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D. D. O. por Ucenitiend

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Notas del fanfic:

Los invito a leer esta simple historia que empieza muuuy tibiecita pero que se calienta conforme avanza; con momentos románticos: algunos tristes y otros divertidos; con muchos malentendidos, desencuentros y un poco de humor.

En cada capítulo hay detalles que se aclararán más adelante, así que a no saltearse ninguno.

Sé que no es la mejor historia que hayan leído, pero sepan que pongo todo de mí y disfruto muchísimo escribiéndola. Espero que ustedes también disfruten leyéndola.

Estoy reescribiendo los últimos capítulos, por eso los borré, pero ya los estoy subiendo. Falta muy poco, tal vez, dos o tres capítulos. Gracias. 21/02/2024. 

 

Esta historia está siendo publicada simultáneamente en AO3.

 

Aprovecho para desearles a todos un Muy Feliz  Año Nuevo 2024.

 

 

Faltaban dos días para que los gemelos Elladan y Elrohir, los hijos del Señor Elrond, cumplieran dos mil ochocientos diecinueve años.

Todos los habitantes de Rivendell se preparaban para asistir a los divertidos festejos que, desde siglos, organizaban los cumpleañeros.

Entre los presentes estaría Estel, el humano que se había integrado a la familia de los noldor a sus dos tiernos e indefensos años.

¿Pero cómo había llegado al valle, y por qué aún vivía ahí? 

Después de que Arathorn II fuera herido en un ojo por una flecha orca y muriera en el 2.933 de T.E, Gilraen llevó al pequeño hijo de ambos a Imladris para dejarlo al cuidado de Elrond, quien prometió protegerlo y criarlo como a un hijo. El peredhel ocultó el origen y el verdadero nombre del niño para evitar que fuera hallado por el mal que lo acechaba. Pasaría tiempo antes de que le dijera quién era en realidad y el destino que le esperaba lejos de ahí.

El tiempo pasó, y aquel dulce niño humano que supiera conquistar el corazón de todos, en especial el de los gemelos que habían combatido junto a Arathorn, se convirtió en un hermoso y vigoroso adolescente de dieciocho.

El aire festivo se disipó cuando esa tarde hicieron su trágico arribo los sobrevivientes de una caravana. Estos contaron que unos días antes habían partido de la Aldea de Bree, y que fuera de los límites de Imladris debieron repeler el asedio de un grupo de orcos. Relataron, con lujo de detalles, que ganarles les costó la vida a muchos de sus compañeros, y que los heridos pudieron continuar hasta ahí gracias a los pocos que salieron ilesos.

Entre los hombres y mujeres venía un joven alto y de figura atlética, de pelo rubio, ondeado, largo hasta los hombros; en su alargado rostro, de facciones refinadas, resaltaban sus ojos de un intenso verde agua. No era poseedor de una gran belleza, y para peor traía sus ropas desgarradas y manchadas con su propia sangre y la de sus desafortunados compañeros de camino, de todos modos, de entre todos, atrajo la atención de Estel.

En semejante momento, Estel no se animó a acercársele, pero igual no hubiera podido, porque los atribulados viajeros, estuvieran o no heridos de gravedad, inmediatamente fueron recluidos en la Casa de Curaciones por orden del sabio Elrond, quien fue el que se encargó de atenderlos, personalmente, y en solo dos días obrar milagros en sus maltrechos cuerpos.

Y al fin llegó el día tan esperado. Los festejos dieron comienzo a horas tempranas de la mañana. Recién por la noche, mientras cantaba y bailaba entre los más entusiastas, Estel divisó al rubio que caminaba solo entre los numerosos invitados. Pensó en sacarlo a bailar, pero no se animó, y se conformó con seguirlo discretamente con la mirada casi toda la noche. Se hizo la promesa de hablarle cuando se sintiera más tranquilo, aunque estaba seguro de que en cuanto le expresara al otro joven lo que sentía, este lo rechazaría. Para cuando se enteró de que el rubio y los demás se habían despedido de Elrond y abandonado Rivendell, ya era tarde. Durante todo el siguiente día se recriminó el haberse distraído con sus amigos y no haber estado aún más pendiente del joven, y por creer que tendría tiempo de juntar coraje para hablarle.

Los miembros de la reorganizada caravana habían partido, silenciosamente, durante la madrugada. Su siguiente destino sería Mirkwood; allí permanecerían unos días, luego continuarían su derrotero en busca de tierras en donde establecerse y vivir en paz, algo muy difícil de lograr en los tiempos que corrían, porque el Mal también se reorganizaba y amenazaba con corromper los corazones de todos los habitantes de la Tierra Media sin distinción de especies.

Durante la fiesta, otro joven humano también se entretuvo tanto que olvidó que debía levantarse muy temprano. Hacía pocos días que había llegado al valle y solo iba de paso, pero cuando le ofrecieron sustituir a un elfo cartero que estaba aburrido de esa labor, decidió quedarse por un tiempo y probar. En su primer día de trabajo se levantó tarde, cansado por haber bailado toda la noche, con el estómago revuelto y el cerebro embotado por la excesiva cantidad de cerveza y vino que había consumido. En su hueca cabeza aún resonaban las risas, los brindis y los aplausos en honor a los gemelos, y los alegres cantos al son de los clarines, flautas y arpas tocados por los elfos. Así, y muy malhumorado a causa de la resaca, se apuró a recoger las cartas que debía entregar, entre otros sitios, en Mirkwood.

Luego de reprenderlo por el retraso y entregarle un pesado bolso hecho en cuero de ciervo, el elfo encargado de "Correo y Encomiendas" volvió a explicarle al inexperto por donde debía ir para que el recorrido fuera hecho ordenadamente, así resultaría más fácil y corto.

Pero, como era de esperarse, el joven se equivocó y tomó un camino diferente al que normalmente usaban los otros mensajeros. Después de días de dar inútiles vueltas y entregar solo unas pocas cartas, al fin llegó al bosque cansado y ansioso por deshacerse del lastre que cargaba y volverse rápido a la segura Rivendell. A poco, vio que un extraño se le acercaba, y le hizo acordar que el otro joven humano, el hijastro del Señor, a último momento lo había detenido para entregarle un sobre.

"¿Para quién me dijo que era, y por qué tenía que apurarme? ¿Dijo que... tal vez andaría por aquí, y que es rubio y de ojos verdes... o celestes? ¡Bah, no me acuerdo de todo lo que parloteó!" -pensó confusamente, pero sí recordaba la cantidad de monedas que le diera el inocente Estel para que se tomara el trabajo de encontrar a esa persona. "Y, ahora, cómo voy a encontrarlo si no sé quién es ni dónde vive, además, tengo entendido que por estos lares casi toda la gente es rubia y de ojos claros." -siguió pensando, y su mala memoria y peor voluntad obraron el resto. Se le ocurrió que al primer rubio de ojos claros que se le cruzara en el camino le entregaría la carta, sin importarle que fuera o no el destinatario.

Legolas, que acostumbraba a patrullar esa zona del reino, era quien se le acercaba, y era "el primer rubio de ojos claros".

-Buen día -saludó al humano con amabilidad, pero muy atento a sus movimientos-. ¿Quién eres, y qué haces por aquí?

-Buen día. Eh..., soy el nuevo mensajero de..., y... -dijo el otro, titubeando, y luego revolvió dentro del bolso hasta encontrar el sobre en blanco-. Esta carta es para ti -agregó al tiempo que estiraba el brazo para alcanzársela.

-¿Para mí...? -dijo Legolas y, extrañado, la miró por ambos lados-. Gracias.

A Legolas le resultó raro recibir un sobre sin remitente ni destinatario, en medio del bosque, donde pocos de los suyos sabían que estaría, además, el cartero ni siquiera le había preguntado el nombre. Igual lo abrió, pero tuvo que sacar el papel con mucho cuidado, porque la persistente llovizna caída el día anterior había logrado colarse dentro del bolso y humedecido, curiosamente, solo esa carta. Debió poner mucha atención para comprender lo que decía, y a medida que avanzaba más se sorprendía y conmovía, hasta que cayó en cuenta que esa carta no era para él, entonces levantó los ojos y vio que el humano ya no estaba; quería preguntarle de dónde venía, cosa que debió hacer antes que nada, pero el joven se había escabullido entre los frondosos árboles, aprovechando que él estaba compenetrado en la lectura. Enseguida dobló la carta y la guardó en uno de los bolsillos de su casaca, luego miró al cielo y por la posición del sol se dio cuenta que ya era hora de volver al palacio. De regreso, iba imaginando al enamorado que había volcado sus sentimientos en ese apasionado poema, y a la persona que seguramente lo estaría esperando, y pensó en lo hermoso que sería amar así.

-Qué mal se sentiría si supiera que le escribió en vano -murmuró para sí.

Después de compartir una agradable sobremesa con su querido padre, entró a sus habitaciones y volvió a mirar la carta que había dejado estirada sobre una mesita de mármol gris, que le gustaba mucho, para que terminara de secarse, y de pronto se le ocurrió que podría hacerles un favor a los enamorados: la contestaría. Como la carta tenía algunas letras muy borrosas no pudo descifrar el nombre de quien la había escrito ni de donde era. Abrigaba la esperanza de que el cartero reapareciera, así podría darle la respuesta que escribiría. Seguramente, él sabría a quien entregársela.

-Si me hubiera escrito a mí, qué le contestaría -dijo bajito, empezó a releer la carta y enseguida sintió un suave calorcito creciendo en su pecho.

 

"Haz qu…  yo sepa pr… nto tu mundo inter… or.

Hazme parar el ti… mpo que mueve a los dos.

Deja qu…  sea un  respiro,

hasta que seas tú, d…  mis abrazos presa,

para no separarnos más.

Yo, qu… rré, que en mi viaje  d…  gran vagabundo fueses el fin,

y así convertir en  respiro los mismos mom… ntos

anhelados, ansiados, d…  unir nuest… os cuerpos.

Quiero qu…  sea un respiro este amor

pa… a que nunca muera y darnos aún más.

Y, querré que en tus sueños buscando

un amante me encuentres a mí.

Y, así, convertir en r... spiro la suave canción

que consigue embriagarnos de nuestros recuerdos.

 

                   Ansío verte pronto. E... de ..."

 

Para cuando terminó de leer, ya se había quitado casi toda la ropa y estaba en el balcón refrescándose con el aire nocturno. Mirando las estrellas y escuchando el rítmico canto de los grillos, sintió que ese era el escenario ideal para el romance, pero estaba solo. Sin darse cuenta, se llevó el papel al pecho y suspiró, volvió a entrar al cuarto, y después de meter la carta en su sobre la dejó debajo de un florero lleno de jazmines y azahares, sus flores preferidas, que estaba sobre la mesita. Caminó apurado hasta su escritorio y de encima tomó una hoja, una pluma, tinta, y sacó un sobre de uno de los cajones. De pasada levantó una silla y fue a sentarse junto al balcón, y, más sintiendo que pensando, escribió:

 

"Por ti, mi amor, una vez más,

regresaré los viernes, de la Eternidad,

para llevarte más allá del mar,

si es que tu vida me vas a entregar.

Abrázame, no dudes más,

te construiré con las estrellas un pequeño hogar.

Aprenderemos juntos a soñar,

y nuestro amor no morirá.

Por ti, mi amor, regresaré,

para buscar las tibias notas de tu alma,

para cuidarte y regalarte el sol,

darte alegría y jamás dolor.

Abrázame, serás feliz,

comprenderás que nada muere, nada tiene fin.

Abrázame y conmigo volarás un viernes a

la Eternidad.

 

Pronto nos veremos."

 

Satisfecho, dobló el papel haciéndole coincidir prolijamente los bordes, y antes de cerrar el sobre agregó dos jazmines y dos azahares. Dejó su carta junto al florero y a la carta del desconocido, luego apagó las lámparas y se sacó la camisa que llevaba puesta como única vestimenta. En penumbras, sentado al borde de su gran cama, escuchó su respiración agitada y los fuertes latidos de su corazón. Sintió que su cuerpo y su alma reaccionaban como si lo que acababa de escribir de verdad fuera para un amor que le perteneciera. A la mañana siguiente, ni bien despertó, lo primero que miró fue las cartas y se sintió ansioso como un enamorado; rápidamente se vistió, fue al Salón Comedor y, aprovechando que su padre se había levantado más temprano de lo habitual y ya había desayunado, al paso comió algunas frutas. Ya fuera del palacio, preguntó a todos los que se le cruzaban si habían visto al humano mensajero. Frustrado ante tantas negativas, de pronto pensó que tal vez debería ir al mismo lugar en donde se lo había topado, y eso hizo. Sentado sobre una gran roca, esperó con paciencia hasta que sus oídos captaron los cascos de un caballo que se acercaba al galope por el sendero. Inmediatamente se puso de pie y esperó a que el jinete apareciera, y de un salto cayó delante del corcel y lo frenó. ¡Se sintió tan contento al confirmar quien era!

En cambio, el cartero recibió un susto de muerte, pues en un primer momento pensó que era un asaltante de caminos, pero después lo reconoció.

Legolas lo saludó gentilmente, y, sin dar vueltas, le preguntó si se acordaba de quien le había escrito.

El cartero, temiendo estar en serios líos por lo que había hecho antes, precavido, solo contestó que no recordaba su nombre, pero que lo reconocería en cuanto lo viera.

Recién entonces, Legolas entregó la carta al mensajero, sintiendo muchísima curiosidad por saber adónde la llevaría. Estaba seguro de que el poeta no era un elfo, pues había usado el idioma común de los Hombres, y por eso él había contestado en el mismo idioma. Y estuvo a punto de preguntar por el humano, pero pensó que mejor sería no inmiscuirse más en el asunto, ya lo había hecho demasiado. Tampoco mencionó al cartero su equívoco por temor a que le contase al desconocido lo que había pasado. Confió en que esta vez no habría error y todo volvería a la normalidad entre los amantes, solo temía que su letra fuera muy distinta a la de... la dama.

Esta vez, el insensato cartero cumplió y le entregó la carta a Estel.

Mientras tanto, la caravana permanecía aislada en los límites de Mirkwood, lejos del palacio y de los elfos por orden de su rey. En pocos días continuaría su viaje.

Estel abrió el sobre y devoró las líneas, y se sintió feliz de que el otro también hubiera reparado en su persona y deseara estar con él. Por fin no era rechazado por otro humano de su mismo sexo. Enseguida empezó a hacer planes: tomaría alimentos de la cocina, no muchos, porque siempre podría cazar algo en el camino; armaría su bolso y hablaría con sus hermanos, pues nunca había viajado a Mirkwood, y recordaba que en alguna oportunidad les había oído hacer alusión a ciertos atajos secretos que se usaban para evitar peligros y acortar el largo viaje al Bosque Negro. Se apresuró a buscarlos para pedirles información sobre los mismos, y por más que Elladan y Elrohir quisieron persuadirlo de que no viajara, le ofrecieron su compañía, le preguntaron y repreguntaron y, sobre todo, le advirtieron del enojo de su padre, igual no dijo la razón por la que se iba.  

 

 

 

  

Notas finales:

Quiero aclarar que los dos textos que corresponden a las cartas escritas por Aragorn y Legolas, son letras de dos viejas canciones que me gustan mucho. La primera se llama "Respiro", y la otra "Los viernes de la eternidad". Espero que les guste el fic.


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