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Queen of Peace por otsfatimad

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Notas del fanfic:

¡Hola, hola!

 

En esta ocasión traigo una historia un poco diferente a lo que estoy acostumbrada a escribir, pero que me ha taladrado la cabeza hace meses y en cuanto tuve la oportunidad, me decidí a empezar.

Resulta que este año dos de mis bandas favoritas se pusieron de acuerdo para visitar mis país. Gaze y Florence + the Machine me cayeron en los Méxicos. Y en esta cabeza mía, que constantemente está pensando en cómo complicarse la vida, se desarrolló esta nueva historia que está inspirada en la música y letras de Florence. Especialmente, en la canción que le ha dado el nombre a este fanfic: Queen of Peace

Durante la historia haré referencia a canciones y algunas letras de Florence, pero realmente no es necesario que las escuchen para seguir con el fanfic. Pero si quieren un soundtrack para leerme, les recomiendo las canciones que cito al inicio de cada capítulo. Creanme que les dan ganas de una batalla (??)

Hice una playlist en spotify con las canciones en las que me inspiré (y algunas otras que me ayudan a ambientarme mientras escribo). Aquí les dejo el link por si alguien desea escucharlas: Queen of Peace

 

Bueno, hace mucho que no comenzaba con una historia larga (en realidad no será taaaan larga, pero ustedes entienden)(?). Había olvidado cómo se sentía esto. 

En fin, daré lo mejor de mí en esta historia. Espero que les guste tanto como a mí. <3

 

¡A leer!

 

 

*También publicado en Wattpad y AO3

 

¿Eres lo suficientemente fuerte para seguir protegiendo tu corazón y el mío?

Florence + the Machine, Heavy in your Arms

 

 

Corona de Plata

***

 

La brisa azotaba fuertemente contra su contraído rostro, enfriando el sudor que perlaba su frente. Los cabellos, largos y negros, volaban con frenesí. Agitó con fuerza la rienda de su hermoso caballo negro y presionó sus piernas contra los costados del animal. Howl, como había nombrado a su compañero equino, aceleró en sus movimientos.

Contra ellos avanzaba a paso rápido una avalancha de hombres disfrazados en color blanco. Sus afiladas y amenazantes espadas desenvainadas se mostraban listas para clavarse sobre el pecho de aquel caballero desertor. 

Su vista se nubló. Mientras corría con la brisa en contra, sintió una onda fría saltar desde un punto a sus espaldas. Cerró los ojos con fuerza, pero pudo notar cómo una luz blanca y potente salpicaba el panorama. Howl bajó el ritmo de su andar y se desvió del camino por un momento, pero en cuanto la luz se desvaneció, tanto el hombre como el caballo recobraron su ritmo. Pasaron por encima de aquellos hombres que ahora estaban

(muertos)

inconscientes.

Escuchó los gruñidos de La Bestia al correr con ímpetu detrás de él. Aquellos pasos eran tan impactantes que casi no oía el andar de los hombres que iban siguiendo el camino que él les marcaba. Sin embargo, en la lejanía del bullicio, distinguió perfectamente el graznido del Ave Ciega.

Nuevamente agitó la rienda de Howl. El equino continuó su marcha libre de adversarios hasta las puertas del Castillo de Plata. Éstas estaban cerradas, aparentemente libres de protección, pero él sabía muy bien que en las bardas se encontraba otro ciento de hombres con flechas ardientes, preparados para romper su lema de paz en cuanto diera un paso cerca de su perímetro.

Ellos esperaban por él, lo habían hecho durante diez años. Ellos esperaban por el Lobo Azul, por el más grande traidor del reino.

Entrecerró los ojos y una nueva onda, esta vez ardiente y lacerante, saltó desde un punto negro que resplandecía a sus espaldas. Las plumas del Ave Ciega volaron a sus costados, mientras sentía la muerte recorrer con un agujero oscuro el pecho de aquellos que estuvieran a su alcance.

La puerta cayó. El caballero de la oxidada armadura azul detuvo al equino. Desenvainó la espada plateada, y saltó para enfrentarse a aquellos que antes fueron sus compañeros de batalla.

 

 

Terminó de alaciarse los delicados cabellos plateados mientras escuchaba el estruendo a las afueras del castillo.

Cerró los ojos un momento y pudo sentir que bajo sus parpados algo se humedecía. Lentamente, volvió la vista al espejo que estaba a su frente y se dejó sorprender por el bello reflejo que observó.

Miró hacia la ventana. La débil luz del sol había desaparecido detrás de nubes oscuras y amenazantes. Poco a poco, se levantó de su asiento y caminó hasta el cristal. Observó el verde jardín, con un adorno de blancas y hermosas flores que vistas desde ese punto parecían formar una corona plateada.

Escuchó un estruendo oscuro que se extendía desde las afueras de los muros de protección. Suspiró y volvió a mirarse en el espejo. Todo en él lucía tan pulcro y blanco, tan perfecto y lleno de paz. Todo era tan puro. Todo contrastaba con sus pensamientos.

Escuchó que alguien le llamaba desde fuera de la habitación, así que con un aire de resignación, se dirigió hacia la salida. Al abrir la puerta, se encontró con un desfile de soldados esperado por él para resguardar su camino hasta el encuentro con su amado.

Con paso firme, fue entre los guardias mientras estos agachaban la cabeza como símbolo de respeto. Sintió frío lacerando sus desnudos y lechosos brazos. Pudo observar cómo una nube de vaho gris se desprendía con su aliento al caminar.

Sus pies seguían el ritmo fuerte y determinante que tuvieron desde la primera vez que cruzó esa línea del castillo. Su airosidad común no podría perderse ni aunque estuviera muerto de miedo por dentro.

Los guardias se detuvieron de pronto y él se quedó quieto, observando una blanca puerta frente suyo. El marco tenía sutiles adornos de flores plateadas y negras.

En ese momento, fue la única vez que mostró una leve señal de debilidad al bajar la cabeza hasta sus pies.

¿Qué tal si las cosas en realidad no funcionaban de la manera que planeó?

Tragó saliva, y aunque el temor lo estaba matando, levantó el rostro y trató de recobrar su seguridad. Asintió levemente, y un guardia con armadura gris abrió la puerta de la iglesia.

Antes de que la puerta cediera por completo, levantó un brazo y llevó la mano hasta su cuello, como era su costumbre, quería tocar aquella hermosa joya que siempre portaba como un amuleto de la suerte. Pero no estaba más. Desde hacía tiempo atrás, la suerte no estaba con él.

La blanca luz de la iglesia lo empapó por completo. Sus pupilas se contrajeron, tratando de acostumbrarse a ese grado de luminosidad. Cuando su vista estuvo preparada, pudo observar que al fondo, en el altar, el Rey sonreía alegre, esperando por él.

La primera campanada retumbó.

La música de los ángeles comenzó a sonar con fuerza y los invitados a la ceremonia se levantaron de sus asientos, luciendo sus trajes de resplandecientes y vivos colores. Las sonrisas y aplausos llenaron el lugar.

Caminó con aire de valentía hasta el altar, sintiendo cómo todas las miradas se posaban sobre él. Todos ahí sonreían, pero podía notar el miedo que afloraba desde ellos. Sentían terror por el futuro, por lo que un nuevo Rey en el poder pudiera significar.

Pronto las cosas mejorarían. Solo tenía que aguantar más.

Solo tenía que cumplir con su deber.

 

 

La madre Paz había muerto. Ahora estaban desprotegidos todos aquellos que alguna vez creyeron en ella.

Aoi escuchó las campanas de la iglesia sonando por primera vez en el día, provocando un gran estruendo. La ceremonia había comenzado, así que no disponía de mucho tiempo. En el momento que el nuevo Rey tuviera la Corona de Plata sobre la cabeza, la tormenta se desataría sobre el mundo.

El Lobo Azul penetró los límites del castillo. La espada estaba desenvainada, y para esas alturas, ya se encontraba manchada con rojo escarlata. Aún había sobrevivientes al arma que había lanzado el Ave Ciega, pero caían con facilidad por el miedo y la conmoción.

Jamás habían visto un poder similar atacarlos. No estaban preparados para ello.

O tal vez sí, pero la muerte de esos hombres valía menos que la coronación. Eran simplemente una distracción.

Aoi aceleró el paso. Corrió dentro de los jardines de plata, chocando espadas de vez en vez contra algunos hombres que se mantenían en pie y con fortaleza suficiente para intentar enfrentarlo. Aoi los derrotaba sin ningún problema. Antes de su exilio, fue conocido por ser uno de los más temibles protectores del reino. No había hombre que se dijera digno oponente de él. Nadie era tan rápido ni fuerte.

De pronto, una flecha sigilosa rozó uno de sus brazos descubiertos. Aoi contrajo el rostro por el ardor que el veneno ocasionó sobre la lesión. Giró la vista hacia aquel que estaba lanzando aquellas largas dagas, y observó en lo alto del castillo que permanecía en pie un grupo de hombres con colores vivos en las armaduras. Esos eran los predilectos de la reina.

Una flecha más lo lastimó, esta vez enterrándose dolorosamente sobre su pantorrilla derecha. Tuvo que tirarse al suelo por el dolor. Se apresuró a sacar aquella flecha envenenada de su pierna, pero el efecto de aquel tósigo era rápido. Comenzaba a sentir que se adormecían los dedos de sus manos.

Escuchó el pasto removiéndose a su espalda, se levantó, y aún con dolor y adormecimiento, volteó con agilidad, mostrando amenazante su espada a cualquiera que tratase de atacarlo de frente, pero no encontró a nadie.

Las primeras pringas de lluvia ya resbalaban en el aire.

La amenaza de los guardias del castillo se había detenido porque esperaban su muerte por el veneno de una sola flecha. Ahora tiraban a los traidores que el Lobo Azul había llevado como ejército.

Aoi agachó la cabeza para poder mirar sus manos. Estaba temblando y poco a poco perdía el color en la piel.

Volvió a escuchar a alguien acercarse sigiloso. Levantó la mirada y chocó con unos ojos blancos que le miraban sin asomo de sentimientos.

La luz emanó de esas vacías pupilas y Aoi sintió un calor potente atravesar su cuerpo.

—No queda tiempo —susurró Ruki.

Se escuchó la segunda campanada del día.

 

 

Sintió el frío de aquella delicada pieza de oro enredándose sobre su cuello. Las firmes manos del Rey cerraban la gargantilla dorada sobre su delgada nuca. Cuando hubo terminado, el Rey se colocó un par de guantes blancos y tendió una mano a su amado, invitándole a levantarse de la silla plateada donde había estado sentado esperando ponerle fin a la ceremonia matrimonial.

El Rey mostró una de sus encantadoras sonrisas y los invitados aplaudieron a la vez que el hombre se levantaba de su asiento para mostrar con orgullo en su pecho aquella joya que había sido diseñada especialmente para aquella ocasión. Ese era el símbolo de que ahora Él era el nuevo cónyuge del Rey, su nuevo acompañante de vida.

La gargantilla de oro fulguraba ante todos a la vez que las campanas sonaban estridentemente por segunda vez en el día. Los invitados, gobernantes de los pueblos aliados, sonreían crispados ante la escena. ¿Cómo funcionarían esos dos hombres actuando como Reyes regentes?

La Reina Grace durante años mantuvo la calma y unión entre los pueblos. Aquellos últimos días, desde su lamentable deceso, estuvieron llenos de incertidumbre. Los gobernantes sabían que ella era el único lazo real entre la paz y el pueblo. Sin ella, no había quién controlara a los hombres o les mostrara el camino del bien.

 Afuera aún se lograban escuchar los pasos de la Bestia y los gritos de los soldados aplastados bajo sus garras, sin embargo, los invitados a la ceremonia no desviaban su atención de la resplandeciente joya que adornaba el cuello de aquel hombre de cabellos plateados.

 Al finalizar el sonido de las campanas, el hombre de la cabellera plateada volteó y observó cómo se acercaba hacia él, con paso parsimonioso, un delgado joven castaño. Tenía unas ojeras muy marcadas alrededor de sus ojos color avellana, y mientras mostraba una sonrisa resplandeciente, la debilidad que de él emanaba se contagiaba al ambiente, generando malestar a los hombres que permanecían cerca.

Sus manos, temblorosas y enfundadas en blancos guantes con detalles de flores doradas, cargaban un cojin rojo que sostenía una corona plateada y brillante. El joven caminó directo hasta el altar donde el Rey se hallaba esperando con una sonrisa de satisfacción bailándole en el rostro.

El joven que cargaba la corona inclinó la cabeza levemente ante su regente, para luego hincarse ante él.

El Rey Kai dio un paso más hasta el joven y tomó con delicadeza la corona.

El nuevo esposo del Rey alzó con firmeza la mirada y la sostuvo justo hacia la blanca puerta. Su vista comenzaba a nublarse, así que cerró los ojos a la vez que contraía los puños.

Pronto todo terminaría.

 

 

Aoi continuó con su andar por el jardín. Ahora ya no se sentía con la misma fortaleza con la que llegó. El veneno había salido de su cuerpo, pero la luz que Ruki ingresó en él lo debilitó.

Ya no había más hombres en la parte alta del castillo. El Ave Ciega había volado hasta ellos y los prendió en llamas con solo un graznido. Los guardias que quedaban en pie estaban siendo atacados por la Bestia y por algunos otros hombres que luchaban comandados por Sugizo.

Solo él podría llegar hasta la torre del Rey y evitar que terminara la ceremonia. La segunda campanada había pasado ya, en ese momento, aquella rata oscura estaba preparándose para sostener la corona sobre la cabeza.

Aceleró el paso y fue directo hasta la entrada del castillo. Las puertas ya se encontraban abiertas, así que, sospechando lo peor, desenvainó su espada preparándose para que lo atacaran. En cuanto cruzó el umbral, una extraña nostalgia lo invadió de pronto, llenando de frialdad su pecho. El corredor de plata estaba solitario, pulcro y perfecto como la última vez que lo vio.

Bajó la espada, y con precaución, continuó avanzando por el corredor hasta que encontró las escaleras hacia el siguiente piso. Estaban vestidas con una hermosa alfombra color azul, adornada con flores rojas. ¿Era acaso eso una bienvenida para él?

— ¡Detente! —Gritó una voz masculina.

El Lobo Azul giró y observó cómo frente a él se colocaba un soldado de armadura blanca que sostenía un arco, amenazándole con una flecha cuya punta resplandecía con el color carmín del tósigo que habían untado sobre ella. Aoi sonrió con seguridad. El soldado temblaba de pies a cabeza, la flecha se desviaría en cuanto tratara de dispararla. No era para nada un oponente real, parecía ser solo uno de los chicos que se entrenaba para ser un caballero real, uno de los tantos jóvenes que el Rey recogía de los pueblos aliados por parecer un buen prospecto de soldado.

El Lobo Azul bajó por los escalones que antes había escalado y guardó la espada en su funda.

—Será mejor que te alejes de aquí, niño —dijo.

— ¡No permitiré que haga daño al Rey! —Gritó el muchacho y disparó su flecha, que como predijo Aoi, se desvió y quedó incrustada en uno de los escalones.

El chico, temblando, trató de sacar una flecha más, pero una lanza ardiente apareció de pronto, sorprendiendo a ambos hombres. Aoi retrocedió un paso y observó con algo de horror cómo el soldado blanco caía al suelo, desesperado, tratando de quitarse aquello del pecho mientras se retorcía de dolor y aullaba por ayuda.

Escuchó el rumor de las espadas. Volteó hacia los lados y se encontró un grupo de aproximadamente 30 soldados colocándose alrededor suyo para atacarle.

—Caballero desertor —habló uno de los hombres. En la armadura el color que predominaba era el rojo. En el pecho, portaba con orgullo el emblema de un lobo—. Estás condenado.

Aoi miró con rabia a los caballeros y presionó con fuerza los puños. Sus ojos se volvieron rojos, mientras que un incendio se desató en el corredor de plata.

La tercera campanada retumbó.

 

 

Sintió un peso colocarse sobre su cabeza y abrió los ojos con lentitud. La luz, tal como minutos antes, contrajo sus pupilas plateadas. Parpadeó un par de veces hasta acostumbrarse nuevamente al brillo de la iglesia. Escuchó cómo poco a poco el rumor del silencio era opacado por el sonido de los aplausos de los invitados a la ceremonia.

— ¡Larga vida al Rey Uruha! —Gritó alguien al fondo de la iglesia y otros más repitieron a coro aquellas palabras llenas de alegría.

Uruha suspiró y giró la cabeza para mirar la aprobación que le ofrecía la sonrisa del Rey Kai. Este se inclinó hasta él y depositó un beso sobre su frente.

—La guerra ha terminado —le susurró, sonriente.

Uruha volvió la cabeza hasta la puerta blanca. Observó sombras desesperadas moverse debajo de ella.

—No, Kai —respondió—. La guerra acaba de comenzar.

 

 

 

 

Notas finales:

Bueno, ojalá que les haya gustado. Hace mucho que tenía ganas de subir esto, y en realidad me comían las ansias por mostrarlo.

Aún estoy en proceso de definir un montón de elementos importantes en la historia, pero por ahora tengo esto. Dependiendo de su amor, comprensión y ternura, me pondré las pilas para subir el siguiente capítulo.

De verdad, me haría muy feliz leer qué les pareció. <3

Yo sé que hasta ahora no verán nada claro, y esa era la idea. La manera en la que manejaré esta historia es diferente a como lo he hecho con otras. No será tan desorganizada ni llena de secretos, pero sí les andaré dando sus buenas vueltas de tuerca(?), porque es así como me gustan las historias.

El próximo capítulo no sigue esta línea, sino que será como ir en... no sé, como retroceso.(?) Lo definiré mejor la próxima vez que nos leeamos.

Si quieren que continue, háganmelo saber en un bello review. Me levantarán mucho el ánimo. uwu 

En fin, creo que es todo por ahora. De verdad espero les haya gustado.

 

¡Hasta la próxima!

 

 

tw: @dammitshutup

 


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