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Aún Tom aun si…

Autor: Marbius

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Notas del fanfic:

Disclaimer: No lucro con nada de esto, sólo lo he escrito para pasar el rato y divertirme torturando a los personajes. Eso.

Notas del capitulo: Basado en el prompt otorgado por Aelilim: “who are you” “so this is gonna sound really weird right now but i made a deal to save your life but at the cost of all of your memories of us together and i’m acting like i’m not bothered but i’m dying inside” ANGST. *,*

Aún Tom aun si…

 

I told you that no matter what you did I'd be by your side

Cause Imma ride or die

Whether you fail or fly

Well shit at least you tried.

 

Los arrepentimientos empezaron en cuanto Bill firmó el consentimiento que autorizaba a los doctores extirpar un pedazo del cráneo de Tom, y no hicieron más que crecer conforma las horas en la sala de espera se le escurrían entre los dedos. Que dicho así sonaba fatal, pero entre la disyuntiva de que quizá (y Bill le imploraba a cada deidad de toda religión conocida de la que tuviera conocimiento) Tom sufriera algún daño cerebral o sin más muriera, se quedaba con la primera opción mil veces sin dudarlo ni por un instante.

Estaba en su volición aceptar cualquier nuevo obstáculo que se les pusiera de frente. Ya fuera que Tom perdiera movilidad, habilidades de lenguaje o alguna otra discapacidad que le afectara durante el resto de su vida después de la cirugía, el resultado podría no ser lo más práctico y mucho menos lo más fácil para sobrellevar, pero sería mil veces mejor que afrontar su muerte y dejarlo partir con una resignación que no llevaba escrita en el código genético. Para prueba de ello la tenacidad de Tom en mantenerse vivo a duras penas, gracias a las máquinas, pero también por la fuerza que Bill le compartía en los escasos minutos que le permitían entrar a su cuarto y tocarlo para cerciorarse que bajo los tubos y la hinchazón, seguía siendo el mismo Tom de siempre.  

Durante las horas más oscuras de la madrugada, en la pequeña capilla que el hospital privado proveía para quien necesitara paz espiritual, Bill se hincó sobre el frío mármol aferrando dentro del puño el dije que contenía la inicial de Tom y pidiendo porque la cirugía a la que lo sometían fuera un éxito tanto como pudiera serlo dentro de las circunstancias a las que estaba condicionada. Rezó, lloró, suplicó e imploró por Tom, pero también por él mismo, porque sin su gemelo… temía adquirir consciencia de qué era capaz.

Congestionado por las lágrimas que no dejaban de correrle por las mejillas, Bill no escuchó las pisadas de la enfermera jefe hasta que ella se paró a su lado y le tocó el hombro lo más cuidadosa posible para no sobresaltarlo.

—¿Señor Kaulitz?

—¿T-Tom est-tá b-b-b-ien? —Titiritó Bill de un frío que iba más allá de lo físico; era él quien absorbía el calor de su alrededor y lo reducía a nada.

—Acaba de salir de quirófano. No despertará en al menos un par de horas, las suficientes para que usted vaya a casa y…

—No podría dormir.

—… tome una ducha, coma algo y vuelva a tiempo para la primera revisión —finalizó la enfermera, quien a lo largo de su oficio ya se había habituado a la entrega a la que se sometían los familiares del paciente, que si por ellos fuera, hasta ocuparían su sitio en la camilla—. Su hermano está estable, y se lo prometo, nada le pasará mientras usted no está. Yo lo cuidaré en persona y me aseguraré que así sea.

—Pero…

—Insisto —presionó la mujer, una impresionante matrona que le iba a la zaga en altura y que seguro sabía imponer su voluntad si a eso tenían que llegar—. Necesitará una maleta con ropa para los siguientes tres días, y sus enseres personales. Puede también traer consigo una bolsa de dormir y todo lo que precise durante el tiempo que su hermano dure internado aquí.

—Es mi gemelo —musitó Bill, sobrecogido por el miedo no tan irracional de que fuera la última vez que tuviera hacer la aclaración en tiempo presente. Pasar de es a era le aterraba.

—Oh, ¿en serio? Veía el parecido de hermanos, pero no llegué a imaginarlo. En fin, hágame caso. Vaya a casa y dese al menos dos horas para poner en orden sus asuntos. ¿Ya llamó a sus padres?

—Viven al otro lado del mundo, en Alemania. No sabría… yo no… —Bill se sorbió la nariz—. No es una noticia fácil de dar.

—No, pero es necesario hacerlo. Y cuanto antes mejor.

Bill asintió. —Ok, usted gana. Iré a casa, pero volveré lo antes posible.

—Muy bien. Y aquí lo esperaremos. Vaya sin pendiente.

Sintiendo que detrás dejaba una valiosa parte de sí que podía evaporarse si le daba la espalda por más tiempo del prudencial, Bill manejó como en un sueño. Los caminos estaban desiertos salvo por uno que otro vehículo con el que se cruzaba y que seguro iban o volvían del trabajo, porque apenas era lunes (corrección: la madrugada del martes) y dudaba de otros motivos. Después de consultar la hora en su reloj de pulso calculó que faltaría por lo menos una hora más antes de que el sol apareciera en el cielo, y se lamentó que fuera diciembre. La pesadilla en la que se encontraba inmerso no terminaría hasta que los rayos del sol la iluminaran y le quitaran los tintes lúgubres a los que él era tan dado cuando Tom no estaba a su lado para ponerle los pies en la tierra.

—Tomi… —Movió Bill los labios, y una nueva oleada de ardientes lágrimas le empañó los ojos.

A duras penas llegó a casa y abrió la puerta principal, y en la entrada lo recibieron Pumba y Rosco, exigentes porque desde muchas horas atrás se habían quedado sin agua y croquetas, pero que en su condición de animales no comprendían que eso se debía a causas mayores.

—Rosco, ven acá —abrazó Bill al perro de Tom, y era como si éste intuyera que algo malo le había ocurrido a su dueño, porque al instante gimoteó y rascó el suelo con sus patas delanteras—. Papi no vendrá por un par de días, pero estará bien, bebé. Te lo juro que estará bien —murmuró Bill, acariciándole tras las orejas y buscando valor del que le quedaba para transmitirle.

Pumba también captó que algo no iba bien con su dueño, porque apoyó su cabeza en la rodilla de Bill y no se movió de su sitio hasta que a éste se le acalambraron las piernas y necesito ponerse en pie.

—Bien, una ducha y después… no sé. Pero una ducha primero —masculló Bill para sí, dejando un reguero de ropa con manchas de mugre y sangre por las escaleras y el corredor de la planta alta. Sin molestarse en cerrar la puerta del baño, Bill se sumergió bajo el chorro de agua caliente y siseó cuando el líquido cayó sobre las pocas y bien contadas laceraciones que llevaba consigo, y que a diferencia de Tom, eran mínimas.

Lavando su cabello con champú, Bill cerró los ojos, y con asombrosa claridad apareció detrás de sus párpados la escena que desde doce horas atrás lo estaba atormentando.

Tom en su motocicleta. Tom acelerando y ejecutando giros. Tom ignorando sus advertencias de que la grava sobre la que rodaba estaba suelta por la única lluvia de los últimos seis meses… Luego tres fragmentos de roca golpearon a Bill simultáneamente en el lado derecho del rostro, sincronizados a la perfección con el olor a sangre, gasolina quemada y polvo que impregnó el aire cuando Tom derrapó por el camino y se fue a estrellar directo contra un árbol seco que se vino abajo por la fuerza del impacto.

Del resto sólo tenía recuerdos inconexos que acomodó por orden mientras aguardaba en la sala de espera a que los médicos estabilizaran a su gemelo y por fin alguien se dignara a darle un veredicto preliminar.

Al diablo con el joven interno cuya primera estupidez fue recalcarle lo afortunado que era Tom por haber llevado puesto el casco de protección y con él haber amortizado la mayor parte del impacto, porque sin él ya sería hombre muerto y estarían arreglando su traslado a la morgue con una cinta amarrada al dedo gordo del pie. Con culpa posterior, Bill tenía grabada con dolorosa precisión la manera histérica en la que lo había asido por las solapas de su bata blanca y para su sorpresa sacudido hasta que el guardia de seguridad intervino y le pidió que se tranquilizara o lo iban a expulsar de las instalaciones.

—¡ME IMPORTA UNA MIERDA LO MILAGROSO QUE LE PAREZCA! —Seguido de una orden directa de informarle del estado de Tom o de volver en ese instante a la sala de urgencias y no regresar hasta que tuviera novedades.

Su petición se había visto cumplida a medias, porque de pronto aparecieron a su lado dos hombres, que según como él intuyó, no estaban ahí para consolarlo.

Uno era el abogado del hospital y el otro el doctor encargado de la guardia nocturna, y entre los dos le dejaron claro que Tom necesitaba pasar por el quirófano, y que el riesgo que corría de morir en la plancha era elevado.

—… pero —prosiguió el médico antes de que Bill lo mandara a freír espárragos por venir con semejante pronóstico—, le advierto que una esperanza de quince por ciento es siempre mayor que una de cero por ciento. Todavía hay esperanza.

Que puesta así sobre la mesa y sin una alternativa razonable a la que optar como segunda opción, Bill firmó en el consentimiento y después se lamentó una vez que su capacidad de raciocinio procesó a qué clase de intervención había aceptado que practicaran sobre Tom. Y es que sí bien entendía que cirugía de cerebro tenía un cierto toque de invasiva, no abarcaba en lo más mínimo la verdad de lo que estaba por ocurrirle a su gemelo.

El nombre oficial era craneotomía, que simplificado para que Bill lo entendiera en inglés a falta de un traductor que se encargara de toda la jerga especializada, era retirar un pedazo del cráneo de Tom para que la presión interna que se había acumulado por la contusión recibida durante el golpe no dañara el delicado tejido. Según los médicos, un procedimiento sin mayores complicaciones a cualquier otro similar, pero que debido al estado delicado de Tom, conllevaba riesgos de infección y estrés que podrían resultarle fatales.

De las secuelas hablarían después, y bajo esa amenaza, fue que Bill deseó como nunca retroceder el tiempo y tomárselo con más calma antes de estampar su rúbrica, pero lo pasado en el pasado se encontraba, y ningún ferviente deseo suyo lo cambiaría. A partir de ese momento, tendría que lidiar con las consecuencias que su nombre estampado en una hoja de papel acarrearía no sólo para él, sino también para Tom, quien de seguro todavía dormía bajo el efecto de la anestesia y los analgésicos.

Saliendo de la ducha, Bill se sentó en la tapa del inodoro, y con lentitud se secó lo mejor posible a pesar de su aturdimiento. Repitió sus acciones con su cabello, y después de lavarse los dientes y aplicarse desodorante, se encaminó hacia su armario, de donde extrajo sus jeans favoritos y una camiseta cómoda. Remató el conjunto con botas de piso y una chaqueta que terminó por lanzar al suelo y la sustituyó por una que era dos tallas más grande y que pertenecía a Tom. Hundiendo el rostro en la tela del cuello, Bill se tuvo que morder el labio inferior para no romper a llorar una vez más.

«Tienes que ser fuerte. Eres un adulto. No llores, joder, ¡no llores!», se recriminó a cada paso en que alistaba la maleta con cambios para tres noches que llevaría al hospital, y que salvo por lo esencial, se redujo a un bulto que cabía en un maletín de mano.

A regañadientes, Bill obedeció los mandatos de la enfermera jefe en comer algo y poner en orden sus asuntos, pero al primer bocado de su cereal con leche y plátano la garganta se le cerró en un nudo, y tuvo que bajar la cuchara. El segundo pendiente de su lista tampoco era agradable de llevar a cabo, pero una vez que su madre se puso al teléfono (ya a la defensiva porque seguro Gordon había captado algo en su tono cuando le pidió apremiante que se la pasara) fue como si la compuerta de sus palabras reventara y todo lo que llevara dentro se desparramara sin control. A trompicones le habló de su tarde en las estepas y de que habían ido ahí ellos dos solos con la motocicleta de Tom porque éste quería estrenar las nuevas llantas que le había comprado en su última ida al taller. También de los paseos que dieron juntos, y luego los trucos que Tom insistió en llevar a cabo a pesar de que a Bill le dio mala espina…

—Ay, mamá —gimoteó Bill igual que lo había hecho veinte años atrás cuando él y Tom regresaron del bosquecillo que había detrás de su patio trasero y en las rodillas llevaban la prueba de sus caídas en sangre y piel cortada. La misma escena se repetía, pero esta vez los daños eran superiores y ninguna clase de penitencia vendría a salvarlos—. Han tenido que operarlo, y si se recupera, de aquí en adelante llevará una placa de metal en la cabeza. ¡Una jodida placa, por Dios! Eso si es que vuelve a ser el de antes y no muere…

Simone hizo lo que pudo para consolarlo e infundirle optimismo a pesar de la distancia y la estática de la línea telefónica, y prometió estar a su lado lo antes posible, que ya tenía a Gordon en la otra línea reservando sus vuelos, fijándose sólo en las escalas y las conexiones, y no en el costo total, algo que Bill agradeció desde lo más hondo de su corazón y por lo que de paso se disculpó de antemano por no ir por ellos al aeropuerto a recogerlos, porque ni loco se volvería a desprender del lado de Tom hasta que de éste tuviera la certeza de un dictamen final.

Finalizando su llamada, Bill suspiró de alivio, y mirando el sol que por fin se vislumbraba desde la ventana de la cocina, se repitió para sí el mantra que a partir de ese momento sería su tabla de salvación.

—Tom estará bien, bien, muy bien. Tom estará bien, bien, muy bien. Tom estará bien, bien, muy bien. —Siempre en paquetes de tres; una por él, otra por Tom, y una más en honor al destino o al azar que jugara con sus vidas y al que le ofrendaba todo para que su deseo se volviera realidad.

Forzándose a tres bocados más de su comida (tres, tres, tres, importante que fueran trestrestres), Bill cogió de los pies de la cama su equipaje, le dejó a los perros comida y bebida suficiente al menos para que no padecieran en lo que Simone y Gordon se encargaban de ellos, y sin dar un último vistazo atrás, salió de la casa como ráfaga y se montó en la camioneta que en realidad le pertenecía a Tom, pero que Bill tenía el presentimiento, le tocaría conducir a él por una temporada.

Pie en el acelerador, Bill se calzó las gafas oscuras y cruzó la verja automática sin más pensamiento que Tom.

Tom. Tom. Tom.

 

Walked into the room you know you made my eyes burn

You're as fresh to death and sick as ca-cancer

 

Fue por la segunda semana de enero, mientras Bill contemplaba la figura inerte de su gemelo, que éste llegó a la conclusión de que en cuanto al transcurrir del tiempo, todo era circunstancial. ¿Las primeras cuarenta y ocho horas después del accidente? Interminables. Un paseo por carbones ardientes. La gota que pende del grifo y que no termina de caer, congelada… ¿El siguiente mes? Un parpadeo. El chasquido de dos dedos. Un ir y venir que perdió significado en una continua sucesión de días sin nombre o fecha apenas interrumpida por señales cada vez más persistentes en las que Tom daba muestras de salir del coma y que después quedaban en nada según el veredicto de los doctores que lo atendían.

—Buenos días, Bill —le saludó la enfermera jefa de piso, llamada Beatrice y con quien el menor de los gemelos había hecho buenas migas durante el último mes a falta de más compañía que la suya. De otras visitas que habían pasado a saludar y darle ánimos, él no toleraba su presencia y acababa pidiéndoles que por favor se retiraran.

—Buenos días, Beatrice —respondió él, acomodándose erguido en la silla que ocupaba al lado de la cama de Tom durante las largas vigilias—. Oh, antes de que lo olvide, lo volvió a hacer.

—Vaya… Deja reviso sus signos vitales y me cuentas más de eso en un minuto. Si te apetece puedes ir por un poco de café en la estación de enfermería. Las chicas se emocionan cuando las visitas, y no diré nombres para no avergonzarlas, pero más de una está enamorada de ti.

Bill dejó pasar el comentario, y aprovechando que la enfermera iba a ocuparse de Tom por un rato, aceptó la invitación de servirse una taza de café a la que no agregó leche ni azúcar por haberse habituado a la amargura. Después de pasarse la noche en vela observando cada pequeño cambio en Tom, los ojos le ardían y su cuerpo le pedía a gritos que se recostara. Pero… Antes tenía que comprobar algo.

De vuelta a la habitación privada de Tom, Bill guardó su prudencial distancia mientras la enfermera terminaba de tomarle la presión y revisaba la temperatura.

—Todo normal —anotó en su tablilla—, lo que sigue sin explicar por qué no despierta.

—Anoche volvió a abrir los ojos, y podría jurar que los movió… Ya sé lo que dijo el doctor al respecto, pero era como si me observara.

Sin comentar nada, la enfermera destapó los pies de Tom y le recorrió la planta del pie con el tapón de su bolígrafo. Un espasmo hizo que la pierna de Tom saltara, y con ello Bill se llevó una mano a la altura del pecho. Después de cuatro semanas completas de insensibilidad a cualquier tipo de estímulo, por fin Tom parecía estarse recuperando de sus daños y daba muestras de salir de su coma.

—¿Cree que…?

—Es muy probable, pero no quiero que te hagas ilusiones. Haré rondas cada hora y al menor cambio llamaré al doctor de guardia.

—¿Despertará hoy?

—Eso no lo puedo decir con certeza, pero si yo fuera tú… no me iría lejos.

Enjugándose el borde de los ojos, Bill asintió. —Gracias, muchas gracias.

Aquellas palabras, si bien encerraban dos significados opuestos, venían a significarlo todo para Bill, quien desde el día del accidente no había vuelto a separarse de su gemelo por más de unas horas. Ni siquiera Gordon o su madre se habían dedicado a Tom con tanta devoción, y la prueba más clara de ello era que su padrastro ya había regresado a Alemania a seguir atendiendo su academia de música, y Simone estaba por hacerlo si el pronóstico de su hijo mayor no se modificaba. Otros amigos y familiares habían pasado a dar sus mejores deseos, pero ninguno se quedó más tiempo del necesario. Bill no se los permitió. Y en cuanto a Ria… Bill no la juzgaba por haber tomado el camino fácil al disculparse por no estar presente día y noche, pero no podía tampoco quitarle el mérito de a diario enviarle mensajes preguntando cómo estaba y si podía ayudar en lo que fuera, a lo que Bill la mantenía informada y finalizaba con un “todo bien, te mantendré al tanto, pero gracias” de lo más formal.

No era su culpa, tanto de él como de ella, sino de Tom, por yacer en una cama de hospital cuando entre Bill y Ria el único vínculo de valor era el mismo Tom. Sin él, ninguno de los dos sabía cómo actuar con el otro, y la incomodidad de su trato no hacía más que crecer.

Bill hesitó horas después con el teléfono en la mano, porque por un lado Tom había vuelto a presentar movimientos involuntarios de interés para el equipo médico, su despertar parecía inminente, pero a la vez Bill no estaba seguro si era momento de llamar a Ria o lo mejor era aguardar un poco más hasta que fuera un hecho. A su parecer, no había necesidad de darle falsas esperanzas y luego arrebatárselas, así que con el dedo sobre su nombre, Bill tomó una decisión de impulso y decidió por esperar un poco más.

Justo entonces apareció a su lado una de las enfermeras más jóvenes y le pidió que lo acompañara. En el acto tiró Bill su colilla a la maceta más cercana y le siguió veloz a través de los laberínticos pasillos que al cabo de toda su estancia ahí, había terminado por memorizar como la palma de su mano.

Frente a la puerta del cuarto de Tom, la enfermera lo retuvo.

—El señor Kaulitz ha despertado, pero le advierto que no es como aparece en las películas. Está desorientado y apenas puede articular. Su voz está ronca después de todo este tiempo sin utilizarla, y sus extremidades rígidas. No podrá atenderse por sí solo al menos por otro mes. Su pérdida de masa muscular no ha sido tan drástica gracias a la alimentación intravenosa complementada por sonda que ha recibido, pero deberá recuperar el peso perdido antes de ser dado de alta. Además…

—¿Sí? —Inquirió Bill, impaciente de que le repitieran todo lo que ya había hablado antes con la enfermera Beatrice. Estaba preparado contra todo, y lo único que quería era que esa chica se hiciera a un lado y le dejara pasar de una vez por todas.

—Necesitará evaluación neurológica porque… —La enfermera, que hasta entonces le había sostenido la mirada, la desvió a un rincón—. Porque parece tener pérdida de memoria.

—Por Dios santo, sólo déjeme pasar a verlo —dijo Bill, cruzando la puerta y sintiendo cómo el corazón se le subía a la garganta y la bajaba al estómago como impulsado por la fuerza de un resorte.

Igual que como lo había dejado antes, recostado en sus almohadas y con los párpados pesados y amoratados, Tom permanecía quieto y casi inerte, pero de vez en cuando intercambiaba monosílabos con la enfermera Beatrice.

—No… —Respondió Tom a una pregunta que le había formulado, y los ojos de Bill se empañaron al escuchar su voz. Desafinada, débil y a punto de irreconocible, pero era su voz, y el terror de no volver a oírla se borró de su mente como un velo oscuro que le estuviera obstruyendo la visión y que de pronto le hubiera sido apartando. El mundo a su alrededor volvió a ser hermoso, a pintarse de cada color del arcoíris.

—Tomi… —Bill avanzó a traspiés y pasó a sentarse en la cama, lo más cerca posible de su gemelo. Asiendo su mano comprobó que sus dedos estaban tibios en lugar del frío que se había apoderado de ellos en el último mes—. Oh, Tomi…

En los ojos de Tom se formó una pregunta. Sus cejas se fruncieron. —Tú… ¿Quién?

—¿Tom?

La enfermera Beatrice le indicó por señas que callara. A regañadientes aceptó salir del cuarto y hablar con ella lejos de los oídos de Tom.

—¿Qué pasa con Tom? —Exigió saber apenas tuvieron un mínimo de privacidad.

—Todavía es pronto para afirmarlo con seguridad, pero su memoria parece haberse visto afectada. Nos encontramos en una etapa temprana para determinar si fue debido al traumatismo o a la craneotomía, así que esperaremos al veredicto del neurólogo. Mientras tanto, es importante no forzar los recuerdos de Tom. Si él hace preguntas, lo más prudente será responder con respuestas cortas y concisas. Todavía estará en observación unos días, pero casi me atrevería a decir que será dado de alto antes del viernes.

Bill asintió. —Pero… ¿Qué tanto ha olvidado? Uhm, ¿se refiere al accidente o…?

—Al despertar no recordaba que su nombre era Tom Kaulitz, pero una vez que se lo mencioné, pareció aceptarlo con facilidad. Lo mismo ocurrió con su edad y datos personales. Tal vez sólo esté confundido, aunque… —La enfermera exhaló—. Cada caso es particular. Igual podría recuperarse en el lapso de esta tarde, el mes entrante, un año o… nunca.

Bill se mordió la mejilla. —Entiendo. ¿Puedo pasar a verlo? Prometo no alterarlo.

—Adelante, pero no lo apabulles con información nueva. Deja que sea él quien dirija el rumbo de su charla, y si desea dormir, distráelo. Lo mejor será mantenerlo despierto por las siguientes doce horas hasta que su entorno no le resulte amenazador.

—Ok.

De vuelta en la habitación, Bill avanzó cauteloso, tímido ante la mirada penetrante que le dirigía su gemelo, que por lo demás parecía una estatua demacrada y con la piel pegada al hueso sin más tejido de por medio.

—Hey… —Le saludó en voz baja apenas alcanzó su silla de siempre y se sentó a un costado de Tom—. No te imaginas lo feliz que me hace el que hayas despertado. Creí que tendría que ponerte mi música favorita a todo volumen como último recurso para hacer que despertaras, ¿sabes?

—Tú…

—¿Sí?

Al borde de la silla, Bill apretó la tela de sus jeans entre los dedos.

—¿Quién… tú…? Ah —jadeó Tom por el esfuerzo. Sus cuerdas vocales no le daban para frases más elaboradas, pero no hizo falta ni una sílaba más para que Bill comprendiera que para Tom, él no era nadie conocido.

—Pues… —Hesitó, tragando saliva en un esfuerzo inútil por superar la repentina sequedad de la boca—. Soy Bill y soy tu… gemelo. Menor. Por diez minutos.

—Mmm, ok —aceptó Tom aquellas afirmaciones por ciertas.

Durante la siguiente hora, Bill se ocupó de rellenar los espacios obvios de su vida, desde el nombre de sus padres al de sus mascotas, sus carreras y gustos tan banales como su aprecio por la cafeína y disgusto por las coles de bruselas, hasta otros de vital importancia, como su vínculo y lo especial que era para ambos.

—¿Gemelos?

—Gemelos. Idénticos. Excepto por mi marca —se tocó Bill el mentón—, y tus cicatrices —alargó la otra mano y tocó de su mejilla el sitio exacto donde de pequeño le habían hecho puntos.

—Gemelos —repitió Tom, y la comisura de sus labios decayó—. Ok.

Bill no supo cómo interpretar aquel gesto, pero tampoco tuvo tiempo para analizarlo, porque entonces apareció la enfermera Beatrice y con ella el neurólogo.

Por delante, su panorama a corto y mediano plazo se adivinaba todo menos fácil.

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