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Amor y otras obsesiones

Autor: Syarehn

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Notas del fanfic:

Hermoso mundito,

Les traigo algo de Jaime/Robb porque hace falta vida en este fandom y es turno de que el Kingslayer y mi Rey en el Norte se diviertan juntos. Sé que la pareja es rarísima pero quizá allá afuera hay alguien igual de desesperado que yo ansiando leer algo de ellos.

Agregaré las advertencias correspondientes conforme vaya ideando los drabbles ;)

Notas del capitulo:

Género: Canon-Divergence, Romántico, ligero angst.
Advertencias: Ubicado en el capítulo 7 de la Séptima Temporada. 
Resumen: Robb estaba muerto y al parecer su condena era permanecer atado a uno de los hombres que más había odiado en vida. Pero quizá la condena era para ambos.

CONDENA

 

 

—Cubriste tu mano —observó Robb, sentado a su costado. No necesitó preguntar el motivo, lo conocía de sobra. Jaime sólo asintió, sonriendo casi de forma imperceptible pues no esperaba que el castaño lo notara—. Marcharte fue lo mejor.

 

—¿En serio? —El sarcasmo era evidente—. Porque cabalgar hacía los enemigos que yo mismo me conseguí no suena precisamente como lo mejor —ironizó Jaime, acomodándose contra un viejo tronco.

 

—Pero es lo correcto.                            

 

—Suenas justo como tu padre —se quejó el rubio. Robb sonrió, encogiendo los hombros—. ¿Sabes? Sigue siendo molesto verte si nadie más lo hace; me siento como un demente —admitió, haciendo reír al chico de forma suave.

 

—Es justo lo que eres.

 

Jaime movió la cabeza dándole un poco de razón. Además, siendo sincero consigo mismo, ya se había acostumbrado a la presencia del castaño. La etapa de miedo a perder la razón y la de terror al verlo estando cuerdo, ya habían pasado. Sin embargo, aún tenía su gracia sacar a colación el tema.

 

Robb llevaba años muerto y por alguna inexplicable razón había aparecido su lado. Aquel día Jaime estuvo al borde de un ataque de pánico y declararse loco. Por supuesto, Robb tampoco había estado feliz. Ninguno entendía lo que ocurría, seguían sin hacerlo, por lo que el primer impulso del castaño fue intentar marcharse, no obstante, había algo que se lo impedía. Trató centenares de veces, gritó, maldijo y se frustró hasta que comprendió que no podía alejarse demasiado de Jaime. De una u otra manera siempre volvía a su lado. Era como una maldición. 

 

Al principio no paraban de ofenderse, de gritarse sus faltas y errores a la cara. Se odiaban y no perdían la ocasión para demostrarlo, sin embargo, la convivenciaforzada terminó por conducirlos a una pacífica y fría tolerancia donde trataban de ignorarse a pesar de lo difícil que era verse día a día sabiendo que estaban casi atados el uno al otro. Y habrían permanecido de ese modo de no ser por la desafortunada muerte de Myrcella. Aquello fue un parteaguas para la concepción que tenían el uno del otro; ver a Jaime arrodillado con el cadáver de su hija en brazos no le provocó a Robb el placer que las muertes de Joffrey y Tywin le trajeron. Quizá porque Myrcella no lo merecía o tal vez porque frente a él no se encontraba el arrogante y nefasto Matarreyes, sino un padre desolado ante la pérdida de su hija.

 

Ese día, con el cuerpo de la chica siendo preparado para su arribo a King’s Landing, Robb reconoció el dolor que nublaba los ojos ajenos y casi se vio a sí mismo años atrás, cuando las noticias de la muerte de su padre llegaron a él. Entonces, por primera vez se permitió mirar a Jaime Lannister como un hombre con caídas y aciertos en lugar del ser despreciable que siempre había visto. Lo vio quebrarse por completo y la imagen no le gustó. Al final terminó sentándose a su lado, en silencio, no como una muestra de consuelo sino de simple respeto a su duelo, pero Jaime no sabía quedarse callado así que habló de Myrcella. Le contó a Robb lo feliz que había estado cuando la vio por primera vez en los brazos de Cersei, cuando ella corría a su lado –y no al de Robert– para que la protegiera porque estaba asustada, y por supuesto, aquel último instante juntos en que ella lo aceptó como su padre.

 

Robb se mantuvo atento, apreciando los cambios en sus facciones, la melancolía en su voz. Jaime no era un monstruo, lo entendió aunque deseara negárselo. Era tan sólo un tonto que se había enamorado de su propia hermana. Un tonto que fingía ser alguien despreciable con tal de mantener a su familia a salvo.

 

Por su parte, Jaime se sintió liberado al poder poner en palabras todos los secretos que había tenido que guardarse desde siempre, descubriendo en el proceso que Robb Stark no era tan mala compañía. Esa tarde, una parte de él realmente lamentó lo ocurrido en la Boda Roja.

 

Al paso de las semanas, las ofensas lentamente se convirtieron en charlas amenas. Las discusiones siempre estaban presentes pues sus personalidades chocaban inevitablemente, sin embargo, pronto descubrieron que se comprendían mejor de lo que habrían imaginado y sin darse cuenta los gestos y miradas se hicieron transparentes, las opiniones del otro se volvieron importantes mientras comenzaban a disfrutar el tiempo que compartían.

 

A veces, a la luz de una junta de consejo o en plena guardia, Jaime no podía evitar mirar al chico a la distancia y preguntarse si se habría dado la oportunidad de conocerlo fuera del campo de batalla, sin muertes, traiciones y accidentes premeditados de por medio, o si se habría permitido convivir así con él de no haber existido nunca una guerra. Siempre terminaba diciéndose que no, que Robb habría hecho su vida en el Norte, desposando a alguna joven de alta cuna mientras él continuaba al servicio del Rey en turno y a los pies de su hermana. Ambos ajenos e indiferentes de la vida del otro.

 

En ocasiones observaba su semblante melancólico y sabía que pensaba en su familia, añorando ver a los que estaban vivos, deseando acompañar a los que estaban muertos. Jaime solía llamar su atención con cualquier tontería y se daba por satisfecho al verlo esbozar una incipiente sonrisa. Otras veces le gustaba pensar que Robb no estaba muerto, que si estiraba la mano podría despeinar su cabello o aspirar su aroma, pero la realidad era tan distinta que prefería volcar sus pensamientos en cualquier otra cosa.

 

A veces Robb sentía su mirada y sonreía, un gesto tan ligero que parecía no estar ahí. A veces lo miraba dormir, pensando en lo mucho que Jaime había cambiado y en lo triste que era que hubiese tenido que perder una mano para convertirse en el hombre que realmente era, quien siempre había sido. En esos momentos reconocía para sí mismo que se sentía cómodo con él y que el rencor era una sombra cada vez más pequeña y difusa, una que ya casi no podía distinguir. En su lugar se había formado algo más cálido, algo que lo llenaba de temor cuando aquel idiota insensato corría peligro. ¡Cuán frustrante era estar ahí sin estarlo! Cuán horrible era ver a un dragón a segundos de calcinarlo o a la Montaña dispuesto a partirlo en dos con su espada… y él siendo un simple espectador.

 

—Ni siquiera puedo terminar de creerlo —dijo Jaime, recargando la cabeza en el tronco y Robb sintió que le había leído la mente—. La Reina Dragón con esas enormes bestias, los muertos de hielo… Era más sencillo pelear una guerra en tu contra.

 

—Una que perdiste —le molestó un poco.

 

—Sí, lo dice el cadáver.

 

Robb sonrió de lado, conocía esa actitud; Jaime estaba nervioso y trataba de ocultarlo.

 

—Jon aceptará tu ayuda.

 

—Claro, me recibirá con los brazos abiertos después de haber arrojado a uno de sus hermanos por la ventana.

 

—También atravesaste al padre de Daenerys Targaryen con tu espada y tu familia es... —Jaime lo miró mal. Eso no estaba ayudando—. A pesar de eso te necesitan —afirmó al final, sonriéndole.

 

Jaime rodó los ojos, incrédulo. «¿Quién necesita a un hombre manco, a un Matarreyes?» Se dijo, pero Robb parecía saber lo que pensaba porque estaba dirigiéndole esa mirada intensa que conseguía inquietarlo y tranquilizarlo a partes iguales. La misma que le hacía pensar que Robb también deseaba volver a aquel día en que se conocieron en Winterfell y…

 

¿Y luego qué?

 

Cerró los ojos. Lo que menos necesitaba era sentirse expuesto, ya tenía suficiente con reconocer el efecto de esa mirada para sí mismo. Además, mentiría si dijera que los Caminantes no le asustaban. Nada lo había preparado para enfrentar algo así.

 

Robb lo observó en silencio, queriendo reconfortarlo sin saber cómo, de modo que acercó su mano al rostro ajeno aun sabiendo que no podría tocarlo –lo habían descubierto durante su primer intento de pelea, donde terminaron golpeando la nada–. Sin embargo, si sus dedos se detuvieron a escasos centímetros fue porque Jaime abrió los ojos, descubriéndolo. Robb se sintió estúpido y avergonzado, quiso alejarse pero Jaime ladeó el rostro, buscando también aquel contacto aunque sabía que no se daría.

 

Quizá por ello la sorpresa los hizo jadear cuando, por primera vez, las yemas de Robb tocaron su piel y no el vacío.

 

Inevitablemente, el castaño deslizó sus dedos sobre los pómulos de quien fuese su enemigo, maravillado y atónito aunque temeroso de que se tratara de una simple ilusión, pues aquello no debería estar pasando ¡Él ya no tenía un cuerpo! ¡No era posible! Y sin embargo podía sentir el ligero cosquilleo que le provocaba la barba ajena en su palma.

 

—Estás frío —susurró despacio, saboreando las sensaciones que no creyó volver a experimentar.

 

Jaime exhaló, ampliando su sonrisa e igual de fascinado que Robb. Su mano se movió automáticamente hacia el rostro del chico, despejándole la frente. A diferencia suya, Robb se sentía cálido y su primer instinto fue acercarlo a su cuerpo, siendo consciente por primera vez de lo mucho que había anhelado su cercanía. No iba a negar que Stark le gustaba; la tensión entre ambos estuvo presente desde Whispering Wood hasta ese día, era innegable y latente, pero ahora se sentía más viva y peligrosa que antes. Ahora Jaime estaba ya demasiado acostumbrado a su presencia y no podía imaginar siquiera lo que haría si un día Robb desaparecía de su lado de la misma forma repentina en que había llegado.

 

—¿Qué pasará contigo si muero? —preguntó inquieto, recargando su frente contra la suya. Aquella pregunta llevaba rondando su mente desde meses atrás—. Sé que debe haber una razón para que estés aquí, conmigo, pero los malditos dioses no me dicen qué es y yo…, si termino como esas cosas…

 

—No lo harás —murmuró Robb contra sus labios. Un roce suave y reconfortante.  

 

—Al menos te llevaré a casa —le aseguró, porque ésa era una de sus razones para marchar al Norte; sabía que Robb deseaba ver a su familia y sólo con él presente podría hacerlo. Además, ver a Cersei como realmente era había sido el detonante para tomar la decisión.

 

—No tienes que hacerlo.

 

Quiero hacerlo.

 

Y Robb lo besó despacio, mirándolo con algo que Jaime decidió llamar “agradecimiento” para no conflictuarse más porque ya era bastante conflictivo encontrarse besándolo de vuelta sin siquiera dudarlo. Quería quedarse con su sabor impregnado en los labios, quería sentirlo así y seguir mirándose en sus ojos. ¿Desde cuándo Robb Stark era capaz de hacerlo olvidar que el mundo estaba jodido? ¿Siempre habían tenido ese poder sobre él?

 

Robb se rindió en sus brazos y Jaime terminó por recargar su peso sobre el chico, apresándolo, deseado alargar cada segundo de aquel extraordinario suceso. Si fuera creyente diría que era un milagro, pero poco le importaba lo que fuera, sólo sabía que no deseaba que acabara y por la forma en que Robb lo abrazaba, sabía que él tampoco.

 

Sin embargo, aún en medio de la cálida sensación de intimidad y plenitud, ambos comprendieron que no se trataba de un milagro, que aquello acabaría de un momento a otro. Los años de convivencia forzada habían sido sólo el preámbulo y que aquel beso estaba sellando su verdadera condena; anhelar algo que no podrían volver a tener.

Notas finales:

¡Gracias por leer, amores míos!

I'll be back. 

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