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Enamel por Iratxe

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Todas las personas tenemos una pequeña capa que nos rodea: en algunas ocasiones es un esmalte protector con el que nos cubrimos para evitar golpes, mientras que en otras es un barniz que nos embellece. Esta cobertura se desarrolla a lo largo de los años dependiendo de nuestras vivencias y circunstancias personales, y va cambiando junto a nosotros.


 


—¿Mm?—


 


Digamos que la cobertura de Aki no era precisamente agradable el día que le conocí. Un tipo alto completamente vestido de negro, con las orejas llenas de piercings y unos cuantos mechones de pelo que casi le tapaban los ojos por completo. A pesar de ello su mirada parecía atravesarme, no de forma agresiva sino más bien...indiferente.


 


Yo acababa de llegar a la ciudad, era la primera vez que me mudaba a vivir solo y lo único que encontré dentro de mi presupuesto fue un piso compartido. El casero me había dicho que tendría un compañero “más o menos de mi edad” y que “era un chico muy tranquilo, no le había causado ningún problema”.


 


Bueno, las primeras impresiones nunca aciertan, debo relajarme.


 


—Hey, soy Mao, el nuevo inquilino…—me presenté con una sonrisa


 


—Pasa.—se apartó y lo perdí de vista tras lo que supuse que sería la puerta de su habitación


 


No se presentó, aunque vi su nombre en el buzón al día siguiente. No me enseñó la casa, aunque tampoco era su obligación hacerlo. No se ofreció a ayudarme con la mudanza, aunque entendía que era una molestia.


 


Aki era un poco particular.


 


El apartamento no estaba mal, aunque la decoración (de la que el casero había presumido en nuestra llamada) dejaba bastante que desear: un sofá verdoso que no parecía nada cómodo...el mantel rosa palo sobre la mesa...ya viejo...las paredes azules y descolchadas...y un jarrón con lavandas secas.


 


Todo estaba...apagado.


 


Muerto.


 


Encontré mi habitación al fondo del pasillo, en la que solo había una cama, un armario empotrado y un pequeño escritorio. Supongo que por ahora era más que suficiente. Dejé mis maletas allí y traté de ordenar un poco hasta que llegó el camión de la mudanza. Y todo se llenó de cajas...pero Aki no salió de la habitación.


 


Tampoco lo vi a la hora de la cena.


 


Ni noté su presencia durante la noche.


 


Sí que era tranquilo, sí.


 


Durante los siguientes días pasé poco tiempo en casa, ya que estaba muy ocupado buscando trabajos a media jornada que pudieran ayudarme a mantener mi nueva vida en la ciudad. Finalmente encontré un puesto en un café-restaurante. Tendría que estar cara al público lo cual no se me daba demasiado bien pero realmente quería el dinero, y el personal parecía muy amable…


 


Así que empecé a trabajar en el turno de tarde-noche (era el que mejor pagaban) y volvía a casa en el último tren. Cuando llegaba no se escuchaba ni un solo ruido, pero podía ver que la luz de la habitación de Aki estaba encendida a través de la rendija de la puerta.


 


¿Qué estaría haciendo tan tarde?


 


Al principio empecé a crear teorías poco disparatadas: a lo mejor era universitario y se quedaba hasta tarde estudiando, quizá trabajaba desde casa por las noches, o simplemente le gustaba acostarse tarde.


 


—¡Buenos días!—yo seguía intentando entablar algún tipo de amistad las raras veces que nos encontrábamos en la cocina


 


—Buenos días.—nunca decía más de tres palabras seguidas


 


—A menudas horas nos levantamos los dos.—me reí—¿Te acostaste muy tarde ayer?—


 


—Un poco.—


 


—Mm…—


 


Yo tampoco soy la persona más habladora del mundo...esto iba a ser complicado.


 


—Oye Aki.—


 


—¿Mm?—


 


—¿Quieres que prepare la cena hoy? ¡Estoy aprendiendo muchas cosas de cocina últimamente!—


 


—No, gracias.—


 


—...—me voy a beber el detergente, qué desesperación


 


—Me voy.—salió de la cocina, y posteriormente de la casa


 


La puerta de su habitación siempre se quedaba cerrada las raras veces que se iba, Aki era una persona muy celosa de su privacidad. Empecé a preguntarme si realmente escondía algo. Si esa capa que lo envolvía era algo más que ropa negra y frases cortantes.


 


Mis sospechas aumentaron cuando empecé a percibir hedores químicos que provenían de su habitación... eso no era normal. Todos los productos de limpieza estaban en su lugar… ¿qué podría ser? Empecé a observar sus movimientos con más atención; a veces volvía a casa con bolsas de basura llenas de cosas que no podía identificar…


 


Y seguía sin conseguir hablar con él…


 


A lo mejor era...un tío raro que...tenía problemas...psicológicos. Oh dios, ¿y si mataba gente? Los desmembraba y los derretía con alguna clase de ácido...eso debía ser el olor… ¡Si lo pensaba bien tenía todos los rasgos de un psicópata de película! Tenía que llamar al casero para avisarle de lo que estaba pasando en su apartamento, la policía tenía que registrar esa habitación.


 


Mao, relájate por dios. No has visto lo que hay ahí. No exageres. Tienes que entrar.


 


Entrar...entrar… Forzar la cerradura aún me parecía algo muy extremista. Intentaría que me invitara.


 


—Oye Aki…—me senté junto a él en el sofá


 


—¿Mm?—


 


—¿Tu habitación es igual que la mía?—


 


—Tiene terraza.—


 


—¡Oh, qué guay!—sonreí—¿Puedo verla?—


 


—No.—


 


—...—


 


Socorro quiere matarme.


 


Pasaron unas semanas y yo cada vez me volvía más paranoico; empecé a cerrar con llave mi propia puerta por las noches, e intentaba escuchar a través de la pared, pero no podía percibir ni un solo sonido…


 


Incluso traté de buscar otros apartamentos, pero no había ninguno lo suficientemente barato y bien ubicado. Tenía que resolver este caso al más puro estilo de los detectives de las series estadounidenses. Así que tras una larga investigación en youtube aproveché un momento en el que Aki se estaba duchando para intentar abrir la puerta con una horquilla de pelo.


 


—...argh...—parecía mucho más fácil en el tutorial, no conseguía que se moviera


 


—...Mao.—


 


—...—estaba tan concentrado que no me había dado cuenta de que el agua había dejado de sonar—¿Aki…?—me di la vuelta


 


Y ahí estaba mi compañero de piso...en toalla...empapado...y mirándome con cara de “si sigues metiéndote en mis asuntos tú serás el próximo cadáver”.


 


—Qué haces.—


 


—Yo… ¡lo siento!—me levanté


 


—Claro.—


 


Y en ese momento me di cuenta de que el único “tío raro” era yo.


 


—...—me alejé de la puerta y me encerré en mi habitación muerto de vergüenza


 


¡¿Y si se lo decía al casero?! ¡Me echaría seguro! Y normal, tenía que haberle parecido un loco… ¡Aah, tengo que dejar de ver tantas películas! Y disculparme apropiadamente con Aki por invadir su privacidad…


 


No sé para qué hago estas gilipolleces.


 


Al día siguiente le compré una cajita de dulces (mis favoritos del momento) y la dejé sobre la mesa con una nota:


 


Para Aki:


 


Lo siento. ¿Hacemos las paces?


 


Mao.”


 


Adjunté un pequeño garabato de mí mismo y me fui a trabajar. Cuando volví la caja ya no estaba así que supuse que había aceptado mis disculpas. Intentaría no volver a pensar en lo que habría en su habitación y a lo mejor así podíamos...empezar de cero. O algo.


 


Así que en lugar de intentar entrar a su cuarto decidí invitarle al mío.


 


—Oye Aki.—lo abordé mientras hacía la colada


 


—¿Mm?—


 


—He ido a la tienda de música hoy y he encontrado unos CDs que parecen guays… ¿quieres venir a mi cuarto a escucharlos?—


 


A todo el mundo le gusta la música, ¿no? Aunque no conocía sus preferencias...a lo mejor teníamos algo en común.


 


—Vale.—


 


¡Aceptó! Y esa tarde me di cuenta de que Aki era todo un erudito en aquel campo; rompió la regla de las tres palabras y empezó a hablarme de verdad. Parecía una persona completamente diferente, supongo que “tenía alma de artista”.


 


En un par de semanas nuestra relación dio un giro de 180 grados. Aki dejó de encerrarse tanto en su cuarto (aunque seguía pasando muchas horas allí), y poco a poco habíamos conseguido entablar conversaciones diarias mientras comíamos o veíamos la televisión juntos. Quizá hasta podía considerarlo...mi amigo. No era una persona alegre o habladora, pero sí realmente interesante. Me gustaba escucharle y estar cerca de él me transmitía una paz indescriptible.


 


Y la expresión de sus ojos cada vez distaba más de la indiferencia que había visto reflejada en ellos el primer día.


 


—Mao.—


 


—¿Mm?—


 


—¿Quieres ver mi habitación?—


 


—...—


 


¡Ya hasta se me había olvidado!


 


—Ah…está bien...si es...muy personal.—


 


—Lo dices como si guardara algo raro dentro.—me miró—Qué piensas que hay ahí.—


 


—No nada.—


 


—Mao.—


 


—Vale pero no te rías.—


 


—...—me miró como si hubiera planteado la idea más absurda del mundo, y en cierto modo tenía razón


 


—Vale lo pillo ssshh.—carraspeé—A ver al principio...como no hablabas nada...e ibas así todo de negro...y no salías...y olía todo a químico...yo pensaba...que igual…—


 


—Que igual…—


 


—Eras un… ¿asesino?—decirlo en voz alta era horrible ojalá lo fuera y me matara ahí mismo tierra trágame


 


—...y tú gran idea. Es entrar a la habitación de un supuesto asesino en serie. Siendo tan tonto de que te pille en el acto.—


 


—...bueno pero no lo eres.—hice una pausa—¿No…?—


 


Se levantó.


 


—Ven.—


 


Caminamos hasta su habitación y dudé si mirar en cuanto abrió la puerta...pero lo que vi fue realmente...sorprendente.


 


No, Aki no mataba gente.


 


Tampoco trabajaba desde casa por las noches.


 


Ni era estudiante universitario.


 


Aki pintaba cuadros.


 


Cuadros de flores...que llenaban toda la habitación.


 


—¿Ah...?—me quedé observando todos y cada uno de los lienzos; los que ya estaban colgados en las paredes, y el que aún reposaba sobre el caballete


 


Y por primera vez vi los colores del apartamento tomar vida: el sofá verdoso transformado en campo de hierba...el mantel rosa transformado en pétalos que cubrían las briznas...las paredes azules reflejadas en el cielo...y las lavandas en flor…


 


—...—miré a Aki sin saber qué decir


 


—¿Este era el olor que te preocupaba?—estaba sosteniendo el bote de aguarrás


 


—Lo siento…—


 


—Idiota.—colocó el tarro en equilibrio sobre mi cabeza


 


Y le vi sonreír por primera vez.


 


Puede que...la capa que recubría a Aki no fuera un baño de plata...pero sin duda el interior era de oro puro...


 


 


 

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