo miró con sus grandes ojos verdes y negó con la cabeza repetidas veces.

—¿Sabes cómo te llamas?

Volvió a negar con la cabeza. Castiel pensó un momento.

—Tu nombre es Dean.

—Dean —repitió el niño.

—Sí, Dean y este —dijo mostrando al bebé—, es tu hermano Sam.

El niño miró al bebé con asombro.

—Sam —repitió.

—Bien, muy bien —dijo alentándolo—, y yo soy Castiel.

—Cas… —su voz infantil era muy enérgica.

—Castiel —insistió el ángel.

—¡Cas! —concluyó el niño.

—Caaaaaaaaaassssss… tiiiii… eeeellll —volvió a insistir.

—Cass… ti… tú… Cas. —Sonrió travieso.

El ángel hizo una mueca de fastidio. Al parecer, ni así se libraba del apodo.

El estómago del niño hizo un ruido y este se tocó con la mano sorprendido.

—¿Tienes hambre?

—Hambre —repitió el niño.

—Iremos a la cocina.

Tomó al bebé entre sus brazos y al niño rubio de la mano para guiarlo hasta la cocina, donde abrió el refrigerador. Había para hacer un emparedado y algo de leche. Recordó que siempre olían la caja de leche antes de tomarla, debía ser algún ritual o algo parecido, así que hizo eso, pero se llevó tremendo chasco al notar un olor muy desagradable.

—No creo que esto sea bueno para tomar. Tendremos que ir de compras —concluyó.

El problema era si dejaba a los niños solos, pero lo descartó en el momento, podrían estar en peligro o algún efecto secundario del maleficio o cualquier cosa, así que los llevaría con él, ¿qué necesitaba comprar?: leche… sabía que los niños humanos tomaban leche. Buscó donde guardaban el dinero los hermanos y sacó unos dólares. Fue un poco incómodo hacerlo con solo una mano, pero es que la otra estaba ocupada con el bebé, quien dormía, plácidamente, sin darse por aludido. Dean se agarraba del borde del abrigo de Cas, hasta que este le dio la mano, otra vez, para transportarse, otra vez.

—Waaaajajaja. —Rio el niño cuando se vio en otro lugar.

Castiel miró extrañado al niño, quien tenía una enorme sonrisa. “Al menos no está asustado” —pensó. Después de todo, niño o no, se trataba de Dean, el humano más valiente que conocía, seguido por su hermano. A propósito le echó una ojeada al bebé, el cual seguía durmiendo.

Cruzaron la calle hasta la tienda, entraron y Castiel tuvo su primer problema existencial. Si tomaba una canasta, soltaba a Dean, así que se quedó parado, mirando la canasta en el suelo como si la solución se la diera ella, pues no fue ella: Dean tomó la canasta con su mano libre y Castiel lo quedó mirando otro segundo. Después de todo, niño o no, se trataba de Dean, el humano más inteligente que conocía seguido por su hermano, ya que ahora Sam era un bebé.

—¡Qué niños tan lindos tiene! —exclamó una señora de mediana edad.

Quedó perturbado con el alago.

—Oh, gracias. —Entonces se le ocurrió una idea— ¿Podría decirme qué comen?

—¿Cómo dice? —Abrió grande los ojos, asustada.

Castiel supo que metió la pata, pues las personas reaccionaban así cuando la metía.

—Me refiero al bebé… no sé… —dijo tratando de sonar amable.

—¡Ah, padre primerizo! —Sonrió con alegría—. No se preocupe, yo tengo un nieto muy revoltoso, aunque aquí no encontrará muchas cosas. Debe ir al supermercado, ahí encontrará todo lo que necesita, pero mientras tanto puede llevarse la fórmula, los pañales, los…

—¿Qué cosa? —su voz asustada casi lo delató.

La señora pensaba que eran sus hijos, esperaba que no se diera cuenta de lo contrario, pero en vez de eso, ella rio.

—No se preocupe, no es tan difícil como parece, venga por acá.

Preguntó por la edad de Sam, él le dijo, es decir, usó sus poderes para calcularlo. Sacó unos tarros, frascos, paquetes y echó en el canasto de Dean.

—Eso debe llevarlo usted. Es muy pesado para el pequeño —dijo la señora, haciendo la maniobra de tomar el canasto, pero el chico no lo soltaba.

La señora lo miró confundida.

—Pero si hago eso, lo soltaré —contestó Castiel con tono preocupado, sin darse por entendido de la lucha que tenía la señora con Dean por la canasta.

La señora soltó la canasta para atender a Castiel mientras Dean la veía con la frente fruncida, concentrado en no soltar la canasta.

—¡Qué lindo que se preocupe tanto por su hijo! Si es muy inquieto puede comprarle un arnés —siguió la señora sin ponerle atención al niño.

—¿Arnés?

—Sí, es una correa para niños.

—Es un niño, no un perro.

—Por eso digo que es especial para los niños. A mi nieto le ponen una, porque un pestañeo, y desaparece.

“¿Será un ángel?” —pensó Castiel.

—No creo que Dean desaparezca —dijo muy seguro.

—En ese caso no será necesario, pero no debe despegarle la vista. Los niños son muy rápidos y si una se descuida un momento, pueden pasarles muchas cosas.

Castiel se quedó pensando. Quizás era buena idea lo de la correa.

—Llevaré la correa, por si acaso —titubeó.

—Bueno —dijo la señora, riéndose.

A Dean no le pareció buena la idea de la correa. Resistió el ponérsela. Castiel no sabía cómo llevar tantas cosas  y a los niños, finalmente, tuvo una conversación de niño a ángel con Dean.

—Dean, mira, debo cargar a Sam y la canasta, así que necesito te agarres de mi abrigo y no me sueltes. No quiero que te apartes de mi lado, ¿bien?

—Bien —repitió el chico.

Con todo el movimiento, Sam despertó y seguía muy atento a todo su alrededor.

Después de pedirle las instrucciones a la señora de cómo funcionaba cada cosa comprada, le pidió también, consejos para alimentar a Dean. Necesitaría otra canasta y no podía, así que un par de cosas más y listo.

—¿No tiene un coche para bebé? —preguntó la señora.

Eso sí, recordaba haber visto a las madres en el parque.

—¡Claro! Debo comprar eso —dijo como quién tiene una epifanía.

La curiosidad embargó a la mujer.

—Quizás no deba comprar uno. La madre puede prestárselo, supongo están separados.

Ahora venía el momento de las mentiras donde era malo inventando cosas.

—Eeeeh, no, no puedo —dijo nervioso.

—Oh, entiendo, perdón por ser tan curiosa.

Castiel sonrió esa señora le gustaba.

—No se preocupe, no me molestó. Iré a pagar estas cosas —dijo entusiasmado—, gracias.

—No hay de qué. —Sonrió la dama.

Castiel salió con las bolsas y los dos niños. Tuvo que caminar lento, para que Dean no corriera tanto, agarrado de su abrigo. Pensó en cruzar la calle, pero decidió que era peligroso para Dean, así que rodearon el lugar hasta encontrar unos matorrales. Ahí se agachó y tocó al niño.

—¡Wuajajaja! —gritó Dean cuando se vio otra vez en el búnker.

Castiel sonrió, aunque no le duró mucho, porque Sam comenzó a llorar. Nervioso pensó que el bebé tenía hambre, así que fue a la cocina con Dean pisándole los talones, dejó al bebé en la mesa y recordó las instrucciones de la señora.

—Sam, Sam —repetía Dean, tocando al bebé.

—Eso Dean, trata de calmarlo mientras yo termino esto.

El niño se veía un poco desesperado, porque el bebé no paraba de llorar, así que empezó hacerle caras feas y el bebé pareció calmarse.

—Tranquilo Sam —dijo el niño.

Sam seguía lloriqueando cuando Castiel trató de darle la mamadera. Digo trató, porque el bebé la rechazó con más llanto.

—¡Oh, no!, ¿y ahora qué le pasa?, ¿estará enfermo? —Tocó su frente—. No, no está caliente

—Pipí —dice Dean.

—¿Pipí? —repite Castiel.

Entonces lo revisa, y por supuesto, estaba mojado.

Cambiarle el pañal fue toda una odisea. Recordaba las instrucciones de la señora. Como ángel tenía buena memoria para recordar cosas, pero de la teoría a la práctica, se hacía más complicado.

Cuando fue a poner el pañal limpio no sabía en qué posición iba, así como buen ángel inteligente, miró el pañal sucio y recordó en qué posición estaba antes de sacarlo. Lo iba a poner y recordó que no lo había limpiado, así que sacó las toallitas, las pasó por las partes a limpiar y luego puso el pañal. Lo ajustó y parecía bien. Sonrió.

Comenzó a vestirlo con la ropita que tenía de la maldición y vio que tendría que comprarle nueva al igual que a Dean. Botó el pañal sucio a la basura y se lavó las manos. Preparó un emparedado a Dean con un vaso de leche, el niño se sentó en la mesa de la cocina a comerlos. Castiel tomó al bebé y le dio su biberón.

Con los niños ya alimentados, decidió pensar cómo iría a buscar el Impala que se quedó donde mataron al dios pagano. Debía volver pronto, así que se teletransportaron hasta el vehículo. Dejó a los niños en el asiento del copiloto y empezó a manejar.

—Pasaremos a comprar algunas cosas en el camino.

—¡Yaaaaa! —dijo Dean, quien tenía a Sam en sus brazos.

Encendió el motor y les puso música a los niños. Dean estaba encantado y tarareaba la canción sin saber la letra. Así comenzó la dura tarea de encargarse de un par de bebés.

Fin capítulo 1

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