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El regreso por Bloomx

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Notas del capitulo:

Es mi primer capítulo en una historia. Espero que les guste!!

Gacias por leer!!!!

YU-GI-OH no me pertenece, yo solo utilizo sus personajes.

Este cap esta editado ya que fue el primero y pienso que no reflejaba bien la calidad de la historia.

Así que si eres nuevo, te recomiendo que sigas leyendo porque este cap no es más que la punta del iceberg, esta lejos de definir el fic. Ya perdí la cuenta de las veces que edité los primeros capítulos en los íltimos años, pero creo que ahora sí están perfectos o lo ás cercano posible.

Espero que les guste! 

 

Esta historia comienza en Antiguo Egipto. Te diría la época, pero capaz que no me creerías… lo haré de todas formas. Este pueblo de arena y arcilla, soleado en cada esquina y que dejaba sediento a su gente, no era tan antiguo como decían. ¿Su tiempo? Era el ahora.

Ubicado junto al gran Río Nilo, había una edificación que mostraba en su exterior la importancia de lo que se encontraba en su interior, pues allí vivía un antiguo faraón y las personas más fieles a él.

En una habitación vasta, en la parte más alta y donde pocos tenían el acceso de llegar se encontraba el monarca. Dueño de las grandes extensiones de arena bajo sus pies; joven, poderoso e inteligente, a tal punto de ser considerado sabio por muchos que nunca llegarían a serlo.

-¿Faraón?

-¿Qué necesitas Seth?

-Los campesinos llevan esperando rato fuera de la sala del trono por su majestad y el desayuno fue retirado por su ausencia. Me preguntaba, si me permite saber, ¿si goza de buena salud hoy, mi faraón?

-Gozo de buena salud Seth. Gracias por tu preocupación, pero no son más que los ante bajos de siempre.

-¿Le pido a Isis la infusión de hierbas de siempre, faraón?

-Te lo agradecería, no sé como lo hace pero logra tranquilizarme –finalmente el faraón se levanta de la silla donde las esclavas lo estaban maquillando para ponerle su capa morada. Con un simple movimiento de muñeca de Atem, se retiran dejando solos en la gran habitación al Sacerdote y al Faraón.

-¿Visitará a los comerciantes del pueblo, mi Faraón? Podría cambiar el día o uno de nosotros puede ir en su lugar- ofrece el sacerdote mientras alcanza la corona de oro al faraón quien se la coloca detrás de sus mechones rubios dejando ver en el centro de su frente el ojo de Horus tallado expertamente por la magia.

-Lo haré yo mismo Seth, aunque no me vendría mal un poco de compañía, arreglemos eso después. La prioridad ahora es llegar a la sala del trono, hay mucho trabajo que hacer- dijo el faraón saliendo por la puerta de la habitación seguido del Sacerdote. A primera vista se podía notar la madurez repentina que poseía el faraón Atem, con solo 19 años era conocido por todas las monarquías y considerado uno de los mejores faraones que ha tenido Egipto.

Tenía una gran carga en sus hombros.

-Muy bien, faraón. Shadi me informó que el estado de su padre sigue igual, no ha habido nuevas decaídas pero tampoco ninguna mejora.

Atem no se sorprendió por la noticia. Hace un año, cuando todo terminó, pidió una lista demasiado larga de deseos a los Dioses, cada uno le parecía más justo que el anterior. Pero revivir a su padre y hacer como si nunca hubiera muerto a los ojos de la mayoría, trajo la advertencia de que revivir personas sin motivo justificable, no era algo correcto. Lo ignoró y lo deseó igual, condenándose a las consecuencias de sus actos.

Seis meses después de su regreso a Egipto como faraón, su padre comenzó a sentirse mareado, luego a perder el apetito, para dar pasó a los desmayos y al final terminar empotrado en una cama como ahora. Shadi decía que la muerte lo estaba reclamando, y él poco a poco soltaba las riendas dejándolo ir, otra vez.

Se sentó en el sólido trono de oro e hizo una seña para dejar que los soldados que custodiaban la entrada principal de la sala dejaran pasar al primer campesino. Este se arrodilló sobre su pierna izquierda y miraba todo el tiempo al piso, era una falta de respeto creer tener el derecho de mirar al Faraón a los ojos sin su consentimiento.

Atem se negaba a considerar esta tarea tediosa, aunque sabía que en el fondo le parecía; escuchar problema tras problema. Después de todo tenía el alma de un chico de 19 años, quedarse quieto en un lugar mucho tiempo iba contra su naturaleza de ser joven. Pero sabía que era su trabajo y alguien debía de hacerlo, él debía de hacerlo, tampoco estaba mal.

No estaba tan mal.

Atem había aprendido mucho viviendo en el futuro, había cambiado su propia forma de pensar, al ver a su pueblo día a día se horrorizó y decidió cambiar algunas costumbres que ya venían de generaciones en generaciones.

Muchas cosas habían cambiado, pero no todos estaban contentos con eso y en silencio violaban las leyes que el mismo escribía con su puño y sudor. Poseía un ejército que cada vez crecía más, al igual que su pueblo.

El poder que poseían él y sus Sacerdotes se había hecho muy conocido desde el Mar Mediterráneo y el Mar Rojo hasta en el sur del continente, tanto que nadie se atrevía a atacarlos, pero todos querían alianzas con Egipto.

Así siguió todo el día, entre campesinos desesperados y otros deseosos de más que trataban de conseguir la atención del tribunal y el propio honrado faraón.

No estaba tan mal

Al terminar se juntaron en el comedor por el almuerzo, la misma rutina del último año; tareas en la mañana, almuerzo con sus sacerdotes y allegados, tareas por la tarde y luego la cena.

Atem no probó bocado alguno y se dedicó solamente a tomar el té de hierbas servido en su copa de oro con amatistas, lo consideraba extravagante para solo una infusión, pero le gustaba esa copa, una lástima que enfriara tan rápido cualquier líquido.

-¿Otra vez con pesadillas Atem? -le susurró por lo bajo Marik en árabe, jamás sacaba esa sonrisa burlona cuando se dirigía a él, habían comenzado a llevarse prácticamente bien, ambos eran cómplices de un enorme secreto después de todo.

Por voluntad de Ra, Marik viajo con él y se convirtió en general de su ejército estando a la izquierda de Atem, a la derecha siempre iría el sumo sacerdote de Ra que en este caso era su primo Seth. Los sacerdotes ya ignoraban el hecho de que ellos hablaran en privado y en otras lenguas, aunque sabían que muchas veces Marik no le hablaba con el respeto que se merecía Atem y esto no les caía muy bien.

El Sacerdote al lado de Marik, Karim, miró a este mal y Marik con fastidio rodo los ojos y los posó nuevamente en Atem. Verlo con cara de aburrimiento y angustia ya se le estaba haciendo costumbre.

A pesar de que los sacerdotes usualmente le dedicaban esa mirada, Marik los ignoraba. Él no sentía la necesidad de brindar tanto elogio y respeto con quien había luchado constantemente, hace ya mucho tiempo para él. Ya no eran los mismos y tampoco era la misma situación, podrían intentar llevar a cabo una amistad y así decidieron hacerlo meses atrás.

+

-Ya te he dicho que si quieres relajarte dejes ese tonto té de hierbas y búscate una buena concubina, ellas si saben lo que es relajarte, te hacen olvidar de todo – me dice con una sonrisa picarona moviendo su copa con vino en su mano derecha, imitando un brindis.

-Pues yo creo que no sirven de mucho, ya que te pasan visitando y parece que no olvidas nada... por algo las sigues llamando -le devuelvo la sonrisa, pero la mía es sarcástica y a él no parece caerle bien, me manda una mirada envenenada.

-Yo no necesito olvidar nada -le miro con una ceja alzada, ni que pudiera engañarme justo a mí. Tal vez si me hubiera dicho eso hace un par de meses cuando apenas nos dirigíamos la palabra, tal vez me lo creería pero a esta altura ya es estúpido que me mienta en mi cara-. Aunque se nota que la pérdida del niñato de tu hikari no la has superado, en cambio yo nunca me he sentido más aliviado, sacármelo de dentro fue lo mejor... literalmente...

-Seguro que si Marik... -el sarcasmo se me notó a la distancia. Es cierto que era un alivio tener un cuerpo propio, pero…-. Pero es frustrante, no logro superar nada de lo que pasó y mis sueños me atormentan con recuerdos para luego mostrarme como lo pierdo.

-Atem, quizá lo hayas perdido pero has ganado muchísimas cosas, te quedaste con lo mejor -dice abriendo los brazos y de paso derramando líquido en el suelo por el movimiento brusco. Mis sacerdotes lo miran raro, no ha logrado sacarse de encima sus costumbres de otra época por así decirlo, alterando a todos continuamente. Yo me rio disimuladamente, él pide disculpas.

Miro la copa entre mis manos, observo las amatistas; me recuerdan tanto a sus ojos grandes e inocentes, tan llenos de amistad y toda la confianza que uno podría querer y necesitar. No puedo evitar pensar que, posiblemente, las mejores cosas no las he ganado sino perdido.

Siempre, bueno al menos una vez cada un par de semanas tengo esos recuerdos que conseguí con mis amigos y luego veo la última batalla y al despertar poseo durante todo el día una gran nostalgia sobre mis hombros. Amo estar aquí, con mi pueblo y mis sacerdotes y familia, pero a veces es demasiado, quisiera poder ir por la calle tranquilamente, tener amigos y comer hamburguesas hasta reventar y terminar con un rezongo de parte del abuelo.

Miro por última vez los diamantes, su color es un poco más fuerte que el de mis ojos. A veces olvido que ese es el color de mis ojos ahora y cuando los miro por la mañana en el espejo he llegado a pensar que estoy de vuelta en el cuerpo de mi hikari y que esos no son mis ojos sino los de él.

Luego… vuelvo a poner los pies sobre el piso. Yugi no está, pero…

No está tan mal.

-Sí, tal vez. Estaba pensando en visitar hoy en la noche a ya sabes quién, ¿quieres venir? -le pregunté con una sonrisa diabólica que él correspondió.

-¿Acaso lo dudas? -respondió riéndose mientras se levantaba de su asiento-. Iré a preparar los caballos y la escolta para partir al pueblo al ver a los comerciantes -volvió a hablar en egipcio antiguo, me hizo una de sus acostumbradas reverencias exageradas y se retiró.

De verdad algún día se ganará una patada de mi parte por su atrevimiento, pero por ahora que me falten el respeto me hace sentir un poco más normal. Decidí levantarme de la mesa también, estaba realmente aburrido y hasta con un poco de dolor de cabeza.

-Seth, Shadi, me gustaría que me acompañaran al pueblo. Los veo en los establos en una hora.

-Por supuesto mi faraón -repitieron ambos inclinando la cabeza.

Shadi había vuelto a ser mi sacerdote, pero realmente era un buen actor ya que nunca insinuaba o se le escapaba por ningún lado el hecho de haber vivido tantas aventuras tan lejos del palacio. En otras palabras fingía todo el tiempo que no había pasado nada, que todo se había solucionado.

En estos días solía darme algún que otro consejo, pero cuando pasaron las noches y se hizo frecuente, solo pedía que lo olvidara, que lo superara. Es lo mejor para todos, yo lo sé.

Me dirigí hacia las aulas de magia que están fuera del gran palacio pero dentro de la seguridad de la muralla y su vigilancia constante. Tengo ganas de ver a Mana, ella siempre logra animarme en días así y sé que suele ir a practicar magia antes de que comiencen sus clases.

-¡Cuidado! -escuché un grito y me agaché al ver una piedra volar hacia mí, oí un golpe seco en el suelo por el que hace apenas cinco segundos había caminado-. ¡Atem! ¿Estás bien? Lo siento tanto, estaba probando un hechizo pero creo que salió mal porque la piedra comenzó a volar por la habitación así que quise lanzarla a través de la puerta y entonces apareciste tú y...

Me reí, no me sorprendían cosas así viniendo de parte de Mana. -Tranquila Mana, estoy bien, enterito. Bueno, por ahora o  hasta que se te ocurra lanzarme otra piedrota directo a mi cabeza, claro -ella me dedicó una sonrisa temerosa de disculpa-. Pero te perdono, es más venía a verte a ti, así no dices que desde que soy faraón ya no dejo tiempo para nuestras conversaciones.

-¡Sí! Tengo tantas cosas para contarte -y así me tomó del brazo y me hizo sentar al lado de ella en el suelo para comenzar a contarme sobre todo lo que había estado haciendo durante estos días que no nos vimos-. ¡Oh, Oh, casi lo olvido! ¡El príncipe de Libia! ¿Cuándo volverá a Egipto?

-¿Por qué quieres saber eso Mana? -pregunté con una ceja alzada y una sonrisa, ella se puso roja.

-Bueno... es que... las nuevas estudiantes querían saber, así que pensé en preguntarte para luego contarles a ellas –puso su cara más inocente junto a una gran sonrisa.

Me reí en recuerdo del famoso príncipe. Hace un par de semanas tuvimos el ‘placer’ de la visita del hijo del Rey de Libia, el reino vecino, en representación de su pueblo en una alianza con Egipto.

Debía admitir que era un chico guapo, joven y muy egocéntrico, en el tiempo que estuvo aquí logro cautivar a medio pueblo. Pero al parecer al principito le gustaba aprovecharse de eso y no pasó una noche en la que no viniera sin un chico o a veces dos para que le hagan compañía en la noche.

Una mañana de repente decidió marcharse como si nada y resulta que fue porque el presumido del príncipe decidió fijarse en un hombre que no estaba dispuesto a ir a su cama, mi primo Seth. Lo perseguía a todos lados sin lograr resultados, hasta que un día lo detuvo en un pasillo de camino a su habitación y terminó llevándose un golpe del cetro de Seth al insinuarse y para finalizar mi primo invocó a Kisara, provocando que saliera huyendo.

Al irse en la mañana tenía notorias ojeras debajo de sus ojos y evitaba a Seth. Apuesto a que no durmió nada en la noche y su único acompañante debió de ser un guardia para protegerse.

Cuando le pedí a Seth una explicación de la partida repentina del príncipe pensó que lo regañaría, pero lo único que pude hacer fue reírme hasta el agotamiento. No siempre tenía la ocasión de hacerlo y pensaba aprovecharla, las cosas por acá no eran muy emocionantes.

-Pues diles a tus amigas que no creo que lo veamos como representante de su pueblo muy pronto... tal vez nunca -le dije suavemente.

-¿Mph? ¿Por qué? -preguntó Mana con la cabeza a un lado, signo de que no encontraba razón aparente.

-No lo sé, la única explicación que dijo fue que no le gustaban los dragones...

-No entiendo...-tenía ganas inmensas de reírme.

-Bueno, no importa. Yo ya me tengo que ir, me deben estar esperando -le dije mientras me ponía de pie-. Será mejor que practiques ese hechizo, ya verás cómo te saldrá pronto.

Mana se puso en posición y comenzó a recitar un hechizo que leía de un libro flotante a su lado. En ese momento una piedra aún más grande se elevó, Mana dudó y la piedra comenzó a girar alrededor nuestro y tuvo exactamente la misma idea que la última vez, la lanzó a través de la puerta mientras gritaba "cuidado" y ambos cerrábamos los ojos.

Creo que debí decirle que hiciera el hechizo una vez que yo me fuera.

-¡Mana! ¿Qué te he dicho sobre probar hechizos nuevos sin mi supervisión? -abrimos los ojos y pudimos ver a Mahad parado frente a la puerta deteniendo la piedra con magia-. ¡Pudiste haber herido al faraón!

Decidí salir de ahí lo más rápido que pude. Cuando Mahad se enojaba era mejor no estar cerca. Que los dioses te ayuden Mana.

Momentos así, que me hacían reír, me recordaban que no todo estaba tan mal.

 

Notas finales:

 En este traté de explicar un poco la vida de Atem ahora, en un principio lo tendremos a él de protagonista

Gracias por leer!

 Nos vemos en el próximo capitulo!!!

Este es solo el comienzo.


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