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El sol no sabe dejar de brillar por blendpekoe

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Notas del fanfic:

Esta es la primera historia que escribí, además de ser mi primera experiencia relacionada a la escritura. Espero que la disfruten y me digan si les gustó, algo como eso puede darme mucha alegría.

 

Hay cosas a las que uno se acostumbra, a pesar de haber dicho en algún punto anterior no estar de acuerdo con susodichas cosas. En mi caso, una de esas cosas, era el comportamiento de mis compañeros de trabajo. Nosotros, todos hombres, trabajábamos separados por cubículos en un departamento de la empresa donde la existencia de mujeres se limitaba a una sola; y era la chica de limpieza.

Siempre estuve en contra del comportamiento machista, o innecesariamente exagerado de algunos hombres. Incluso lo censuraba en mis épocas de estudiante. Pero cuando comencé a trabajar, supe que era algo con lo que no podía luchar y algo a lo que terminé acostumbrándome. Si bien no participaba, ya ni siquiera me molestaban los temas de conversación que se daban a mi alrededor. Como dije, al ser un lugar donde no había mujeres frente a cuales cuidar el lenguaje y comportarse, era común y diario escuchar las muestras de orgullo y gloria del sexo masculino, entre otras cosas.

La chica de la limpieza, al ser considerada de una clase social más libre de prejuicios, era tratada de manera especial. Se le permitía opinar y discutir descaradamente la posición machista entre risas, la misma posición que parecía no molestarle a la hora de recibir atención o ante la inutilidad de la mayoría en mantener limpio un escritorio.

Su trabajo era estar en caso de que sucediera algo imprevisto que comprometiera la decencia del lugar, lo que se traducía en limpiar café derramado o liberar tachos de basura que amontonaban papel. La limpieza real sucedía cuando nosotros no estábamos, fuera de nuestro horario laboral.

No era linda pero aún así todos parecían estar dentro de una competencia tácita para ganarse el milagroso y deseado "sí" de parte de ella. Para con eso demostrar que, como en sus habladurías decían, eran hombres que conseguían lo que querían y las mujeres eran tales como ellos describían.

Aprendí que esto era un juego inofensivo para olvidarse un poco del trabajo y alivianar la larga estadía diaria. Porque cuando la chica tomó vacaciones y trajeron otra para reemplazarla esas dos semanas, el juego siguió con esa otra que sí estaba lejos de ser linda.

 

Fue un día sin previo aviso, un lunes para ser más exacto, que hubo una graciosa disconformidad unánime entre mis compañeros al encontrarse con que la chica de la limpieza no estaba. No sólo no estaba, no volvería, el chico que la reemplazaba lo confirmaba. Pero las quejas cesaron cuando cerca del medio día alguien vino a explicar que se habían tomado tales medidas ante las acusaciones de acoso que venía reiterando la chica. No se dio nombres, algunos se pusieron paranoicos, pero se declaró que sólo había un culpable quien ya había recibido un severo aviso.

En el aire se respiraba la futura muerte del acosador sin nombre ante la promesa de varios de descubrir y exponer al culpable. Algo que nunca sucedió.

Mientras tanto, la presencia del chico pasó sin pena ni gloria. Y el desinterés general de llamar por cualquier cosa a otro hombre para un favor, demostró que mis compañeros eran más que autosuficientes a la hora de mantener limpio sus metros cuadrados de espacio. El trabajo del chico terminó siendo bastante desocupado.

 

¿Cómo encajo yo en todo esto? Ismael es mi nombre, pacifista, amante de la música celta, seguidor de todos los campeonatos de tenis, que no mira las noticias ni lee diarios, y desde ese lunes, me volví idiota suspirando en secreto por el chico de la limpieza que respondía al nombre de Alan. No perdí la cabeza y enamoré en ese momento, pero atraía mi atención y magnetizaba mis ojos.

Mis compañeros eran mis compañeros como más o menos describí, no podía ni siquiera obligarme a interesarme por el mejor de todos, tampoco lo intenté. Pero este chico había aparecido un día y nada tenía que ver con el mundo de presunción que me rodeaba ocho horas diarias. Era nuevo, era ajeno, era lindo y en pocos días comencé a fantasear con él.

Con la chica, recuerdo, era terriblemente amable y atento por pura vergüenza de que pensara que yo era como mis compañeros, con el chico nuevo era terriblemente amable y atento de manera natural.

A veces me tomaba por sorpresa cuando pasaba y miraba de reojo mi espacio antes de seguir con el siguiente cubículo, en algún recorrido que hacía para asegurarse que todo estuviera limpio. Muchos lo ignoraban, algunos saludaban casualmente o con bromas, yo lo miraba con plena atención y sonreía, él sólo se reía ante esto.

Cuando tomé más confianza, me puse atrevido y comencé a dedicarle miradas cuando lo cruzaba. Era algo parecido a lo que mis compañeros habían hecho con la chica, pero en mi caso no tenía competencia que me apurara en hacer algo tonto. Aunque tampoco era mi intención.

La verdad, bien sabida por mí, era que no pretendía hacer nada más que jugar con toda la situación. Se me hacía muy lindo y a mí no me venía mal tener algo con que distraer mi mente.

 

Muchas veces lo encontraba cerca de la máquina de café. Según él, era el lugar más propenso a sufrir accidentes. Confirmado por mí cuando, distraído por su risa ante alguna cosa sin importancia que dije, derramé gran parte del café que intentaba sacar de la máquina.

Mil disculpas después, me quedé en un costado mirándolo terminar de limpiar.

—No se preocupe por esto —decía en respuesta, como si de verdad no le importara el desastre.

En ese lugar era el único donde podía intercambiar palabras con él, así que siempre trataba de ir a buscar mi café cuando, después de una revisión calculada del piso, estaba seguro que estaría ahí solo.

 

Algo que también comenzó a hacerse habitual en mí fue soñar despierto en el trabajo. Imaginaba diferentes situaciones que podrían presentarse con Alan, muchas ocurrían en el trabajo, otras en mi casa, algunas eran muy irreales, ninguna era inocente, en todas yo salía favorecido. De esos ensueños solía despertarme el protector de pantalla de mi pc, lo que me indicaba que había estado más de diez minutos en un mundo de culposos deseos.

Camino a casa era inevitable ponerme a repasar el suceso del día, desde una mirada hasta una casi verdadera charla junto a la máquina de café, cualquier cosa en la que él fuera partícipe. Y usaba estos momentos mientras manejaba para hacer conjeturas sobre la vida del chico que limpiaba; todos los días, en mi cabeza, le daba una vida distinta. Una vez hasta llegué a darle esposa e hijos, por variar.

 

No sé si todo eso era estar obsesionado. No podía sacármelo de la cabeza y ni siquiera lo conocía. Sabía que él, físicamente, me atraía. Tenía la piel muy blanca, como si poco lo hubiera tocado el sol, y cabello oscuro, que luego de un extenso trabajo de observación que llevé a cabo por dos semanas, no tuve dudas que no era su color natural. Sus ojos eran marrones pero sostenía una mirada fuerte, labios pequeños, dientes perfectos. Me llamaba la atención que siendo joven tuviera marcadas las líneas bajo sus ojos, pero gracias a esas mismas líneas cuando sonreía se veía muy dulce. Su cuerpo era algo que en gran parte adivinaba, su uniforme bordó cubría mucho para mi gusto. Era delgado y eso era todo lo que se permitía saber. Era un poco más bajo que yo, y al acostumbrarme a eso, se convirtió en algo más que empecé a adorar.

 

Todo eso me tenía animado e inquieto a la vez. El mío era un comportamiento nuevo, dejarme seducir por la imagen de un completo extraño era algo que nunca me había permitido. Lo que demostraba que yo estaba cambiando a una persona capaz de aceptarse a sí misma. El chico había tenido un gran timing en mi vida. Me hacía sentir muy bien que la atracción que tenía no estuviera haciendo lo contrario: hacerme sentir mal.

 

A veces, en mis mejores días, al ir a buscar café, intentaba persuadirlo para que aceptara una taza que yo ofrecía con insistencia. Sabía muy bien que no tenía permitido tal cosa, aunque no estuviera ocupado con una tarea, tenía que estar atento para cualquier cosa que ocurriera. Él mismo me dijo la primera vez que intenté invitarle café que lo matarían si lo veían.

Y entre bromas y risas yo insistía para que aceptara de cualquier forma, sintiendo que sería una increíble victoria si lo convencía y mi voluntad se hiciera por sobre su trabajo.

Nunca lo lograba, pero conseguía incomodarlo o hacerlo reír, y claro, hablarme más de lo habitual.

 

Finalmente, un día luego de haberme asegurado que todos estuvieran en su lugar de trabajo y Alan cerca de la máquina de café, conseguí algo más de lo normal.

Cuando llegué, él se apoyó en un costado de la máquina esperando que yo comenzara el intercambio de palabras como siempre.

—El estrés debe estar matándote —bromee por su comúnmente falta de trabajo.

Con eso le robé una sonrisa.

—A usted va a matarlo el café si sigue tomando tanto —declaró muy animado en cuanto puse las monedas en la máquina.

—¿Y qué puedo hacer?

Lo miré retándolo a que me diera su consejo, pero su mano desvió mi atención de su rostro y vi que presionaba uno de los botones de la máquina. Enseguida tuve chocolate caliente servido delante de mí. Reí un poco, ante la emoción de que él se hubiera atrevido con mucha confianza a elegir por mí, ya ni hablar, algo que yo nunca tomaba.

Cuando volví a fijar mis ojos en él para decirle alguna tontería, me encontré con su mirada puesta en mí. No una mirada común. Sonreía con una mirada sugestiva, como las que yo le dedicaba de vez en cuando en las que expresaba mis peores deseos sin palabras.

Después de cuatro meses de imaginar cosas, fantasear otras, mirarlo sin descanso, buscar hablarle, pensar en él, y claro, desearlo, respondía a mí.

Quedé petrificado sin saber qué hacer.

Notas finales:

Mis redes, historias y playlists.


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