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Entre cielo y tormenta

Autor: Joker96

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Notas del capitulo:

Es mi segunda historia, por lo cual estoy emocionada. Y sé que todavía no termino la primera, pero es que no podía sacarme esta de la cabeza, así que aquí esta :3

Ojalá y disfruten de la lectura, y me disculpo por los errores ortográficos, si es que hay (es muy probable). 

Capítulo 1

 

La vista que tenía frente a la ventana era la de la lluvia caer. Caí con gracia y al compás. Con su ritmo característico.

 

Me gustaba la lluvia. Ese color grisáceo que se apodera del cielo, como si se estuviera equilibrando todo allí arriba, no sé exactamente él porque encuentro tanta calma en el clima lluvioso, es así desde que era una niña. Pero las tormentas, en ellas hay tanto desorden, tanto desequilibrio. No me gustaban las tormentas.

 

Me concentré en la vista lo más que pude, hasta que sentí algo vibrar del bolsillo de mi pantalón, y al tomar mi celular me doy cuenta de que es una llamada. sonreí al ver la imagen y el nombre en la pantalla.

 

<Si voy a ir a la universidad, si es lo que querías saber> — digo al descolgar, sobrecargándome en la pared, sin alejar mi vista de la ventana.

 

— <Eso es algo que ya sabía, lo que quería preguntarte es si, ¿podrías venir a recogerme? Mi padre me volvió a quitar el auto.>

 

— <Lo volviste a chocar>— corregí, escuchando un gruñido provenir del otro lado de la línea sacándome una sonrisa.

 

< ¿Vas a venir o no?>— presionó.

 

— <No lo sé… ¿Por qué no tomas un taxi como una persona normal?>

 

— <Olvídalo.>— se rindió. — <Creí que MI mejor amiga se dignaría a hacerme un favor. Perdón por molestarte con mi amistad.>— no pude evitarlo y solté una carcajada.

 

<Deja las redes sociales por un tiempo, en serio.>— le aconseje. — <Estaré ahí en 15 minutos princesa.>

 

Colgué sin esperar su respuesta y me dispuse a buscar algo para abrigarme. Al encontrar una de mis sudaderas favoritas me la enfundé y me decidí a mirar mi reflejo en el espejo antes de irme. Mi pelo, de un castaño oscuro se encontraba algo desordenado y eso le daba cierto estilo. Mis ojos normalmente azules, habían tomado una tonalidad algo gris, como el cielo de esta mañana. Y mi piel de una tonalidad casi pálida estaba algo diferente, gracias a la leve pero notoria marca roja que tenía en el cuello. Recuerdos del fin de semana. Tomé un paraguas, sabiendo que la chica que me esperaba no le gustaba la idea de arruinar su cabello, y sin más, salí de mi apartamento.

 

Desfile en mi auto por un laberinto de calles y avenidas hasta que llegue al lugar deseado. Como suponía ella estaba ya en la puerta, esperándome. Me tomé la libertad de examinar su apariencia, estaba abrigada conforme al clima y su pelo negro se movía ligeramente por el viento. Sus ojos cafés y expresivos me miraban con acogimiento, y su piel morena se tensaba con el frío.

 

Tomé el paraguas y sin importarme el abrirlo, o el agua que caía, salí del auto y caminé tranquila hacia ella ofreciéndole el objeto.

 

— Buenos días Camila. — la saludé brindándole una sonrisa leve.

 

Ella tomó el paraguas y lo abrió.

 

— Buenos días Avery. — me saludó, de manera seca, logrando que mi sonrisa se extendiera un poco más. — No te limitas a decir solamente que si cuando alguien te pide un favor, ¿cierto? — preguntó comenzando a caminar hacia mi auto, pensando en que la seguiría, lo cual hice segundos después.

 

— No sería tan divertido. — dije, logrando que volteara su rostro hacia mí.

 

Esa mirada siempre me daba risa.

 

— Hay veces en que desearía no haber ido a darte las gracias por defenderme cuando teníamos siete años.

 

Logré rebasarla para abrirle la puerta y me dio una mirada neutra, cerró nuevamente el paraguas y entro al auto, acto seguido me dirigí al lugar del conductor para hacer lo mismo.

 

— Me dieron la peor paliza de mi vida, era lo mínimo que podías hacer. — encendí el auto y la calefacción. — Que decidieras invitarme a tu casa después ya fue cosa tuya. — dije encogiendo los hombros.

 

— La peor decisión de mi vida. — dramatizo, recargándose en el asiento.

Me abroche el cinturón de seguridad casi al mismo tiempo que ella y arranque el auto.

 

— No te voy a desmentir en eso, pero ve el lado bueno. Tienes alguien que te lleve cuando tú auto se estropea. — dije sin apartar mi vista del camino.

 

Reinó el silencio después de eso, cada una centrada en su mundo mientras la canción que salía en la radio nos daba un compás de ritmo pegajoso y alegre. Tan en contra del cielo gris y húmedo que nos cubría ese día.

 

— Tienes un chupetón en el cuello. — dijo Camila sin apartar la vista de la ventana.

 

— Ella quedó peor, enloquecerá cuando lo vea. — aproveche que el semáforo estaba en rojo para mirarla.

 

— Me imagino. — ella no me miro. — ¿La conozco?

 

— No lo creo. Ni yo la conocía. — volví a poner el auto en marcha.

 

— ¿Era linda?

 

— Tenía uno lindos senos.

 

— Eso no contesta mi pregunta. — aún sin verla, podía sentir su mirada clavada en mí.

 

Ya no respondí, simplemente me encogí de hombros.

 

— ¿Que hiciste el sábado? — pregunté cambiando de tema.

 

— Salí con Amanda. — yo odiaba a Amanda. — Fuimos a una fiesta y ahí conocí a Joe.

 

— ¿Joe?

 

— Nadie relevante. — dijo agitando su mano. — Nos besamos, pero después intentó convencerme de hacerlo en el baño. Así que adiós Joe.

 

— Ya veo. ¿Nada más?

 

— Amanda me contó aún más razones por las cual no le agradas. Empiezo a creer que le gustas, ya que son demasiadas. — Camila se recargo más contra el asiento, meditando.

 

— No digas tonterías. — dije haciendo una mueca de asco. — Y no sigas porque no quiero pensar en eso.

 

— Amanda es linda, creo que podría ser tu tipo.

 

— No Camila. — le advertí.

 

— Imagínalo, es la típica historia donde dos personas se odian a matar, pero gracias a algo que tienen en común (ósea yo) tienen que convivir y con el paso del tiempo descubren una inevitable atracción la una a la otra y terminan inevitablemente enamoradas.

 

— Eso es estúpido. — escupí.

 

— Es romántico. — replicó.

 

Para mi fortuna habíamos llegado a las instalaciones de la universidad y una vez que logre estacionarme, ambas bajamos. Ya no estaba lloviendo, pero el viento seguía estando presente.

 

— ¿Cuantas clases tienes hoy? — me pregunto ajustando su abrigo rojo.

 

— Tres.

 

— Yo cuatro. ¿Me esperas?

 

— No tengo de otra. — ella sonrió acercándose y poniendo sus manos tibias sobre mis mejillas.

 

— Nos vemos en la cafetería. — dijo dándome un beso en la mejilla.

 

La vi caminar hacia las aulas de sus clases y segundos después yo me dirigí en dirección contraria, pero con la idea de hacer lo mismo.

 

El salón estaba frío y solo la mitad de mis compañeros estaban presentes.

 

— Avery, aquí. — dijo Jax, llamando mi atención.

 

Le sonreí levemente y me acerqué hacia él, el chico de pelo y ojos negros me extendió el puño cuando estuve lo suficientemente cerca. Choque mi puño con el de él.

 

— Que hay Jax. — dije sentándome justo al lado de él.

 

— No mucho, me acaban de decir que la maestra Colson no vendrá. Tenemos una hora libre.

 

— Ugh, me levanté a las siete por nada. — me quejé.

 

— Ni me lo digas. Solo pude dormir tres horas. Tu al menos te fuiste temprano ayer.

 

— Me fui con una chica, dormí menos que tú. — le informe.

 

Jax sonrió de medio lado.

 

— ¿La rubia?

 

Me limité a asentir.

 

— Pero se fue muy temprano, cuando desperté ya no estaba. Ya ni me acuerdo de su nombre.

 

— Yo solo recuerdo sus pechos. — me reí. — ¿Eran reales?

 

— Cien por ciento. — aseguré sonriendo.

 

— Vaya que envidia. — dijo pasando su mano por su pelo oscuro. — Vámonos de aquí, sólo tenemos dos clases. Podemos ir a desayunar y me cuentas cómo te fue con la rubia.

 

— Suena bien, pero luego me regreso. Le prometí a Camila que la esperaría.

 

— No fue ayer contigo, se me hizo raro.

 

— No le gusta desvelarse los domingos. — dije con simpleza.

 

— Sigo sin entender como una chica como ella es amiga de una chica como tú. — ambos nos levantamos y caminamos hacia la salida. — Son muy diferentes.

 

— La conozco desde que era una niña, ya es tarde para separarme de ella.

 

— La magia de la amistad.


--



Me gustaba pasar tiempo con Jax, era un buen amigo y teníamos muchas cosas en común. La manera en que lo conocí fue algo extraña, había ido a una fiesta con Camila y ella me había dicho que un chico no dejaba de verla y la estaba incomodando así que como buena amiga decidí alejar al chico. La cosa se puso algo violenta y cuando le di un puñetazo en el rostro en vez de enojarse se sorprendió. Terminé ayudándole a ponerse de pie e invitándole un refresco, ya que no quería beber más. Terminó disculpándose con Camila y hablé con él durante toda la fiesta. Poco tiempo después nos dimos cuenta de que ambos estudiábamos publicidad y nos hicimos amigos.

 

— Ya falta poco para que empiece el torneo de voleibol entre universidades. ¿Como te va en los entrenamientos? — Me pregunto mientras clavaba su tenedor en un pedazo de fruta de su plato.

 

— Son brutales. — admití recargando mi cabeza en mi mano derecha. — Una de mis compañeras se desmayó a mitad del entrenamiento la semana pasada.

 

— Así de mal eh. — asentí. — Por eso necesitabas algo que te quitará la tensión. — comento elevando las cejas de manera sugestiva.

 

Pasar tiempo con este chico nunca me aburría.






---




Cuando llegue a la cafetería de la universidad, Camila ya estaba ahí. Tenía un vaso de café en una mano y una barra de granola en la otra.

 

— ¿Dónde estabas?, Creí que ya estarías aquí.

 

— Estuve pasando el rato con Jax, fuimos a desayunar. Te manda saludos, por cierto.

 

— Que lindo. Oye, ¿qué tal si vamos a mi casa a pasar el rato?, Mis padres y mi hermano no están y no quiero estar sola.

 

— Ugh deberías conseguirte ya un novio. — dije haciendo una mueca de molestia.

 

— ¿Qué crees que no lo intento?, No es mi culpa que la mayoría de los hombres sean idiotas. Y la minoría no sea soltero. — dijo elevando ligeramente los brazos, haciendo un puchero.

 

— Ya, no pongas esa cara. — le dije tomando sus mejillas con mis manos.

 

— Eres idiota. — me reprocho.

 

— Lo soy. — concorde. — Vamos, pasaremos por palomitas y frituras. Podemos ver una película. — le dije abrazándola por los hombros con mi brazo derecho. Saliendo las dos juntas de la cafetería.


 

 

Y en efecto cuando llegamos a su casa no había nadie. Fuimos a su habitación y mientras ella buscaba en su laptop que película veríamos yo me distraía jugando con Rony, su ya no tan pequeño conejo blanco. Recuerdo que yo se lo había regalado por su cumpleaños el año pasado.

 

Camila adoraba a los animales, no por nada había decidido estudiar veterinaria.

 

— Veremos esta. — decidió finalmente.

Miré la pantalla y fruncí el ceño.

 

— Los imprevistos del amor. — leí. — Camila esa es una romántica.

 

— Ya lo sé.

 

— Escoge otra.

 

— No. Quiero ver esta. — corto, dándole click a la imagen.

 

Yo bufé.

 

— Si me duermo es tu culpa. — advertí mientras recostaba la espalda sobre el cabecero de la cama.

 

Camila tomó a Rony y lo metió a su jaula.

 

— No seas nena. — se recostó a mi lado y le puso play a la película.

 

Casi había pasado una hora, y ambas sabíamos que ya no era buena idea seguir viendo la película. Camila como excusa, dijo que la había aburrido y que mejor hiciéramos otra cosa. Yo accedí sin dudar.

 

— Le daré de comer a Yago. — dijo Camila, refiriéndose a su gato.

 

— Yo iré al baño.

 

Sin decir nada más, ambas salimos de la habitación, pero por lugares separados. Al entrar al baño abrí la llave y dejé que el agua corriera. Fingí que era el sonido de la lluvia y logré calmarme un poco.

 

Dos mejores amigos, demasiadas circunstancias, un amor callado y complicado, con una amistad de por medio. Maldita película.

 

— ¿Avery? — llamo Camila detrás de la puerta.

 

Cerré la llave del grifo.

 

— S-si, estoy aquí. — respondí rápidamente. ¿llevaba mucho tiempo en el baño?

 

— Llegó mi madre, quiere saber si te quedas a comer.

 

— Quede de ir a comer con mi padre y Amelia. — mentí. — Será en otra ocasión. — dije abriendo la puerta y encontrándome frente a frente con la morena.

 

— Esta bien. — me sonrió.

 

Aparté mi vista de ella y de la manera más tranquila posible empecé a tomar mis cosas.

 

— Nos vemos mañana. — dije.

 

— Te acompaño a la puerta. — sólo asentí y ambas bajamos al primer piso.

 

Justo debajo de las escaleras, se encontraba Mariana, la mamá de Camila.

 

— ¿Te quedarás cariño? — me preguntó, sonriendo de manera dulce.

 

— Lo siento Mari. Tengo un compromiso con mi padre y Amelia.

 

— No hay cuidado. Ve y mándale saludos a tus padres de mi parte.

 

— Eso haré. — le prometí.

 

Me dio un abrazo y un beso en la mejilla como despedida y se fue a la cocina.

 

— Te recogeré mañana. — le dije a la morena, quien me sonrió.

 

— Te estaré esperando entonces.

 

Cuando salimos Camila se abrazó a sí misma por el frío. Me acerqué a ella y le di un beso en la mejilla.

 

— Adiós. — me despedí.

 

— Cuídate. — fue lo último que me dijo antes de volver a entrar a su casa.

 

Cuando estuve dentro del auto, solté un suspiro y me pasé las manos por la cara.

 

— ¿Cuándo dejara de ser incómodo?, Ya han pasado tres años. — repliqué negando con la cabeza.

 

Encendí el auto y lo puse en marcha.

 

Odiaba las tormentas, en especial, la que tenía en la cabeza en este momento.

 

 

 

Notas finales:

Si alguien aquí a leído mi otra historia, quiero informarle que la actualizare en unos momentos, y eso es todo.

Gracias por leer.

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