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Mi dulce perdición

Autor: FujoshiWinter

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Notas del fanfic:

Es una de las tantas ideas almacenadas en mi cabeza. 

los personajes me pertenecen, no usaré de otras series.

No copies, sé original.

Notas del capitulo:

ojalá y les guste <3

-Es una excelente mañana, jefe- comenta mi asistente, Damián.

-Lo es, cerramos el trato antes de lo esperado. Aprovecharemos ésta ventaja, agenda una entrevista con Peter.

-De inmediato, jefe- marca en su teléfono y se aleja para hablar. Se esmera en todo siempre.

Me adelanto unos tres metros para apoyarme en una columna del edificio. Mi edificio.

Me adelanto unos tres metros para apoyarme en una columna de mi edificio. Me duele la espalda. Y el trasero por estar sentado tres benditas horas. Pero acepto que valieron la pena.

Soy un exitoso empresario y el más joven; tengo veinticinco años. Fuera del trabajo, Damián es mi mejor amigo, es el ser humano en que más confío. Nos conocemos desde que empezamos a trabajar los dos aquí como mensajeros, fuimos ascendiendo de puesto conforme pasaba el tiempo hasta que logré alcanzar mi meta: ser jefe de toda la compañía. Se podría decir que le arrebaté el lugar a Owen (el anterior jefe) pero no tuve más opción, estábamos a punto de quebrar.

Una vez ahí, hice a Damián mi asistente. Al principio le dije que podía empezar con una pequeña empresa y hacerlo socio, sin embargo se negó y prefirió quedarse conmigo.

-A las once en punto, en el Restaurante de siempre, jefe- Damián ha vuelto.

-Querido amigo, deja de llamarme tanto “jefe” me incomoda.

-En el trabajo tú eres mi superior, por lo tanto te hablaré como es debido. Fin de la discusión.

-Testarudo como de costumbre ¿eh?

Me sonríe y nos vamos. Saliendo del edificio, nos dirigimos al auto para ir a la reunión. Son las diez con veinte.

-Yo esperaré aquí ¿algo que tenga que arreglar?

-De acuerdo, el papeleo sobre los pedidos de nuevas partes para la fabricación del celular que lanzaremos.

-Bien, aún es temprano ¿No desea algo más?

-No, iré a cambiarme, las tres horas sentado y sin aire acondicionado hicieron que sudara a chorros. Apesto.

Damián asiente y se retira. Me subo al carro y lo enciendo. Salgo del estacionamiento y conduzco por las bulliciosas avenidas de la ciudad. Detesto el ruido.

Finalmente me estaciono en mi cochera. El portón eléctrico se cierra detrás mío al mismo tiempo en que yo le pongo alarma a mi coche. Acto seguido me dirijo a la puerta principal para introducir el código de seguridad. Se abre haciendo un “clic” y entro. Por fuera, la casa parece de lujo y moderno pero en el interior, tiene un estilo rústico.

Atravieso la sala, subo las escaleras tapizadas con una alfombra escarlata; doblo a la derecha y me adentro en mi habitación. Es amplio, en el centro está mi cama tamaño matrimonial, a su lado una mesita de madera. En frente, un closet que guarda mi calzado y ropa. Un baño completo y por último está mi estantería, donde reposan mis libros favoritos. La única ventana que existe es la del balcón que da al patio. No hay televisión, prefiero escuchar música y leer.

Me dirijo al closet, abro una de sus puertas para sacar un traje color azul marino. Desabotono mi camisa cuando el “ring ring” del timbre me interrumpe.

Bajo las escaleras desganado y me dirijo a la sala. En una columna se encuentra una tablet que muestra las diferentes secciones que las cámaras vigilan.

-Mierda- es Elena. Ella dice amarme con toda su alma, más bien anhela mi dinero. Para empezar no es mi tipo: no tengo nada en contra de las morenas (las que he conocido son un amor de personas) pero ella, santo cielo, es irritante a más no poder. Es quejumbrosa, manipuladora, le ENCANTA divertirse en discotecas y actúa a veces por impulso. Sus padres le permiten todo eso.

El timbre suena insistentemente. Ni loco voy a abrirle.

Mi celular es ahora el que suena, deslizo mi dedo por la pantalla. Veinte mensajes:

-Abre la puerta, querido.

-¿Querido? No somos nada.

-Sé que estás ahí. Divirtámonos un poco.

-No.

-ALEXANDER, abre la puerta.

-No.

-Es descortés no invitarme a pasar.

La observo por el aparato electrónico, lleva un vestido rojo que no deja mucho a la imaginación, tacones del mismo color. No niego que no es bella pero su personalidad la opacan por completo. La primera vez que la vi, sus ojos azules me hipnotizaron; traté un tiempo con ella pero no me enamoré, como dije antes, no es mi tipo.

-Es repugnante que sepas que estoy aquí ¿Eres una acosadora?

-Sólo cuido lo que es mío

-Por favor, te invito a que te marches, estoy ocupado.

No me contesta más, observo la tablet y para mi suerte ya no está. Qué alivio.

Estoy apunto de regresar a mi cuarto y ella aparece de nuevo. Con su hermano el fortachón que al igual que ella, es de piel morena. Y es la versión masculina de ella.

Esta vez el timbre no para de sonar. Ella hace una rabieta y su hermano golpea la puerta del portón.

Le envío un mensaje:

-Elena, de la manera más respetuosa te pido por favor que le digas a tu hermano que deje de comportarse como un simio y márchense de una vez.

No tarda ni dos minutos para responder:

-No, mi hermano no va a parar hasta que abras la puerta. Tarde o temprano tienes que salir.

No le contesto. Tengo una nueva preocupación: la reunión. Son las diez cuarenta y tres.

-Mierda, mierda, mierda.

Corro por las escaleras disvistiéndome en el camino, una vez en mi cuarto me apresuro a ponerme la ropa y cambiarme los zapatos.

Diez cuarenta y seis.

Salgo al balcón. Tres metros o cuatro son los que me separan del suelo. No tengo más opción, no aplicaré la técnica de los cuentos para niños: atar mis sábanas a modo de cuerda y bajar por ella. No hay tiempo.

-Alexander, saltaste casi de la misma altura en tu entrenamiento militar.

Que no concluí

Tomo vuelo y me lanzo. Caigo dando una marometa sencilla. Estoy ileso. Me incorporo y corro a la puerta que da a la calle. Cruzo el umbral y le hago señas con la mano a un taxi.

El celular (que se estrelló de la pantalla) no deja de sonar, más mensajes de Elena. Lo guardo en el pantalón y me subo al taxi.

-Buenas tardes ¿A dónde lo llevo?

-Buenas, al Restaurante “Bella Italia” por favor. A la velocidad máxima que tenga permitida- digo apresuradamente. Mi respiración no es regular todavía.

-¿Algún problema, señor?

¿Qué te importa?

-Voy tarde a una reunión importante. Por favor dese prisa, le pagaré tres veces la tarifa si llegamos a las once en punto.

El chofer no dice nada y arranca. Toma atajos que no conocía, pasa sin cuidado los topes; pasamos uno que otro semáforo en rojo y llegamos exactamente un minuto antes de las once.

-Gracias, tome- le doy lo acordado y me bajo del vehículo.

Antes de entrar al establecimiento, me observo por los ventanales de éste. No tengo tan mal aspecto, mi cabello oscuro está un poco despeinado, le he quitado considerablemente las manchas del césped al traje de una forma no muy higiénica (con saliva y mi corbata).

Entro y un mesero me atiende de forma amable, me guía a la mesa en la que me espera mi cliente.

-Bill- le extiendo una mano para saludar al pelirrojo con pecas en los pómulos y parte de la nariz. Trae puesto un traje verde.

-Alexander- me regresa el gesto -toma asiento.

-Gracias.

-¿Estás bien? Te noto un poco agitado.

-Tomé cuatro tazas de café, mala idea.

Se ríe -malísima- coloca unas carpetas amarillas en la mesa.

-Mis términos.

-Excelente.

Notas finales:

¿que les pareció? comenten :D ustedes son mi motivación

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