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Runner por Rising Sloth

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Notas del capitulo:

Aquí está el segundo. Espero que os guste ;)

Capítulo 2. El esguince

 

En la cama del hospital, con un mohín mosqueado, Zoro observaba la férula que aprisionaba su pierna izquierda por debajo de la rodilla. Se llevó la mano a la cara y resopló. Tres semanas impedido, iba a pegarse un tiro.

Desvió la atención a un lado cuando le pareció escuchar una risa mal disimulada. Efectivamente, Ace seguía en pie, a su vera y velando por su salud, mientras ambos esperaban a que Marco volviera con un par de muletas; pretendía no mirar al peliverde, le temblaban los hombros, se cubría la boca con el puño y se le estaban empezando a saltarles las lágrimas de tanto contenerse.

–¿Se puede saber que te hace tanta gracia? –le entrecerró los ojos.

El pecoso, como si le hubiesen dado un latigazo, arqueó la espalda, extendió la mano sobre su boca para detener la carcajada, aunque no pudo evitar un sonido extraño, mezcla entre tos y resoplo agudo.

–Lo siento –le temblaba un hilillo de voz–. No es por tu tobillo, es sólo que... Esta mañana, con todo... El que atacases a Marco, el café, la forma en que has caído...

Se le escapó de nuevo ese ruido extraño, con más fuerza y sucumbió a una carcajada, en su mayoría muda, en su minoría con la onomatopeya "ji,ji,ji". Al final se tuvo incluso que apoyar con el hombro en la pared, se abrazó así mismo por a la altura de del estómago. Zoro suspiró resignado y lo dejó, no sería nada en comparación con lo que se reiría Luffy.

–Ya estoy aquí –regresó Marco–. ¿Ace? ¿Estás bien? ¿Te duele algo?

El aludido levantó la mirada, se fijó en la enorme tirita en la frente de su novio; se rió aún más mientras se desliza hasta acabar sentado en el suelo.

–La empatía desde luego que no le duele –respondió el peliverde por él.

Desde ese día se iniciaron sus semanas de desavenencias. Por fortuna no podían despedirle por un esguince, sería improcedente y demandable, aunque por la conversación que tuvo por teléfono ganas de mandarlo a la calle de una patada no faltaron. Eso implicaba que estaba oficialmente de baja, es decir, un absoluto aburrimiento.

En otras épocas de su vida, Zoro había pasado por esguinces y fracturas. Al ser la edición de vídeo una vocación y pasión suya, esas lesiones había pasado rápido gracias a que Luffy u otros del grupo le estaban todo el día mandando cosas que habían grabado para que hiciera uno de sus montajes. Pero en la actualidad, tanto el monito como los demás estaban demasiado ocupados para andar pensando en eso. Las jornadas se le llenaban de horas muertas.

Si tan solo hubiese sido la muñeca y no el pie, se quejó para sus adentros. Porque, efectivamente, si fuera una de sus muñecas la que tuviese que llevar férula, no sólo podría seguir yendo a correr todas las mañanas, sino que además no tendría la movilidad reducida por la torcedura ni mucho menos cargar a donde fuera con las estúpidas muletas. Era como estar encadenado al sofá.

Además, al ser su tobillo y no su muñeca, no podía excusarse más para evadir las clases de cocina de Cora; las que Luffy le había "sugerido" después de que el peliverde se lamentara de su día a día sin hacer nada. Aprendió poco puesto que a la tercera se cansó de que al tipo se le cayera todo o mandara a arder cualquier cosa por su torpeza; poco vio de esos menús de los que tanto había oído.

No obstante, lo que le amargó de verdad fue el no poder estar el cien por cien para el cortometraje. Los fines de semanas consecutivos a su pequeño tropiezo quedaron para ir en horda a la casa abandonada y reconvertirla de arriba a abajo en el escenario que necesitaban; trabajo esencial para el proyecto en el que participaban todos, menos él. Sabía que eso no significaba que lo fueran a sustituir, más que nada porque cuando tocara rodar él estaría en sus plenas facultades; sin embargo, le hizo sentirse muy inútil.

Algo debió notar Luffy en su mala cara, porque de la noche a la mañana se organizó una lectura de guión en casa, a mitad de semana cuando menos convenía a nadie. El peliverde fue el primero en oponerse, pero claro, ¿quién era capaz de oponer resistencia alguna al monito cuando se empeñaba en lo que fuera? La verdad es que Luffy lo hizo bien, porque con independencia de para qué, al proyecto le vino muy bien esa reunión.

Usopp no era el único con sus reservas hacia Vivi, en realidad, aparte de Luffy, todos se guardaban un porcentaje más o menos dudas. Que ella acalló de dos golpes.

La chica, mientras los demás se organizaban para estar cómodos y dar un poco de espacio para simular coreografías; cosa casi imposible con el tamaño zulo que tenía la casa de Zoro y Luffy; se metió en el cuarto de baño. A los quince minutos salió transformada en otra persona.

Se había retirado los pelos de la cara y recogido su larga melena celeste en una coleta alta, adornada por una pequeña corona; se había maquillado de manera que sus rasgos le había parecer una mujer de más de treinta, aunque recién cumpliera los dieciocho; y su vestuario lo componía una chaqueta verde lima forrada de pelo por el cuello y mangas, una camiseta de tirantes azul con franjas negras concéntricas para cada pecho y barriga, un cinturón dorado con alguna alhaja acorde con la corona, unos pantalones de chándal blancos y unas sandalias de tacón.

Al verla se redujo un gran porcentaje de las dudas, no todas puesto que la primera idea de protagonista era un macarra carcelario y Vivi era más bien una macarra con glamour. Pero la cosa se acabó cuando empezó a leer con algo de interpretación; no sólo le daba vida al personaje con naturalidad, le dio un toque que todavía, desde el guión y la dirección, no se había podido aclarar: La risa.

Con los hombros detrás de las orejas, el mentón alto y hacia un lado y bajo su barbilla la mano cerrada menos su meñique extendido, la peliazul carcajeaba como una villana. Era perfecta.

–Pero, Vivi –fue Nami a preguntar–. ¿De dónde has sacado esa risa?

–Estuve probando varias delante del espejo –admitió con algo de recatada vergüenza–. Me hice gracia a mí misma con ésta y la seguí practicando. También la puedo hacer con este abanico si os parece bien.

Enseñó un abanico hecho con falsas plumas de pavo real. Le dijeron que sí y el asunto pasó de perfecto a maravilloso. Luffy y Usopp, además de Chopper que también se había pasado, la abrazaron pletóricos y la llevaron de paseo por toda la casa dando saltos.

Lo dicho, al proyecto y a Zoro les vino muy bien esa tarde. Sobre todo porque una vez concretado algo tan importante como la protagonista se pudo pasar a otras cosas con la misma importancia. Por ejemplo, el plan de rodaje, trabajo a cargo de Luffy y de Zoro por ser director y ayudante de dirección, así como cámara; aunque, como siempre, Nami tuvo que supervisar para que no hicieran algunas de sus desastrosas ocurrencias.

En conclusión: no fueron unas completas semanas de hastío, pero tampoco las hubiese alargado ni una milésima de segundo más.

 

Primer día sin muletas...

Desayunó ligero, se ató los cordones de la zapatillas y salió a la calle a una hora temprana. Caminó rapidito hasta el paseo, estiró, se ajustó los auriculares y, tras tomar aire, se lanzó a correr.

La pereza era el peor de los males, si no fuese por ser Zoro quien era, después de ese tiempo, le hubiese costado una eternidad retomar el deporte; de hecho, la noche anterior le dio mucha desgana poner el despertador, tanto que incluso se lo tuvo que pensar. Pero ese pecado capital era peor en los preámbulos, una vez dabas el primer paso los siguientes eran fáciles. Lo agradeció. El viento, las olas, la música y la calma. Era agradable.

Siguió avanzando, consciente de que un momento a otro se encontraría con aquel hombre. Lo había tenido que retrasar, pero esa mañana le diría algo, lo que fuera, aunque solo se tratase de los "buenos días". No quería reconocerse que estaba nervioso, que el sencillo recuerdo de sus ojos dorados le tensaba. Siguió avanzando.

El hombre de la gorra no llega pronto hoy, se dijo. No se detuvo.

Tampoco llega a su hora, analizó al ver que estaba por el ecuador de su recorrido, sería uno de esos días que llegaba tarde.

Continuó con el ritmo, hasta el final. El hombre de la gorra no apareció.

 

Una semana después...

El peliverde, sentado en el poyo de piedra que separaba la playa del paseo marítimo, resopló. Quedaba confirmado, el hombre de la gorra no iba a volver a aparecer. Después de seis días realizando el recorrido de siempre sin que el tipo hiciese acto de presencia, al séptimo decidió, tras miles de tira y afloja dentro de su cabeza, esperar a ver si simplemente había cambiado de horario. Llevaba ahí cerca de tres horas, empezaba a sentirse como un puto loco y ni rastro.

Con un segundo resoplo se incorporó y escondió las manos en los bolsillos para volver al apartamento. Su gesto cabizbajo lo marcaba una leve frustración. Si tan sólo se hubiese decidido antes a hablar con él... Pero bueno, no era para tanto, era un triste tipo con gorra que había llamado su atención por el mero hecho de llevarle más edad, también por su atractivo, en cuestión de días se olvidaría de él.

Sin embargo, empezó a recapacitar ciertas cosas. Tal vez se equivocara, pero ese hombre parecía muy metódico, o al menos la manera en que estaba afeitada su barba indicaba eso. De ser así, sería el tipo de persona que mantendría siempre un horario; a menos que se tratase de razones de causa mayor no cambiaría su hora de salir a correr; Zoro mismo era un desarreglado para todo y en eso se había mantenido desde que lo añadió a su rutina. Con ello en cuenta, cabían dos posibilidades: o que hubiese tenido que cambiar de hora o que hubiese tenido que cambiar de sitio para ir a correr.

Su boca marcó una mueca. No iba a pasarse veinticuatro horas en la playa, eso lo tenía claro, e ir de sitio en sitio para ver si aparecía le resultaba un tanto acosador. ¡Joder! ¡A lo mejor el tipo sólo se estaba dando un descanso! ¡O quizás había tenido una lesión como el peliverde! Aunque esa casualidad sonaba muy poco probable. No, no lo iba hacer. Él no estaba para perseguir a nadie.

 

Cuarenta y cinco minutos más tarde...

Dejó las llaves en el aparador y se dirigió a la cocina para abrir una lata de cerveza. Al tercer buche seguido oyó el timbre. Padeció un amago de sobresalto al reconocer la voz a través del telefonillo.

–Hola –le saludo cohibido cuando Zoro apartó la puerta.

–Hola, Sanji –se hizo a un lado para dejarle paso–. ¿Qué haces aquí?

El chico rubio entró y le mostró una bolsa de plástico, bastante grande y cargada de tapers.

–Luffy me dijo que estabais faltos de comida decente. Así que...

El peliverde resopló por la nariz a la vez que daba un pequeño empujón a la puerta para cerrarla. Fue a por la cerveza que había dejado en la mesa baja y se sentó en el sofá.

–No tenías por qué, tampoco es como si nos fuera a dar una desnutrición –dio un trago.

–Lo sé, sólo quise hacerlo, idiota –le regañó antes de dejar la bolsa de tapers de un golpe sobre la mesa y sacar su tabaco y mechero de la chaqueta. Dio un par de vueltas al pequeño salón mientras daba las primeras caladas. Fijó su mirada en el otro–. Mi intención era venir antes –se excusó–. Supe lo de tu esguince y tal... Pero he estado ocupado.

Zoro se encogió de hombros y volvió a beber. Sanji dio otra calada.

–Estoy saliendo con alguien.

–Algo había oído.

–Con una chica.

El peliverde se apartó la lata de los labios, miró al rubio, soltó una risa.

–¿Me estás pidiendo permiso o qué?

–¡Claro que no! Quería que lo supieras por mí, antes de que la gente empiece a hablar.

–Sabes lo poco que me ha importado siempre lo que la gente lo cotillee. Además, no hablarán de mí, sino de ti y de tu vuelta al redil de la he-te-ro-se-xua-li-dad.

–No lo digas así.

–Así era como lo definías tú.

Esas dos últimas frases sonaron mucho más tajantes, el ambiente se tensó unos grados más. Otro trago, otra caladas.

–Quiero volver a estar con todos como antes, Zoro. No quiero pensar más si sería mejor no ir a una quedada sólo porque estás tú. Quiero presentar a mi chica a los demás y...

–¿Y qué quieres? ¿Qué me vaya yo?

–No he dicho eso.

–Menos mal. Porque que yo recuerde no te he impedido nada de lo que dices.

–Para ninguno de los dos sería agradable que yo apareciera con ella sin avisar.

–Bueno, pues ya has avisado, se acabó el problema.

Dio otro trago. Otros grados más de tensión.

–Podrías admitir un poco que te molesta –le reprochó el rubio.

Zoro le miró a los ojos, frunció el ceño.

–A eso has venido.

–No, pero no soporto que actúes con tanta indiferencia, como sí aquí no pasara nada y lo nuestro no hubiese sido importante.

La mirada del peliverde se afiló más.

–Vete.

–¿Qué dices?

–Que ya has conseguido lo que querías: estoy molesto. Así que vete.

Sanji le observó de arriba a abajo, incrédulo y con un deje de ira.

–Eres un imbécil.

–Y tú un gilipollas.

La puerta se cerró de un portazo. Zoro tiró la lata vacía contra ella. Se fue a la ducha y, cuando salió, encendió el ordenador para investigar lo sitios de la ciudad donde más comúnmente se hacía running.

 

Cuatro días más tarde...

Estaba inquieto, no sabía cuántas veces había mirado la hora desde que subió al autobús; autobús que se había retrasado bastante en llegar y que se comía cada semáforo en rojo con el que se topaba. Ese día le tocaba el Parque Shabondy, un pelín más lejos que el resto de lugares por los que se había pasado esos días; sin resultado satisfactorio, obviamente; por ello se había levantado incluso más temprano, pero no contaba con que el transporte público era una mierda como una casa de grande. ¡Si a esa hora apenas había tráfico! ¿¡Por qué tardaba tanto!?

El vehículo se detuvo, por fin, en la parada indicada. Zoro hizo lo que solía hacer para el trabajo, metió un sprint a su cuerpo y se adentró en el parque; sin estirar y concentrarse en su respiración. Se trataba de algo que se podía permitir cuando era desde el autobús hasta el teatro donde hacía de operador de cámara, puesto que no era más que alrededor de unas diez decenas de pasos lo que duraba esa carrera frenética. Sin embargo, Shabondy era grande, inmenso, y algo laberíntico. El peliverde tenía muy buena resistencia, pero a los veinte minutos tuvo que parar y apoyarse de manos en una barandilla que bordeaba un lago de patos.

Intentó respirar, asfixiado, sin vomitar, con un insoportable flato que se había espacio en su pecho cual una bola de hierro candente.

¿Qué estoy haciendo? Reaccionó. ¿Se había vuelto loco? Hacía cerca de medio año que había roto con Sanji, y sí, no fue una ruptura agradable, por no hablar de lo que le tocaba las pelotas que le visitara sólo para cerciorarse de que él seguía destrozado, pero ¡joder! ¿Desde cuándo se dejaba avasallar y manipular de esa manera? Más cuando el rubio no implicaba nada en su vida. No podía dedicarse a perseguir por toda la ciudad a un tipo que ni conocía; que a saber si no era algo como proxeneta de lujo, asesino en serie, traficante de órganos, narco, defraudador de hacienda o todo junto; únicamente porque le hubiesen "molestado".

Dejó caer sus codos sobre la barandilla y bajó el cuello para que sus manos llegasen a entrelazarse sobre su nuca. Sanji tenía razón en una cosa: era un jodido imbécil.

Dio unas cuantas bocanadas rapadas más, oyó como las pisadas rápidas de un corredor se detenían cerca de él.

–¿Se encuentra bien?

La voz de un hombre. El peliverde aún estaba cabreado consigo mismo; fue a volverse y mandar al carajo a quién fuera. No obstante, al percibir sólo por el rabillo del ojo de quién se trataba, se giró con tanta brusquedad que si no llega a agarrarse a la barandilla acaba de espaldas en el lago.

–¡El tío de la gorra!

Era él, sin duda, plantado ante sus mismas narices, hablándole. Zoro se dio cuenta de cómo acababa de definirle, el tiempo se detuvo para vaciarle de todo y llenarse de una ganas colosales de que le tragase le tierra.

Aquel hombre abrió levemente los párpados, no con indignación ni simple sorpresa, con extrañeza suave. Luego, extendió la comisura derecha de su labio en una media sonrisa.

–¿Y tú el chico de los auriculares naranjas?

El peliverde parpadeó dos veces.

–¿Qué?

–Bueno, antes eran naranjas –señaló con el dedo los auriculares azules que salía del cuello de la sudadera del joven–. Aun con la poca luz del paseo marítimo se veían bastante.

–Ah... –asintió en otra bocanada falta de aire.

–¿Estás bien? –insistió.

–Sí, sí –se apartó del lago y se sentó en el banco que tenía en frente–. Se me ha olvidado estirar y.… tampoco he desayunado. Ahora se me pasa.

Se sintió evaluado de manera irritante por esa mirada que parecía poder traspasar el acero y que le reprendía por aquella tontería que había hecho de no comer antes de salir para ganar tiempo. El hombre de la gorra suspiró por la nariz.

–Tal vez sea mejor que vayas a la cafetería que ahí por allí. Te vendrá bien.

–¿Dónde?

–¿Hum? Dentro del parque –contestó como si fuera obvio–. ¿Nunca la has visto?

–Es la primera vez que vengo por esta zona del parque –sintió calor en la cara, pero podría ser del sobreesfuerzo–. Y mi orientación no es muy buena, o eso dicen.

El otro se mantuvo en silencio.

–Está bien. Te acompaño.

A pesar de ser una mañana laborable, la pertinente cafetería hacía pocos minutos que había abierto, lo más seguro debido a que con su localización era más merodeada por turistas que por otro tipo de clientes más madrugadores. Zoro, por amabilidad de su acompañante, esperó fuera sentado en un taburete recién sacado y apoyado en una mesa alta. El otro no se hizo esperar demasiado, trajo dos cafés en vasos "para llevar" y un croissant mixto con el queso caliente tan derretido que se escapaba del plato.

–Gracias.

–No hay de qué.

Cogió el croissant con una mano y le dio un mordisco por el extremo, mientras, el otro hombre le daba un sorbo pausado a su café. Silencio incómodo.

–Oye, ¿cómo te...?

–Disculpa, ¿tu nom...?

Se callaron al ver que habían empezado a preguntar los dos a la vez lo mismo. El peliverde apartó la mirada para dar un trago y concentrarse para no enrojecerse, como si eso se pudiera. El otro liberó un sutil risa.

–Me llamo Mihawk.

El joven le devolvió la mirada.

–Zoro.

El tal Mihawk asintió.

–Hacía más de un mes que no te veía. ¿Vas cambiando de sitios a los que ir a correr?

Mierda. En ese momento deseaba tener el pulso frío de Usopp para mentir.

–No, que va. Me torcí el tobillo y estuve con muletas tres semanas.

–Ah –hizo una pausa–. Te has cansado del paseo marítimo.

Mierda, mierda.

–¿Y tú? Creí que eras un extranjero recién mudado.

–Más o menos –bebió–. No soy extranjero, pero sí me mudé hace poco y me venía más cerca la playa que el parque.

–¿Has vuelto aquí por nostalgia?

El mayor sonrió.

–Supongo.

El desayuno avanzó unos mordiscos y sorbos más.

–¿No llegarás tarde al trabajo desde aquí?

–¿Qué? Ah, no. Empiezo por la tarde, soy operador de cámara en un programa. A las seis tengo que estar allí. Aunque es en diferido, lo emiten a las doce, en la cadena local –¡Cállate! Se gritó en la cabeza, parece que le estás pidiendo que vea el programa sólo porque uno de los encuadres del careto del presentador es el tuyo–. ¿A qué hora trabajas tú?

–No tengo un horario preestablecido. Mi trabajo se mide más por la calidad y rendimiento que por el tiempo que le dedique. Lo digo obviando el hecho de que a todo hay que dedicarle determinada parte de la agenda diaria para que el resultado sea decente.

–... –la ceja del peliverde sufrió un tic. Eso sonaba mucho a proxeneta de lujo, asesino en serie, traficante de órganos, narco, defraudador de hacienda o todo junto.

Terminaron el desayuno y se alejaron de la cafetería, caminaron hasta una bifurcación.

–Tengo alguna cosas que hacer, me convendría más salir del parque por este camino.

–Vale, no te preocupes. Ya me encuentro mejor.

Se procuraron varios movimiento gestuales; alzamientos de barbilla, amagos de dar la mano; para despedirse. Se dieron la espalda, cada uno por su camino.

–Zoro –el joven viró la barbilla por encima del hombro–. Los operadores de cámara sabéis de cine, ¿no?

–Algo nos enseñan antes de darnos un título para trabajar, pero tampoco es que cualquiera con una cámara sea un experto.

Mihawk tomó la visera de su gorra para retirarla un poco y peinarse hacia atrás sus cabello azabache con los dedos de la mano. Se cubrió la cabeza de nuevo.

–Verás, acaban de estrenar una película, basada en un libro. Me convendría ir con alguien que entendiera para analizar por qué es buena o mala adaptación.

El corazón del peliverde empezó a ir más deprisa. ¿Qué le estaba proponiendo?

–Yo no soy mucho de libros, no creo que lo haya leído.

–Me es indiferente. Solo quiero el análisis cinematográfico. Yo mismo te diré las diferencias con el libro si hace falta. ¿Te parecería bien quedar el fin de semana?

–Claro. Digo no. Los fines de semana no puedo ahora mismo. Tendría que ser laborable.

El de la gorra se quedó pensando.

–¿Te daría tiempo un viernes después de trabajar? Sobre las diez o cosa así.

–Vale, si es en el cine de Thriller Bark, ese que cada vez que es Halloween montan una especie de rave temática. Es el que está más cerca de donde trabajo.

–De acuerdo –asintió–. Hasta el viernes, entonces.

–Hasta el viernes.

Volvieron a despedirse y cada cual se fue por su camino. Zoro, mientras intentaba salir del parque y se perdía, no terminaba de comprender lo que había pasado, si es que de verdad había pasado. Qué tío más directo, pensó enrarecido por no ser él el que hubiese dado el primer paso. Se le formó una sonrisa en la boca, se sentía demasiado satisfecho y contento.

 

Continuará...

Notas finales:

Bueno, la primera parte del capítulo ha sido un poco más el tema del corto, espero que no os haya aburrido, a lo mejor en este fic me explayo un poquito (un poquito) porque el audivisual me encanta, pero intentaré ser consciente que de no debo dar mucho la tabarra xD

Respecto a Sanji no sé cómo lo habréis visto. Aunque he leído mucho, no soy fan de Zosan/Sanzo, por eso normalmente escojo a otros para hacer de terceros en discordia, otros como Ace, pero como en el anterior fic se me mencionó (¿quién sería?) que siempre dejaba al pecoso vestido y alborotado pues esta vez me he decidido a darle una pareja que le quiera y le adore sólo a él xD

Nos vemos en el siguiente. Bye! ;)


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