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Go back in time: Second year. por Nakamura Yuuki

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“Familia”

Sirius no había pasado unas vacaciones tan agradables desde que dejó Hogwarts, prácticamente. Había logrado salir un rato a pasear con Remus, comprar baratijas y ropa, por sobre todo un amplio guardarropa para Harry. Gracias a Draco había sabido que su ahijado vestía con ropas poco agradables para él. Y, obviamente, Draco se encargó de remarcar lo horriblemente desgastadas y grandes que eran y cuanto quería hacerlas arder cada que las veía.

Lo único que percibía como una desventaja era la poca comunicación que tenía con su ahijado y su sobrino. Draco y Harry habían desaparecido desde el inicio de las vacaciones.

De Draco se lo veía venir, habían hablado sobre Lucius y su odio hacia los traidores y de Narcisa y su intolerancia hacia Sirius y todo lo que él engloba. El rubio dejó muy en claro la probabilidad de que desapareciera por ese corto tiempo, y aunque Sirius quería irrumpir en la casa Malfoy para ver a su sobrino, lo sabía mejor.

Sin embargo, Harry había desaparecido totalmente. En las últimas semanas de clases Hedwig había comenzado a llegar con las cartas de Harry, pero ni bien se fue con esos muggles se evaporó. Dumbledore había enviado una carta diciendo que era normal, que seguro se había sumergido demasiado en la familiaridad de la gente no mágica.

Sirius no se tragaba eso, y aunque Remus había tratado de calmarlo incontables veces, de evitar que explotara contra Dumbledore por tratar de obviar el odio de la hermana de Lily hacia los que eran como ellos, a lo que Harry era, había funcionado hasta cierto punto.

No le dijo nada al viejo, pero teniendo todos los documentos pertinentes y la aprobación de los duendes y de la jefa de aurores, se puso en marcha. Le sentaba mal dejar a Remus solo después de una luna llena, pero el hombre no iba a estar de acuerdo e iba a tratar de evitarlo por todos esos tontos medios razonables que siempre trata de hacerle usar a Sirius.

Estaba cansado de ser comprensivo, de sentarse y esperar. Ya no estaba en una celda, pudriéndose por algo que no hizo. Ahora estaba aquí, e iba a ver a su ahijado, así tuviera que pisarle la cabeza al mismísimo ministro de magia.

Salió de la Mansión, caminando lo suficientemente lejos para no perturbar las barreras de seguridad, y allí uso la aparición para movilizarse hasta el número cuatro de Privet Drive. Se escuchaban voces, al estar parado frente a la casa encontró la perturbadora imagen de una ventana abarrotada. Su respiración se entrecortó, su corazón se disparó y en sus oídos resonó un pitido agudo que lo dejó zumbando por unos segundos.

Golpeó la madera de la puerta con más fuerza de lo necesario, y minutos después abría un muchacho rubio, bastante gordo y con cara de haber chupado un limón. Sonrió, tenebrosamente, entrando a la casa.

— ¡Mamá, papá! —el chillido semejante al de un cerdo resonó en la casi taciturna casa. Petunia y Vernon Dursley se asomaron, ambos con preocupación tintando sus rasgos faciales.

La mujer se puso pálida, retrocediendo, el hombre se puso rojo, caminando con altanería hacia Sirius. El pelinegro se rió cuando el hombre comenzó a farfullar cosas sobre la policía y ser un delincuente.

—Lo que digas, Dursley. —Se burló el Lord Black, ladeando la cabeza, los ojos pegados a la casi desvanecida figura de Petunia —. ¿Dónde está Harry, Petunia?

El silencio se hizo en la casa, el repentino ulular que sonó ahogado por las paredes solo incentivó más la ira ardiente que recorría las venas del mago.

—No me gusta repetirme, Petunia. —siseó, tronándose el cuello, la comisura de su labio curvándose cruelmente. La mujer se apresuró a movilizarse. Dudley gritó, escondiéndose tras la pared cuando Sirius se movió para sentarse en uno de los sillones —. Toma asiento, Dursley, tenemos que charlar.

— ¿So-sobre qué tendríamos que hablar t-tu y yo, monstruo?

—Si yo fuera tú, controlaría mi lengua… a menos que quieras perderla. —se recostó contra el incómodo respaldo del sillón. Hizo un ademán con la mano, invitando a ambos a sentarse. Después de una corta mirada, los dos muggles estaban sentados —. Ahora, quisiera saber ¿Qué son esos barrotes en la ventana de arriba, mh? Piensen bien su respuesta, no hay segundas oportunidades aquí.

El silencio que siguió fue pesado, tenso y bastante abrumador. Harry entró a la sala, Sirius no tuvo que hacer mucho para reconocerlo, y a la vez tampoco pudo estar en desacuerdo con su sobrino al hablar sobre sus ropas. Respiró profundamente, sonriendo más cálidamente ahora, sus ojos brillando en cariño.

Harry se iluminó por completo cuando lo reconoció. Se veía igual que en las fotos que tenía en los álbumes, quizás con un poco más de barba, pero no mucho más.

— ¿Sirius?

—El mismo y único, Harry.

Se abrazaron con fuerza, el mayor de ellos ahuecándolo contra su pecho como si fuese lo más preciado de su vida. Y lo era. Era una de las personas más importantes en su vida, y seguro que sería la luz de sus ojos de ahora en más.

—Bien, Harry, estábamos hablando aquí con tus familiares. —se rió, sin gracia. El tono oscuro y amenazador no pasó desapercibido para nadie. El moreno los miró, notando el miedo de los Dursley, y la satisfacción placentera llenó su pecho. Sí, pensó, Así se siente estar por debajo de los demás, así se siente ser yo en esta casa —. Querría algo de información sobre estos años, porque no estoy muy feliz de lo que he visto hasta ahora.

 

 

Fue una larga charla, si Harry puede llamarla así. Sirius no parecía particularmente molesto, su rostro frio y calmado durante toda su diatriba de esos horribles años, pero Harry lo sabía mejor. Convivía diariamente con las máscaras de indiferencia, y no había poder humano que ocultara los sentimientos negativos de los ojos azules, que a pesar del calor de sus emociones, parecían dos témpanos de hielo.

Él y sus cosas esperaron a Sirius afuera. Hedwig había sido liberada, con la orden de irse a esperar a la casa de Sirius, o bien, en la mansión de los Black. Harry estaba un poco nervioso por lo que estaba por pasar, sin embargo, era felicidad más que otra cosa.

Sirius tardó un rato en salir nuevamente, pero se veía satisfecho. Harry supuso que esto sería solo el inicio de esto, debido a que conocía muy bien a unos cuantos sangrepuras, y a pesar de que Sirius era un Gryffindor, fue criado en una casa bastante vengativa. No era alguien a quien dar por sentado, eso seguro.

—Bueno, todo listo Harry. Vámonos a casa.

El niño se sintió emocionado, por fin tendría un lugar al cual llamar hogar.

Pasaron el resto de la mañana recorriendo el espacioso lugar, molestando a los cuadros y volando juntos por el gran patio. Mucho más cerca del mediodía de lo que cualquiera supiera, Remus hizo acto de presencia. Lucía enfermo y exhausto, sin embargo el olor de un cachorro feliz lo hizo moverse.

Era difuso en el aire, y realmente no lo reconocía del todo, pero se daba una idea de quien era, y aunque debería estar molesto con Sirius por romper las reglas e ir en contra de las peticiones de Dumbledore, no podía.

Por fin conocería al pequeño Harry, y eso era suficiente para olvidar cualquier otra cosa. Llegó al comedor, donde estaban Sirius y Harry, mirando como los elfos se movían y cocinaban.

—Sirius, ¿Quieres decirme que pasó mientras dormía? —murmuró, su voz áspera y ronca por el sueño. Ambos pelinegros se dieron vuelta al mismo tiempo. Uno con una sonrisa altanera y el otro con ojos sumamente curiosos —. Hola, Harry. Es un placer poder verte de nuevo.

Eso confundió aún más al niño, sin embargo, sus dudas se esfumaron cuando Sirius habló.

—Realmente no pasó nada, Rems. Estuve un rato paseando por la casa, luego de no poder distraerme, decidí que era una buena idea ir por Harry, a ver como estaba porque lo extrañé. —parpadeó con inocencia, sentándose junto a su ahijado, abrazándolo por los hombros. Harry puso ojos de cachorro, acurrucándose en Sirius. Remus era débil ante ambos morenos, sus hombros se aflojaron y su expresión se suavizó inmediatamente—. No adivinaras cómo me encontré la casa de petunia y Vernon, la habitación de Harry tenía barrotes en las ventanas, estuvo encerrado, con sus cosas guardadas bajo llave.

Remus se estremeció, su lobo estaba demasiado por encima de su lado humano como para racionalizar del todo el gruñido que salió de su boca. Harry abrió los ojos como platos, parpadeando rápidamente. Sin embargo, no lo dejó pasar y solo comenzó a asentir.

—Estaban molestos porque… ¡Ah! ¡Casi me olvido! —saltó de la encimera, corriendo hacia la sala, donde había dejado un montón de sobres dentro de una caja. Sirius y Remus fueron tras él, preocupados y curiosos—. Un elfo estaba evitando que me llegaran mis cartas. —comentó, comenzando a revisar todas y cada una.

Los adultos se miraron con confusión.

Le llegaron las cartas de Pansy, Theodore, Blaise, Daphne, Millicent, Gregory, Vincent, Sally, Tracey, Ron, Hermione, Neville y Lily. Había varias cartas de Sirius también, pero ninguna de Draco. Se sentó con un resoplido, confundido.

Sirius se sentó a su lado, escaneando cada sobre, hasta que dio con la respuesta.

—Lucius debe estar molesto con Draco, Harry. —explicó, ganándose una mirada vacilante del pequeño mago. Sirius sonrió con pesadez. Remus se acuclilló frente a ellos, ojos sombríos—. Malfoy no es exactamente un amante de ti, o de nosotros. O de nadie que vaya en contra de sus creencias… Y probablemente esté prohibiéndole a Draco comunicarse.

Remus estiró su mano, acariciando con cariño la rodilla de Sirius. Él, de entre los tres, era el que mejor entendería a Draco y sabría por lo que está pasando, siendo que vivió un trato similar.

Harry frunció el ceño.

—Yo… Draco nunca me habla de su familia. —murmuró, contemplativo—. Pero he escuchado muchas cosas, de Ron, de otras serpientes… Pero sobre todo de otros alumnos de otras casas. Draco no me dice nada, ni de su padre, ni de su madre… Yo no sabía que su padre fuera capaz de aislarlo.

Sirius vio en los ojos de su ahijado el mismo fuego protector que vio en Remus y James cuando todo era demasiado para su joven yo, cuando no soportaba más mantenerse fuerte ante el repudio y odio de su familia. Cuando llegaba una vociferadora de su madre. Cuando recibía la frialdad de su hermano menor.

Pasó un brazo por el hombro de Harry, acercándolo.

—Malfoy es incapaz de pocas cosas cuando se trata de que todo se haga como él quiere, Harry. —Dejó un suave beso en la coronilla del niño—. Y debes estar listo y atento, porque pisoteará a Draco si así lo necesita… Tienes que esperar lo peor de ese hombre.

La sangre de Harry hirvió ante el pensamiento, su mejor amigo no tenía que sufrir ante nadie. Nadie podía hacerle eso a él.

—Estaré ahí, Sirius. No lo voy a dejar solo. —declaró, ganándose sonrisas cariñosas.

—Eso quería escuchar. Ahora, vayamos a comer, y luego podremos ver el regalo que tengo para ti.

Harry se animó ante eso, distrayéndose de las cartas con efectividad.

Comenzó a aprender más de sus padres en el día, ambos hombres siempre dispuestos a responder todo lo que Harry preguntaba, inclusive cosas tontas o mínimas, las decían sin ningún problema.

Harry se sintió en familia, por primera vez.

Aprendió, por ejemplo, que su madre era alérgica a las nueces y que james casi se muere de un infarto cuando Lily se comió uno de sus chocolates porque tenían pequeñas avellanas y trozos de nuez dentro. Ese día en la enfermería había sido su primer beso, porque su padre no la había dejado sola y actuaba tan preocupado que ella no se resistió.

Se enteró, también, que sus padres eran buenos en pociones, su padre era un muy buen alumno, destacado inclusive. No era alguien que dejaba por sentado el estudio, pero tampoco se metía demasiado en eso.

Aprendió que ellos se llamaban “Los Merodeadores”, aprendió que se llevaban peor que mal con Snape, aprendió sobre un lado no tan agradable de su padre. Aprendió que su madre los detestaba en un punto. Aprendió que Snape era amigo de su mamá.

Aprendió muchas cosas.

Para cuando cayó la noche, sentía que estaba mucho más cerca de su familia, aun si solo era el primer día. Se fue a dormir en paz por primera vez fuera de Hogwarts, y cuando estaba en medio de eso mismo, algo rascó su ventana y Hedwig ululó con fuerza.

Abrió un poco la cortina, encontrándose con un búho negro como el carbón y ojos azules enormes, juzgadores y molestos. Rascó el vidrio de la ventana, nuevamente.

Abrió, acercándole algo de comida de inmediato.

Era un paquete de tamaño medio y una carta, con curiosidad se acercó.

Draco Malfoy, citaba el sobre.

Sus ojos brillaron, corriendo a abrirlo. Se acomodó en la cama.

Hola, Harry.

Lamento mucho no haberte escrito en lo absoluto, y más aún por no hacerlo para tu cumpleaños, pero te aseguro que no estoy molesto ni me olvidé de ti, pero las cosas en casa están muy complicadas. A mi padre no le hace mucha gracia que sea amigo tuyo y de Ron o Hermione. Estaba echando humo cuando lo vi en la estación, y luego estuvo sermoneándome durante horas.

Fue peor que una clase de Binns. Y Merlín sabe que eso es casi imposible de lograr.

Harry hizo una mueca, aunque Draco estaba tratando de sacarle importancia, apostaba que fue una discusión dura. Conociendo al rubio, no simplemente asintió a todo, sino no seguiría castigado como lo demostraban las cartas de Pansy o Theo, preguntando por el silencio de radio del rubio.

Estoy preso en mi habitación, realmente parezco un convicto aquí. Tengo de comer y de beber, pero solo puedo caminar entre estas cuatro paredes. Te imaginarás como está yendo eso para mí.

Ni siquiera estoy participando en las fiestas de alta alcurnia, Daphne va a matarme cuando vuelva a verme, si es que mi padre no lo hace primero. Está cansándose de que no ceda.

Pero dejemos eso de lado, lo importante eres tú aquí.

¡Feliz cumpleaños! Desearía poder estar ahí, contigo, y poder pasar un buen rato.

Con esta carta va el regalo, espero que te guste. Lo logré con ayuda de uno de mis elfos, y no puedo hacer mucho más.

Espero con ansias el nuevo año.

Te extraño.

Con cariño, Draco.

PD: Revisa el diario que te regaló Daphne, cara rajada.

Dejó salir una risita. Dobló la carta, guardándola nuevamente.

Abrió con cuidado el paquete, las envolturas de papel madera crujieron. Dentro había dos pequeñas cajas. Dos bonitos muffins con crema rosa, presumiblemente de fresa, y en la otra había un montón de cajitas más.

Tardó un poco en abrir todo, pero para cuando estuvo todo frente a él, estaba llorando abiertamente. Tanto, que Sirius y Remus se apresuraron a ver que sucedía, ver si estaba bien.

Un montón de fotografías móviles, de Harry y sus amigos, de sus amigos solos, de Sirius, de Harry solo, entrenando, discutiendo con Ron o haciendo cosas tontas. De Draco con él. Todos tenían algún epígrafe, para recordarle el momento.

Fue un gran gesto, pero lo que lo había hecho llorar era lo que decía en la foto de él y Draco, que no recuerda de cuando es (aun si tampoco sabe de donde salieron todas, porque no recuerda haber visto alguna cámara), <Para que, así como lo hicieron tus padres y tíos, empecemos a guardar todos nuestros momentos juntos, y así poder recordarlos de más grandes. Te quiero, Harry.>

La perfecta caligrafía de Draco era sumamente reconocible, a pesar de que sus ojos estaban nublados y no paraba de temblar.

Durmió perfectamente, acurrucado en su nueva cama, en su nuevo cuarto, con las fotos de sus amigos esparcidas en su escritorio, listos para que al día siguiente las colgara, sin embargo, su despertar no fue tan placentero.

Se levantó con un grito, cayéndose de la cama. Su mano ardía, más bien, su muñeca lo hacía. Se fijó en ella, viendo la serpiente retorcerse y temblar. Estaba quemándole, aun si parecía no ser así. Su piel estaba intacta.

Su magia ardía, dolía.

Sirius irrumpió en la habitación, abalanzándose para sostenerlo, mientras Harry derramaba lágrimas y lágrimas de dolor. Remus sentía a su lobo retorcerse al ver así a su cachorro. Trataron de quitarle la pulsera, pero Harry retrocedió.

La última vez que alguien trató de acercarse a ella con intenciones de apartarla, o incluso de dañarlo a él (léase como: el tío Vernon fue así de idiota), la pulsera se estiró y mordió al tercero, inyectándole algún somnífero, sacándolo de combate.

Se acurrucó en Sirius, respirando con dificultad, y cuando el ardor paró abruptamente, pudo moverse. Se sentía entumecido, como si un camino lo hubiese atropellado. Mirando la pulsera, recordó la carta de Draco, cuando se la regaló.

“…tu pulsera tiene un pequeño truquito que es más para mí que para ti, pero funciona en ambas direcciones. Con suerte no te lo voy a tener que explicar.”

—Draco… —jadeó, Sirius lo levantó lentamente, acomodándolo en la cama, sentado. Remus se acuclilló frente a él. Ambos adultos lo miraron con confusión.

“…va a matarme cuando vuelva a verme, si es que mi padre no lo hace primero.”

— ¿Qué sucede con Draco, cachorro? —susurró Remus.

—Algo le pasó a Draco.


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