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Calderilla

Autor: Marbius

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Notas del fanfic:

Esto es ficción, y no lucro de ello.

1.- Poco menos de 2€.

 

Todo empezó cuando a Tom se le excedió por una el número de cervezas que su cuerpo estaba dispuesto a procesar y en su cerebro ocurrió un cortocircuito.

El evento tuvo lugar en una fiesta a la que Tom había acudido con Georg después de mucho insistirle a éste que lo llevara consigo, pues no sólo era una fiesta para chicos mayores (¡de dieciséis años además!), sino que además estaban a finales de primavera, y por lo tanto en ese periodo en el que los dos años y medio que el bajista era mayor que él se notaban.

Con trece años (“¡Pronto catorce!”, se empecinaba Tom en repetir cada vez que Georg lo presentaba y salía a colación el tema de su edad), Tom tuvo casi que rogar para que le entregaran una botella de cerveza, e igual que si temiera no volver a tener otra durante el resto de la noche, apenas le dio sorbos y dejó que se calentara entre sus dedos a lo largo de la siguiente hora para hacerla durar.

La solución a sus problemas llegó a manos de Sabine, la anfitriona de la casa donde se habían reunido para bailar, beber y besuquearse (las grandes b’s de una buena fiesta), quien le dio carta blanca para que se sirviera directo de la hielera, por lo que Tom decidió aprovechar su generosidad y beber cuanto le fuera posible antes de que Georg se diera cuenta y le riñera por su comportamiento.

Para bien o para mal, Georg tenía sus propios problemas con Veronika, la chica con la que había empezado a salir desde San Valentín de ese año, a quien apenas un mes atrás etiquetaba como ‘la chica de sus sueños, el amor de su vida y la madre de sus futuros hijos’, pero que en tiempo presente no dejaba de actuar como una zorra mientras bailaba con cada chico de la fiesta y les restregaba las tetas, el culo, o una combinación obscena de ambas, muy para disgusto del bajista, que la encaró en la cocina a la espera de una disculpa por su actitud y en su lugar se topó con una pared de concreto.

—No eres mi dueño, Georg —declaró Veronika con las manos firmes en la cadera y actitud pendenciera—, y francamente ese rollo del noviecito celoso no te va para nada, así que corta el rollo.

—¡Pero…!

—Deberíamos terminar. Ver a otras personas… —Veronika cuadró los hombros y pasó de su lado como una exhalación, dejando atrás a Georg, que temprano esa noche había acudido con ella del brazo y ahora se marcharía a solas.

O no tan a solas, si consideraba que Tom era ahora su responsabilidad, puesto que el acuerdo de Simone para permitirle ir a esa fiesta había sido el que después pasara la noche en casa de Georg, y por honor a esa promesa era que el bajista lo iba a cumplir a rajatabla así le resultara un engorro.

El problema, por desgracia, consistió en que para cuando Georg había terminado con su drama amoroso, Tom ya se había bebido seis botellas de cerveza como si se trataran de agua, y bailaba sobre la mesita de la sala al ritmo de una canción que por había sido catalogada como el hit de la temporada.

Nada fuero de lo ordinario para ese tipo de fiestas. Tom no desentonaba ni en los pasos de baile ni en las chicas que le hacían círculo y lo animaban a mover más la cadera y a bajar con ellas doblando las rodillas hasta un ángulo casi imposible, pero Georg vio más que eso conforme pasaban los segundos y Tom seguía siendo el alma de la pista de baile.

Por descontado que Georg jamás había visto bailar a Tom antes, ni una sola vez, ni siquiera con las canciones más pegajosas que se escuchaban en la radio, tampoco en otra fiesta, y mucho menos por accidente. Simplemente, Tom Kaulitz no bailaba porque no era lo suyo, y bajo esa premisa era que el mayor de los gemelos se había excusado en otras fiestas de salir a la pista, por más que varias chicas en faldas cortas y blusas escotadas buscando un sitio y alguien para refregarse bajo el pretexto de la música le insistieran en ello, Tom nunca había cedido bajo ninguna súplica, ruego o amenaza.

Hasta entonces…

Y Georg debía admitir que Tom no lo hacía nada mal. Igual que Bill, a quien sí había visto bailar en más de una ocasión, Tom llevaba dentro de sí el ritmo para mover las piernas el ritmo del bajo y la batería, y los brazos al resto de la melodía, incluso moviendo la cabeza de lado a lado y tarareando la letra de la canción que sonaba en esos momentos y que para variar no hablaba más que de sexo.

«Oh, lo que daría por una cámara ahora mismo», pensó Georg, convencido de que un par de fotografías o hasta un video de ese instante le valdrían como material de chantaje para varias semanas. Sería tan fácil convertir a Tom en su esclavo personal para que esas imágenes no salieran a la luz… Pero ese pensamiento quedó en segundo plano conforme Georg continuó viendo bailar a Tom y descubrió que la canción había cambiado, de electrónica a un ritmo más R&B, y con ello también sus movimientos, que pasaron de rítmicos a sensuales, con excesivo frotamiento entre él y una chica que iba dos cursos arriba del suyo y tenía un novio todavía mayor, por lo que Georg decidió intervenir antes de que aquello llegara a proporciones catastróficas.

Avanzando entre los adolescentes que bebían y conversaban casi a voz de grito para hacerse oír a través de la música, Georg tocó a Tom en el brazo y lo sacó del estupor en el que se encontraba, todavía con una botella de cerveza en la mano y meneando su inexistente trasero a un ritmo casi erótico.

—¿Cuánto has bebido? —Le preguntó cerca del oído, a volumen suficiente para hacerse escuchar.

—Poco.

—¿Qué es poco?

Tom levantó los cinco dedos de su mano libre y se los mostró con orgullo, acompañados de una sonrisa boba y un último comentario:

—Y dos o tres más. Ya no recuerdo.

—Ven, vamos afuera a que te refresques.

A regañadientes, Tom aceptó bajarse de la mesa y que su compañera de baile principal le plantara un casto beso en los labios como despedida, y con pasos cortos y la mirada desenfocada, acompañó a Georg afuera de la casa, saliendo por el jardín trasero donde un grupo también considerable se encontraba ahí reunido bebiendo y fumando.

—Quiero uno —murmuró Tom en la búsqueda de una calada, pero Georg no cejó en su empeño de sujetarle el brazo y se lo impidió, haciéndole caminar por el pasillo de servicio, donde al menos no había nadie y podían contar con unos minutos de privacidad.

—Menos mal que no tengo que devolverte a casa porque entonces sí nos veríamos en serios apuros… —Masculló Georg para sí, sacando de su bolsillo trasero la cajetilla de cigarros que había comprado días atrás y un mechero.

Encendiendo uno para sí, ignoró la petición de Tom en regalarle uno propio, aunque le permitió un par de caladas al suyo y después se lo quitó de los labios sin mucha ceremonia.

—Por hoy basta de que te comportes como adolescente rebelde —le dijo con un gruñido, no todo exento de humor—, que ya mañana tendré bastante con lidiarte a ti y a tu resaca.

—Bah, yo nunca tengo resacas —masculló Tom arrastrando las palabras y recargándose contra la pared, deslizándose algunos centímetros hasta que sus pies le sirvieron de tope, aunque no por mucho.

—Eso es porque nunca habías bebido como ahora. Jo, Tom… ¿Qué te impulsó?

—La cerveza era gratis.

—Buen punto.

Tendiéndole otra vez el cigarro, Georg se lo requisó a la tercera calada, y sin importarle que todavía le faltaba un poco para llegar al filtro, lo tiró al piso de cemento y lo pisó con la punta de zapato.

—Hora de irnos.

—Ugh…

—En marcha.

—Pero no quiero.

—Da igual. Nos vamos.

Tirando de Tom como quien tira de un fardo, Georg agradeció como nunca que la fiesta se hubiera celebrado a unas manzanas de su casa, y que por lo tanto el trayecto no superara la marca de los quince minutos… que en realidad se volvieron casi media hora, pues Tom era un ebrio bastante bailarín, y en más de una ocasión se aprovechó de alguna señalización de alto para subirle una pierna encima y girar como lo haría una bailarina de strip tease profesional.

—Muy gracioso, Tom —le soltó Georg del tubo y lo hizo avanzar los últimos cien metros hasta su casa—, pero no es el momento ni en lugar indicados para eso.

—Pero yo quiero bailar… Me gusta bailar… ¡Me encanta bailar! —Y para enfatizar su punto, Tom subió los brazos al aire y se meneó con más gracia de la que su estado predisponía a creer—. Apuesto lo que quieras a que podría hacerme una carrera en el mundillo del baile.

—Como bailarín de ballet seguro que no —murmuró Georg, aunque no descartaba otros tipos de baile más por el lado de lo exótico…

—Espera a que lleguemos a casa… Ya verás… —Le previno Tom, pero ya que alternaba sus momentos de lucidez con torpeza y arrastre de pies, Georg no le prestó atención a sus advertencias.

Entrar a casa sin que su madre se diera cuenta fue más fácil de lo que pensaba, pues Melissa dormía en la planta baja al fondo de la vivienda, y sólo bastó descalzarse y subir las escaleras haciendo el menor ruido posible para salirse con la suya. Hasta en su estado Tom comprendió que dependían de ello para ahorrarse un regaño, por lo que fue cuidadoso al evitar el escalón que crujía, y sin más siguió a Georg hasta su habitación.

El cuarto del bajista era como cualquier otro de un adolescente de dieciséis: Ropa sucia y limpia en el piso, la cama sin tender, zapatos sin par por doquier, platos y vasos apilados en el buró, un par de latas de desodorante en aerosol a la vista, el bote de basura a reventar, pósters de modelos ligeras de ropa en las paredes, y la puerta del armario abierta y revelando un desorden descomunal que recordaba a una zona en guerra. Lo único en orden era el escritorio con la portátil, donde Georg también tenía su equipo de música y un par de CDs que componían su preciada colección.

—Oh, música —se dirigió Tom en esa dirección, y con dedos seguros se encargó de poner un disco de Placebo que Georg tenía encima del montón.

Sin prestarle mucha atención luego de prevenirle en poner el volumen bajo, Georg procedió a buscar de entre la pila de ropa algo para ponerse, oliendo las axilas de las camisetas y descartándolos en otro montón, tomando a la vez nota mental de que ya iba siendo hora de poner una carga en la lavadora antes de que lo último en su armario fuera esa pijama de Spiderman que por razones sentimentales se negaba a tirar a la basura.

Mientras tanto, Tom se había apoderado del reproductor, y con ayuda indirecta de Bill que también poseía ese disco y le había hecho oírlo hasta el hartazgo, procedió a poner la canción ocho y mecerse al ritmo de la música.

—Esa canción no va con ese baile tuyo —le dijo Georg, sentado en la cama, ya sin camiseta y sacándose los zapatos.

Tom le ignoró, bailando al ritmo de Every you every me, alzándose la camiseta tres tallas más grande que vestía y revelando que sus pantalones igual de amplios se sostenían con la ayuda de un cinturón bien ceñido a la cadera.

La aparición de piel y una franja de vello bajo el ombligo hizo a Georg tragar saliva.

—Corta ya, Tom —dijo Georg, buscando desviar la mirada y sin conseguirlo—. Estás bailando fatal.

—Mmm… —Continuó Tom, que para quitarse la camiseta primero necesitó hacer a un lado de su gorra, y en el proceso su cabello en rastas se soltó, enmarcándole después el rostro—. No me importa…

—Pero a mí sí. Bailas fatal…

—Entonces… —Como si se tratara de un reto, Tom procedió a lanzar la cabeza hacia atrás, haciendo que sus rastas le rozaran la espalda desnuda y extrañamente apetecible que la luz de la lámpara proveía.

Georg concluyó que de haber encendido la luz de techo aquella imagen sería ridícula, pero en cambio, con iluminación tenue era casi… erótico.

—Ugh —gruñó para sí, aterrado por la combinación de ese adjetivo y Tom en el mismo pensamiento.

Haciendo caso omiso del bulto que comenzaba a formarse en sus bóxers, Georg amagó levantarse para ir a apagar el reproductor, pero Tom se le abalanzó e inmovilizó contra la cama de espaldas.

—¿Tanto te molesta que baile?

—Lo detesto.

—¿En serio?

—Lo odio, Tom. Así que detente.

—Bah…

Haciendo un esfuerzo sobrehumano por reincorporarse, Tom se apartó de Georg, y omitiendo sus comentarios de antes, aprovechó los últimos segundos de la canción para bajarse los pantalones en movimientos envolventes de cadera, y con los pulgares dentro de los bóxers, moverse con sensualidad.

—Por Diox… —Siseó Georg, ya no por deseo de que Tom se detuviera, sino de que no alargara más ese momento.

—Si tanto te jode… Págame.

—¿Uh?

—Ya sabes, pon un par de billetes en mi tanga y me detendré. Así es como funciona, así que págame.

—Pero no llevas tanga y… —Agobiado por la clase de juego que tenían entre manos, Georg se decidió a pagar no para que Tom se detuviera, sino para mantener su dignidad intacta, y rebuscando en sus pantalones la cartera, la abrió sólo para encontrar el compartimento de los billetes vacío, y en el monedero apenas cambio suficiente para el autobús.

—¿Y bien? —Le presionó Tom por su pago, habiéndose bajado los bóxers hasta la línea del vello púbico, y resaltando a la luz de la lámpara la palidez espectral de sus huesos pélvicos sobresaliendo entre un vientre hundido como cuchara y sin rastro de músculos—. Porque este show no es gratis.

Georg volvió a tragar saliva, y poco le faltó para deglutir la lengua también.

—Tom… —Buscó detenerlo, aunque a esas alturas si lo hacía era por miedo a las consecuencias, que cada vez más se evaporaban y desaparecían en el calor que de pronto reinaba en su recámara.

Bastó que Tom cogiera una de sus manos para guiarla a su cuerpo y la posara por encima de su ombligo para que Georg se decidiera, y lanzando cualquier pensamiento coherente por la ventana, tiró de Tom por la nuca y unió sus bocas en un beso avasallador que fue más dientes y lengua que otra cosa, pero que también estuvo aderezado con peligro, testosterona, y un regusto a cerveza amarga y sangre caliente que ninguno de los dos sería capaz de olvidar jamás.

Del resto, sobró dar explicaciones.

 

A la mañana siguiente, más cerca de mediodía que de las horas punta, Tom fue quien rodó sobre el brazo entumido de Georg hasta quedar cara a cara y después le bostezó con desparpajo cerca de la nariz.

El olor acre de su aliento matutino hizo al bajista arrugar la nariz y despertar, no precisamente horrorizado por lo que habían hecho horas atrás, aunque tampoco se podía decir que del todo satisfecho, pese a que la prueba de sus acciones todavía permaneciera seca y hecha costra contra su vientre bajo, pero… Asuntos más importantes le requerían su atención, como su vejiga llena y que Tom le había cortado la circulación del brazo derecho al punto en que ya no sabía si movía los dedos o acaso lo estaba imaginando.

Indeciso si debía moverlo y después salir de la cama para luego fingir demencia de lo ocurrido, Georg al menos se saltó el incómodo paso de revelarse cuando fue Tom quien se levantó y le ganó el primer turno en el baño.

A su vuelta, Tom caminó de aquí a allá buscando sus bóxers, pero incluso cuando dio con ellos no se apresuró en ponérselos, sino que se sentó a los pies de la cama y volvió a bostezar.

—No necesitas fingir —dijo de pronto, pinchándole a Georg la piel de la pantorrilla—. Roncas. Así que cuando no roncas es que estás despierto.

—Ah, vale.

—Lo de anoche… —Empezaron los dos a decir al unísono, y se pararon de golpe con una risa seca que nada tenía que ver con el humor.

—Estaba borracho…

—Estabas borracho…

La sincronía de sus inicios tuvo un segundo strike, que después propició que Tom pidiera una tregua levantando una mano al aire y pidiendo turno para hablar.

—No recuerdo gran cosa de lo que pasó anoche… Es mejor así. Y no hay por qué hacerlo más grande de lo que es, ¿no te parece?

En total desacuerdo porque en su lista de reglas para la vida no existía eso de barrer los problemas debajo de un tapete con la esperanza de que desaparecieran de su vista, Georg estuvo dispuesto a replicar. Antes prefería aclarar cualquier malentendido que con el tiempo pudiera crecer y complicarlo todo de tal manera en que sólo ponerle fin a su amistad funcionaría como única opción viable, pero antes de que tuviera oportunidad de exponerlo como tal, Tom mismo declaró esa ruta como ineficaz.

—Qué tontería he dicho… Ese no soy yo.

—¿O sea que sí recuerdas lo que hicimos anoche?

—Vagamente. Al parecer también eres bueno con las manos para algo más que el bajo.

El que Tom elogiara sus habilidades con su instrumento, siendo que en ensayos con la banda de garaje que tenían juntos era el primero en reprocharle cuando se equivocaba con una nota, era peor que el que hubiera mencionado aunque fuera de pasada que lo había masturbado con la misma habilidad y pericia con que lo hacía consigo mismo, y la impresión le resultó tan difícil de tragar a Georg como habría de serlo un ladrillo.

—Ya, pero tú tampoco te quedas atrás —se la regresó con venganza de hacerle pagar con la misma moneda, pero en lugar de abochornarse, Tom se encogió de hombros.

—Gracias, supongo…

Típico de un Kaulitz, que esa máscara de fantochada también se la conocía Georg a Bill.

De nuevo, ante un callejón sin salida, fue Tom quien le puso fin a ese asunto.

—Como sea, ¿dónde está mi dinero?

—¿Uh?

—Por el baile de anoche.

—Tom…

—No te preocupes, yo me serviré solo —dijo éste, agachándose para levantar de entre los pantalones de Georg su billetera, y de ahí vaciarle el compartimento de las monedas. En total, apenas efectivo suficiente para poco menos de dos euros, que sin más se embolsó como propios.

Procediendo a vestirse, Tom hizo caso omiso del muy desnudo Georg que le observó estupefacto desde la cama, dilucidando todavía qué acababa de ocurrir ahí.

—Me voy a casa. Ya sé dónde está la puerta de salida, así que no te molestes.

Y sin más, salió con un portazo no intencional, que después fue el eco de otro más cuando abandonó la residencia Listing por la puerta principal.

Mentón en alto y con un caminar garboso, Georg lo observó marcharse por la calle, todavía incrédulo de lo que había pasado y el final inesperado con el que habían cerrado.

Sospechaba él, aquello no lo olvidaría jamás en lo que le restaba de existencia, pero Tom sí, pues para éste ya era cosa del pasado y desaparecería de su memoria más rápido que esos casi dos euros que le había ‘cobrado’ por sus servicios de strip tease.

—Joder —exclamó Georg con un resoplido—. Jo… derrr…

 

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Notas finales:

Parte 1 de 3, y actualizaciones... Condicionadas.

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