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Indicio de Amistad por yuhakira

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Notas del fanfic:

Historia original.

Todos los derechos reservados, no se permite su distribución ni venta.

Notas del capitulo:

Bienvenidos a la primera parte de esta historia, espero les guste tanto como a mí.

 

Bienvenid@s.

Ángel había comenzado a sentirse extraño unas semanas atrás, estaba confundido y embriagado en una mezcla de tristeza y desconcierto. Todo junto. Estaba sentado en el gran sofá de cuero negro en la sala en casa de su amigo. El partido más importante del torneo, que definirá el ascenso de su equipo a finales acababa de terminar, y él aún no se había percatado de eso. ¿Por qué no podía sacar esos sentimientos extraños de su cabeza, porque se anteponen en primer lugar en su mente sin tan siquiera darse cuenta? El partido había terminado con un muy mal marcador para su equipo, este año tampoco estarían en la final. Su rostro no había mostrado emoción alguna ante el resultado, sus amigos, que veían el partido con él, no se extrañaron, ellos de algún modo se sentían igual de anonadados con el desenlace del juego, pero a Ángel lo que menos le importaba en ese momento, era el resultado del partido.

Mantenía una conversación amena con uno de los muchachos que ese día los había acompañado a ver el partido, los temas iban y venían al igual que las sonrisas y los gestos amables a pesar de la implacable derrota. Bebían cerveza y uno que otro fumaba un cigarrillo. El dueño del apartamento no estaba, por lo menos no en la sala, había decidido tomar una ducha luego del juego, no le pidió a ninguno que se fuera, todos sin excepción eran hombres de confianza, igual ninguno había querido irse, menos con la noticia que les dio en el intermedio.

—Me caso.

Fue todo lo que dijo antes de beber de un sorbo el restante del líquido en la lata de cerveza. La reacción fue tardía, más pudo adivinar en cada uno de ellos sus pensamientos. Ninguno lo creía. Luego al mismo tiempo, como si lo hubieran planeado, todos rieron.

—Casi te creo amigo Jey, de verdad que sí —Comentó Alex, uno de los invitados a ver el juego.

—No estoy bromeando, ayer le pedí que se casara conmigo, dijo que sí, y mañana me reuniré con sus padres para pedir su mano en matrimonio.

En esta ocasión el silencio parecía no querer abandonar la habitación, todas las miradas estaban sobre él.

En el apartamento había un total de cuatro personas, todos amigos entre sí, se habían conocido mucho tiempo atrás y después de terminar la secundaria habían continuado siendo amigos. Ahora ninguno era un niño, cada uno había hecho de su vida lo que había deseado. Juan y Alex, que se conocían desde mucho antes que el resto del grupo se habían dedicado al oscuro mundo de las apuestas; unas veces ganaban otras no, como también había otras en las que se metían en problemas tan graves que incluso tenían que desaparecer durante prolongados espacios de tiempo.

El más grave de esos incidentes había sucedido tres años atrás, una tarde de fútbol en casa de Jeyko. El teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta de Alex había empezado a sonar segundos antes de que el partido terminara, sus labios se apretaron con fuerza al reconocer el número, instintivamente había mirado a Juan sentado frente a él en uno de los sillones de la pequeña sala, que al reconocer el gesto se puso nervioso, pero no dijo nada. Alex no contestó la llamada, seguro ya conocía lo que le iban a decir. Ambos, minutos después de haber terminado el partido decidieron irse. La despedida melodramática de Alex los había confundido, pero ninguno prestó atención. Luego de que cruzaron la puerta principal del apartamento no los volvieron a ver si no seis meses después. Seis meses en los que ningún intento de búsqueda dio resultado. Llegaron como si nada una noche cualquiera a la casa de los padres de Ángel, —donde aún vive— había intentado indagar sobre su desaparición, pero ninguno de los dos dio señas de querer explicar algo, por el contrario, cada vez que Alex parecía que iba a decir algo de más, recibía un ligero golpe en un costado de su cuerpo por parte de Juan.

Ángel no era ni profesional ni adicto al juego o algo parecido, tiene un trabajo como administrador en un supermercado cerca a su casa. Su madre lo había recomendado unos años atrás, luego de terminar la secundaria.

— Es para que puedas ahorrar algo para tus estudios —le había dicho ella el primer día de trabajo.

Sin embargo, era tan cómodo el empleo y la vida que le permitía llevar que nunca se preocupó por hacer una carrera o conseguir un puesto mejor, mientras las condiciones continuarán tal cual estaban él no tendría problemas.

Por último estaba Jeyko, Tenía estudios de panadería y pastelería sin terminar, abandono en cuanto supo lo básico, el resto lo aprendió empíricamente, y sin duda era uno de los mejores pasteleros de la ciudad. Tal vez no de la ciudad, pero si era el predilecto de sus conocidos. Era el jefe de cocina en una de las pastelerías más grandes de la zona. Para cualquiera podía pasar como un empleado más de Binster, pero no, su puesto era privilegiado, y habiendo trabajado tan duro por él durante los últimos años era obvio que lo merecía.

En Binster la conoció, la mujer con quien pensaba pasar el resto de su vida, fue allí donde la vio por primera vez. Su jornada laboral había terminado y estaba cerca de la caja hablando con el administrador para que le facilitara un adelanto de su próximo sueldo. Estaba retrasado en el pago del arriendo y el dueño empezaba a irritarlo con su insistencia. Ella se encontraba sentada en uno de los bancos cerca de la barra comiendo uno de sus pasteles —crema helada de vainilla sobre galleta de leche con media fresa bañada en salsa de chocolate caliente— una de sus invenciones, sin duda la más sencilla, pero la que más gustaba. Su cabello negro que caía de forma lacia hasta estar por encima de sus hombros cubría parte de su rostro, de tez trigueña, un color parejo que bajaba por sus brazos descubiertos, hasta las manos que sostenían con tanta delicadeza la fina cuchara que llevaba el postre hasta su boca. Pensó en acercarse, presentarse como el creador de la obra que su boca degustaba, pero eso sería demasiado presuntuoso y lo último que deseaba era incomodarla al primer intento, pero temía al mismo que si no se acercaba perdería para siempre la oportunidad de conocerla, de saber quién era y de entender por qué en el momento en que su rostro se giró él quedó hechizado en sus ojos color ámbar, esos ojos destellantes ante la tenue luz del local. Se acercó a ella, aun sin tener en claro que le diría, tal vez solo se sentaría a su lado y conversarían acerca de lo ameno que era el lugar o le diría quien era su candidato para las próximas elecciones. Pero todos sus pensamientos se detuvieron conforme su cuerpo lo hizo. Estaba a tan solo dos bancos de ella, cuando una mano masculina de dedos gruesos y venas hinchadas se posó sobre la pequeña cintura de la mujer —Es el papá— fue lo que pensó al distinguir en esas manos las callosidades y manchas típicas de una persona mayor; pero su asombro fue más grande al presenciar sus labios rosa y delgados posarse sobre los del hombre mayor, que casi era un anciano. Sus ojos se abrieron por la sorpresa y su cuerpo se paralizo por un momento antes de dar media vuelta y volver a entrar en el pequeño cuarto donde guardaba los ingredientes de sus pasteles. Su corazón palpitaba rápidamente y sentía la inmensa necesidad de dar pequeños saltitos, cualquier cosa que calmara su agitada respiración.

Había caído en un embrujo al ver aquellos ojos, en distinguir el color rosa pálido de sus labios, sus largos y finos dedos, en la forma que adoptaban sus caderas mientras se mantenía en la misma posición. Era la mujer más hermosa que había visto hasta entonces, quería amarla, amarla como lo hacen los hombres y también como lo hacen las mujeres, poseer su cuerpo y su alma. Pero al parecer ella ya tenía a alguien, y ni siquiera estaba seguro de que sus ojos se hubieran fijado en los suyos como para recordarlo después de abandonar la pastelería. Espero sin embargo que al salir él también olvidará las sensaciones que había sentido.

Respiro hondo un par de veces antes de salir del cuarto. Se encontró de nuevo con el administrador que traía en su mano el dinero que había solicitado, lo recibió rápidamente y sin dar muchas explicaciones se despidió dispuesto a irse. La mujer seguía en el local, solo que esta vez se había sentado en una de las mesas para dos frente a su acompañante, que, al momento de poderlo ver un poco más de cerca, no aparentaba en realidad tanta edad como al principio había imaginado. Estaba cerca a la puerta, levantó su brazo suavemente para alcanzar el picaporte, para luego detenerse súbitamente de nuevo.

—Señor. Disculpe, que pena molestarlo, usted trabaja aquí ¿verdad?

Lo había tomado por el brazo obligándolo a que se volteara a verla, era ella quien le hablaba; el tono suave de su voz en sus oídos, no iba a llegar a ningún lado así, la mujer realmente lo cautivo; recordó que de uno de los bolsillos de su camisa colgaba alegremente el carné que lo identificaba como uno de los empleados de Binster, no tuvo más opción que asentir, de ese modo la hermosa mujer lo soltó.

—Señor, lo que pasa es que el dependiente se ha ido, y estoy interesada en hacer un pedido bastante significativo de uno de sus pasteles, para una reunión que mi familia celebrará pronto, y quería saber si es posible que me colabore con eso, o si podría contactarme con alguien.

Jeyko se había quedado atónito mirándola, sus labios se movían rápidamente de una forma elegante, entendió cada palabra de ese tono agudo, hablaba de sus pasteles, de sus creaciones, pero no era con él con quien debía hablar, debía hablar con el administrador. Sus ojos le miraron impaciente, estaba perdido en sus pensamientos, en la forma alargada y delgada de su rostro, en la forma en que lo miraba inclinando un poco los pies para poder estar a su nivel, en sus ojos que parecían tener la inocencia de una niña, más en su mirada reconocía la picardía de un cuerpo experimentado. Estaba en éxtasis.

—¿Señor?

—Si claro, siento no poder ayudarle, en unos segundos saldrá el administrador y podrá hablar con él, es un señor ya entrado en edad él le dará la información, sin embargo y espero disculpe mi atrevimiento, me gustaría saber cuál de los pasteles desea que le sean preparados.

—No es ningún atrevimiento, siendo usted el pastelero creo tiene todo el derecho a saberlo —su sonrisa se ensanchó, dándole a entender que había leído toda la información de su carné, ahora ella tenía conocimiento no solo de su puesto sino también de su nombre— probé una cantidad enorme de pasteles, pero mi favorito es el de la galleta con la crema y la fresa, discúlpeme, pero no puedo recordar el nombre.

—No tiene.

Su sonrisa se multiplicó, se sentía coqueto ante ella, y ella parecía estar haciendo lo mismo que él, finalmente el administrador llegó y se hizo cargo del asunto. Aun así, él había logrado verla un par de veces después, ya que ella se había convertido en un cliente regular del establecimiento. Buscaba cualquier excusa para hablar con ella, pronto descubrió que el hombre que la acompañaba en aquel día era un tipo con el que solo había salido un par de veces. Su relación a medida que pasaron los días en que se vieron se hizo más estrecha, se conectaba con ella en cada conversación que tenía, finalmente consiguió que aceptara una invitación a salir y desde entonces no la ha dejado sola un minuto.

Hace mucho tiempo que no pensaba en la forma en que se habían conocido, y por fin, después de dos años de conocerla le había pedido matrimonio. Estaba nervioso, como las primeras veces en las que tocó su cuerpo, sabía que la sonrisa en su rostro no sería borrada, incluso si su equipo del alma perdía el partido más importante. No le sorprendía la reacción que había tenido su grupo de amigos ante la noticia; ninguno de ellos pensó siquiera que alguno en algún momento lo haría, cuando hablaban de sus planes a futuro y temas similares, ninguno mencionaba el matrimonio, no cabía en la mente de ninguno de ellos remplazar las cosas buenas que tenían por un apartamento pequeño y una mujer controladora, por esas razones la mayoría —a excepción de Ángel— habían abandonado el seno materno en cuanto tuvieron la oportunidad.

Esa es la imagen que guardan los hombres acerca del matrimonio, y no era una idea descabellada, aunque la idea de que las mujeres eran las causantes del fiasco matrimonial era algo que siempre quedaba en discusión. Ángel sabía que Jeyko, seguramente podría ser el hombre más feliz del mundo al lado de esta mujer, —ella ha sido buena con él— se repetía a sí mismo cada vez que recordaba la noticia —lo hará feliz—. Entonces por qué no era capaz de alegrarse por él, porque cuando asimilo la noticia no fue capaz de abrazarlo y felicitarlo como el resto de personas en la habitación, porque él se había quedado sentado en el sofá mirándolo incrédulo. No lo entendía.

Ángel y Alex se habían adentrado en una discusión sobre quién sería el padrino de bodas de Jeyko, Juan sentado en el sofá frente a ellos reía en silencio, él ya sabía la respuesta a esa pregunta, sabía que, aunque Alex se parara de cabeza no habría forma de que Jeyko cambiara de opinión, Ángel se había ganado ese lugar a pulso, aun cuando no cruzaba palabra con Andrea y esta pareciera odiarlo, es más Juan estaba seguro que ni siquiera ella lo haría cambiar de opinión.

Alex en cuanto vio a Jeyko cruzando la habitación ya completamente vestido y acercándose a ellos, le soltó la pregunta, Jeyko lo miro asustado, sabía que en algún momento tendría que enfrentarlo, pero no esperaba fuera tan pronto, recién les había dado la noticia y él ya lo presionaba, ni siquiera había pensado una fecha para casarse, además quería decírselo en persona, quería pedirle que fuera su padrino de una forma más privada, para hacerle saber que las cosas iban a continuar igual, que ya no podría volver a quedarse en su apartamento, pero que por siempre seria su amigo. Así que de la manera más amable posible desvió la pregunta sin causarle daño a ninguno.

— Por favor, ninguno de ustedes merece ser mi padrino, menos tú, con eso de que te desapareces en cualquier momento, como puedo confiar en que estés conmigo el día de la boda, si no se si mañana te veré.

El grupo se rio ante el comentario de Jeyko, Juan entendía por qué la desviación de la pregunta y consoló a Alex con una palmada en la espalda ante su fingida tristeza. Ángel seguía mirándolo sin entender por qué, pero en el fondo el comentario le había herido, no quería ser su padrino de bodas, no le interesaba serlo, sabía que Andrea era una buena mujer, pero no por eso tenía que ser de su agrado. Había discutido con ella incontables veces, su comportamiento tenía mucho que ver con eso, pero no era algo que le preocupara, mientras Jeyko no se molestara a él no le afectaba lo que ella tuviera que decir acerca de sus arribos al apartamento a media noche con mujeres distintas cada fin de semana, ni que entrara en su habitación cuando estaban juntos sin siquiera golpear, o que llegara a mitad de la cena para acabar con todo lo que ella había preparado. Jeyko solo atinaba a reírse de esas situaciones, incluso cuando adivinaba en los ojos de Andrea que quien pagaría los platos rotos sería él, no podía decirle nada a Ángel, prohibirle algo sería como prohibírselo a sí mismo, pero ahora que iban a casarse todo eso tendría que cambiar y debía buscar la forma de hacerlo de la manera menos dolorosa.

Ángel entró a la habitación que solía ocupar cuando iba a quedarse en ese apartamento, tenía una pequeña ventana detrás de la cama que daba justo frente al apartamento del vecino —No es una ventana es un respiradero— solía decirle Jeyko cada vez que se quejaba de la poca luz que entraba por ella. También tenía un pequeño televisor y un DVD con una película porno dentro de él; en realidad nunca había visto la película, pero sabía que Jeyko escudriñaba de vez en cuando entre sus cosas y le gustaba pensar que este tenía cierta imagen de él, la cambiaba regularmente, para no levantar sospecha, iba a un video al otro lado de la ciudad y las cambiaba, trataba de no invertir mucho dinero en su pequeña mentira. El closet a un costado tenía ya una pequeña colección de sus camisas y calzoncillos, los días que iba a quedarse allí eran tan regulares que todos pensaban que compartían el apartamento; bromeaban acerca del tema —Te meterás aquí sin que me dé cuenta y sin pagar servicios—, Ángel pensaba que podría haber sido así si no fuera por la noticia que ahora lo obligaba a llevarse sus cosas. Revisaba el armario cuando Jeyko entró el cuarto.

—Los muchachos quieren ir a beber algo, ¿iras? —Ángel se volvió a mirarlo y en su mirada descubrió algo que nunca había visto— ¿Estas bien?

—Si claro, solo me gustaría saber cuándo tengo que llevarme mis cosas, o si prefieres que lo haga hoy —había intentado evitar que su voz se escuchara entrecortada, pero era tan fuerte el sentimiento que no podía controlarlo, se sentía traicionado... si, era eso lo que sentía, traición.

—De que hablas sabes que no es necesario, las cosas van a cambiar, pero no hay que hacerlo así.

—Está bien.

Salió de la habitación sin decir nada más, tomó la chaqueta y se la puso, iría a beber con ellos, solo porque quería dejar de pensar, porque si no lo hacía sería sospechoso, pensaran que estaba enojado cuando no tenía por qué, más no podía dejar de sentirse así con ese extraño nudo en la garganta y esa sensación de traición.

Notas finales:

Gracias por leer, abra actualizacion cada sabado, así que no se lo pierdan. no olviden dejarme sus comentarios.


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