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Moneda de cuatro caras.

Autor: contrateMCarey

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Notas del fanfic:

No leer si la violencia intrafamiliar es un tema que hiere tu sensibilidad.

BERNARDO Y DANTE

—¡Puta madre, nada te parece! —gritó Dante a Bernardo, su novio.

—Me parecen las cosas que se hacen bien, pero mira tus putas porquerías ¿Crees que me voy a tragar esto?

—Pues si no quieres no te lo tragues.

—¿Qué dijiste estúpido? —preguntó Bernardo levantándose de su asiento y apretando fuertemente el hombro de Dante al punto de lastimarlo.

— Nada, pero por favor suéltame —sollozó Dante logrando contener las lágrimas pero dejando notar en su rostro el dolor físico que le provocaban las agresiones de su novio.

Bernardo empujó a Dante haciendo que éste cayera fuertemente al suelo, cuando soltó la primer patada en su espalda rompió el estoicismo de su cónyuge y éste comenzó a derramar lágrimas y gemir de dolor.

—Voy por los trajes para la boda de mi cuate, regreso en dos horas, cuando vuelva quiero comida decente y que no estés llorando como pinche vieja ¡¿Entendiste?! —amenazó Bernardo.

—¡Sí! —gritó Dante llorando, como lo gritaba casi todos los días cuando Bernardo lo golpeaba.

Bernardo salió por la decorosa puerta de su enorme casa, sacó el auto de su cochera automática y el ruido del motor indicó cuando éste ya estaba lo suficientemente lejos como para que Dante pudiera desahogarse en el suelo lanzando gemidos de desconsuelo, esa especie de melancolía que sólo puede causar el saber que sufres por decisión propia y sentirte encerrado porque no tienes planeado hacer nada al respecto él la conocía muy bien.

Como todas las tardes recordó como si fuera ayer cuando conoció a Bernardo en aquella Biblioteca, ambos se habían visto por un largo rato, aunque después de unos minutos Dante dejó de prestar atención en cuanto terminó de leer “Las ratas en las paredes” del majestuoso H.P. Lovecraft decidió tomar un descanso y salir a los balcones para apreciar la ciudad,  fue entonces cuando Bernardo lo alcanzó, tras una linda charla en la que ambos compartieron sus intereses e intercambiaron sus números parecía que aquel joven que estaba por graduarse del bachillerato y ese apuesto hombre que apenas rozaba los treinta tendrían una historia de amor.

Lo fue durante las primeras citas, Bernardo elogiaba siempre los ojos obscuros y rasgos anchos de Dante, para él eso representaba la masculinidad y lo hacía muy atractivo, Dante por su lado admiraba el porte de Bernardo y eso lo enloquecía, eran una pareja tremendamente pareja, ambos superaban el metro ochenta de estatura, a los dos los divertía la lectura, eran amantes fieles del cine animado y Bernardo era todo lo que Dante quería ser al madurar, pero toda la felicidad se fue cuando Bernardo hizo una propuesta que Dante debió rechazar.

“¿Y si abandonas la escuela y te mudas conmigo? Prometo que no te faltará nada”. Dante recordaba esa propuesta diariamente y se lamentaba por haberla aceptado, se enojaba consigo mismo porque no podía perdonarse el haber dejado la escuela sólo por lo tentador que era imaginarse una vida de lujos con un hombre exitoso sin que nada le faltara nunca.

Su felicidad no duró ni siquiera un mes cuando Bernardo le soltó una bofetada que abrió su labio superior sólo por haber derramado algo de jugo sobre la mesa “¡Es madera importada de escocia animal!” fue el primer reclamo que Bernardo le hizo. Aún en el suelo frente a sus ojos pasaron los tres años de maltrato que había vivido junto a Bernardo, aquel hombre castaño al que todos respetaban.

Su frustración incrementaba aún más a medida en la que se recobraba y es que al ser maltratado se había dado cuenta de algo, a pesar de que Bernardo, ese bien parecido hombre castaño que siempre estaba exacto fuese respetado y gozara de enorme popularidad en la comunidad científica, todos sabían lo que él hacía tras las paredes de la casa, muchos rumoraban sobre la historia de maltrato y los moretones de su cara y la gente podía darse cuenta de inmediato de que la causa era Bernardo, pero era frustrante porque nadie haría nada por apoyarlo, había aprendido cómo odiar a la sociedad porque la mayoría veían algo que con desesperación necesitaba su ayuda y todos preferían pasar de lejos, no es hasta que alguien muere cuando la sociedad  actúa como carmelitas descalzas y se lamenta por no haber hecho nada cuando la persona estaba viva.

Aunque no toda la culpa era de la gente, él también tenía que reconocer su propia incapacidad de dejar a Bernardo pero ¿Qué podía hacer sin él? Había dejado la casa de sus padres en pésimos términos y no trabajaba para mantenerse por su cuenta, dependía totalmente de su propio verdugo.

Bernardo volvería en dos horas, era tiempo suficiente para volver a preparar la comida, Dante tomó un sorbo de su sopa y notó el error, le había faltado un tomate para que fuera tal y como le gustaba a su pareja. Puso a hervir el agua y licuó todos los tomates, mezcló la pasta y los ingredientes necesarios, al agacharse para levantar el cucharón que accidentalmente había dejado caer sintió un terrible dolor en su espalda, miró el reloj, aún faltaban quince minutos para que la sopa estuviera lista, era tiempo suficiente para ir al baño y ver en el espejo reflejado un enorme moretón en su espalda que entremezclaba el color verde con el morado de una manera repugnante, buscó entre los productos escondidos en una maleta de viaje la cual nunca tocaba Bernardo y sacó su pomada acostumbrada para disminuir la inflamación.

La sopa estuvo lista, Dante apagó el fuego, aún faltaba una hora para que Bernardo volviera, podría jugar un par de partidas de su videojuego favorito sin que su pareja se diera cuenta, diez minutos antes de que él llegara de vuelta podría servir nuevamente la comida y tenerlo feliz.

Overwatch era su título preferido por excelencia, su personaje favorito era el que menos jugaba, Genji Shimada, admiraba como aquel sujeto había podido aceptar que ya no era totalmente humano y cómo perdonó a su hermano  quien casi había tomado su vida, mientras jugaba imaginaba su vida si tan solo tuviera la fuerza de Genji.

Perdió la noción del tiempo mientras jugaba pero la recobró cuando escuchó aquel maldito motor entrar en su cochera automática, apagó la consola aun estando en medio de una partida competitiva, se apresuró tanto como pudo y con el cucharón sirvió la sopa recién terminada en un plato hondo, la colocó velozmente en la mesa junto con una servilleta de tela y todos los cubiertos alrededor, su corazón palpitaba pues él no sabía en qué momento entraría Bernardo quien ya había bajado del auto anunciándose azotando la puerta, casi sonrió cuando recordó que durante su infancia ese mismo sentimiento se lo provocaba el ir al baño en total obscuridad a las tres de la mañana, tenía miedo de que un monstruo saliera desde la puerta obscura, o que atravesara el espejo y lo llevara con él, incluso que surgiera del desagüe de su inodoro y lo torturara, pero ahora era peor porque en este punto de su vida él tenía la certeza de que un monstruo entraría por la puerta y le pediría de comer, ya no era más una fantasía.

—¡Volviste amor! —exclamó Dante con una falsa sonrisa hacia Bernardo, éste sabía que era falsa pero lo complacía ver cómo el miedo lo manejaba.

—Obvio ¡¿Qué no me ves estúpido?! —reclamó Bernardo—. Mejor dime ¿Corregiste tu sopa de meados?

—Sí y perdóname si te hice enojar, no quería hacerlo, pero te la volví a preparar y ahora está como te gusta.

—Que bueno, me alegra que al fin hagas algo bien pero pasé por una pizza antes de volver aquí así que puedes tirar esa porquería.

—Claro —accedió Dante volteándose a la cocina ocultando su mirada de resignación a Bernardo, quien podría aprovecharse si lo veía así.

—Por cierto te quiero follar, muévete y ponte una tanga putito —ordenó Bernardo encendiendo un cigarro, el humo emanado por su primera bocanada de ttabaco recorrió toda la sala de mueblería India y llegó a la cocina Americana en la que estaba Dante, olía a descaro y altanería, Dante apenas pudo contener el vómito al visualizar lo que le esperaba.

—Pero amor ayer me dejaste muy lastimado y tengo en la espalda un…

—¡¿Lo ordené o lo pregunté chingada madre?! —gritó Bernardo tomando esa pelota de tenis que siempre estaba en el cenicero recargado en la mesa central de su sala y aventándola a Dante, quien cubrió su cara con ambas manos y gritó de miedo al ver cómo esa pelota rompió el plato de sopa que había servido antes, derramando todo el líquido sobre la mesa—. Sólo lo diré una vez más, mueve tus patitas a nuestra recámara y ponte  una de las tangas que te compré, bajas, me la mamas en el sillón, te la meto te guste o no y después te pones a levantar todas las porquerías de sopa que tiraste en el comedor ¿Está claro?

—Sí.

 

ARIEL Y CÉSAR

—No lo sé mi amor, me parece demasiado adulto para ti.

Ariel veía cómo su novio César se cambiaba la ropa en el probador, no sabía si aquel traje azul marino de corte italiano sería la mejor elección entre todas las cosas que podría usar  para la boda de su hermana, él había conocido a César usando ropa juvenil y a los veintiuno esa ropa aún le quedaba, pero su novio  creía que siempre había que vestirse de manera rigurosa conforme a la ocasión “¿Quién iría a una boda con ropa de Inditex?”, o eso fue lo que él le había dicho, pero Ariel aún no quedaba conforme con la imagen adulta de su novio. El traje  no ayudaba a su delgada figura a resaltar y mucho menos destacaba con su escaso metro setenta de estatura, podría acompañar muy bien a su cabello negro y ojos miel pero  no terminaba de convencerle.

—Cállate, con un par de arreglos será fantástico —respondió César—, mejor tú pruébate el tuyo.

Ariel era más tradicional y prefería ir por lo seguro, tomó un esmoquin y al ponérselo pareció hecho exactamente a su medida, al tener una compostura ancha y una barriga tan poco pronunciada que el color negro le ocultaba tan bien resultaba bastante versátil en cuanto a ropa. Ariel no era feo ni era guapo pero era tremendamente observador, sabía que medir más de un metro ochenta lo ayudaba para parecer atractivo pero no era suficiente para que la gente lo volteara a ver, para ser totalmente atractivo en la era actual sólo dejó crecer su negra barba, sin ella no era nadie pero con ella tenía a muchos hombres siguiéndolo sin embargo para él no había otro que no fuera César.

Al verse en el reflejo del probador notó que tendría que emparejar su barba para que hiciera juego con el traje.

Ambos pagaron sus prendas y montaron el auto de Ariel, César se sentó en el asiento del copiloto, lo abrazó fuertemente por el pecho y besó su mejilla. Ariel sonreía siempre que César hacía eso, desde niño siempre temió que sus relaciones imitaran a la de sus padres, llenas de celos, problemas y golpes, cuando César le demostraba su cariño él sonreía porque le hacía feliz saber que después de tres años su relación era feliz sin necesidad de tríos o de abrir su noviazgo, cosas que a él le parecían terriblemente enfermas.

—Amor, tengo hambre —pidió Cesar.

—Yo también, no desayunamos nada, aunque por el lado positivo ya tenemos los trajes y ni siquiera es medio día ¿Quieres ir a un restaurante o te cocino algo?

—Vamos a un restaurante, además creo que pagaré yo esta vez, te lo debo desde hace tres comidas.

—Las pago por gusto.

—Pero es injusto, aunque te rehúses pagaré yo esta vez.

—Está bien —replicó Ariel, sus labios pintaron una sonrisa nuevamente, César muchas veces era algo difícil pero cuando ellos estaban solos era cuando su lado lindo sobresalía, y por esa razón Ariel sólo lo veía a él.

—McDonald’s, quiero desayunar ahí.

—McDonald’s será.

Pararon en el McDonald’s más cercano que encontraron, a ambos les gustaba ir en las mañanas porque era cuando los empleados estaban de mejor humor, al no tener mucha clientela ellos resguardaban la calma durante mucho más tiempo, un par de veces habían ido en las tardes y era un caos total sin contar que los empleados no estaban en su mejor momento, César se enojaba demasiado por el trato pero Ariel, quien ocultaba el secreto de haber sido empleado ahí alguna vez, siempre le explicaba que estar detrás del mostrador era muy difícil y pedía que los comprendiera pues él no atendía a más de doscientos altaneros a diario.

Los empleados sirvieron su desayuno con mucha amabilidad, había valido la espera de cinco minutos, ambos escogieron una mesa y desayunaron con calma. A veces en sus citas hablaban al comer y a veces no, César había comprendido gracias al paso del tiempo que Ariel a veces no tenía nada que decir y era una pésima idea forzarlo a conversar, pero esto no quería decir que no le quisiera, sólo que por el momento no había nada importante que decir, “Muchas relaciones se acaban si fuerzas una conversación” decía Ariel, éste era uno de esos días en los que no decía nada, pero todo el tiempo sonreían al mirarse.

— ¿Recuerdas cómo nos conocimos? —preguntó Ariel a su cónyuge.

—Ni como olvidarlo, era el día de graduación del bachillerato y tú ensuciaste mi sudadera blanca con jugo de uva, estábamos a punto de pelear cuando mi amiga me prestó la de su novio, después nos encontramos en los baños y de algún modo terminamos besándonos ahí.

—No sé por qué pero después de todo ese alboroto me di cuenta de lo lindo que eras para mí, tal vez sólo había sido el calor del momento pero después de la pelea sólo quería verte de nuevo, no fue coincidencia vernos en los baños.

—¿Me seguiste? —preguntó César impresionado, en verdad él no sabía nada de lo que le estaba diciendo Ariel.

—Así es, y mira en donde estamos.

—No pareciera que han pasado tres años —recordó César mostrando nostalgia.

—Sé que es una tradición sólo de mujeres pero en la boda de mi hermana haré lo posible por ser yo quien atrape el ramo de rosas —dijo Ariel mostrando una sonrisa aún más grande que todas las anteriores.

Ambos terminaron su comida y se dirigieron a su hogar, un departamento bastante apartado en una zona medianamente acomodada la cual se encontraba en la limítrofe de un área rural bastante limpia y bella, el cansancio los había atrapado pues una noche antes habían dormido bastante tarde tras una madrugada entera en la que Ariel había depositado todo su esperma en César, por lo que llegando a su morada no hicieron más que recostarse juntos y dormir, César no lo notó ya que el sueño lo venció antes que a su novio pero éste hizo algo que nunca había hecho antes, lo sostuvo fuertemente entre brazos antes de dormir.

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