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OCHO por Strawberryloveless

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Notas del fanfic:

Hola :3 como están? espero que muy bien, les traigo una historia medio rara que escribí hace un par de años. Es super corta y tendrá dos capítulos. Espero que les guste y al menos cumpla con el objetivo de entretenerlos un rato. Les mando muchos besos <3

Notas del capitulo:

Tras finalizar una relacion de varios años, Damaris decide aceptar la invitación de uno de sus pretendientes llamado Román, sin quiera imaginar que gracias a él conocerá a Pamela.

OCHO

 

Capítulo 1: Pamela

 

Había olvidado lo que significaba estar soltera. El terrible dolor de cabeza que puede causar la insistencia de los hombres, y la irritación que provoca el simple hecho de no poder quitártelos de encima con simples palabras. 

Hace meses terminé mi relación más larga. Ella y yo duramos tres años, y con un trabajo estable y veinticuatro años de juventud, ambas planeábamos un futuro juntas. Sin embargo, al final nuestras diferencias resultaron mucho más grandes que el amor mutuo.

Desde entonces mi mamá ha estado preocupada por mí. No me deja un momento a solas porque teme que caiga en depresión, y no importa cuantas veces se lo repita y le explique que no hay razón alguna para que eso suceda, ella no entiende que ya superé la ruptura y que por el momento solo estoy disfrutando de mi soltería. De mi misma.

 

Justo ahora me encuentro en una fiesta familiar. Es sábado por la tarde y no he conseguido huir del lugar y tampoco de mi madre. Es el cumpleaños numero setenta de uno de mis tíos, y sus cuatro hijas han decidido festejar en grande el acontecimiento ya que en un mes, el pobre hombre lleva dos paros cardíacos, así que viven con el temor de que este sea su último cumpleaños. Si, conocer ese hecho me ha dificultado disfrutar de la fiesta, y aunque no somos familiares muy allegados, no puedo evitar sentir tristeza cada vez que mi tío sonríe.

 

Afortunadamente hace algunos minutos recibí un mensaje de texto, en donde el remitente es nada más y nada menos que uno de los pretendientes más persistentes que he tenido en todo mi historial amoroso: Román. 

Nos conocimos hace un par de meses en un lugar nocturno. Yo iba acompañada de algunas  amigas, y él de puros chicos. Somos aproximadamente de la misma edad y aunque el tipo es agradable, nunca he aceptado salir con él. 

No soy el tipo de persona que se haga del rogar, pero como mencioné antes, justo ahora disfruto mi vida en solitario, así que no estoy interesada en algo serio.

 

No lo pienso mucho. Si bien es cierto que no me agrada abandonar la posible última celebración de mi tío, la invitación de Roman me parece la excusa perfecta para escapar de mi atadura familiar. Al menos ya no tendré que sonreír falsamente a nadie.

Como mi madre puede ser un tanto maníaca, pese a ser una mujer adulta, bajo algunas circunstancias todavía me veo en la vergonzosa situación de darle pruebas cuando voy a salir con mis amigos y en este caso, a una cita. Forzada le muestro el mensaje de texto que sirve como evidencia de que efectivamente, iré al billar con él.

 

 

¨¨¨

 

Nunca he permitido que un hombre pase a recogerme y Román no es la excepción. Sin embargo, está noche él no cuenta con su automóvil, así que he quedado de recogerlo frente a la plaza comercial que está a orillas de la central de autobuses de la ciudad. Todavía sigo preguntándome ¿porqué demonios no tomó un taxi? 

Una vez arriba, intercambiamos saludos y palabras. Él trata de ser afectuoso, pero mis barreras de hielo terminan ahuyentado y reprimiendo sus maniobras masculinas. Rompo el silencioso e incómodo momento, cuando pregunto hacia dónde nos dirigimos. 

 

— POOL HOUSE — dice — Es el billar más famoso del centro. Vayamos ahí.

 

En realidad no le doy importancia al sitio, porque mi plan no es pasar mucho tiempo juntos. Román únicamente ha sido mi excusa para escapar de las garras de mi madre y de esa triste celebración, así que como agradecimiento pretendo dedicarle solo un par de horas. Sin embargo, las cosas parecen estar por cambiar cuando él recibe una inesperada llamada telefónica.

 

— ¿Joel? Estoy ocupado ¿qué necesitas? 

 

Lo miro de reojo y en ese preciso momento, tengo el presentimiento de que esto se saldrá de mi control.

 

— No. No estoy solo — él afina la garganta y habla con mucho orgullo cuando dice lo siguiente — ¿Recuerdas la chica de la que te hablé esta semana? Bueno, estoy con ella.

 

Pongo lo ojos en blanco y decido continuar sobre el volante. 

 

— ¿Tú y otra chica? Ah, Pamela. Hombre no, arruinarías nuestra cita — me lanza una mirada de reojo y continúa — Además, no creo que ella quiera. 

— ¿Qué cosa? 

Decido intervenir en su conversación y él parece nervioso. 

— Dame un minuto Joel.

Aleja el móvil de su oreja mientras tapa el micrófono y rápidamente susurra lo siguiente:

— Es uno de mis compañeros del trabajo — dice con cautela y prosigue — Está con una amiga y ambos buscan qué hacer. Quieren unírsenos e ir al billar los cuatro.

Arqueo una ceja y él inmediatamente se apresura a decir:

— Ya le dije que no quieres, después de todo ésta es nuestra primera cita. Además…

— Acepto.

Tras mi contestación, Román parece sorprendido.

— Diles que acepto que se nos unan. Será más divertido si vamos todos juntos.

 

Su rostro cambia casi de inmediato, y debo admitir que parece un tanto decepcionado, pero no importa. De ésta forma no tendré toda su atención durante el juego de billar, y cuando me marche, sus amigos podrán hacerle compañía. 

Si, es un buen plan. 

 

Román vuelve al teléfono y yo me detengo a causa del semáforo en rojo.

 

— ¿Recogerlos? ¿En dónde?

Giro el rostro para verlo fijamente y él comienza a sudar. 

— Sí, el problema es que no venimos en mi auto. Es ella quien conduce. 

— Podemos recogerlos, no hay problema. 

Mis palabras hacen que él asienta con la cabeza.

— Joel, Damaris dice que podemos recogerlos. Envíame tu ubicación y llegaremos enseguida.

Finaliza la llamada y de inmediato ingresa al GPS. 

 

Basta cruzar un par de edificios y calles para encontrar el lugar marcado por el buscador. Pongo las intermitentes y orillo el auto junto a un restaurante de comida rápida. No los veo. 

 

— Allá vienen. Son ellos.

 

Román baja del carro para saludar y yo decido permanecer en mi lugar. 

La calle está demasiado oscura, por lo que no puedo distinguirlos muy bien. Sin embargo, por sus siluetas me doy cuenta que el tipo es demasiado alto y junto a él, la chica parece minúscula.

El trío se acerca y yo desenfoco la mirada, quitando los seguros del auto para que puedan subir. Inmediatamente poso los ojos en el retrovisor y la luz trasera me permite apreciar primero el rostro de la chica. Gorra, cabello oscuro, ojos cafés, piel blanca. No está mal.

 

— Buenas noches.

Su acento es diferente al nuestro, probablemente es de algún otro lugar. 

— Damaris, te presento a Pamela.

Román habla mientras recobra su lugar como copiloto del auto.

— Y él es Joel.

Muevo con rapidez las pupilas cuando el otro chico sube abordo y se sienta junto a su compañera. Cabello castaño, ojos cafés, moreno y musculoso. También es atractivo. 

— Ambos son foráneos, imagino que ya te diste cuenta.

— Si… — murmuro observándolos con atención — Mucho gusto.

— El gusto es nuestro — dice la chica cruzando su mirada con la mía a través del espejo — Gracias por aceptar recogernos.

— No es nada. 

La presentación finaliza y decido poner el auto en marcha otra vez. 

 

 

¨¨¨

 

No estamos muy lejos de llegar al billar, sin embargo durante el recorrido no he podido hablar mucho. Realmente estoy intrigada por examinarlos de pies a cabeza y el hecho de que no sean originarios de nuestra ciudad, me inquieta aún más. 

 

Román y yo no hemos cruzado palabras desde que la pareja subió, quienes a diferencia de nosotros, no han cerrado la boca desde que abordaron. 

Hablan sobre una fiesta y también han mencionado dos nombres que definitivamente no sé a quiénes pertenecen, pero a juzgar por su charla, deben ser con quiénes comparten departamento.

No es como que tengan la plática mas interesante del mundo, pero las voces de ambos son demasiado fuertes y pareciera que incluso están esforzándose para que escuchemos su conversación, pero no, la gente del norte suele tener un tono de voz mucho más elevado que nosotros.

 

Decido aparcar el auto cerca del lugar y finalmente bajamos.

 

Los tres me esperan sobre la banqueta frente a la puerta de entrada y yo procuro sacar mi bolso de la cajuela con más rapidez. Finalmente cierro el vehículo y activo la alarma. 

Cuando rodeo el carro, vuelvo la vista al frente y puedo observarlos con claridad por primera vez. 

 

Joel sin duda es gigante y esos músculos solo hacen que se vea mucho más monstruoso. Su piel morena brilla en la oscuridad y trae el cabello rapado en un casquete corto. Su presencia se asemeja a la de un militar. Realmente parece alguien serio, formal y seguro es de los que se ejercita a diario. 

Pamela contrariamente parece de mi estatura, sin embargo conforme me voy acercando a ellos, corroboro que es mucho más alta. Aún con mis botines de tacón, me gana por tan solo unos centímetros.

 

Cuando me uno al trío, detengo mi análisis visual y Román aprovecha la oportunidad para presentarnos correctamente. 

 

— Damaris como mencioné antes, Joel es un compañero de la oficina y un buen amigo mío — miro al chico y él sonríe radiante. 

— Un gusto — le extiendo la mano y el moreno estrecha la suya. Está caliente y yo demasiado fría, seguro le he erizado hasta el último centímetro de piel.

— Y ella es Pamela, la mejor amiga de Joel.

 

Miro ahora a la chica y repito el acto anterior, sin embargo en lugar de extender su mano como haría cualquier otra persona, ella decide acercarse y abrazarme con fuerza. 

También es cálida, incluso más que Joel.

 

— Vaya que eres pequeñita ¡eh! 

Su acción y sus palabras me toman por sorpresa, pero logro reaccionar con rapidez.

— Demasiado pequeña. Mi estatura no es algo de lo que presuma a diario.

Ella me lanza una sonrisa y quedo encantada. 

— Deberíamos entrar — sugiere Román y todos accedemos sin pensarlo dos veces. 

 

Pese a que afuera está haciendo frío, adentro parece un horno y creo que eso se debe más que nada, al gentío que hay frente a nuestras narices. 

Nos acercamos al mostrador para pedir una mesa y el tipo que atiende nos dice que todas están ocupadas, que debemos esperar en la terraza hasta que una se desocupe.

Sin muchos ánimos, caminamos hacia el lugar indicado. 

 

Ha transcurrido casi una hora desde que abandoné el salón de fiestas, esta salida ha resultado mucho más lenta y problemática de lo que imaginé. Los dos foráneos caminan delante de mí, distrayendo mi malhumorado pensamiento, ya que decido continuar analizándolos mesuradamente. 

 

Pamela tiene el cabello largo y totalmente lacio, sobre el cual, ha decidido usar una gorra negra. Al parecer no se maquilla, ya que no trae ni una pizca de cosméticos y tampoco está utilizando algún perfume o fragancia en particular. Es una chica demasiado natural, algo que ya no se ve en estos días. 

En cuanto a la ropa, se ha puesto un pantalón de mezclilla azul y en la parte superior lleva una blusa blanca con estampado de MARVEL. A eso añadió tenis y listo. Ningún bolso, tampoco collares o pulseras, ni siquiera aretes. Su conjunto es sencillo y totalmente suelto, pero puedo apreciar que es más o menos esbelta y está bien proporcionada. 

Joel ha optado por vestir un poco más formal y serio, todo lo contrario a su mejor amiga. Lleva un pantalón negro y una camisa azul con relieves de lunares grises. Sus zapatos negros y el reloj de mano que complementan su atuendo, hacen que parezca el más elegante de los cuatro.  

 

— Vamos al baño — avisan los chicos cuando vamos cruzando a mitad del lugar.

— De acuerdo, los vemos en la terraza.

 

Rápidamente se escabullen entre la multitud y Pamela continua andando mientras yo la sigo de cerca. Su forma de caminar es inusual a mis ojos, por no decir que es demasiado masculina. Pese a ello, logra captar varias miradas de nuestro al rededor, en su mayoría de chicas.

 

— ¿Dónde quieres sentarte?

— Donde sea.

Mi respuesta la hace elegir la primera mesa junto a la barra.

— ¿Desean algo de tomar? — pregunta un mesero casi al instante de habernos acomodado.

— Cerveza.

— Cerveza.

Respondemos al unísono, cosa que hace reír al tipo. 

— Dos cervezas. Enseguida.

El hombre desaparece y nos volvemos a quedar solas. 

 

La miro de reojo y noto que está distraída leyendo las promociones de alcohol que hay frente a nosotras.Tiene las cejas muy tupidas y un perfil chato. Labios delgados y naturalmente rosados. Sus largas pestañas adornan el par de pequeños y oscuros ojos que contemplan todo aquello que cruza a su paso.  Es bastante atractiva pese a no estar arreglada. Además, debo admitir que es totalmente mi tipo. 

 

— ¿Es tu novio? 

Pregunta inesperadamente mientras gira el rostro para mirarme fijamente. Yo tartamudeo y eso la hace dibujar una media sonrisa.

— Roman, ¿es tu novio?

— No, estamos conociéndonos — respondo tratando de sonar segura de lo que digo — Es nuestra primera cita — bajo la voz — O era.

— ¡Oh! Lamento la interrupción.

— No hay problema, en realidad no estoy interesada.

— Con razón.

Arqueo una ceja debido a sus palabras y abro la boca para preguntar:

— ¿Con razón qué?

— No te ves enamorada, ni siquiera atraída por él y estaba pensando que eso es muy raro en una pareja.

— No somos una pareja. 

— Ahora que lo sé, todo tiene sentido.

 

El silencio reina un par de segundos y aprovechando que ella ha roto el hielo, decido reavivar la charla.

 

— ¿De dónde eres? O mejor dicho ¿de dónde son Joel y tú?

Tras mis palabras ella se apresura a decir:

— De Zacatecas.

— Del norte, que bien. Me encanta tu acento.

 

Ella esboza una amplia y orgullosa sonrisa, luego cuando parece estar por decir algo, el mesero reaparece para entregarnos las bebidas e interrumpir como consecuencia nuestra conversación.

 

— Aquí tienen, dos cervezas.

— Muchas gracias.

— ¿Desean algo más? 

— Otra cerveza — pide ella.

La miro interrogante y se apresura a decir:

— Para Román.

Es cierto, había olvidado ordenar algo para él, pero siendo cuatro personas, faltaría una.

— ¿No pedirás nada para Joel? — le pregunto.

— Esta es la suya.

Ella señala el tarro de cristal que está frente al mío y yo ladeo la cabeza confundida, pues sigue incompleta la orden.

— Yo no bebo — explica a brevedad.

Abro la boca con sorpresa y ella sonríe una vez más.

— Entonces ¿sería todo? ¿una cerveza adicional? — corrobora el mesero.

— Si, por favor.

— Enseguida.

 

El joven desaparece por segunda ocasión y yo decido ser un poco entrometida:

 

— ¿No te gusta la cerveza? 

— Me encanta. 

— ¿Y entonces? — tuerzo la boca mirándola totalmente confundida. 

— ¡Hola chicas! 

La voz de Joel nos hace mirar hacia la entrada del lugar y efectivamente, él y Román han regresado.

— Tardaron demasiado para ser hombres, ¿hicieron otras cosas? — pregunta Pamela entre risas.

— ¡Claro que no! — alega inmediatamente el moreno — Había fila y solo un baño funcionaba, por eso nos demoramos tanto en volver. 

— Es broma amor. 

Joel le sonríe y yo quedo perpleja ¿amor? ¿son pareja? No, Roman los ha presentado como amigos pero ¿entonces porqué?

 

De pronto, el chico del mostrador aparece frente a nosotros y anuncia que hay una mesa disponible, por lo que rápidamente nos levantamos y vamos hacia el interior del lugar. 

Llegamos a la barra y el tipo nos hace entrega de los instrumentos para jugar. Roman recoge el tarro de cerveza que le ha pedido Pamela y ordena un tritón, es decir, tres litros más de alcohol. Luego, caminamos hasta la mesa que está libre y acomodamos todo para empezar. 

 

Me deshago de mi chamarra roja y el aire fresco que se cuela por una de las ventanas desvanece en cuestión de segundos mi bochorno. Miro a mis acompañantes y noto que los tres se han quedado observándome de arriba abajo ¿qué les pasa? Mínimo deberían ser un poco más discretos. 

Pongo los ojos en blanco y abro la boca para decir:

 

— ¿Empezamos?

 

Ambos hombres se sonrojan y apartan la vista con nerviosismo, exceptuando a Pamela, quien tras echarme un descarado vistazo de pies a cabeza, finalmente me mira a la cara. Mantengo el contacto visual durante varios segundos, hasta que Román me desconcentra.

 

— Juguemos juntos — sugiere.

— Sería mejor hombres contra mujeres. 

Arqueo una ceja por el comentario de Joel.

— Amor, tú y yo contra ellos — dice Pamela acercándose a su amigo.

— Si quieres — murmura no muy convencido el musculoso.

— Jugar hombres contra mujeres es muy aburrido. Que sea pareja contra pareja — dice Román animando a su amigo — Será más entretenido.

Joel tuerce la boca pero termina aceptando el desafío.

— Pamela es muy buena, así que los venceremos en un, dos, por tres.

— Damaris también es buena, así que no será sencillo derrotarnos.

— ¿Apostamos? — sugiere el musculoso. 

— Lo que quieras.

 

Mientras ellos discuten sobre el premio que obtendrá el ganador, Pamela y yo decidimos sentarnos en los sillones de piel que hay a un lado de la mesa de billar. 

 

— Hombres.

Dice en un suspiro y yo le hago segunda, exhalando con fuerza.

— ¿Ustedes son amigos o pareja?

Me atrevo a preguntar sin rodeos y ella responde con mucha naturalidad.

— Mejores amigos. 

— ¿Y porqué se dicen amor?

Pamela gira el rostro para clavar su mirada en la mía y dice:

— Es de cariño — sonríe — Generalmente uso esa palabra en las personas que quiero o que son importantes para mí. 

— Entiendo. 

— Entonces ¿eres buena en esto? — ella no deja morir la conversación y eso me agrada.

— Promedio. Tengo mesa de billar en casa, entonces…

— Ya veo, será difícil vencerte.

 

Me guiña un ojo antes de levantarse del sillón y acercarse al moreno.

 

— ¿Y bien, que apostaron?

— El equipo que pierda pagará la cuenta — alardea Joel, tal parece que está muy seguro de que ganarán. Ellos dos deben ser buenos contrincantes. 

— No cantes victoria antes de tiempo, amor — le dice sonriendo la chica mientras me mira — Si resultamos perdedores, será vergonzoso.

 

Ignoro el parloteo de los foráneos y centro mi atención en la mesa frente a nosotros. Se trata de un grupo de diez personas. El espacio resulta pequeño para la multitud de amigos que trata de jugar sin golpearse unos a otros. Tres chicas me observan sentadas desde el sillón junto a su mesa. Secretean mutuamente y me lanzan miradas intensas. Hago memoria, recordando que cuando entramos a la sala, también observaron a Pamela con mucho detenimiento. 

Ignorando el hecho, vuelvo mi atención a Román.

 

— Listo ¿quién comienza? -– dice una vez que ha dejado perfectamente alineadas las bolas. 

— Ustedes — se apresura a decir Pamela.

— ¿Quieres abrir el juego tú? — me cuestiona Román casi en un susurro.

— No, tira primero, yo iré después.

 

Él asiente con la cabeza y rápidamente rodea la mesa hasta quedar frente al triangulo de bolas. Llena de tiza la punta de su taco y silenciosamente se posiciona para tirar. 

Su postura es buena pero le tiembla la mano, incluso creo que está sudando. No estoy segura de sí podrá golpear algo con tan poca estabilidad.

 

— ¡Demonios! 

 

Joel suelta una fuerte carcajada, atrayendo la mirada de varios de al rededor, avergonzando más a Román, quien tal y como pensé, no ha logrado golpear mas que el borde de la mesa. 

 

— Es mi turno.

 

El moreno reemplaza el lugar de su compañero y con una postura perfecta, brazos rectos y un pulso a penas visible, falla también. Abro la boca incrédula ¡son un completo desastre!

 

— Te toca — anuncia Pamela y yo camino hacia el lugar en donde Joel lanza una rabieta por su fallido intento.

 

Tomo aire y mientras exhalo, desciendo el cuerpo hasta quedar casi fundida con la madera de la mesa. Visualizo la posición del triángulo y calculando la fuerza con la que deberé golpear la bola blanca, tiro. Rápidamente tres bolas entran en los huecos de al rededor. 

 

— Dos rayadas y una lisa. 

— ¡Bien hecho, Damaris! — grita lleno de alegría Román. 

— Fue suerte, fue suerte — murmura con envidia Joel. 

— Sigo yo.

 

Pamela se acerca y yo me hago a un lado para darle el espacio que necesita. Luego, se inclina, visualiza, apunta y tira. En menos de ocho segundos estamos a la par.

 

— ¿Ves? ¡Te dije que era muy buena! — el rostro de Joel se ilumina al ver que ya no están por debajo de nosotros. 

— Estamos iguales, no te declares ganador — alega Román.

Pongo los ojos en blanco, este juego y esta noche serán mas largos de lo que imaginé. 

 

 

Van dos juegos seguidos. El primero lo ganamos nosotros y el anterior el equipo de Pamela. Ambos encuentros fueron reñidos y no tanto por Joel o Román, ya que ellos solo han metido innumerables veces la pelota blanca. Es Pamela quien realmente me está dando batalla y admito que es un digno rival. Sé que ella está pensando lo mismo de mí, puesto que no ha parado de sonreír cada vez que tomo la delantera.

 

Estamos por iniciar la tercera y última ronda. Quien gane, será el equipo que pagará la cuenta de todo lo que se ha pedido, y vaya que no ha sido poca cosa. En dos horas, hemos pedido más de tres litros de cerveza, dos órdenes de papas a la francesa, dedos de queso y alitas. 

 

— Iré al baño, no comiencen sin mí.

 

Anuncia Pamela, antes de comenzar a trotar hacia el pasillo. La veo desaparecer entre el humo proveniente de los innumerables cigarrillos de la gente a nuestro al rededor. Varias mujeres han girado totalmente la cabeza para seguirla con la mirada. Y claro, yo también lo hice. Es bastante llamativa. 

 

Decido sentarme nuevamente en los sillones y un par de risitas me hacen elevar la vista hacia la mesa de enfrente. Son las mismas chicas de hace un rato, y tal parece, una de ellas esta siendo animada por el resto para acercarse a mí. Desvío la mirada, como tratando de decir que no estoy interesada, pero mi gesto no es suficiente, ya que la chica continua coqueteándome en la distancia mientras sus amigas le hacen segunda.

 

Finalmente la castaña de en medio se levanta y mientras parlotea — aún indecisa — le lanzo una mirada a Román, buscando ayuda, pero el tonto tiene el rostro casi fusionado a la pantalla de su celular. Ni siquiera me nota. Suspiro hondo y conforme veo a la chica comenzar a acercarse, pienso en cómo debería rechazar cualquier proposición que me haga. 

La castaña está por rodear la mesa, cuando Pamela la rebasa trotando suavemente a un costado. 

 

— ¿Listos para la tercera ronda? 

 

Suelta en un grito captando la atención de Joel y Román, quienes dejando sus celulares de lado, comienzan a preparar la mesa para iniciar el tercer juego. Mientras tanto, me percato de que la chica está cada vez más cerca. Es una suerte que camine tan lento, probablemente se deba a los nervios. Aprovecho para pedir ayuda por segunda ocasión, pero esta vez es a Pamela a quien le dirijo la mirada y no tarda más que ocho segundos en darse cuenta de la situación. Rápidamente toma asiento junto a mí.

 

— ¿En problemas? — susurra mirándome de reojo.

— Algo así. 

— Es linda — dice sonriendo — Y parece interesante.

— Lo es, pero no estoy interesada en menores de edad.

— la mayoría son problemáticas — añade. 

— Exacto, así que dame una buena excusa para deshacerme de ella. 

— Si quieres puedes fingir que me besas.

— ¿Qué? 

Giro el rostro escandalizada y ella suelta una carcajada. 

— Es broma, es broma. 

 

Extrañamente la chica detiene su andar y nos mira ladeando la cabeza interrogante, luego mira sobre el hombro y sus amigas la incitan con señas a seguir avanzando. Más insegura que antes, se planta frente a nosotras.

 

— Hola — dice mirándome fijamente.

— Hola — contesta Pamela en lugar mío.

La chica parece perpleja y sin decirle nada, vuelve a mirarme.

— Te vi desde que llegaste y me estaba preguntando si quisieras ir a la terraza a beber algo conmigo. Tú sabes, solo nosotras… — está colorada e incluso tartamudea un poco.

— Me encantaría, pero tengo novia. 

— ¿Novia?

Ambas me miran con sorpresa.

— ¿Porqué te haces la sorprendida? ¿Ahora vas a fingir que no me conoces? — le digo a Pamela, mientras le doy un codazo para que me siga la corriente.

— ¡Ah, si! — suelta una carcajada — Quería escuchar tu respuesta primero — miente. 

— Entonces ¿ustedes son pareja? — pregunta la chica no muy convencida de nuestra actuación.

— Tal y como lo oyes — digo tratando de sonar lo mas seria posible.

— ¡Hey chicas! ¿Todo bien? — Román comienza a acercarse pero Pamela le hace una señal para que se detenga.

— Todo bien, empiecen ustedes — responde.

 

Confundidos ambos chicos se quedan contemplando la escena, pero tras un par de segundos,  llenan de tiza la punta de sus palos de madera e inician el juego. Seguramente si se tratara de un hombre, no se hubieran quedado tan tranquilos.

 

— No les creo.

Suelto un bufido, pues la chica es persistente.

— No necesitamos que nos creas — Pamela se encoge de hombros y me mira sonriente — Con saberlo nosotros es más que suficiente, ¿verdad? — afirmo con la cabeza.

— Y entonces ¿ellos que son de ustedes?

— Amigos.

— Mejores amigos — reitero.

— Es mentira — insiste la menor — Quiero pruebas, bésense.

— ¿Un beso? Niña, podríamos hacer mil cosas mejores que esa y de todas formas no te vas a rendir — hablo un tanto irritada y la chica palidece.

— Es simple, desde que llegaron no las he visto juntas ni un solo momento.

— Si estamos juntas, si nos besamos o no, eso no significa nada — a diferencia mía, Pamela mantiene un tono de voz suave y tranquilo.

— No quería ser tan ruda, pero entiéndelo. Te estoy rechazando — la miro directamente a los ojos y su rostro se quiebra, parece estar a punto de llorar. 

— Eres muy linda, seguro encontrarás a alguien libre de compromisos.

Arqueo una ceja mientras miro a mi supuesta novia de reojo ¿está tratando de reconfortarla?

— De acuerdo — la castaña traga saliva y antes de dar media vuelta, abre nuevamente la boca — No era necesario mentir.

 

A diferencia de antes, ahora camina con velocidad, por lo que vuelve a su mesa en cuestión de segundos.

 

— Uy ¿se dio cuenta? Es lista.

— Querrás decir, terca.

Ella se carcajea, contagiándome un poco su risa. 

— Gracias — le digo.

— Por nada, aunque me tomaste por sorpresa.

— Lo siento, no tuve tiempo de pensar en otra cosa y con tu idea del beso, se me ocurrió fingir un romance — tuerzo la boca avergonzada por haberla involucrado en algo innecesario — Ahora que lo pienso, pude haberme inventado una novia imaginaria.

— Hubiera sido menos creíble.

— Tienes razón. 

— ¡Hey, chicas! ¿Van a jugar, o qué?  

— Claro que sí.

Pamela se levanta del sillón. Toma el taco, lo llena de tiza y antes de tirar, me mira.

— ¿Vienes o temes perder? 

Sonrío y nuevamente entro al juego.

 

 

Notas finales:

Y bueno, así termina el primer capítulo de esta breve historia. Espero que les haya gustado. Estaré subiendo la segunda parte dentro de 15 días. Dudé mucho sobre si debia subir la historia, así que dejenme conocer su opinión en los comentarios. Besos y gracias x leer <3

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