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Percepción por rmone77

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Notas del capitulo:

—Come down when you’re ready—

Primer momento: ver(le)

Ojeaba la revista con la misma impaciencia que su pierna se sacudía, esperaba. Odiaba esperar. El tono rouge en los labios de la recepcionista le recordaba a sus propios deseos insidiosos. A Lee lo vio una vez en su vida, recibiéndose ambos con brazos abiertos y desechándose mutuamente como una comida desagradable. Kim era despiadado en su esencia, pero con un carisma tal que aplastaba como cucarachas las ilusiones de los demás. Sonrisa demasiado perfecta, estilo demasiado moderno, mirada demasiado penetrante. Y Lee le siguió como mariposa a la luz. Kim, en la privacidad de sus pensamientos le describía como un muchacho andrógino, un cuerpo precioso, casi femenino, aunque un tanto atlético para su gusto. Su tacto acostumbraba más a las curvas suaves de SooJung y no a caderas sobre salientes con muslos delgados. Lo atrapante de Lee fueron sus movimientos felinos y aterciopelados tanto en el baile como en el sofá. Era arte en movimiento. Deseó tenerlo y apagarlo en sus manos, quemar a la mariposa. Y nada más. ¿Por qué SooJung no comprendía que no iba sobre el amor, sino sobre el anhelo indiscutible del hombre por descubrir experiencias nuevas? Si nadie siguiese sus instintos, jamás se habría expandido la raza humana por la tierra. 

—   Señor Kim JongIn, pase, por favor.

El par rojo se movió lento y Kim quiso pasarle los dedos por encima para quitarle el color. Se observaba perfecto. Lo adoró. En otro momento le hubiese dicho a SooJung que lo luciera también.

Giró la manilla redonda y sombras tenues lo recibieron. La imagen del terapeuta detrás de un escritorio levantándose para estrecharle la mano nunca se concretó. De hecho, ni siquiera había un escritorio, aquello no era una oficina. Simplemente había una silla de madera frente a una cortina del cielo al suelo, ambos negros. Volteó para preguntar a la recepcionista, pero la cerradura se había sellado. No podía ser algo falso, ¿verdad? SooJung le convenció porque el creador de la vanguardista experiencia a punto de vivir fue uno de sus mentores en la universidad. 

La curiosidad susurró en sus manos y despejó la cortina con toda la propiedad que se podía tomar. Una ventana conectada a otro cuarto, el único acceso. No había aberturas de ningún tipo, sino un simple cristal que permitía observar lo que sucedería en el cuarto más amplio. Apareció una silueta que no percibió bien debido a la baja altura de la ventana. Entendió que la silla no era un adorno y la utilizó para tomar posición privilegiada. Observó entonces y comenzó a crear los esquemas rígidos de lo que veía. Un hombre, ¿joven?, tal vez demasiado y con sus ojos cerrados. Vestía un sweater con cuello de cisne negro, que resaltaba aún más sus facciones. Todo demasiado abultado en su rostro. La piel similar a la de SooJung, los labios quizá a los de Lee. 

Kim estaba solo y al parecer nadie irrumpiría, así que continuó. Con el tiempo transcurriendo e incapaz de hacer más, detalló inhalaciones fuertes y exhalaciones lentas, profundas, imperceptibles movimientos de la mandíbula definida, dedos atados sobre el regazo y piernas juntas. Del cuerpo ajeno dedujo paciencia, calma y… algo que no concebía en un sólo adjetivo. ¿Aburrimiento? ¿Resignación? ¿Obediencia? ¿Indiferencia? 

Se frustró sólo al observar y le habló, sin obtener ningún tipo de respuesta. ¿Sería una habitación a prueba de sonido? Golpeó el cristal para comprobar su dureza y grosor, provocando nula reacción. 

Apoyó la frente en el helado material, desesperado por ser despojado de su libertad de expresión. Imaginó entonces todo aquello que no podía percibir. La piel blanca por el color le impresionaba ser fría. Una garganta en desarmonía con el resto del cuerpo seguramente le otorgaba una voz suave. Ojos afinados, claros, personalidad tímida, de frases tediosas, conversaciones insípidas. De aquellos que rehúyen la mirada. ¿Acertaba o se equivocaba? Quería hablarle, escucharlo, comprobar todas sus premisas. 

Un ligero interés en el método surgió en Kim. Algo inusual que lo empujaba a probar, a seguir. 

Pasó un tiempo más antes que la recepcionista “labios perfectos” lo sacara de la habitación y le indicara responder una pequeña hoja, contenedora de una única pregunta.

¿Qué percibió?

Kim respondió “nada”, pero lo tachó y reemplazó con “inquietud”. 

La mujer le indicó la próxima cita y salió de la consulta sin certeza de volver.

 

Segundo momento: Escuchar(le)

SooJung tuvo que explicarle que era una prueba piloto sobre una teoría en el área, porque Kim no dejó de quejarse luego de la primera sesión. Según él, era inhumano y de muy mal gusto tener a un hombre en una habitación, sin instrucciones, ni un mísero saludo, ni nada. Ella alentó a que continuara, a que no perdía nada. “Tiempo”, argumentó Kim, “tiempo y experiencias”. 

El rouge fue brutalmente reemplazado por un coral precioso y sonriente. El humor de la mujer era diferente y le daba una sensación de relajo a la sala de espera. Junto a él había otro hombre, callado, pero imponente, muchísimo más paciente que él. Reposaba cruzado de brazos, sumido en planes mentales. 

—   Señor Kim JongIn, pase, por favor.

Él mismo se mostró más amable sólo por el cambio de labial. Un detalle que disfrutó y cambió su humor, dejando atrás el mal augurio sobre la segunda sesión, olvidándose por un momento de las expectativas que guardaba. 

La puerta era diferente, pero las dimensiones del cuarto eran iguales. La silla igual y sin ventana ni cortinas, pero sí audífonos conectados a un pequeño aparato. ¿Esta vez escucharía alguna canción?

Ubicó perfectamente los auriculares, percibiendo la respiración de alguien: inhalación fuerte y exhalación lenta y profunda. A los minutos iniciaba un relato muy personal, la opinión de alguien sobre un tema al que no pudo ponerle atención desde el inicio. Tono grave, rasposo, adormecedor. El cuarto oscuro potenciaba su audición y todo su cuerpo vibraba con el sonido. ¿Sería la voz del mismo hombre al que observó? No parecía. No congeniaba en su mente esa combinación. Era inquietante, inquietantemente agradable. Se imaginó en una conversación inteligente, cargada de contenido, una charla fructífera, breve tal vez, pero deseosa. 

—   El universo es un contenedor, nada más, al igual que nosotros. Contenemos tejidos, aspectos inexplicables, emociones, recuerdos, certezas e inseguridades, contenemos órganos físicos e imaginarios, efímeros… nos podemos vaciar y llenar otra vez, somos contenedores ambiciosos y saturables, muy saturables, predecibles, hambrientos de experiencia, de la tan anhelada felicidad, de arrogancia para decir “he vivido sin arrepentimientos”. ¿Realmente es así? ¿Qué es lo que define nuestra vivencia? ¿Ser entes con funciones orgánicas, sistémicas? ¿Tener sentimientos? ¿Cometer errores? ¿Socializar? Y si no hago nada de eso, ¿dejaría de estar vivo, a pesar de tener mi corazón latiendo y mi cerebro funcionando? ¿Es así…? ¿Cómo… cómo me puedo sentir vivo realmente?

Kim se sentía vivo. Escuchar ese relato contradictorio con todas sus creencias, lo hacía sentir vivo. Escuchar, sentir, percibir, vibrar, desear, desear más. Eso es ser un hombre vivo. Vivir, aprovechar, almacenar, experimentar, reír, llorar. 

La recepcionista lo llamó dos veces a la puerta, pidiéndole salir. La cabeza le daba vueltas en millones de recuerdos y esquemas mentales, expuesto a demasiada información, a pensamientos íntimos de alguien más. Y ni siquiera tenía una respuesta clara a eso. Ni siquiera SooJung le había provocado esa sensación de duda. 

Tomó la misma encuesta, vio la misma pregunta y el mismo hombre de antes lo veía directamente mientras Kim respondía. 

¿Qué percibió?

—      Conexión.

 

Tercer momento: Tocar(le)

Iba con millones de respuestas al breve párrafo del discurso escuchado. Algunas eran argumentos válidos para él mismo, pero sin un fundamento real, todo basado en su “experiencia”, con una muy elaborada solución a la incógnita, creada desde la arrogancia del ser humano que se siente superior a todo.

Manos en bolsillo, cabizbajo, pensante, chocó con una muralla viviente que le hizo balancearse de un lado a otro. Kim, confundido, más no alterado, volvió a su camino hasta escuchar esa voz, la misma del discurso personal, la misma a la que venía a responderle. Sus músculos se apretaron como si se dirigiese a una batalla y no se giró a ver, avanzó, como en arenas movedizas, pero avanzó. A lo lejos parecía ser una discusión de dos hombres. ¿Por qué no volteó a mirar? Se arrepintió, pero cuando volvió sobre sus pasos no había figuras ni voces. Arrugó su frente y se cuestionó a sí mismo. ¿Por qué no se acercó y entabló una conversación casual? ¿Por qué no se interesó por la ira que escondían las palabras de esos hombres? 

Esperó en la sala, ansioso, de brazos cruzados, mirando a la nada. Se vio reflejado en el hombre serio de la vez anterior, quizá era normal iniciar un juicio sobre cuestiones que antes no hubiese tomado tiempo de analizar. Sorprendentemente Kim se había vuelto más calmado, buscador de las experiencias vividas en su mundo.

—   Señor Kim JongIn, pase, por favor.

Otra puerta, otra habitación, misma silla. No ventanas, no auriculares. Un nuevo implemento aparecía y todo indicaba que debía cubrirse los ojos. Lo hizo, y cuando estuvo listo, fue llevado a otro lugar. Lo sentaron y abandonaron una vez más. Esperó y esperó. Estiró sus piernas impacientes y pasó a llevar algo con sus zapatos. Inmediatamente quiso apartar la venda de sus ojos, pero no lo hizo, se detuvo. Extendió su brazo con la lentitud que le merecía la inseguridad ante lo desconocido. Tocó algo que parecía un hueco deforme. Percibió un párpado temblar bajo el toque de sus yemas y pestañas cosquillearle la piel. Con el pulgar delineó delicadamente el párpado, sintiendo con la palma otras partes del rostro. Reconoció los labios grotescos, pero a su tacto le parecieron en armonía con el resto de lo que tocaba. Palpó muy bien ambas comisuras y descendió hasta el cuello. Extendió la mano completa en la garganta y el palpitar del otro se transmitió. La piel era tibia, muy tibia, se sentía como una perfecta capa que caía sobre una escultura humana. 

Notó que usaba sólo su diestra y alzó ambas de una vez, jugando a percibir por entero el rostro desconocido. Las hebras acariciaron el interior de sus dedos. Tiró del cabello sin llegar a provocar dolor y dejó que todo volviera a su posición. 

Siguiendo los bordes llegó al torso, concentrándose en la respiración: una inhalación fuerte, exhalación lenta y profunda. Dejó una de sus manos en el pecho y la otra volvió a la boca. El aire exhalado hormigueaba en su tacto.

Se imaginó el cuerpo en su retina apagada, recreó en el silencio la voz pausada. Juntó los recuerdos con el instante actual y creó un acorde incompleto. Se relajó desde el exterior hasta lo más profundo de sí.

Cuando quiso rebobinar desde el inicio, la sesión había terminado. 

Al salir del cuarto la luz arremetió contra sus pupilas, tomándole unos largos segundos acostumbrarse de nuevo al día iluminado. La recepcionista se mostraba inquieta, pero de igual manera completó las indicaciones. Misma hoja, misma pregunta.

¿Qué percibió?

—   A una persona.

 

Cuarto momento: Percibir(le)

Cruzado de brazos, piernas separadas, espalda reposando en el respaldar y párpados sellados. Sonrisa sutil viajando por su boca. Kim se sentía tremendamente cómodo, en su ambiente. Esperaba el llamado de la recepcionista.

Luego de las dos primeras sesiones, no tardó en ir a quejarse con SooJung, aunque posterior a la tercera, ella no lo pudo recibir. Un viaje programado desde semanas se llevó lejos a su consejera, terapeuta oficial y posible ex-amante. Ese pequeño cambio provocó que se aislara de su rutina tradicional y se ensimismara a revivir incansablemente la tercera sesión. Ahora podría responderle con mejores argumentos el discurso del universo y los contenedores. No asoció la agradable sensación a nada más que a su propia vivencia, lo que disfrutó en forma privada, olvidándose de seres, de mujeres, de hombres, de estándares. Para Kim era una experiencia extrañísima y que seguramente olvidaría, con una ganancia, un aprendizaje significativo, pero no más que eso. Unos metros agregados a la visión del horizonte. Y se permitía disfrutar a conciencia de que pasaría página fácilmente, contaría lo maravilloso de las experiencias sensoriales y alentaría a otros a notar detalles así. Kim se sentiría más completo, pero con los días volvería a nacer la arrogancia, quitándole todos los méritos conseguidos. 

—   Señor Kim JongIn, pase, por favor.

Se levantó enérgico y buscó la puerta. El cuarto era exactamente igual al que entró por primera vez. La silla, la cortina, la ventana. Se sintió ligeramente decepcionado por tener que repetir la experiencia inicial. En las sesiones anteriores había ido in crescendo y creyó que sería igual.

Corrió el cortinaje con la certeza de saber lo que seguiría. Ojos azabaches, grandes, relajados, completando la armonía rostral. La postura era diferente, casual, segura. Tamborileaba sus dedos en un muslo, lo que expuso que marcaba alguna melodía. Cantó de forma muy íntima y las vibraciones se transmitieron por un cristal muy delgado. Las notas alcanzadas eran muy ligeras, una entonación casi dulce, diferente de la gravedad del discurso. A Kim se le erizó la piel de extremo a extremo y sintió un golpe en el abdomen. ¿Dónde estaba la presencia perdida, los contenedores, el tacto tímido? Todas las imágenes mentales se diluían en lo que observaba: un hombre muy normal, disfrutando una canción muy común, sentado sin hacer nada especial. Pero se mantuvo observando, escuchando, queriendo estar ahí, ser partícipe de una escena tan corriente, tan prescindible. ¿Era la misma persona que había visto desde distintos ángulos, o todos parecían representar bosquejos distintos de sus prejuicios con los demás?

Observó más de cerca, casi pegando sus ojos al vidrio, en un intento de ser notado, pero no hubo reacción. La habitación no estaba hecha para ser percibido, sino para percibir. Estaba viviendo ese momento y, aun así, no había ningún hecho que confirmara que Kim estaba ahí, viviendo.  

A la salida esperaba lo de siempre, la única pregunta.

¿Qué percibió?

—   A mí mismo.

 

Último momento: Percibir(nos)

Kim se preguntaba qué relación mágica o utópica (o ridícula) tenía todo ese descubrimiento de la vivencia, de verse a sí mismo, con su orientación sexual. Había visto aristas de sí que el ego ocultó, a regañadientes aceptó un par de detalles de su personalidad, pero aún no descubría el camino de la sexualidad. Seguía sintiéndose igual respecto a eso.

SooJung lo escuchó con la misma calma que daba a sus pacientes, amena y dedicada, sin dar respuestas, dejando que Kim diera rienda suelta a sus esquemas terribles y rígidos, que se desbaratara y se reconstruyera. Por supuesto que las quejas llovieron, pero se apagaron como cenizas en la sonrisa inmutable de ella.

—   Deja de darle vueltas. Si te sientes igual al término de la sesión, volveremos como pareja. Sólo termina.

SooJung, con el temple de una diosa griega no daba su brazo a torcer. Seguía su sexto sentido, su instinto femenino.

Kim, ansioso y lleno de frustración por la experiencia de la última sesión, golpeaba la suela contra la madera, marcando la melodía que él cantó. Inconscientemente lo hacía, se sentía ajeno a ese momento, pero estaba demasiado metido en ello. 

Martilleaba con la mirada la figura de la recepcionista, quien lo evitaba por el evidente retraso de la sesión. Al frente, el mismo hombre de siempre, serio, con semblante a punto de explotar, seguramente compartía su situación. 

—   Hm, señor Kim JongIn, pase, por favor.

La voz le tembló y hasta tartamudeó antes de empezar la frase. ¡Pero qué más daba! Terminaría todo el cuento que inició por seguirle el juego a SooJung. Ella tendría que recompensarle de muchas formas. 

Pasó la puerta, un pasillo y luego otra. Y se quedó de una pieza al verlo sentado, tal cual la primera vez, pero sólo a un metro de distancia. Lo escuchaba respirar, cerca, lo percibía y sabía también que estaba siendo percibido. ¿Debía hablar? ¿Presentarse? Su corazón convulsionó de dudas y exhaló demasiado fuerte, obteniendo por primera vez una reacción. Él levantó la vista y las miradas se encontraron por primera vez. “Debería agradecerle, supongo, e irme de aquí”, pensaba. Pero contrario a su pensamiento, decidió extender su mano, ofreciéndole una invitación. Fue aceptado y en cosa de segundos casi respiraron el mismo aliento en un ligero abrazo. Kim desbordando toda curiosidad acarició su cabello y se acercó en busca de alguna fragancia. Pegó la mejilla a la frente de él y respiró profundo, robándole el aroma. Sintió ambos torsos pegarse al respirar. Le apresó las manos y se quedó descansando de pie, conectado de tantas formas y, a la vez, ninguna. Sintiéndose tan atrapado ante la presencia de un completo desconocido, quien no hacía nada, pero tampoco rechazaba ninguno movimiento o cercanía. Kim sentía que casi se abrazaba a sí mismo, sus pulmones pesaban. Tuvo que sentarse o tendría que de echarse al suelo. Y no se rompió el lazo de sus manos, no antes de que, como un efecto directo a sus actos, él fuese arrastrado. Unió sus frentes, se mantuvo cerca y más cada vez. Ahí no estaban los estándares de Kim, su sentido de la belleza, sus exigencias, lo nuevo, el desafío de vivir, de ser experimentado. Sólo estaba ahí porque le gustaba estar, porque se sentía bien estando ahí, con un hombre, como él. 

Las pestañas de Kim se oscurecieron y brillaron, contenían gentilmente la emoción. Escuchaba el latir de sus miedos. ¿Cómo es que pasó de la rabia a estar al borde del llanto? 

Kim buscó un beso que le destrozó el orgullo. Se olvidó de las sesiones, del porqué de estar ahí y de la larga lista de quejas contra todo el mundo. A penas una caricia en los labios, como un juego de niños.

No se sentía conforme, claro que no, pero necesitaba ir a pedir perdón a SooJung, una disculpa sincera, por haberla arrastrado a tanto, durante tanto tiempo. Se levantó sin decir nada y se fue. Se olvidó del papel, de la pregunta, de su rabieta. 

Ella lo recibió pacífica, sintiéndose demasiado bien al dejarle ir. 

—   No sabía que Kim JongIn seguía siendo un niño llorón.

 

 


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