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Perfección por OneMinuteBack

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Disclaimer: El universo de Harry Potter, su historia, así como todos sus personajes pertenecen a J.K. Rowling. Está historia está escrita sin ningún fin lucrativo.

 

Perfección

 

Capítulo Uno

 

Era como un mal sueño.

 

Él estaba ahí parado en medio del jardín de su casa, la gente gritaba a su alrededor, todos corrían sin rumbo fijo, y parecía cundir un caos que estaba empezando a afectarle. Los chillidos se le estaban incrustando en los tímpanos, las sienes le latían con fuerza, y su estómago se contrajo dolorosamente. De repente, la camisa que llevaba puesta empezó a atosigarle, como si a cada segundo que pasaba se fuera apretando contra su pecho, asfixiándolo.

 

Quería despertar.

 

Cerró los ojos con fuerza, porque era lo único que su cuerpo le permitía hacer, notando como sus párpados se arrugaban y empezaba a ver fosfenos de colores en medio de esa oscuridad. Respira, se dijo a sí mismo, respira hondo y pronto despertarás.

 

A lo lejos le pareció escuchar el nombre de su hijo Albus, entre todo el griterío, los golpes y el desorden a su alrededor. Sus nervios se crisparon, notó como su espalda se tensó y cada unos de los músculos de sus brazos se contrajeron hasta llegar a las manos que se encontraba cerradas en puños.

 

Una mano en su hombro le absorbió en medio de toda es hecatombe.

 

— Harry, ¿estás bien? —abrió los ojos, encontrándose con los azules de su amigo, que le escaneaban el rostro con preocupación—. Te has quedado un poco pálido.

 

Parpadeó un par de veces y miró a su alrededor.

 

Todo se clarificó. No era un sueño. Realmente estaba ahí parado, en medio de su jardín, y todo el ruido que había en ese momento era a causa de la fiesta del cumpleaños de su hijo.

 

Si alguien viera la imagen desde fuera, no vería nada preocupante en la situación. La Madriguera se alzaba orgullosamente, con sus pisos interminablemente altos y toda esa magia que reconfortaba el lugar. El jardín donde se estaba celebrando la fiesta había sido cuidadosamente limpiado, el césped y la maleza habían sido cortados y Harry junto con Ron se había encargado de des-gnomizar el jardín antes de organizar los preparativos. Harry habría preferido hacer la fiesta en Grimmauld Place porque habría supuesto menos trabajo que hacer, pero Molly había insistido en hacerla en su casa porque le hacía ilusión que su nieto celebrase su cumpleaños allí, y Harry la entendía, porque Molly Weasley era una mujer que siempre se había visto envuelta de su familia, con su marido, sus siete hijo y Harry y Hermione como hijos adoptivos. Pero ahora, después de tanto años en los que la paz parecía cundir, todos los Weasley habían decidido hacer su camino por separado, y La Madriguera estaba más vacía que nunca.

 

Pero aún así, si algo podía decir la familia Weasley es que seguía estando tan unida como siempre lo había estado.

 

Bill Weasley había aparecido en La Madriguera de la mano de su esposa Fleur, tan rubia y delicada como siempre. Su hija Victorie era una réplica de su madre, con su mismo tono de piel y sus ojos azules. Dominique, la segunda hija del matrimonio estaba ya en su sexto año de Hogwarts, siguiendo los pasos de su hermana mayor. Louis era el único hijo de Bill que había sacado un rasgo Weasley: su cabello rojo.

 

Charlie había cogido un traslado esa mañana desde Rumania y se había plantado en la puerta de su casa, con su sonrisa torcida y sus ojos chispeantes, hablando de las mil y una aventuras que había tenido con los distintos dragones que tenían en el refugio donde trabajaba, mientras evitaba hábilmente la charla que su madre quería tener con él sobre cuándo iba a sentar la cabeza, casarse y darle un nieto. Como si no tuviera suficiente nietos ya, bufaba Charlie siempre.

 

Percy y su esposa Audrey habían llegado con su hija Molly II, que compartía año escolar con Albus en Hogwarts, y su hija menor Lucy que todavía no había alcanzado los diez años y que era una niña tímida y encantadora.

 

George hizo su entrada por todo lo alto cuando soltó una montaña demasiado grande para ser decente de artilugios de Sortilegios Weasley que volvieron a los niños locos en cuanto los vieron y que a Molly le provocó algún que otro susto y un par de gritos para su hijo por haber traído todas esas cosas. A la familia todavía les costaba ver a George y a Angelina juntos, porque les hacía recordar que no estaba con ellos. Pero para su suerte —o su desgracia— el hijo mayor de la pareja hacía un buen honor al nombre de su tío fallecido, ya que Fred II a sus dieciocho años había terminado Hogwarts, pero antes de irse se había asegurado de que la directora McGonagall le recordase para toda la vida cuando consiguió que el cielo encantado del Gran Comedor comenzase a llover sapos encima de todos los estudiantes y profesores.

 

Para la suerte de Harry, Ron y Hermione le habían estado ayudando desde esa misma mañana a preparar la fiesta de un nervioso Albus, con su hija Rose intentado tranquilizar al cumpleañero y con su hermano Hugo, que se dejaba consentir por su abuela en la cocina.

 

Hasta ahí todo iba bien, solo habían dos cosas que inquietaban a Harry: una era que Ginny le había dicho que no iba a poder estar en la fiesta de cumpleaños de Albus porque, como principal corresponsal de El Profeta, tenía que asistir a la final del Mundial de Quidditch en Bulgaria. La segunda había sido lo turbado que parecía Albus porque su mejor amigo iba a venir a la fiesta.

 

Albus le llevaba hablando de su famoso amigo desde hacía un año. Cuando Harry le había preguntado por su nombre, su hijo había rehuido sus ojos igual de verdes que los de su padre hacía otro lado, se había removido nervioso en la silla y le había dicho que era mejor que no lo supiera.

 

Harry no había entendido a su hijo en aquel entonces, incluso llegó a pensar que a lo mejor Albus se lo estaba inventando, porque sabía que su primer año en Hogwarts había sido difícil, que era hijo de Harry Potter, El Salvador del mundo mágico, que todo el mundo iba a tener sus ojos sobre él, al igual que los había tenido sobre su hermano James dos años antes, en su primer curso del colegio. Pero James había podido llevarlo con tranquilidad, con esa seguridad en sí mismo que había heredado de Ginevra, con ese desparpajo que se le pegaba de George, y la calmada naturalidad que le había enseñado Teddy Lupin, había sido sorteado en Gryffindor, como todo el mundo esperaba, y en su segundo año de colegio ya había sido seleccionado para ser Buscador del equipo de Quidditch, al igual que su padre.

 

Pero Albus no era un niño confiado, atrevido, ni tenía ese don de desenvolverse en los sitios que no conocía. Él era más parecido al Harry que tenía once años, más callado e introvertido, más cauto. Por eso para él iba a ser más difícil enfrentarse a todas esas expectativas que tenía ya puestas sobre sus hombros.

 

Harry sabía cómo era sentirse así: observado, expuesto, con todas esas miradas interesadas sobre ti, como si esperasen a que en cualquier movimiento hiciese algo extraordinario. Sus hijos, por suerte, no tenían la presión de tener que ganar una guerra, no estaban en el punto de mira, no había lado oscuro, ni Señores Tenebrosos, no tenían que jugarse la vida. Pero tenían dos apellidos detrás de sus nombre que pesaban bastante, que les ponían a cierta altura y cargaba peso en sus hombros.

 

Por eso también comprendió el temor de Albus al ser seleccionado en Slytherin, lo que conllevaría ser un Potter en la Casa de los Magos Oscuros, la de Salazar Slytherin.

 

El hijo de Harry Potter en la misma casa que Lord Voldemort.

 

A la gente, obviamente, le preocupaba ese hecho. A Harry no, porque él había comprendido de primera mano que la casa de Hogwarts no hace al mano. Que Severus Snape era Slytherin y se sacrificó por amor, que Regulus Black también pertenecía a la casa de las serpientes y traicionó los ideales de toda su familia. Y también había comprendido que el apellido tampoco hace a la persona. Que Sirius, por mucho que se apellidase Black, era un Gryffindor.

 

Así que cuando le llegó una lechuza de su hijo, diciéndole que le habían sorteado en Slytherin, no se sorprendió ni mucho menos se desilusionó. Era su hijo, y iba a quererlo de cualquier forma y en cualquiera de las cuatro casas. La gente, por otra parte, era bastante más cruel de lo que era Harry, y las habladurías de que un Potter había terminado en la casa de las serpientes se propagó como la pólvora, dejando paso a los disparates especulativos. Harry temía que en cualquier momento su hijo fuese catalogado como "Albus Severus Potter, El Indeseable No.2"

 

Había sido un comienzo de curso bastante duro para Albus. Mientras que su hermano mayor James era el Potter adorado, él simplemente era al que daban de lado, al que preferían tener lejos por si acaso no era del todo bueno.

 

Eso había cambiado cuando Albus llegó a casa en Navidad. Le había contado a Harry que había conseguido tener un amigo de su misma casa, lo cual alegró profundamente a Harry, porque sabía que su hijo solo había mantenido contacto hasta ese entonces con su hermano y con sus primos. Le había contado lo genial que era el chico, que tenía su misma edad, que era muy bueno en clases, que quería entrar en el equipo de Quidditch al igual que él y un montón de cosas más. Pero aún después de haber estado todo el año hablando de él, Albus todavía no le había dicho cómo se llamaba, y si no fuera porque Rose, la hija de Ron, le había confirmado que el amigo de Albus sí existía, habría creído que el súper amigo de su hijo era producto de su imaginación.

 

Así que cuando Albus le dijo que su amigo iba a venir a la fiesta, Harry se alegró, porque por fin iba a poder conocer al súper-amigo-súper-secreto de su hijo.

 

Pero a Harry James Potter, salvador del Mundo Mágico, no lo había preparado para eso. Y él, más que nadie, podía decir que había pasado por muchas cosas: se había enfrentado a un Troll, a un Basilisco, a Mortífagos, había abierto la Cámara de los Secretos, había robado en la cámara de Gringotts de Bellatrix Lestrange y había salido volando a lomos de un dragón, había destruido los Horrocrux de Voldemort, incluyéndose a sí mismo, había aguantado a Rita Skeeter más veces que cualquier ser humano, había participado en el Torneo de los Tres Magos y había vivido para contarlo, y había matado a Voldemort. Varias veces. Y aún así nadie, nunca, jamas, ni por asomo, le había preparado para que su hijo le dijera que su amigo se llamaba Scorpius Malfoy.

 

Malfoy.

 

¿Es que su mala suerte nunca iba a terminarse? Porque, en serio, ¿cuantas probabilidades había de que eso sucediera?

 

Llevaba ya un buen rato ahí parado, mirando interactuar a su hijo y a Malfoy, porque su mente era incapaz de llamarlo Scorpius, y viendo que para su sorpresa se llevaban maravillosamente bien. Parecían congeniar a la perfección, entendiéndose y divirtiéndose juntos mientras experimentaban con uno de los cachivaches que había traído George. A su alrededor, sus primas Rose y Molly, se reían con discreción mientras los miraban, como si ya estuvieran acostumbradas a esa familiaridad entre ellos.

 

Harry todavía rezaba para despertar de ese mal sueño.

 

— ¿Harry?— La voz de Ronald volvió a sacarle del estupor.

 

— Sí, estoy bien. Es solo que esto es un poco...

 

— ¿Extraño?— completó el pelirrojo por él.

 

Extraño era un maldito eufemismo.

 

Era irónico, insólito y, hasta cierto punto, cruelmente hilarante.

 

Se sentó al lado de su amigo, porque había llegado a la conclusión de que estar de pie en el jardín no tenía ningún sentido. Cogió su cerveza de mantequilla y le dio un sorbo, prefiriendo que fuera whisky de fuego porque en ese momento sentía que necesitaba algo más fuerte. No muy lejos de allí, Lily, su hija pequeña, jugaba junto con Lucy, Teddy hacía bastante rato que había desaparecido con Victorie a alguna habitación de la casa, mientras los mayores se ponían al día unos con otros y los demás niños jugaban, correteando por el jardín.

 

Harry llevó sus ojos otra vez hacia Albus, que en ese momento estaba demasiado concentrado en escuchar como Malfoy le contaba algo. Era totalmente bizarro. Era como ver una imagen de sí mismo, junto con una imagen de Draco Malfoy a los doce años, interactuando como si fuesen amigos de toda la vida. Harry se preguntó vagamente si eso es lo que hubiera ocurrido de haber aceptado la mano que Malfoy le extendió en la tienda de Madame Malkin, o si el sombrero le hubiera sorteado en Slytherin.

 

Sacudió la cabeza, desechando la idea, sabiendo que el rubio era demasiado superficial, altanero y prepotente como para poder llevarse bien con él.

 

— Al menos mini-Malfoy no parece tan malo.— la voz de su amigo sonó como si le estuviera leyendo la mente.

 

Harry se giró, mirándole ligeramente divertido.

 

— ¿Mini-Malfoy?— cuestionó con gracia.

 

Ron se encogió de hombros con indiferencia, pero una sonrisa burlona se instaló en su rostro, haciendo sonreír a él también.

 

Tenía que conceder que Ron, probablemente, tuviera razón y que Scorpius no era tan malo. Al menos, en el rato que llevaba en la fiesta, todavía no había insultado a ningún Weasley, y eso ya era un logro. Harry también se había fijado que, aunque se parecía físicamente mucho a su padre, las facciones de Scorpius eran más finas de las de su progenitor a su edad, podía ser porque el menor no tenía esa expresión de estar estreñido como la de su padre, ni una postura corporal tan rígida, ni era tan petulante, de hecho cuando Harry se había acercado a saludarle, el niño había sido bastante educado y amable, y había un cierto punto de genuina curiosidad que había extrañado al mayor. Por un momento incluso había pensado que tal vez no era hijo de Draco Malfoy, sino de un pariente de estos, pero luego había llegado James y Fred, y se habían burlado de algo que Harry no había llegado a escuchar, Albus había fruncido el ceño replicándole a su hermano como era de costumbre, Harry le hubiera amonestado por eso, pero entonces vio cómo Scorpius alzaba una ceja de manera altanera y una mueca desdeñosa se propagaba en su cara, justo antes de soltar un comentario sardónico que hizo callar a James y Fred. Entonces se dio cuenta de que esa peculiaridad de meterse con un Weasley solo la podía tener un Malfoy.

 

— Esperemos que no sea tan malo—. Rezó en voz alta.

 

Ron asintió, mientras bebía de su cerveza.

 

— Rose no ha parado de hablar de él, de lo inteligente que es, de lo bien que se lleva con Albus, y de un montón de chorradas más.

 

Harry frunció el ceño confundido por el tono de voz de su amigo, viendo la mueca mosqueada que tenía en ese instante. Entonces su cerebro hizo click.

 

— Espera— jadeó, atragantándose de la risa que intentaba aguantar— ¿A Rose le gusta Malfoy?

 

Eso era mucho, mucho mejor que el hecho de que su hijo fuese su amigo.

 

— No vuelvas a repetir eso— los ojos azules de Ron centellearon al mirarle—. Lo peor de todo es que se lo he dicho a Hermione y lo único que ha dicho es: "Son críos, Ronald. Ya se le pasará"— pronuncio, imitando la voz de su mujer—. Pero, ¿y si no se le pasa? ¿Me imaginas siendo pariente del maldito hurón?

 

Oh, Merlín.

 

Harry empezó reír a carcajada limpia, imaginándose a Ron y a Malfoy de consuegros, cómo seria la boda o cómo Malfoy iría a Azkaban después de maldecir a Ron con un crucio porque su hijo había nacido pelirrojo.

 

— ¿Podrías ser un buen amigo y parar de reírte?

 

— Perdona— dijo, mientras levantaba sus gafas para poder limpiarse las lágrimas que se le estaban cayendo—. Es que es tan... Quiero decir, que Hermione tiene razón y seguro que se le pasará.

 

— Eso espero porque estoy a punto de vomitar aquí mismo.

 

— Ronald Bilius Weasley, no vas a vomitar sobre mi jardín.

 

— Sí, mamá — se apresuró a decir, cuando su madre frunció el ceño hacía a él, apuntándole con el dedo índice en tono amenazador.

 

La tarde pasó rápida, aunque para Harry había sido mortalmente tedioso intentar no mirar a mini-Malfoy como Ron le había apodado, mientras juzgaba con los otros niños de la casa. Cuando su ahijado Teddy decidió dar señales de vida junto con Victorie, lo primero que hizo fue convencer a los niños y a los padres para jugar un partido de Quidditch. Hermione y Molly protestaron asiduamente, pero con tanto barón Weasley en la familia, quedaron rápidamente desaventajadas cuando los chicos ya estaban sacando las escobas del cobertizo.

 

Harry se fijó que, aunque Albus ya tenía una un escoba en la mano derecha, Scorpius se había quedado a su lado, rezagado, lo que le precio extraños porque su hijo le había contado que al rubio le apasionaba ese deporte.

 

— Hey —saludó a los dos niños, enredando los dedos en la cabellera espesa de Albus— ¿Tu no juegas, Scorpius?

 

El rubio le miro con esos ojos grises marca Malfoy durante un instante que a Harry se le hizo aterradoramente eterno hasta que por fin le contestó.

 

— Mi padre va a venir a buscarme ahora.

 

— ¿No podrías convencerle para quedarte?

 

Scorpius apartó su penetrante mirada de él, para la tranquilidad del mayor, y así responder a su hijo.

 

— No lo creo, Al.

 

Harry intentó reprimir el escalofrío que le causó ver a Malfoy tratar a su hijo con tanta familiaridad, luego se reprendió porque si esos dos eran mejores amigos era normal que se tratasen así entre ellos, y se obligó en ese mismo instante a madurar porque Hermione tenía razón: eran críos, y si Albus había decidido ser amigo del rubio, entonces es que el niño no podía ser malo. Aunque este se apellidase Malfoy.

 

— Scorpius— llamó Molly desde la entrada—. Tu padre ya está aquí.

 

El aludido asintió amablemente hacia la mujer, y se despidió de Albus con un abrazo, antes de encaminarse hacia el interior de la casa. Harry se puso a su altura rápidamente, sonriendo en tono afable.

 

— Te acompaño— le dijo, cuando el rubio le miró extrañado. Y no es que tuviera ninguna curiosidad de ver a Draco Malfoy después de casi quince años sin saber nada de él, es que simplemente era un buen anfitrión.

 

Cuando llegaron al salón, maldijo interiormente esa curiosidad Gryffindor que había explotado desde sus once años, ante la imagen más grotesca que había visto en su vida.

 

Draco Malfoy estaba de pie en medio del salón destartalado de los Weasley, con una túnica gris oscuro, totalmente impecable, su pelo igual de albino que siempre, y aunque ya no lo llevaba echado hacia atrás, se notaba que estaba pulcramente peinado, con su postura recta y ese porte de aristócrata que algún día había llevado el mismo Lucius Malfoy.

 

Entonces se maldijo una vez más por no haberse quedado sentadito y quieto en el jardín. Y se preguntó porqué de entre toda la gente del mundo, entre todos los magos de Inglaterra, de entre las cuatro casas de Hogwarts, su hijo había decidido hacerse amigo de un Malfoy.

 

¿¡Por qué, Melín, por qué!?

 

Esta es mi primera historia ambientada en Harry Potter, ¡espero que os guste!
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