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Al Filo del Peligro por Aquarius No Kari

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Notas del capitulo:

Este fic fue escrito para el Desafío Semanal del Club de Lectura de Fanfiction, con un final Abierto.

La historia contiene tortura sexual, pero no contiene violación ni violencia física. 

Al Filo del peligro 

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—¡Milo, cuidado!— El grito masculino de aquel hombre fue opacado por la estruendosa explosión que se desató tras él, ahí en el comportamiento de la pólvora. Sintió un empujón inhumano que lo impulsó por los aires y lo estrelló de frente contra el agua silenciosa y oscura del océano, provocando que soltara la espada, por los músculos entumecidos a pesar de los esfuerzos que hacía por incorporarse, nadar y volver a la lucha; sin embargo, cerró los ojos y fue sumergido en una penumbrosa y fría oscuridad.

 

Cuando volvió en sí otra vez, estaba recostado en una cama blanda, cubierto por mantas, y con las manos atadas sobre la espalda de un modo firme, pero amable, que no lastimaba sus muñecas. 

 

Tenía los pies libres y sueltos, por lo que comenzó a patear las sábanas para ponerse en libertad, incorporándose sobre el colchón mientras forcejeaba por desatarse. Al estar descubierto, con los pies desnudos sobre la alfombra, notó que la ropa que traía en ese momento no era suya, pues llevaba en vez del pantalón de cuero, el jubón, o la blusa escarlata que había usado esa mañana, un calzón de marinero color blanco y una camisa parca como camisón, con olanes y mangas anchas que hacía juego con el uniforme. 

 

Se dio cuenta que su estancia en esa habitación, y su estado físico completo, ahora tenía sentido, pues era un prisionero de la marina. 

 

Cuando aquella idea atravesó su mente, un par de oficiales entraron en la habitación, y aunque el muchacho intentó darles una patada y huir de su aprehensión, los hombres lo sostuvieron con fuerza; y a base de empujones y protestas, abandonaron la habitación.

 

El joven pirata observó el pasillo por dónde lo iban arrastrando, moviéndose frenéticamente entre su agarre. Tenía una mordaza en la boca, así que no podía gritar ni enviarlos al infierno con un florido lenguaje, pero al menos se aseguraba de hacerles difícil la tarea de llevarlo.

 

Finalmente, se detuvieron en una puerta de color café oscuro, con una especie de adorno insignia de acuerdo al rango que el hombre dentro ocupaba, donde uno de los oficiales dio un par de golpes para anunciarse.

 

—Adelante—. Respondió una voz fuerte y varonil. Aquel sonido insignificante logró detener los movimientos del muchacho atado y amordazado, trayendo a su cabeza pequeños destellos de un pasado lejano entre él y un par de gemelos iguales, más nunca comparables, pues mientras uno era capitán de la marina, él otro se convirtió en un pirata audaz, implacable y descarado. 

 

La puerta se abrió, y los dos oficiales entraron a la habitación con el hombre a cuestas, tirándole burdamente sobre la alfombra. 

 

—Pueden retirarse—. Señaló, mirando al muchacho, quien en ese momento trataba de incorporarse sobre el suave pavimento bajo su cuerpo. Al levantar la mirada encontró un par de orbes color esmeralda mirando desde su alta e imponente posición—. Buenas noches, querido Milo.—. El nombrado le devolvió una mirada sorprendida, que después cambió a una altiva mientras trataba de sonreír con la mordaza aun sobre su boca. 

 

Aquel hombre vestía la ropa característica de su rango, desde esa camisa marfil, hasta la almilla color marino y el bonete en punta sobre la cabellera de azul sideral. Tenía la melena amarrada por detrás, así que Milo no podía admirar si aún era tan larga como la recordaba de adolescente, o si la había cortado en algún momento de su viaje. Kanon, su hermano gemelo, si lo había cortado porque no quería parecerse a Saga. 

 

El muchacho sobre el piso se incorporó, y cuando estuvo totalmente de pie, notó que aquel almirante marino aún era más alto y gallardo. Lo vio tomar una daga, y aunque tenía miedo muy en el fondo, no retrocedió, ni siquiera cuando este se acercó y colocó la punta cerca de su yugular; sin embargo, no fue piel lo que el filo encontró, sino la tela que cubría su boca. 

 

—¡Vaya!— escupió Milo a un lado el sabor sucio de la tela—. Esperaba a cualquiera, menos a ti—. Lo barrió con la mirada. Saga sonrió al pasarse la daga por los dedos como si el filo no le preocupara en lo absoluto. 

 

—Pues lamento decepcionarte…— respondió con sarcasmo, mirando al joven pirata con esos ojos grandes y verdes, notando el paso del tiempo desde que dejó aquella pequeña isla en Grecia para convertirse en marino. En ese entonces, Milo tendría como doce o trece años. Ahora, tras una década, él tenía una edad en la que los vicios y cualquier otra tentación no estaba prohibida.

 

—Consideraré perdonarte si me sueltas—. Dijo el pirata, señalando con la cabeza el agarre sobre su espalda, aunque en realidad no tenía esperanza de que eso ocurriera. Saga se rio.

 

—Sabes que eso no va a pasar—. Contestó. El otro alzó los hombros, y admiró la habitación. 

 

—Bien, Saga, supongo entonces que no me invitaste a tomar el té—. Torció una sonrisa, y vio como el mayor continuaba el pequeño juego entre sus dedos con el puntiagudo acero.

 

El capitán de la marina se tomó un tiempo para pensar en su respuesta, cambiando los ojos del muchacho de piel canela y mirada turquesa, al objeto punzocortante sobre sus propias yemas. 

 

—¿Dónde está, Kanon?— preguntó por fin, levantando la mirada hacia él—. Sé que eres el único que lo sabe—. El pirata levantó las cejas, fingiendo sorpresa porque sería un imbécil si no aceptara que esperaba esa clase pregunta.

 

—¿Por qué lo sabría yo?— movió los hombros de forma desentendida. El mayor dio un paso hacia él, poniéndose más serio que antes. 

 

—Porque eres su amante—. Respondió. Milo soltó una carcajada, como si hubiera escuchado el chiste más gracioso del mundo, después cerró la boca y lo miró con frialdad. 

 

—Aunque así fuera… no te lo diría…— Contestó secamente. Saga sonrió de lado, y avanzó otro paso, parándose palmo a palmo con él.

 

—Pensé que lo negarías, pero también esperaba esa irritante lealtad hacia él—. Aunque sonreía, el joven pirata notó que aquel estaba molesto. Lo conocía muy bien para saberlo, así que colocó una sonrisa en sus labios y contestó: 

 

—Es mi capitán, Saga—. La simpleza en sus palabras elevó la ceja del otro con incredulidad. 

 

—¿Solo tu capitán?— Inquirió. Milo arrugó ligeramente la nariz, pero no desvió la vista. 

 

—Eso no te importa…— Contestó parcialmente molesto. Para su sorpresa, el mayor lo tomó por el pecho de la blusa, y tiró bruscamente de ahí para acercarlo peligrosamente a su propio cuerpo, picando con la punta del cuchillo su barbilla sin perforar—. Eres muy valiente amenazando a un hombre atado, oficial… quiero decir, “capitán”…— el nombrado clavó los dedos bruscamente en la piel canela del otro cuando los enterró en el hueco de sus pómulos. 

 

—Tienes dos opciones, Milo: puedo matarte lenta y cruelmente… o me dirás lo que necesito oír…— El menor no se amedrentó. 

 

—Sabes que no lo haré…— Murmuró con frialdad. Saga movió el puntiagudo objeto sobre la barbilla ajena, hacia el cuello, con el cuidado necesario para no rasgar la piel. Sonrió de lado y afianzó el agarre sobre su rostro. 

 

—Lo haremos por las malas entonces…— Respondió peligrosamente. Milo mantuvo la mirada desafiante sobre el otro, mientras él se acercaba en cámara lenta con esos ojos cargados de orgullo y seguridad. Entonces sintió aquella boca suave y sedienta, sobre sus propios labios secos y partidos, y aunque al principio se sorprendió por aquella invasión, enseguida lo mordió; y de buena gana le habría arrancado un pedazo de labio, de no ser porque él lo amenazó con mayor precisión con el objeto punzocortante sobre la yugular, colocando un freno en esa intención.. 

 

Saga se apartó, y Milo contempló que tenía el labio ligeramente lastimado por el filo de sus propios dientes, pero no parecía adolorido o arrepentido por lo sucedido. Mantuvo la daga sobre el cuello del pirata, quien intentó alejar su piel moviendo la cabeza hacia atrás. 

 

El mayor sacó un pañuelo con la mano libre y se limpió la sangre en el labio con un movimiento fino, sin despegar la mirada esmeralda, de su prisionero. 

 

—Última oportunidad, Milo…— Sentenció. El pirata torció los labios. 

 

—Sabes mi respuesta—. Respondió decididamente. Sus palabras, por supuesto, no decepcionaron al capitán marino. 

 

—Como quieras…— El mayor volvió a tomarlo con brusquedad, y dándole la vuelta, lo arrojó contra el escritorio de madera dentro de aquella espaciosa habitación, para ponerlo de cara sobre la superficie lisa, encima de algunos mapas y un tintero que se derramó. Milo sintió el cuerpo del otro sobre su espalda, y un bulto ostentoso que se frotaba contra sus glúteos por encima de la ropa. 

 

El pirata se sorprendió por aquello, y se movió desesperadamente para evitar aquel peso y las intenciones sucias del hombre tras él, sin embargo, no podía obtener su libertad aun cuando jalaba la cuerda que le sostenía las muñecas. Saga, por su parte, se movía encima de él con un vaivén gustoso para mostrarle el arma punzante con la que pretendía sacarle aquello que deseaba escuchar. 

 

—Podría tomarte aquí y ahora…— Le susurró sobre el cuello, al inclinarse sobre el apoyo de la mano encima del escritorio, mordiendo la tela del hombro y la piel bajo esta.

 

—No me hagas reír…— habló entre dientes, tensando la mandíbula—… Los hombres correctos como tú, no hacen eso…— la respuesta de Saga fue una pequeña risa sobre su nuca, mientras iba haciendo a un lado su larga y complicada melena turquesa oscuro, primero con los dientes, después con el mango de la daga. 

 

—Eres un pirata, mi querido escorpión…— Sí, así solía llamarse así mismo cuando estaba en alta mar: el escorpión asesino—… No tengo que ser amable con una escoria como tú…— El otro tragó saliva con dificultad, mientras sentía el ligero desprecio en la voz ajena.

 

Al oír aquella declaración, se movió erráticamente, y todo empeoró al sentir el filo de la daga, abriendo el calzón de marinero que estaba usando, y la ropa que cubría sus partes íntimas, escapar por sus piernas, hasta los tobillos. 

 

Debería pedirle detenerse, o suplicar no deshonrar su intimidad de esa forma tan burda, pero no quería humillarse y rogar. Preferiría dejarlo hacer lo que quisiera, y matarlo después.

 

Entonces sintió un bulto de mayor tamaño acariciar sus glúteos, restregándose contra él, y los dedos ajenos buscar sus testículos con una caricia suave, subiendo despacio hasta su miembro para apresarlo con la mano caliente y firme, dándole un poco de atención. Milo se mordió los labios y detuvo sus movimientos mientras apretaba las manos atadas sobre la espalda, y cerraba los dedos en la ropa del otro que tenía al alcance; sintiéndose temeroso y ansioso por las intenciones de aquel hombre. 

 

—¿Me lo dirás…?— susurró Saga sobre su oído. El otro se impulsó hacia atrás, tratando de pegarle en la nariz. 

 

—¡Vete a la mierda!— Gritó con rabia. El capitán de la marina sonrió de lado, y manteniendo la cárcel entre su peso y el escritorio, se lamió los dedos, y húmedos y tibios comenzó a masturbarlo con suavidad, mientras continuaba restregando su cuerpo contra él. Milo se aferró a la ropa del otro mientras intentaba negarse a las caricias de aquel, sintiendo aquello duro pegarse a su cuerpo con movimientos oscilantes. No sentía la carne caliente del otro, solo su ropa, pero eso bastaba para ponerlo tenso y ansioso. 

 

Saga hizo un hueco entre sus dedos, y con la palma sobre la virilidad del otro comenzó a deslizarse con movimientos suaves que lentamente se volvieron firmes en aquella zona sensible de su cuerpo. Milo se arqueó y apretó los labios mientras clavaba los pies sobre la alfombra bajo ellos, sintiendo los besos y mordidas del otro sobre su espalda, y el cuello que dejaba expuesto al tirarle del cabello con la misma mano que aún sostenía la daga. 

 

El pirata trataba de resistirse al placer que comenzaba a azotar su cuerpo, con choques eléctricos que iban de aquí hacia allá; pero apretar los labios, morderlos, o aferrar las uñas contra la alfombra no le servía, porque aquel hombre sabía dónde y cómo acariciar, en que velocidad y con qué precisión hacerlo, hasta que la boca de Milo lo traicionó y obtuvo un jadeo entrecortado. Entonces se detuvo un momento, y él pensó que frenaría todo acto, o que haría algo más, porque podía sentir la virilidad de ese hombre gallardo demandar la atención correcta entre sus glúteos; sin embargo, continuó dándole a Milo pequeñas y espaciosas estimulaciones, que cobraban vida y frenaban de golpe; arrancando de sus labios apretados, suspiros y gemidos y entrecortados. 

 

Tras un par de caricias, sintió el puntiagudo miembro del otro rozar su piel: caliente, duro y ligeramente húmedo, moviéndose entre las dos prominencias del escorpión; y aunque lo sentía moverse y restregarse contra él, nunca intentó tomarlo a la fuerza a pesar de sus demandas. 

 

De pronto se detuvo, y Milo pensó que llegaría lo inevitable, pero cuando menos se dio cuenta, el peso sobre su cuerpo desapareció. 

 

—Como dije antes, tienes dos opciones…— Saga se alejó de él, y Milo sintió que el corazón se detenía dentro de su pecho…— Puedes decirme lo que necesito, o puedes morir—. Comenzó a acomodarse el pantalón y el miembro de vuelta a la pequeña cárcel dentro del pantalón. 

 

Milo apretó los dientes con furia y vergüenza, mientras trataba de recuperar el ritmo sereno de su propio corazón. Con la ropa aun entre sus piernas, estorbando a los tobillos, se incorporó, dio la vuelta, y clavó sus ojos en él, bañados de ira. 

 

—Pedazo de mierda…— masculló. Saga se rio mientras lo cercaba otra vez. 

 

—Podría hacerte mi concubina…— pasó el filo del puñal por la prenda que todavía cubría su cuerpo, rasgando la tela con el puntiagudo objeto, desde los sensuales y fornidos pectorales, hasta el miembro erecto y descubierto que parecía extrañar las atenciones de Saga—… pero necesito educarte primero…— señaló su propio labio con la punta de la lengua.

 

—Prefiero morir…— Bramó el otro todavía rojo de ira. El mayor colocó la punta del arma bajo la barbilla ajena, acercándose nuevamente al pirata para susurrar sobre sus labios. 

 

—Ya veremos…— lo acarició con la lengua unos segundos, antes de alejarse—. Denle ropa al prisionero—. Ordenó al salir del camarote, dejando a Milo semidesnudo, lleno de rabia.

 

—¡Vete a la mierda!— le oyó gritar mientras se alejaba.

 

 Él soltó una carcajada…

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Notas de autor:

El reto del club es hacer un final abierto, así que espero haberlo lograso.

 


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