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Aurantium Lilium por Maeve

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Notas del fanfic:

¡Hola!<3

La idea de este fic se me ocurrió a punto de dormirme una noche a las cinco de la madrugada. Recuerdo que agarré el móvil con los ojos medio cerrados y escribí las dos primeras páginas del capítulo medio soñando. A la mañana siguiente tuve que descifrar bastantes "hjsaghsk", pero creo que ha merecido la pena para poder traeros esta historia.

En el desarrollo voy a tocar temas sensibles, más allá de la índole sexual. Lo aviso desde ya. También advierto que la historia va a ser más bien romántica, así que no esperéis lemon desde el principio. Y, pese a que lo disimulo bastante bien, soy una drama queen, así que preparáos para sufrir si empezáis esta historia.<'3
Espero que aún con todo lo que he dicho queráis leer este proyecto en el que estoy volcando todos mis esfuerzos, y lo disfrutéis tanto como yo. >u<

 

Actualización cada siete días.

Notas del capitulo:

¡Primer capítulo!

No os hacéis una idea de lo tremendamente ilusionada que estoy de subirlo por fin. Lo he revisado y reescrito tantas veces para que quedase perfecto que creo que me lo sé de memoria. >v<

Espero de corazón que os guste.<3<3

Desperté sin saber dónde estaba, rodeado de un blanco refulgente que me cegaba. Poco a poco me acostumbré; comencé a distinguir formas y, a la vez, a sentir mi cuerpo. Dolía. Dolía por todas partes, como hierros ardientes clavándose en mi piel, traspasándola y quemando mis músculos, hasta tocar los huesos, que seguro ya no estaban blancos, sino ennegrecidos por el calvario que estaba pasando. Desterré el dolor en un rincón apartado de mi mente, a fin de que no molestase en mi tarea de averiguar en qué lugar me encontraba. Lo único que podía ver sin moverme era el techo panelado y un trozo de pared blanca desnuda. Nada de eso me daba muchas pistas de mi situación, así que traté de moverme y mirar a mi alrededor. La cabeza me pesaba como un yunque, pero no impidió que terminase por notar que estaba en un hospital. El olor a desinfectante, el aura deprimente y los pitidos lejanos delataron mi posición como paciente. Gruñí al entenderlo, y al recordar.

 

—¿Estás despierto? —Giré la cabeza tan rápido, intentando localizar de dónde provenía esa voz, que la visión se me fundió a negro durante unos incómodos segundos. Cuando la recuperé, me topé con unos ojos color chocolate, dulces y cálidos, que me abrazaban desde el lecho contiguo—. Llamaré a un enfermero, ¿quieres? —Traté de hablar, pero la garganta me raspó como madera astillada. Apenas logré asentir cuando él ya estaba pulsando un botón sobre la cabecera de su cama.

 

Ni un minuto después escuché pasos apresurados acercándose y la puerta abriéndose. En mi campo de visión entró un chico de rasgos agudos, con los ojos sutilmente rasgados, color azul cielo. Tenía una expresión seria pero apacible, acorde con su voz.

 

—¿Cómo te encuentras? —«Como la mierda», me hubiese gustado decirle. Pero mi garganta seguía sin responder—. Espera, te traeré algo de agua. —Pareció entender mi necesidad, y volvió a toda velocidad del baño con un vaso goteante. Lo dejó en la mesilla y solo me lo acercó a los labios una vez me hubo ayudado a incorporarme. Ese simple acto fue doloroso, pero al menos obtuve la recompensa del líquido fresco corriendo por mi garganta, limando las asperezas—. ¿Mejor?

—Sí. —Lo que salió de mi garganta se confundió con un crujido propio de madera vieja.

—¿Sabes cuál es tu nombre? —inquirió. Al principio no entendí la pregunta. Luego comprendí que estaba sondeando si tenía algún problema de memoria.

—Grimmjow Jaegerjaquez.

—¿Sabes cuántos años tienes?

—Veinticuatro.

—¿Y cuál es la última fecha que recuerdas? —Clavé la vista en la pared, concentrándome en recapitular y organizar mis recuerdos revueltos. Sábado. Salí el sábado por la noche. Así que hoy debería ser domingo.

—Domingo quince de octubre —El chico asintió, pareciendo conforme.

—Has estado inconsciente dos días; ahora estamos a martes diecisiete. —Alcé las cejas de tal forma que terminaron por unirse en la parte alta de mi frente. El muchacho estudió mi reacción, pero al ver que no me mostré demasiado afectado (al menos no grité ni pataleé), siguió hablando—. Si no necesitas nada iré a llamar a la doctora —asentí, y desapareció, sin hacer apenas ruido.

 

El sedante poco a poco se retiraba de mi sistema, y los recuerdos inundaron el espacio vacío que dejó. La oscuridad de la noche, rota por las luces neón de la discoteca. Música chillando en mis oídos, olor a humo, alcohol y sudor. Recordaba todo eso, porque gran parte de mi tiempo se sucedía en lugares así. También evoqué los gritos, los empujones y algún puñetazo volando. Un callejón oscuro. Un golpe y la sensación de quedar sin aliento, de no poder respirar. Y después, nada.

Levanté mi brazo, dispuesto a apretar el puente de mi nariz como hacía siempre que la resaca no me permitía recordar, pero la sensación lacerante que ascendió a mi cerebro desde mi muñeca me detuvo. Reparé en que estaba vendada y, haciendo alarde de mi estupidez, intenté mover los dedos. Estaban agarrotados y con dificultad conseguí hacer un tembloroso ademán. Me sentí como un inútil. ¿De verdad alguien me dejó así en una pelea? No podía recordar casi nada. Solo varias siluetas confusas. Me sentía vulnerable, en cierto sentido. Tirado en la cama de un hospital desconocido, sin saber qué me había sucedido y sin poder moverme apenas sin gruñir de dolor.

 

—¿Cómo acabaste aquí? —Es cierto. No estaba solo. Me giré para observar al muchacho con el que compartía habitación. Antes, sumergido en mi crisis, apenas le había dirigido un vistazo. Pero en ese momento, me vi obligado (por mí mismo) a contemplarlo. Lo primero en resaltar era la llama naranja que coronaba su cabeza, como un halo de atardecer. Sus facciones eran finas, afiladas, haciendo juego con los huesos que se clavaban desde dentro en su piel, estirándola como si fuesen a rasgarla. Era todo ángulos y esquinas, excepto por sus ojos ahusados, que se me antojaron dulces. Dulzura que casi opacaba con sus delgadas cejas peligrosamente inclinadas sobre ellos. Me costó un poco darme cuenta de que no tenía el ceño fruncido por enfado, sino que era su expresión normal.

—Una pelea —simplifiqué. Y antes de que tuviese tiempo de interrogarme sobre ello y me sometiese a preguntas incómodas, para las que no tenía respuesta, le devolví la cuestión—. ¿Y tú? —No me perdí cómo aferró en puños tensos la sábana blanca que le cubría y evitó mirarme mientras hablaba. Gracias a eso pude apreciar mejor el moratón que se extendía por todo el lado derecho de su rostro, empañando la uniformidad de su piel mortecina.

—También una pelea. —No insistí. Tras unos segundos de silencio incómodo, volvió a hablarme—. Quieres… ¿quieres que pongamos algo en la tele?

 

Sintonizamos un programa estúpido y, como si se tratase de un acuerdo silencioso, no volvimos a sacar el tema de nuestras respectivas peleas. Justamente cuando solté una broma soez sobre lo ridículo de uno de los personajes que aparecían en la serie en emisión, la puerta volvió a abrirse, dando paso esta vez a una mujer envuelta en una bata blanca.

 

—Me alegra ver que os divertís —comentó con voz calma y las esquinas de sus labios finos sutilmente alzadas.

—Buenas tardes, doctora —saludó el chico.

—Hola, Kurosaki. —Dejó su libreta y algunos papeles en mi mesilla y se dirigió a mí—. ¿Cómo te sientes, Jaegerjaquez?

—Mal —respondí con franqueza—. Me duele todo, acaban de decirme que he estado fuera de combate dos días y no tengo ni idea de cómo llegué aquí. —La mujer sonrió apaciblemente y posó una mano en mi hombro para calmarme.

—Tranquilo, ahora te lo explicaré todo. Pero primero, vamos a revisar tu muñeca —dijo tomando mi mano herida entre las suyas. Retiró lo que la cubría y la movió en varias direcciones, preguntándome si me dolía—. Tienes el radio fisurado, pero se está curando rápido y seguirá así si no lo fuerzas —explicó, colocando nuevas vendas y, de nuevo, la molesta muñequera plástica que limitaba mi movilidad—. Ahora… —revisó algunos de sus papeles—, le toca a tus costillas. Algunas estaban magulladas y, aunque no es nada serio, hay que darles un seguimiento. —Pasó a inspeccionar mi torso, con un procedimiento similar: palpar y esperar que yo avisase cuando el contacto ardiese. Tenía unos feos parches morados que dolieron como el infierno cuando los tocó, transformando mi cara en un rictus de sufrimiento—. Todo va bien —finalizó poco después—, así que no será necesario hacerte más radiografías además de las que ya te realizaron cuando llegaste. Si te encuentras muy mal no dudes en llamar a un enfermero y pedir que te proporcione analgésico —terminó de anotar sus impresiones y volvió a centrar su atención en mí, apartándose del rostro algunos mechones que habían escapado de su larguísima trenza. Tenía el cabello negro liso y brillante, como ala de cuervo—. Ahora, supongo que tendrás preguntas, así que adelante.

—¿Cómo llegué aquí? —Escapó de mis labios más rápido de lo esperado.

—Te dejaron inconsciente en medio de un callejón, después de una pelea. Alguien te encontró y llamó a una ambulancia. ¿No recuerdas nada?

—No mucho. Debía estar muy borracho. —Descubrí sus orbes índigo analizándome, con un brillo de preocupación que me sorprendió. Pero apretó sus labios en una fina línea, sin decir nada—. Por lo que he entendido no tengo ninguna lesión grave, ¿verdad?

—No. —Su rostro se suavizó mientras hablaba—. Por suerte solo es lo que te acabo de comentar, pero recuerda ser paciente mientras te recuperas. ¿Eso es todo? —preguntó unos segundos después. Asentí y ella recogió sus cosas—. Entonces me retiro. Volveré a visitaros mañana; descansad bien. —Salió de la habitación dejando su aura de tranquilidad aún en el ambiente.

—Me alegro de que no tengas nada grave. —Observé su apariencia frágil y me pregunté qué heridas tendría él. Pero no pregunté nada.

—Gracias.

 

Continuamos viendo la televisión. De forma aleatoria se me escapaba algún comentario grosero, o insulto hacia los guionistas o actores por su terrible trabajo. Tan solo me faltaba una cerveza en la mano y que me retirasen la engorrosa vía del brazo para sentirme como en casa. Un sofá en lugar de la cama de hospital tampoco estaría mal, pero eso era menos importante.

 

—¡Por favor! ¿Puedo saber por qué no has matado aún a ese tipo? —exclamé a la televisión en cierto punto. El protagonista se paseaba delante de un supuesto villano, agitando despreocupadamente una pistola. Pero, por alguna razón (por ejemplo, guionistas mediocres), no le mataba y alargaban la escena hasta el ridículo—. Sí, sí, deja de mirarle ya, no le va a salir un puto cuerno de unicornio —gruñí.

—Eres imbécil. —Cuando me giré para decirle algo desagradable en respuesta, me di cuenta de que se estaba carcajeando. Sus hombros delgados se movían al compás que de su boca salía el retintineo de la risa. Con los labios finos curvados hacia arriba dejaba ver sus dientes, blancos y perfectamente alineados. Estaba guapo. Si hubiese tenido una cámara a mano, le hubiese sacado una foto. Como no era el caso, le sonreí en respuesta.

 

·Tres días después.

—Bueno, Jaegerjaquez, creo que el lunes te haré tu última revisión y si todo sigue como hoy podrás irte —El lunes. Tres días. Me volví hacia Ichigo, con una enorme sonrisa partiéndome el rostro, que no tardó en corresponder. La doctora se rió con suavidad de mi entusiasmo, sin cesar de apuntar alguna cosa en su libreta. Tras esto pasó a examinar a Ichigo.

 

Era el mismo procedimiento de todos los días anteriores: leía los informes que los enfermeros dejaban para ella, comentaba alguna cosa acerca de ellos con él y después, tras colocar entre nosotros el biombo de tela para que no pudiese ver nada, revisaba sus heridas. Ichigo se lo pidió desde el primer momento, alegando que no le gustaba que lo viesen en tan mal estado. Y, aunque a mí tampoco me hacía gracia que me viesen hecho una piltrafa, había conseguido desarrollar algún tipo de confianza que hacía que la idea de esconder mis lesiones de él se me antojase ridícula. Escuché a Unohana decir algo, tan bajito que mis oídos apenas captaron un leve murmullo.

La verdad es que, para mi sorpresa, a mí que todo el mundo me caía como una patada en los huevos, esa mujer me agradaba. Pese a que me había mantenido allí más de lo que yo creía necesario, no podía quejarme. Era discreta, amable y no había indagado demasiado en cómo y por qué me había metido en una pelea. Y yo se lo agradecía. Aunque más de una vez había encontrado sus ojos, con su iris afelpado de gris azulado, examinándome intranquilos.

 

—Ya he terminado —anunció, retirando el separador a una esquina de la habitación—. Tendrás que quedarte aquí unos días más, Kurosaki. Pero con suerte en una semana podré darte el alta —le confortó.

—Está bien… —suspiró. Tenía esperanzas de poder salir ese fin de semana, y el que no fuese así le había desanimado más de lo que dejaba ver.

 

Cuando Unohana abandonó la habitación, le observé unos segundos en silencio, sin saber muy bien qué decir. La verdad es que no terminaba de discernir el por qué Ichigo debía seguir ingresado; cuando yo llegué el ya llevaba más de una semana allí. En esos días el moretón de su rostro se había reducido a un rastro violáceo, y no presentaba más heridas que mi vista apreciase. Todo lo que podía decir es que estaba delgado y de un color enfermizo, pero nada exagerado. Parecía estar bien. Incluso de vez en cuando venía algún enfermero y le llevaba a dar un paseo por el hospital, para asegurarse de que no se agarrotase por pasar mucho tiempo sin moverse.

 

—Eh —le llamé para que me mirase—. Una semana tampoco está tan mal. —Pensé algo más que decir, algo que pudiese animarle—. Y cuando salgas podrás hincharte a comer dulces. —No era una gran frase motivadora, pero sirvió. Torció la boca en una sonrisa y discurrió algo antes de hablar.

—Me pondré gordo —comenzó a contarme su plan—, tan gordo que la gente tendrá que empujarme por la calle para que me mueva. Como una canica gigante. —Reí ante la idea de una bola enorme con su pelo de zanahoria—. Y, al final, el azúcar me matará. —Le gustaba muchísimo el dulce; cuando le dije que a mí no me entusiasmaba y le regalé la cantidad ingente de piruletas y chocolate que Nell me trajo, le vi refulgir. Como un crío de cinco años, sentado sobre la cama con las piernas cruzadas y envoltorios de plástico vacíos rodeándole a medida que comía.

—Todo sea por verte gordo —me burlé. Al decirlo recordé cuando me enseñó una foto suya, de un año atrás con sus hermanas. Al principio me costó creer que era la misma persona, no solo por el detalle de que sus pómulos eran un poco menos filosos y sus clavículas no parecía cuchillas, sino también porque en la imagen parecía un muchacho… brillante. Deslumbraba. Con esa sonrisa maliciosa mientras molestaba a una de las chicas, y la piel áurea, que daban ganas de acariciar para ver si dejaba un rastro de oro en los dedos. Pensé que me gustaría verle así—. Oh, Dios. —Chasqueé los dedos, como si hubiese reparado en algo importante—. Si te pones como una bola y sigues teniendo ese pelo… Te llamaré naranja.

—Ten cuidado. Si me pongo muy gordo lo aprovecharé para aplastarte —amenazó.

—¿Y quién te empujará para aplastarme? Porque tú solo no podrás moverte.

—Estoy seguro de que cualquier enfermero de esta planta está tan harto de oírte que te ataría a las vías del tren y luego me pasaría por encima hasta que fueses puré.

—Por favor —me regodeé, exhalando una carcajada—, están todos demasiado enamorados de mí como para hacerme eso. —Rodó los ojos con tanto desdén que pensé que se le saldrían de las órbitas. Se levantó a investigar la amplia colección de películas que Nell había dejado en su última visita para que no muriésemos de aburrimiento. Me enseñó una sonrisa que no auguraba nada bueno y la carátula de una de las cajas.

—Y bien, ¿vemos una de terror?

 

·Domingo.

Pasó toda la mañana pegado a mí como una lapa. No lo dijo, pero era evidente que no quería quedarse solo de nuevo. En los días que llevábamos allí nadie había ido a verle. Según me explicó, su familia vivía en el extranjero y no les había avisado para no preocuparles, y su novio estaba de viaje desde hacía dos semanas. Cuando me dijo que tenía pareja y que no había venido para estar con él, me cabreé. ¿Cómo podía saber que estaba ingresado desde hacía dos semanas por una paliza y no volver corriendo para ver cómo estaba? No lo entendía, y mostré mi descontento insultando al tipo hasta que Ichigo se enfadó y me dio un puñetazo. Así aprendí que era mejor no sacar el tema, pero eso no evitaba que cuando le veía pegado al móvil, con una sonrisa de oreja a oreja, con seguridad hablando con él, me diesen ganas de arrancarle el aparato de las manos y decirle un par de verdades a ese capullo.

Le di un golpecito en la frente a Ichigo, que se había quedado embobado mirando la pantalla encendida.

 

—Oye —le reclamé—. Es el último día que vamos a pasar juntos, hazme caso.

—¿Qué quieres? —me bufó. Solo consiguió que me riese, ya me había acostumbrado a su mal humor permanente y no me impresionaba para nada.

—Que me hagas caso. —Puse mi voz más ridícula y melosa para seguir hablando—. ¿No deberías estar diciéndome lo mucho que me echarás de menos?

—Más te gustaría. —Me retorcí de risa cuando vi cómo su cara se coloreaba de rojo; era tan fácil de leer. Me estiró una mejilla hasta que me dolió toda la cara.

—Suéltame, va a deformar esta belleza y el mundo no te lo perdonará.

—Creo que el mundo me agradecerá que te quite una razón para ser tan arrogante. —Y con este planteamiento agarró la otra mejilla y tiró también de ella.

—¿Entonces mi cara es una razón para ser arrogante? Vaya, gracias —hablé con el tono almibarado que sabía le molestaba, y me giré para morderle la mano. Me soltó y escrutó como si no se creyese lo que había hecho.

—Me has mordido… ¡sabía que eras un salvaje! ¡Gato idiota! —me gritó. Puse mi mejor cara de molestia y alcancé mi almohada para lanzársela a la cara.

 

Cuando Izuru, el enfermero, entró a la habitación un rato después pensó que estábamos intentando matarnos. Y quizá tuviese razón. Pero era divertido. Hasta que Ichigo rodeó mi cuello con uno de sus brazos y apretó para no dejarme respirar.

 

—Kurosaki… ten cuidado, aún está convaleciente —lo riñó el sanitario. Aunque con tal apatía que cualquiera habría pensado que le daba igual verme muerto.

—Se supone que mañana le darán el alta. Ya no cuenta como enfermo —espetó mientras me soltaba.

—Lo mismo digo de ti —comenté tosiendo como un poseso—. Si tienes fuerza para asesinar a alguien, no te puedes considerar un enfermo.

—Tranquilos, niños. —Izuru no era muy dado a bromear, casi todo el tiempo era agradable y calmado. Pero cuando le daba por joder, molestaba bastante—. Kurosaki, ven, vamos a dar una vuelta, ya llevas mucho sin salir.

—Eso, ve a dar una vuelta si no quieres terminar siendo una naranja gigante. —Me reí hasta que estampó su almohada contra mi rostro.

 

Me encontré aburrido hasta decir basta sin él. Intenté concentrarme en la televisión sin éxito, no me parecía divertido si no podía hacer comentarios chabacanos y que él se riese o me comentase lo cerdo que era. Paseé mi mirada por la habitación, sin interés alguno hasta que reparé en algo sobre la mesilla de Ichigo. Espiar nunca me había interesado. Hasta ese momento. Estaba tan tentado que casi ni pensé antes de levantarme y agarrar su móvil. Imaginé que tendría contraseña y que aquello quedaría en una travesura fallida. Pero sorpresa. No fue así. Al deslizar mi dedo por la pantalla el aparato se desbloqueó. Ahora que podía cotillear todo lo que quisiese, no sabía por dónde empezar. ¿Sus mensajes? No parecía buena idea, seguro que lo primero que me encontraba eran los que se escribía con su novio y no me apetecía verlos. Así que pasé a la galería.

Todo estaba pulcramente organizado en carpetas. Seguro que en esos días se había aburrido tanto que se había dedicado a eso. Según el nombre de la primera, contenía fotos de él con su novio. No la miré dos veces y pasé de largo. Después tenía otras para imágenes con sus amigos y de su familia. Abrí la carpeta de su familia. Había visto una foto de él con sus hermanas, pero no tenía ni idea de cómo eran sus padres, y me picaba la curiosidad. Pasé unas cuantas imágenes de él y las mellizas, cautivado con todas las expresiones que cruzaban su cara y que yo aún no había visto. Me llamó especialmente la atención una en la que abrazaba a las chicas, y las miraba con tanto cariño que sentí que estaba irrumpiendo en un recuerdo muy personal. La salté rápido, y llegué a lo que estaba buscando. En la imagen se mostraba a una mujer joven, de tez blanca y grandes ojos marrones. Pero lo que la identificaba como madre de Ichigo era su cabello, largo y ondulado, de un tono anaranjado algo más claro que el de él, pero muy parecido igualmente. Era preciosa. A su lado estaba un hombre de cabello oscuro, con barba de dos días y una sonrisa boba dividiendo su rostro. Sus rasgos parecían los de Ichigo pero sin la delicadeza que él poseía, más masculinos. Y entre sus brazos sostenían a un pequeño niño con el pelo naranja y unos enormes ojos pardos, cuya visión me hizo sonreír. Parecían muy felices. Seguí saltando de foto en foto hasta que me di cuenta de que la mujer no aparecía más. ¿Se divorciarían? El caso es que se notaba que Ichigo apreciaba mucho los recuerdos de su familia, ya que algunas de las instantáneas eran fotografías de imágenes antiguas en papel que se había molestado en pasar a su móvil para llevar siempre encima.

Como siguiente paso de mi espionaje, entré a la carpeta que rezaba “Amigos” en el título. Había bastantes retratos, con muchas personas distintas. Los que más aparecían eran una chica pequeña, de cabello negro y un chico pelirrojo lleno de tatuajes tribales. Sentí una punzada en el pecho al preguntarme si ese sería su novio. Pero me olvidé de él cuando una foto me atrapó totalmente. Parecía tomada a traición y exponía a Ichigo leyendo un libro. Tenía el ceño más fruncido de lo normal, en señal de concentración, y clavaba los dientes en su labio inferior, enrojecido por los mordiscos. Estaba tan guapo que no me resistí a enviar la foto a mi propio móvil. Había tenido sexo con un montón de personas y hecho cantidad de cosas impúdicas, pero en mi vida me había sentido tan cerca de ser un pervertido. Eliminé el mensaje del aparato de Ichigo para que no lo viese y decidí que ya había espiado bastante. Aunque, antes de dejar el dispositivo de vuelta en su mesilla, añadí su número en mi agenda.

 

·A la mañana siguiente, Lunes.

Después de la noche de películas que pasé con Ichigo, Unohana tuvo que despertarme cuando llegó. Me sentí un poco avergonzado cuando me sacudió por los hombros y protesté como un crío, pero a ella pareció no importarle. Me incorporé dando gracias a que me había puesto un pijama para dormir, en lugar de acostarme en ropa interior como solía, y me peiné un poco con los dedos. La doctora esperó con tranquilidad a que me adecentase y pasó a la inspección rutinaria. Al terminar me observó complacida, sus labios dibujando una sonrisa tenue.

 

—Ya puedo darte el alta. Recuerda tener cuidado y tomártelo con calma una vez salgas de aquí; aún tienes las costillas magulladas y la fisura de tu muñeca no se curará en dos días —me recordó pacientemente—. Kira te proporcionará la receta de un analgésico para el dolor y te dirá cuando tienes que volver a verme.

—Está bien. —Creo que lo que intentaba decirme con su particular delicadeza era algo así como «No te metas en peleas si no quieres que se te termine de romper el cuerpo». Y pensaba hacerle caso.

—Pasa por el puesto de enfermeros antes de irte —indicó, proporcionándome algunos papeles que acababa de firmar—. Cuídate y hasta pronto. —Me sorprendió con un abrazo esponjoso, con olor a sándalo. Después, se marchó.

 

Esa mujer era un misterio, pero a la vez era dulce y cálida, como una madre. Me alegraba que fuese mi médica y, sobre todo, que lo fuese de Ichigo. Sabía que se preocupaba por él y por el hecho de que nadie fuese a visitarle y por eso pasaba a verle más de lo necesario. Alguna vez incluso le trajo una chocolatina, que él agradecía enormemente.

Miré al chico, pero estaba profundamente dormido. Y no me extrañaba, teniendo en cuenta que habíamos estado despiertos hasta las siete de la madrugada. Tenía la cama echa un revoltijo y se le caía la baba de la boca. Estaba en la posición perfecta para sacarle una foto de la que reírme por el resto de mis días. En lugar de eso guardé silencio y comencé a meter mis cosas en la mochila que Nell me trajo. Una vez hube terminado no quedó rastro de mi estancia allí, salvo por los DVDs que le dejé a Ichigo. Me hubiese sentido culpable dejándole solo y sin nada decente que ver. Por primera vez en días me vestí con ropa normal: unos vaqueros, camiseta blanca y botas militares. Sentí hasta raro el tener que calzarme, acostumbrado ya a pasearme en calcetines. En el baño examiné mi reflejo, asegurándome de tener un aspecto decente para encarar al mundo. Y claro que no estaba decente; estaba mucho mejor que eso. Sonreí a mi imagen y me eché el pelo hacia atrás ayudándome de un poco de agua; con esto me di por preparado.

Miré la habitación unos segundos desde la puerta, y dudé si despertar a Ichigo, pero parecía tan tranquilo descansando que no quise molestarle. Así que abandoné el cuarto en silencio, en dirección al mostrador en el que solían descansar los auxiliares destinados a ese piso. Una chica menuda, a la que no había visto antes, se sentaba tras él, aporreando con furia los botones de una consola.

 

—Buenos días. ¿Qué necesitas? —Sus iris, de un curioso color gris violáceo centellearon bajo la luz de los fluorescentes cuando me miró.

—Tengo el alta —expliqué pasándole uno de los papeles que Unohana me había dado—, y vengo a ver a Kira para que me dé la receta de un analgésico y cita con la doctora Retsu.

—Voy a buscarle, un momento. —Desapareció en el cubículo que quedaba a su espalda, pero pude escuchar su voz amortiguada por las finas paredes de yeso, para después verla reaparecer con el enfermero a su lado. El mueble entre nosotros y el corte de su pelo cobrizo, en mechones cortos, me había despistado a la hora de notar su altura, pero viéndola al lado de Kira podía decirlo: era una mujer pequeña, muy pequeña—. Aquí le tienes. Iré reservándote la cita. —Tomó asiento delante del ordenador y comenzó a teclear con diligencia información que copiaba de la hoja que le había entregado previamente. A su vez, entregué los demás documentos a Kira.

—Veamos… Estaba por aquí preparada… —Ojeó el papel y rebuscó entre algo que quedaba fuera de mi vista, detrás del mostrador—. La tengo. Aquí tienes la receta —dijo, tendiéndome una pequeña hoja que guardé en los bolsillos de mis vaqueros sin mucho cuidado—.

—Gracias. —Se hizo el silencio mientras la enfermera terminaba de escribir algo en la computadora.

—La doctora ha puesto que quiere verte en una semana —habló al fin—, ¿podrías venir el lunes que viene a las nueve de la mañana?

—Sin problemas. —No me hacía mucha gracia madrugar, pero qué se le iba a hacer. Ya dormiría en la sala de espera.

—Perfecto. —Una impresora en la que no había reparado me sorprendió con un desagradable chirrido, seguido de sonidos más propios de una vieja locomotora que de una máquina expendedora de tinta—. Espera un momento, este cacharro va a pedales. —No hacía falta que lo jurase. Refunfuñaba con exasperación, lo que hizo sonreír a Kira.

—Bueno, ya que está todo solucionado me retiro. —Se despidió con un gesto de cabeza.

—Hasta otra. —La hoja salió lentamente, a trompicones, del aparato. Me asombró que no estallase en llamas tras los últimos quejidos que soltó antes de dejar caer el papel. La chica me lo tendió; estaba caliente, me tuve que aguantar el comentario de «recién salido del horno» que me hubiese dejado como un imbécil.

—Pues ya está. El próximo día no tienes que venir aquí; la consulta está en uno de los pasillos paralelos, sección cuatro, la verás de camino a la salida, a la derecha. —Me decepcionó un poco no tener que cruzar ese corredor, así no tenía una excusa ante mí mismo para asomarme a mi habitación (en ese momento solo de Ichigo ya) y saludar porque “estaba de paso”.

—Vale, gracias. —Me sonrió y volvió a pegar su nariz a la consola de videojuegos. Casi se me escapó una risita al verla gruñir a dos tipos musculosos que se pegaban patadas tras la pantalla.

 

Como la enfermera había dicho, antes de llegar a la salida pasé frente a la unidad de consultas, marcada con un gran “cuatro” pintado en negro sobre la puerta transparente que daba acceso al corredor. El hospital era bastante grande, por lo que tardé más de lo que esperaba en salir al fresco de la mañana, pero una vez fuera lo agradecí igual. Me sentía como si no hubiese pisado la calle en siglos, así que decidí caminar un poco antes de tomar el autobús. Saqué mi móvil de los vaqueros y comprobé que había una parada a unos veinte minutos con combinación directa a mi casa. Decidí andar hasta ella, pues me venía bien estirar las piernas.

Los minutos de caminata fueron un tiempo en blanco para mi cerebro; el único momento en el que lo reconecté fue cuando tuve que pagar un croissant untado en mantequilla en una panadería que me reclamó con su olor. Después me centré en disfrutar de mi bollo y, por lo demás, no me enteré de nada hasta que bajé del autobús en la parada cercana a mi piso. Creo que aún seguía medio dormido, porque mientras subía los escalones de dos en dos nada me apetecía más que tirarme en mi cama a dormir. Plan que quedó cruelmente frustrado cuando, aún con mis llaves alzadas a medio camino de la cerradura, Nell abrió la puerta con un gritito de emoción.

 

—¡Has llegado! —me chilló en el oído, estrujándome entre sus brazos.

—Sí, joder. ¿Y tú qué haces en mi piso?

—¡Recibirte! —exclamó como si fuese la cosa más obvia del mundo—. Hubiese sido muy triste que volvieses del hospital después de una semana y encontrases la casa vacía. —«Tristísimo», ironicé para mis adentros.

—¿No está ninguno de los idiotas en casa?

—No, están trabajando. —Dejé mis llaves y móvil tirados en el buró de la entrada, junto a los papeles del hospital y me encaminé a la cocina, con Nell siguiéndome como un perrito faldero—. ¿Necesitas algo? ¿Quieres que te compre medicina? ¿Te cocino alguna cosa? —Disparó preguntas a toda velocidad. Si tuviese que pensar qué le pasaba por la cabeza, sería que estaba feliz por poder jugar a ser enfermera. Pero yo estaba demasiado cansado para eso, y mi desesperación por quitármela de encima me pudo. No es que no la quisiese, tan solo no quería sus chillidos cerca.

—He dejado la receta de un calmante en la entrada. ¿Puedes ir a la farmacia a por ello? —Sus ojos avellana brillaron ante la emoción de un encargo. Prácticamente la vi volar en dirección al vestíbulo.

—¡Claro que puedo! —Oí cómo revolvía los documentos en busca de la hoja correcta y luego se colocaba los zapatos para salir—. ¡No tardaré! ¡Hasta ahora!

 

Exhalé con pesadez en cuanto la puerta de la calle se cerró. Me serví un vaso de agua fría y lo bebí de un solo trago. De camino a mi cuarto me deshice de las botas, que dejé en medio del pasillo sin preocuparme en absoluto. Dentro de la habitación lancé la mochila a un rincón, y me dejé caer sobre la cama. Al instante cerré los ojos y deseé que Nell estuviese lo suficientemente metida en su papel de enfermera como para que si regresaba y me encontraba dormido no me despertase. Porque si lo hacía yo no respondería de mis actos.

Notas finales:

Ojalá os haya gustado y sigáis leyendo el fic. ¡Me esforzaré por traer capítulos con asiduidad! Oh, y no olvidéis dejar un review, aunque sea para tirarme un tomate a la cara; cualquier comentario que me ayude a mejorar es bienvenido.~


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